Capítulo 6 — Las máscaras se cierran
Al caer la tarde, San Telmo de la Nieve dejó de parecer un pueblo y empezó a parecer una confesión decorada.
Las ventanas encendieron faroles azules, las puertas se abrieron para dejar salir olor a vino caliente, guiso, cera y lana húmeda, y la plaza principal se llenó de vecinos que caminaban con esa excitación contenida de quienes llevan todo el año esperando una noche y, sin embargo, temen que llegue.
La nieve seguía cayendo, más fina que por la mañana, pero constante.
No cubría del todo el suelo; lo barnizaba.
Dejaba en los tejados una capa blanca, en los hombros una advertencia y en las conversaciones una excusa para acercarse demasiado.
Delacroix observaba el movimiento desde la ventana de su habitación mientras se ajustaba los gemelos.
Había decidido vestirse con sobriedad: traje oscuro, chaleco gris, camisa blanca y una corbata azul muy apagada, no por deferencia a la fiesta sino porque intuía que aquella gente ya aportaría suficiente teatralidad sin necesidad de su ayuda.
Sobre el escritorio descansaba la máscara que le habían entregado una hora antes: blanca, lisa, con una línea azul pintada en la frente.
No era una pieza familiar, ni antigua, ni especialmente hermosa.
Era una máscara de visitante. O, traducido al idioma real de los pueblos pequeños, una máscara de persona a la que todavía no se le había concedido un lugar dentro de la mentira.
La levantó con dos dedos y la examinó por última vez. Por dentro olía a madera reciente, a cola y a pintura seca. Las cintas estaban limpias. El borde inferior no tenía desgaste. Nada en ella había tenido tiempo de volverse interesante.
—Una lástima —murmuró—. Hasta los disfraces nuevos parecen necesitar biografía.
Llamaron a la puerta. Delacroix dejó la máscara sobre la mesa y abrió.
Nico estaba al otro lado, vestido con una chaqueta demasiado grande para él y con una máscara de zorro colgándole del cuello.
La llevaba sin ponerse, quizá porque todavía faltaban unos minutos para el inicio oficial, quizá porque los niños, incluso en los lugares supersticiosos, tienen una relación flexible con las normas hasta que los adultos los miran.
—Mi madre dice que baje cuando quiera —dijo—. Ya casi van a tocar las campanas.
—¿Y tú dices lo mismo que tu madre?
—Yo digo que si baja tarde, verá peor.
—Una observación práctica. Los grandes tratados de filosofía deberían escribirse así.
Nico sonrió. Tenía los ojos brillantes, no solo por la fiesta.
Había en él curiosidad, miedo y orgullo de pertenecer a algo que aún no sabía si era hermoso o terrible.
Delacroix recordaba haber visto esa mezcla muchas veces: en aprendices de soldado, en novicias, en niños que asistían por primera vez a un funeral familiar y descubrían que los adultos lloraban de un modo menos ordenado de lo prometido.
—¿Tú crees en la Dama? —preguntó Delacroix.
El muchacho tocó la máscara de zorro con los dedos.
—Mi abuela dice que sí.
—No te he preguntado por tu abuela.
—Ya, pero si le digo que no, y resulta que ella sí, igual se enfada.
—¿Tu abuela?
—La Dama.
Delacroix asintió con gravedad.
—Una precaución razonable. Conviene no irritar a nadie que controle simultáneamente el mar, la nieve y las cosechas. La administración pública debería estudiar su eficacia.
Nico no pareció entender del todo la frase, pero decidió reírse por si acaso. Después miró hacia la máscara blanca de la mesa.
—Tiene que ponérsela cuando suene la tercera campana.
—¿Y si no lo hago?
El chico bajó la voz.
—No lo haga.
La respuesta no tuvo la ligereza de antes. Delacroix lo observó. Los niños, en los pueblos supersticiosos, aprendían pronto qué miedos eran juego y cuáles no convenía desobedecer ni siquiera para demostrar valentía.
—Muy bien —dijo—. No añadiré mi rostro a la lista de problemas de San Telmo.
Bajaron juntos. En la escalera, las fotografías antiguas de la fiesta parecían más vivas con la luz de las lámparas.
En cada descansillo había vecinos alojados o visitantes ajustándose capas, cintas, guantes, máscaras de ave, de santo, de animal o de criatura sin nombre.
La posada entera se había convertido en un vestuario de almas prestadas.
Al pasar junto a la imagen donde aparecía Lucía Cardiel, Delacroix se detuvo apenas.
La muchacha seguía sonriendo de lado, sin mirar a la cámara, como si hubiera visto algo más interesante fuera del encuadre.
A su lado, el joven Álvaro sostenía la máscara del Ciervo Negro con la despreocupación de quien todavía no sabe que acabará convirtiéndose en aquello que carga.
