Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 5 — Una muchacha en la nieve #2
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Capítulo 5 — Una muchacha en la nieve #2

Delacroix bajó detrás de ella. En la sala principal, Teresa estaba junto a la puerta, sin paraguas, con nieve en el cabello.

Frente a ella había una mujer de unos cuarenta y tantos años, quizá cincuenta mal llevados por elección y por vida.

Era delgada, vestía de negro, no de luto ceremonioso sino de costumbre práctica, y llevaba un pañuelo gris anudado al cuello.

Tenía el rostro anguloso, la piel curtida por el frío y unos ojos oscuros que no parecían buscar simpatía.

En la mano derecha sostenía un paquete envuelto en tela.

Las mujeres de las mesas fingían trabajar. Samuel Rego había vuelto a lijar una máscara, pero ahora sus movimientos eran demasiado lentos.

—Inés —dijo Celia—. Hoy no es buen momento.

—Nunca lo es.

—La fiesta empieza esta tarde.

—Lo sé. El pueblo entero lleva días recordándomelo, por si se me había olvidado la noche en que mi hermana desapareció.

El nombre no fue pronunciado, pero estuvo allí con más fuerza que si lo hubieran gritado. Delacroix miró a Teresa. Ella no parecía sorprendida de ver a Inés Cardiel. Quizá la había seguido. Quizá la había traído. Teresa poseía esa clase de discreción que, bien usada, podía ser casi una estrategia.

Celia mantuvo la voz baja.

—No vamos a discutir aquí.

—No. Aquí solo se guardan máscaras. Las discusiones, como los muertos, se dejan fuera para que no manchen.

Inés vio entonces a Delacroix. Su mirada lo recorrió con desconfianza rápida: abrigo extranjero, bastón, guantes, zapatos limpios, rostro atento. No preguntó quién era. En un pueblo pequeño los extraños llegan ya explicados por los rumores.

—Usted es el detective.

—Armand Delacroix.

—¿Ha venido por Álvaro de Tebra o por mi hermana?

—Todavía no lo sé.

La respuesta pareció gustarle más que una mentira amable.

—Entonces quizá aún pueda servir para algo.

Celia intervino.

—Inés, basta.

—No he empezado.

—Traer esto hoy es una provocación.

Inés levantó el paquete envuelto en tela.

—Traer esto hoy es memoria. La provocación es seguir cantando.

Desató el nudo. Dentro había una máscara blanca, sencilla, sin adornos, manchada por el tiempo en los bordes.

No era la de Lucía. Era una máscara común, quizá de acompañante.

En la frente tenía pintada una pequeña línea azul, como una lágrima horizontal.

Delacroix notó que Celia se quedaba inmóvil. Samuel Rego dejó por completo la lija.

—¿Dónde la encontró? —preguntó Celia.

—Eso te gustaría saber.

—No puedes traer piezas antiguas sin registrarlas.

Inés soltó una risa seca.

—Claro. Sería una falta de respeto a la tradición.

Delacroix se acercó un poco.

—¿Pertenecía a su hermana?

—No. A quien la siguió.

La sala pareció enfriarse. Teresa dio un paso hacia Inés, no para detenerla, sino para acompañarla si era necesario. Delacroix sintió que acababa de abrirse una puerta, y que todos los presentes habrían preferido tapiarla con sus propias manos.

—¿Sabe quién siguió a Lucía aquella noche? —preguntó.

Inés lo miró.

—Sé quién dijo que no la había visto.

—Eso es distinto.

—Aquí es casi lo mismo.

Celia recuperó parte de su autoridad.

—Esa máscara pudo pertenecer a cualquiera. Hace veinticinco años se hicieron decenas iguales.

—No —dijo Samuel Rego desde su mesa.

Todos se volvieron hacia él. El hombre parecía arrepentido de haber hablado, pero no retiró la frase.

—No todas eran iguales.

Celia lo miró con dureza.

—Samuel.

—La línea azul de la frente no la llevaba cualquiera. Era para los acompañantes de la Dama. Tres mujeres. Tres hombres. Nadie más.

Delacroix observó la máscara. Una línea azul. Seis posibles portadores. Una noche antigua. Un acantilado. Una muchacha desaparecida. El pueblo, al parecer, no había aprendido a ocultar sus secretos; solo había confiado en que nadie tuviera el mal gusto de ordenarlos.

—¿Quiénes eran? —preguntó.

Samuel bajó la vista.

—No me acuerdo.

La mentira fue tan pobre que casi resultó piadosa.

Inés dio un paso hacia él.

—Sí te acuerdas.

