Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 5 — Una muchacha en la nieve
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Capítulo 5 — Una muchacha en la nieve

La Casa de los Rostros estaba situada detrás del ayuntamiento, en una calle estrecha donde la nieve apenas llegaba al suelo porque los aleros de las casas casi se tocaban por encima de las cabezas.

Era un edificio bajo, de piedra oscura, con ventanas pequeñas empañadas por el calor interior y una puerta de madera en la que alguien había tallado, hacía mucho tiempo, una sucesión de caras sin ojos.

Delacroix se detuvo un instante ante aquella decoración.

No por admiración, aunque el trabajo era fino, sino porque las caras parecían demasiado pacientes.

La madera vieja tenía esa virtud desagradable: a veces conservaba mejor las intenciones que los documentos.

Celia Armentia abrió la puerta sin llamar.

Dentro, el aire olía a pintura, cera caliente, barniz, lana húmeda y sopa reciente.

Había varias mesas largas cubiertas de máscaras, cintas, pinceles, plumas, pequeñas herramientas, retales de terciopelo y cuencos con pigmentos.

Dos mujeres cosían en silencio junto a una estufa; un anciano lijaba una pieza de madera con movimientos lentos; tres muchachas pegaban adornos azules en máscaras infantiles mientras fingían no mirar a Delacroix.

En las paredes colgaban decenas de rostros: animales, santos, viejos, demonios, damas, marineros, figuras de boca torcida y ojos vacíos.

La sala parecía un teatro antes de que llegaran los actores o un cementerio al que alguien hubiera prohibido usar nombres.

—Aquí se preparan las máscaras principales —dijo Celia—. Las de las familias antiguas, las de la procesión, las de los músicos y las de quienes representan a la Dama.

—¿Quién representa a la Dama? —preguntó Delacroix.

—Nadie.

—Una representación audaz.

—La Dama no se representa. Se acompaña. Su imagen sale de la iglesia al atardecer. La llevan cuatro mujeres del pueblo, siempre con máscara blanca y manto azul.

—¿Y usted?

—Yo coordino.

—Una palabra modesta para describir el poder.

Celia le dedicó una mirada limpia de cordialidad y siguió caminando entre las mesas.

Los demás bajaban la voz cuando ella pasaba, no por miedo evidente, sino por costumbre.

Delacroix observó las manos, los gestos, los ojos.

La gente que trabaja con objetos delicados suele traicionarse en las manos: quien teme romper algo acaricia demasiado; quien conoce un secreto aprieta.

En aquella sala había muchas manos ocupadas y demasiados silencios pendientes de una orden.

Sobre una mesa lateral descansaba el paño azul que envolvía la máscara del Ciervo Negro.

Celia lo colocó con cuidado junto a una lámpara y retiró la tela.

La madera oscura brilló bajo la luz cálida.

De cerca, la pieza resultaba más inquietante.

Las astas eran finas, casi elegantes, pero los ojos tenían una inclinación humana, maliciosa, como si el ciervo no huyera del cazador sino que lo esperara detrás de un árbol con una paciencia superior.

—¿Puedo? —preguntó Delacroix.

Celia vaciló un segundo antes de asentir.

Él no tocó la máscara. Se inclinó sobre ella, examinó los bordes, las cintas interiores, la pieza de plata en la frente, el desgaste alrededor de los ojos.

Había una pequeña grieta en la parte izquierda, reparada con una pasta oscura.

La cinta posterior parecía más nueva que la madera, lo cual era lógico; las cintas envejecen peor que los símbolos.

En el interior, donde la frente del portador apoyaría durante la ceremonia, Delacroix creyó distinguir una marca tenue, azulada, quizá simple roce de tinte.

—Ha sido reparada hace poco —dijo.

—Todas las piezas se revisan antes de la fiesta.

—Una grieta antigua.

—La madera trabaja con el frío.

—También algunas conciencias.

El anciano que lijaba una máscara al fondo levantó la vista. Celia no lo hizo.

—El señor Rego se encarga de las reparaciones —dijo—. Su familia lleva generaciones trabajando la madera para la fiesta.

—¿Samuel Rego?

—Su padre antes que él. Y el padre de su padre.

—San Telmo parece tener una admirable confianza en los apellidos heredados.

—Los apellidos son memoria.

—A veces son condena con buena caligrafía.

Celia cubrió de nuevo la máscara del Ciervo Negro. El gesto fue delicado, casi maternal, pero no había ternura en él. Había protección. Delacroix pensó que la diferencia podía ser importante.

En una de las paredes, separada del resto, había una serie de fotografías antiguas enmarcadas.

Mostraban fiestas de otros años: procesiones bajo la nieve, grupos de niños vestidos de blanco, hombres con máscaras de animales, mujeres llevando velas, una plaza más pobre y menos iluminada que la actual.

Delacroix se acercó despacio. No necesitó buscar mucho.

Reconoció la misma fotografía que había visto en la escalera de la posada: un grupo de jóvenes junto al arco ceremonial, uno con la máscara de ciervo en la mano, una muchacha morena sonriendo sin mirar a cámara.

—Lucía Cardiel —dijo.

