Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 6 — Las máscaras se cierran #2
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Capítulo 6 — Las máscaras se cierran #2

El alcalde continuó hablando de memoria, tradición, gratitud, cosechas, barcos salvados, familias reunidas y fortuna compartida.

En cada frase había una palabra noble y, detrás, una puerta cerrada.

Delacroix no lo escuchó todo. Prefería mirar.

Vio a Celia Armentia cerca del arco ceremonial, cubierta con una máscara blanca más antigua que las demás, de líneas frías y elegantes.

Incluso sin rostro, seguía siendo reconocible por su quietud.

Algunas personas necesitaban rasgos; otras, autoridad.

A su lado estaba Martín Lobeira, con una máscara gris de escribano o de pájaro triste, sosteniendo una lista y mirando a todas partes con una ansiedad que la madera no conseguía ocultar.

También vio al padre Elías, con una máscara sencilla, casi transparente en su falta de ambición, caminando junto a cuatro mujeres de manto azul que debían de ser las portadoras de la Dama.

Vio a Samuel Rego entre los hombres de la estructura ceremonial, reconocible por los hombros y por la manera de evitar mirar hacia la Casa de los Rostros.

Vio a Clara de Tebra vestida de negro, con una máscara plateada de mujer antigua, cerca de la calle que subía hacia la casa familiar.

Estaba sola. O parecía sola, que en aquella noche venía a ser una afirmación imprudente.

No vio a Inés Cardiel.

Tampoco vio todavía al Ciervo Negro.

El discurso terminó entre aplausos. Algunos fueron sinceros, otros necesarios.

En los pueblos pequeños, el aplauso también podía ser una declaración de supervivencia.

Los músicos cambiaron a una pieza más viva y la plaza empezó a moverse.

Había puestos de vino especiado, castañas, pescado frito, dulces, pan caliente.

Delacroix caminó con Teresa junto a los soportales, aceptó un vaso de vino caliente por cortesía y lo olió antes de beber.

—¿Desconfía incluso del vino? —preguntó ella.

—Del vino no. De la intención humana de calentarlo con demasiadas cosas.

Bebió un sorbo. Estaba dulce, fuerte y aromático. Demasiado aromático para su gusto, pero no mortal, lo cual ya era una virtud local considerable.

—El brindis de don Álvaro será más tarde —dijo Teresa—. Antes del traslado de la Dama a la capilla.

—¿Dónde está ahora?

—En la casa Tebra. Baja al caer la noche con su máscara.

—¿Don Álvaro o el ciervo?

—Esta noche, para el pueblo, son casi lo mismo.

—Los pueblos deberían cuidarse de confundir a los hombres con sus disfraces. Suele terminar mal para ambos.

Teresa iba a responder cuando una figura se detuvo frente a ellos. Llevaba una máscara de ave clara, antigua, con una cinta rota reparada de forma visible. El vestido negro y el pañuelo gris bastaron para reconocerla.

—Inés —dijo Teresa.

—No te preocupes —respondió la mujer—. No voy a hacer una escena. Hoy las escenas las pagan otros.

Delacroix la saludó con una leve inclinación.

—Me alegra verla participar en la fiesta.

—No participo. Vigilo.

—Una distinción que comparto con frecuencia.

Inés miró alrededor. Bajo la máscara, sus ojos parecían más oscuros.

—Mi hermana llevaba una de estas la noche que desapareció. Una máscara de ave. Mi madre la guardó durante años como si fuera una reliquia. Yo la odiaba. Me parecía que conservar una máscara de una muerta era una manera muy fina de no buscar su cuerpo.

—¿Por qué ha venido esta noche?

—Porque Álvaro de Tebra va a caminar con su ciervo delante de todos, y quiero verlo.

—¿A él?

—No. Quiero ver si alguien más tiene miedo.

Delacroix la observó con atención. No era una mujer impulsiva, aunque el dolor pudiera hacerla parecerlo. Había esperado mucho. Quizá demasiado. Las personas que esperan demasiado no siempre buscan justicia cuando se mueven; a veces buscan que algo, cualquier cosa, se rompa por fin.

—Tenga cuidado —dijo él.

Inés soltó una risa breve.

—Eso le decían a Lucía.

La música subió de intensidad y un grupo de máscaras cruzó entre ellos, separándolos durante unos segundos. Cuando el grupo pasó, Inés ya se alejaba hacia el centro de la plaza. Teresa la siguió con la mirada.

—No debería estar aquí.

—Probablemente nadie debería —dijo Delacroix.

La respuesta se perdió bajo un nuevo golpe de campana.

Esta vez no venía de la iglesia, sino de una campana pequeña instalada junto al arco ceremonial.

La multitud empezó a ordenarse de forma casi automática, abriendo un pasillo desde la calle alta hasta el centro de la plaza.