—Inés…

—Todos os acordáis. Lo que pasa es que aquí la memoria se os rompe justo donde empieza el apellido Tebra.

Celia se acercó a la mesa, tomó el paño azul y cubrió definitivamente la máscara del Ciervo Negro. El gesto puso fin a algo, pero no a lo que ella creía.

—La fiesta no puede convertirse en un juicio por una desgracia antigua —dijo.

—La fiesta ya fue el juicio —respondió Inés—. Lo que pasa es que condenaron a la muerta.

Hubo un silencio largo, atravesado por el viento contra las ventanas y por una canción lejana que llegaba desde la plaza. Voces infantiles, otra vez. Alegría disciplinada. Delacroix pensó que pocas cosas eran tan obscenas como un pueblo cantando demasiado cerca de una verdad enterrada.

Celia se volvió hacia él.

—Monsieur Delacroix, lamento esta escena.

—No la lamente por mí. Las escenas suelen ser bastante más sinceras que las conversaciones preparadas.

Inés envolvió de nuevo la máscara, pero antes de guardarla dejó que Delacroix la examinara unos segundos más.

Él no tocó la pieza. No necesitaba hacerlo todavía.

Vio un desgaste irregular en el borde inferior, como si alguien la hubiera apretado contra algo duro.

Vio restos de barro antiguo en una hendidura de la madera.

Vio, sobre todo, que una de las cintas había sido cortada limpiamente.

—¿Dónde la encontró? —preguntó en voz baja.

Inés tardó en contestar.

—En la casa de mi madre. Detrás de un armario que nadie movía desde que murió. No sé cómo llegó allí.

—¿Cuándo?

—Ayer.

Celia respiró hondo.

—Qué oportuno.

—Sí —dijo Inés—. Casi tanto como que don Álvaro vuelva justo cuando la nieve tapa el acantilado.

Teresa miró a Delacroix. En sus ojos había una advertencia muda: aquello era exactamente lo que había temido. No una amenaza concreta, no una carta anónima, no una confesión. Algo peor. El pasado empezaba a salir sin permiso, de forma torpe, sucia, imposible de administrar.

Desde la calle llegó entonces el sonido de una campana. Una sola vez. Luego otra. La plaza respondió con voces, pasos, órdenes. La fiesta avanzaba hacia su inicio con la testarudez de una rueda cuesta abajo.

Celia recogió la máscara del Ciervo Negro.

—Debo llevar esto a la casa Tebra. Don Álvaro querrá revisarla antes del brindis.

—¿La revisa cada año? —preguntó Delacroix.

—Siempre.

—Incluso enfermo.

—Especialmente enfermo.

Inés soltó una pequeña carcajada sin humor.

—No vaya a ser que alguien le robe la cara.

Delacroix la miró. Celia también. Y durante un segundo, breve pero perfecto, la frase pareció tocar algo que ninguna de las dos mujeres quería ver tocado.

Celia salió de la Casa de los Rostros con la máscara envuelta en terciopelo azul. Teresa se quedó junto a la puerta. Samuel volvió a su mesa, pero ya no lijaba. Las muchachas fingían mirar las cintas. Inés guardó su paquete bajo el brazo y se dispuso a marcharse.

Delacroix la siguió hasta el umbral.

—Madame Cardiel.

Ella se detuvo sin volverse del todo.

—No soy madame de nada.

—Inés, entonces.

—Tampoco somos amigos.

—No todavía.

Eso logró que lo mirara.

—Tiene usted mucha confianza para un hombre que acaba de llegar.

—No es confianza. Es edad. A veces se parecen.

Inés lo observó con dureza, pero no se fue.

—Si quiere saber qué le pasó a mi hermana, no pregunte quién la odiaba. Pregunte quién tuvo miedo de que siguiera viva.

Dicho eso, salió a la nieve.

Delacroix permaneció en la puerta, viendo cómo su figura negra cruzaba la calle estrecha y desaparecía entre los preparativos de la fiesta.

Desde la plaza llegó una explosión de risas, seguida por un ensayo de música.

Alguien probaba tambores. Alguien colgaba faroles.

Alguien preparaba vino caliente. San Telmo se disponía a cubrirse el rostro con una alegría cada vez más obediente.

Teresa se colocó a su lado.

—Ahora ya sabe por qué le escribí.

Delacroix miró hacia el extremo de la calle, donde Celia Armentia avanzaba con el paquete azul entre los brazos como si llevara una reliquia o un arma.

—No —dijo—. Ahora sé por qué alguien habría preferido que no lo hiciera.