Las agujas dejaron de moverse. No todas, no del todo, pero en la habitación hubo una pausa mínima, como cuando una corriente de aire apaga una vela pequeña y nadie quiere ser el primero en admitir que la luz ha cambiado.

Celia se colocó a su lado.

—Sí.

—Aparece en muchos recuerdos para alguien a quien el pueblo parece empeñado en olvidar.

—Nadie la ha olvidado.

—Qué alivio. Por un momento había confundido el silencio con descuido.

Una de las mujeres que cosían se levantó de golpe, recogió una cesta y salió por una puerta interior sin mirar a nadie. Delacroix siguió el movimiento con discreción. Celia lo vio también, pero no hizo comentario alguno.

—Lucía ayudaba en la fiesta —dijo ella—. Como casi todos los jóvenes del pueblo. Aquella fotografía se tomó el año antes de su accidente.

—¿Accidente?

—Su desaparición.

—Ha elegido antes otra palabra.

—Porque fue lo que fue.

Delacroix se volvió hacia ella.

—Me admira la velocidad con la que ciertas certezas sobreviven a la falta de cadáver.

Celia mantuvo la calma, aunque la piel alrededor de sus ojos se tensó apenas.

—Lucía se acercó al acantilado durante una nevada. Había bebido. La noche era mala. No volvió.

—Una historia sencilla.

—Las desgracias suelen serlo.

—No siempre. Algunas se vuelven sencillas después de que las personas adecuadas las cuentan suficientes veces.

El anciano de la lija dejó la herramienta sobre la mesa. El sonido, muy leve, pareció excesivo en aquella sala de rostros colgados. Celia miró hacia él.

—Samuel —dijo.

Delacroix volvió la cabeza. El anciano no era anciano en realidad, solo un hombre de unos cincuenta años envejecido por el trabajo, el frío y quizá una carga menos visible.

Tenía barba gris, hombros anchos, manos grandes y ojos de un azul apagado.

Delacroix entendió que aquel era Samuel Rego, aunque había imaginado a un hombre más joven.

Quizá Teresa o el alcalde le habían dado esa impresión, o quizá en los pueblos todos parecían hijos de una culpa anterior.

—No pasa nada, doña Celia —dijo Rego, con voz ronca—. La máscara estará lista para esta tarde.

—No dudaba de ello.

Él miró a Delacroix.

—La madera no tiene la culpa de lo que se haga con ella.

—Casi nada la tiene, señor Rego —respondió Delacroix—. Por eso los hombres resultan tan incómodos.

Celia dio un paso entre ambos, no de forma ostensible, pero sí suficiente para cerrar la conversación. A Delacroix le pareció un gesto revelador. No protegía a Rego. Lo contenía.

—Monsieur Delacroix no ha venido a interrogar a los artesanos —dijo ella.

—En realidad, señora Armentia, suelo considerar que los artesanos saben más que los alcaldes. Los primeros construyen cosas. Los segundos, en mi experiencia, se limitan a inaugurarlas.

Una de las muchachas de la mesa soltó una risa ahogada. Celia no se volvió. Eso la hizo más temible. Las personas que no necesitan castigar de inmediato suelen haber castigado antes con eficacia.

—Si quiere conocer la fiesta —dijo—, debería ver la sala superior.

Subieron por una escalera estrecha. En el piso de arriba había menos gente y más frío.

La sala estaba llena de baúles, percheros, telas antiguas, mantos, capas, cinturones, bastones ceremoniales y cajas etiquetadas con nombres de familias.

«Tebra», «Armentia», «Sada», «Lanza», «Cardiel», «Rego».

A Delacroix le interesó ver el último apellido junto a los otros.

La jerarquía, en San Telmo, parecía tener excepciones útiles.

—¿Todas las familias tienen máscara propia? —preguntó.

—Las que participan desde hace generaciones.

—¿Los Cardiel también?

Celia abrió un baúl pequeño y sacó una máscara de madera clara, sencilla, con forma de ave. La sostuvo unos segundos antes de dejársela ver.

—Lucía llevó esta en su última fiesta.

Delacroix la observó. Era humilde, bien tallada, menos teatral que las demás. Tenía algo de pájaro marino, quizá una gaviota o una golondrina, aunque la madera había oscurecido en los bordes. Una de las cintas estaba rota.

—¿Por qué se conserva aquí?

—Todas las piezas de la fiesta se conservan aquí.

—Incluso las de alguien que murió durante la celebración.

—Precisamente por eso.

La respuesta era demasiado ordenada. Delacroix se inclinó sobre la máscara sin tocarla.

—¿Se encontró después?

—Sí.

—¿Dónde?

Celia cerró el baúl.

—Eso debería preguntárselo al archivo municipal.

—No a usted.

—No a mí.

La puerta de abajo se abrió con fuerza suficiente para que la corriente subiera por la escalera. Se oyeron voces. Una de ellas era de Teresa Valcende. La otra, de una mujer desconocida, más grave, más áspera, con una manera de pronunciar cada palabra como si hubiera tenido que pagar por ella.

—No necesito permiso para entrar en una casa donde hay cosas de mi hermana.

Celia cerró los ojos un instante. No fue cansancio. Fue reconocimiento.