En el vestíbulo, Teresa Valcende esperaba junto al mostrador.
Llevaba una máscara de color marfil en la mano, más sencilla que la de la Dama, con pequeñas flores azules pintadas en las mejillas.
Su vestido oscuro y su chal gris le daban un aire severo que la máscara suavizaba sin llegar a engañar a nadie.
—Está elegante, monsieur Delacroix.
—Intento parecer un hombre que ha entendido la invitación sin aprobarla.
—Es un equilibrio difícil.
—La vida civilizada se compone casi por completo de equilibrios difíciles.
Teresa miró su máscara.
—Cuando suenen las campanas, todo el mundo debe cubrirse el rostro. A partir de ese momento, nadie debería quitársela hasta medianoche.
—¿Debería?
—No se la quite.
—Empiezo a detectar cierto patrón en los consejos locales.
Ella bajó la voz.
—No es solo superstición. Esta noche, la máscara también puede protegerlo.
—¿De quién?
Teresa se volvió hacia la puerta, donde la luz azul de los faroles temblaba sobre la nieve.
—De cualquiera que no quiera que usted sepa quién lo está mirando.
Antes de que Delacroix pudiera responder, sonó la primera campana.
Fue un golpe grave, extendido, que pareció salir de la iglesia y del acantilado al mismo tiempo.
La conversación del vestíbulo se detuvo.
Los huéspedes, los vendedores, Nico, Teresa, todos levantaron la cabeza con una obediencia instintiva.
Sonó la segunda campana. En la calle se hizo un silencio extraño, no completo, porque aún estaban el mar, el viento y el crujir de la nieve bajo los pies, pero sí humano.
Delacroix sintió que el pueblo entero contenía la respiración.
La tercera campana cayó sobre San Telmo.
Teresa se puso la máscara. Nico se cubrió con el zorro.
Los demás hicieron lo mismo. Delacroix esperó un segundo, no por desafío, sino para observar aquella transformación colectiva.
Rostros conocidos desaparecieron bajo madera, porcelana, tela, cartón pintado.
El vestíbulo se llenó de animales quietos, santos vacíos, damas sin expresión, demonios pequeños y marineros muertos.
Una escena absurda, sí, pero no ridícula.
La diferencia le interesó. Lo ridículo invita a reír; aquello invitaba a bajar la voz.
Se puso la máscara.
El mundo se estrechó de inmediato. Las aberturas de los ojos recortaron la sala, los sonidos cambiaron, su propia respiración le pareció más cercana, más íntima, casi ajena.
Delacroix había usado disfraces antes, por necesidad o por estrategia, pero no le gustaba la sensación de que una norma colectiva decidiera por él qué parte de su cara merecía seguir existiendo.
Comprendió, con cierta irritación, el poder real de aquella fiesta.
No consistía en ocultar a una persona. Consistía en convencerla de que aceptara ocultarse.
Salieron a la calle.
La plaza era ahora un cuadro en movimiento.
Cientos de máscaras se desplazaban bajo la nieve entre faroles azules, música lenta y humo de puestos de comida.
Los niños de zorro, pájaro y liebre corrían entre las piernas de los adultos; los viejos permanecían bajo los soportales como jueces silenciosos; las mujeres que llevaban mantos blancos avanzaban en parejas; los hombres con máscaras de animales bebían de vasos de barro.
Nadie tenía rostro, y por eso mismo todos parecían más expuestos.
Delacroix notó que algunas personas se movían con una libertad nueva, casi insolente, mientras otras caminaban con mayor rigidez, como si la máscara no las protegiera sino que les recordara algo.
Desde el entarimado, los músicos comenzaron a tocar una melodía antigua.
No era alegre al principio. Tenía un ritmo circular, insistente, de procesión más que de baile.
Después entraron los tambores, y la plaza respondió con palmas.
El alcalde Bruno Sada apareció en el balcón del ayuntamiento con una máscara dorada que representaba un sol de expresión complacida.
Delacroix pensó que pocas cosas resumían mejor a ciertos políticos que ponerse el rostro de un astro y esperar aplausos por salir a la ventana.
Sada alzó las manos.
—Vecinos de San Telmo, amigos, visitantes, hijos de esta tierra y de esta nieve —proclamó—. Un año más nos reunimos bajo la mirada de la Dama para honrar aquello que nos protege, aquello que nos une y aquello que nos permite seguir siendo quienes somos.
Delacroix, desde el borde de la plaza, inclinó la cabeza hacia Teresa.
—Habla como si leyera una lápida con intención turística.
—Espere. Todavía puede empeorar.
—Siempre puede. Es una de las pocas leyes constantes de la oratoria.