Los músicos cambiaron de melodía. Los niños fueron apartados hacia los lados.

Las máscaras se volvieron en la misma dirección, como un campo de flores muertas siguiendo un sol invisible.

—Viene el Ciervo —susurró Teresa.

Delacroix miró hacia la calle que subía a la casa Tebra.

Primero aparecieron dos hombres con faroles.

Después, cuatro muchachas vestidas de azul llevando ramas blancas.

Luego el secretario Martín Lobeira, caminando demasiado deprisa para alguien que participaba en un ritual supuestamente eterno.

Y por fin, al fondo de la calle nevada, apareció el Ciervo Negro.

La figura avanzaba despacio, envuelta en una capa oscura, con el bastón de empuñadura plateada en la mano derecha y la máscara antigua cubriéndole todo el rostro.

Las astas recortaban la luz azul de los faroles.

A cada paso, la nieve crujía bajo sus zapatos.

La plaza guardó silencio. No un silencio de respeto únicamente.

También de miedo. Delacroix sintió que, en aquel instante, don Álvaro de Tebra dejaba de ser un anciano enfermo y volvía a convertirse en una función del pueblo: dueño, benefactor, juez, fantasma útil.

El Ciervo llegó al centro de la plaza. Celia Armentia se adelantó con una copa de plata.

El alcalde, desde abajo ahora, pronunció unas palabras sobre la continuidad de la casa Tebra y la protección de la Dama.

Delacroix apenas lo escuchó. Observaba el cuerpo del Ciervo.

La altura era la correcta. La mano derecha sujetaba el bastón.

El paso, sin embargo, tenía algo extraño.

No era cojera. Tampoco debilidad. Era una prudencia excesiva, como si quien caminaba midiera la distancia no por cansancio sino por memoria.

Celia ofreció la copa. El Ciervo Negro la tomó, levantó apenas la máscara para beber sin mostrar el rostro, y bebió.

La multitud aplaudió.

Delacroix no.

Había visto el gesto. Breve, cubierto por la capa, casi perfecto. Pero al levantar la copa, la manga del Ciervo había retrocedido lo suficiente para mostrar un detalle: el guante de la mano izquierda estaba abrochado con un botón negro.

Por la mañana, en la plaza, don Álvaro llevaba guantes grises con cierre de plata.

Quizá se había cambiado. Naturalmente. Cualquier hombre podía cambiarse de guantes antes de una ceremonia. Cualquier anciano rico podía tener diez pares. Cualquier detalle podía ser banal si uno se esforzaba lo suficiente.

Delacroix nunca se había considerado un hombre esforzado en materia de banalidad.

El Ciervo bajó la copa. Celia la recibió. Durante un segundo, sus dedos tocaron los guantes negros.

No se sobresaltó.

Eso fue lo que de verdad le interesó.

La música volvió a empezar. La procesión debía prepararse para avanzar hacia la iglesia, donde la imagen de la Dama sería descubierta antes del camino al acantilado. El pueblo pareció recuperar el aliento, aunque no la tranquilidad. Delacroix se inclinó hacia Teresa.

—¿Don Álvaro suele usar guantes negros en la ceremonia?

Teresa lo miró.

—No lo sé.

—La ignorancia honesta es muy refrescante. Pero menos útil de lo que uno desearía.

Antes de que ella pudiera responder, Clara de Tebra apareció junto a ellos. La máscara plateada ocultaba su rostro, pero la voz era inconfundible.

—Mi padre no ha bebido vino especiado en veinte años.

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Está segura?

—Le irrita la garganta. Dice que es una bebida para turistas, niños y hombres que necesitan azúcar para soportarse.

—Una opinión desagradable, pero específica.

Clara miró hacia el Ciervo Negro, que se alejaba escoltado por Celia y el alcalde.

—¿Ha bebido?

—Eso parece.

—Entonces una de dos, monsieur Delacroix. O mi padre ha decidido volverse sentimental en la vejez, o esa máscara acaba de tragarse una mentira.

Delacroix siguió con la vista la silueta oscura del Ciervo entre la nieve, los faroles y las máscaras obedientes.

La fiesta continuaba. Los músicos tocaban, los niños miraban con la boca abierta, los vecinos aplaudían, el alcalde sonreía como si hubiera logrado mantener a salvo el mundo durante unos minutos más.

Y, en algún lugar bajo aquella madera oscura, había un rostro que tal vez no era el que todos creían.

—Madame de Tebra —dijo Delacroix—, empiezo a pensar que esta noche será menos aburrida de lo prometido.

Clara soltó una risa sin alegría.

—Eso, en San Telmo, suele significar que alguien va a morir.

Delacroix no respondió.

Porque, por primera vez desde su llegada, tuvo la desagradable impresión de que quizá alguien ya lo había hecho.