Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 4 — El Ciervo Negro #2
14%

Capítulo 4 — El Ciervo Negro #2

Celia envolvió de nuevo la máscara. La frase no pareció incomodarla.

O la había oído antes, o había aprendido a no reaccionar ante las confesiones disfrazadas de ingenio.

Delacroix miró las manos de la mujer. Eran finas, firmes, sin temblor.

Una pequeña mancha azul le rozaba el pulgar: pintura, quizá tinta, quizá cera teñida de las lámparas ceremoniales.

—¿La máscara permanece siempre bajo su custodia? —preguntó Delacroix.

—Bajo la de la casa Tebra —respondió Celia.

—Una casa no custodia nada. Alguien abre las puertas.

—Durante la fiesta, la máscara se traslada a la Casa de los Rostros —dijo ella—. Allí se preparan las piezas principales. Nadie entra sin autorización del comité.

—Y usted preside el comité.

—Así es.

—Entonces quizá deba felicitarla. En los pueblos pequeños, custodiar máscaras debe de ser casi tan importante como custodiar secretos.

Celia sostuvo la mirada sin pestañear.

—Las máscaras no ocultan. Ordenan.

—Qué frase tan peligrosa.

—Solo para quien prefiere el desorden.

Delacroix habría querido continuar, pero un carruaje se detuvo junto al extremo de la plaza.

No era tan ostentoso como el coche de don Álvaro, pero sí bastante mejor que los carros del pueblo.

De él bajó una mujer de unos cuarenta años, alta, envuelta en un abrigo verde oscuro, con un sombrero sencillo y una expresión que parecía tallada para no pedir permiso.

Tenía el cabello castaño recogido bajo el sombrero, el rostro fino, los ojos claros y una palidez que no debía nada al frío.

Al verla, don Álvaro no sonrió. El alcalde se volvió de inmediato.

Celia cerró el paño sobre la máscara con un gesto algo más rápido.

—Clara —dijo don Álvaro.

La mujer se acercó sin prisa. Besó el aire junto a la mejilla de su padre, con una exactitud que dejaba claro que ambos habían firmado hacía mucho tiempo un tratado de no agresión afectiva.

—Padre.

—Llegas tarde.

—He llegado antes de que empezara la fiesta. Es más de lo que muchos podrán decir cuando acabe.

El alcalde rió porque la frase podía interpretarse como una broma si uno tenía la suficiente necesidad política. Don Álvaro no pareció disfrutarla. Delacroix sí, aunque con prudencia. Clara de Tebra lo miró entonces.

—Usted debe de ser monsieur Delacroix.

—Debo de serlo, sí. A estas alturas cambiar de identidad exigiría demasiada correspondencia.

—Teresa me dijo que vendría.

—La señora Valcende está resultando una extraordinaria administradora de mi agenda social.

Clara le ofreció la mano. Su apretón fue breve, frío y seguro.

—Espero que no haya venido solo por la fiesta. Sería una decepción.

—Casi todas las fiestas lo son, madame. Algunas tienen la gentileza de compensarlo con un cadáver. Aunque, por supuesto, nadie desea algo semejante.

—Por supuesto —dijo Clara.

La respuesta fue demasiado seca para ser inocente y demasiado controlada para ser imprudente.

Delacroix archivó el detalle. Clara no miraba a su padre como una hija preocupada por un anciano enfermo, sino como una heredera que ha comprendido demasiado pronto que ciertas muertes tardan más de lo educado en llegar.

—Clara no aprecia nuestras tradiciones —dijo don Álvaro.

—Aprecio las tradiciones honestas.

—Las tradiciones no necesitan honestidad. Necesitan continuidad.

—Eso explica muchas cosas de este pueblo.

Celia intervino con suavidad.

—Esta noche no es momento para viejas discusiones.

—No conozco otro momento en esta familia —respondió Clara.

El alcalde dio un paso hacia ella con una sonrisa de emergencia.

—Querida Clara, San Telmo está encantado de recibirte. Tu presencia junto a don Álvaro dará a la ceremonia una fuerza especial. El pueblo necesita ver unida a la casa Tebra.

—El pueblo necesita muchas cosas, Bruno. Casi ninguna tiene que ver con vernos fingir afecto bajo la nieve.

Martín Lobeira bajó los ojos hacia su carpeta con una intensidad casi religiosa. Delacroix empezó a apreciar a aquel joven por su talento para sufrir en silencio.

Don Álvaro golpeó una vez el suelo con el bastón. No fue fuerte, pero bastó.

—La ceremonia se hará como siempre.

—Naturalmente —dijo Clara—. Aquí todo se hace como siempre. Incluso lo imperdonable.

La frase quedó suspendida. El padre Elías, que se había mantenido al margen, cerró los dedos sobre el bastón. Celia volvió la cabeza hacia Clara, y por primera vez en la mañana su serenidad mostró una fisura apenas visible.

—Cuidado —dijo don Álvaro, en voz baja.

Clara sonrió, pero su sonrisa no tenía alegría.

—Eso mismo me decías de niña cuando me acercaba demasiado al acantilado.

La nieve pareció espesarse entre ellos. Delacroix miró a don Álvaro, luego a Clara, luego a Celia. Había algo allí. No una simple enemistad familiar. Algo con raíces más hondas, alimentado durante años con silencios y frases a medias.

El alcalde decidió que la plaza era un lugar demasiado público para que los Tebra siguieran siendo sinceros.

—Monsieur Delacroix —dijo—, quizá le gustaría visitar la Casa de los Rostros. Allí podrá ver cómo se prepara la fiesta desde dentro.

—Me encantaría —respondió Delacroix—. Siempre he creído que las máscaras dicen más antes de colocárselas.

—Yo debo descansar —dijo don Álvaro.

Celia asintió.

—Lo acompañaré.

—No. Clara lo hará.

La hija miró a su padre. No hubo sorpresa en su rostro, pero sí algo parecido a fastidio. Celia recibió la orden sin moverse, aunque Delacroix vio cómo sus dedos apretaban un instante el terciopelo que envolvía la máscara. El gesto fue mínimo. Suficiente.

—Como quieras —dijo Clara.

Don Álvaro se volvió hacia Delacroix antes de marcharse.

—Nos veremos esta noche, monsieur. Cuando todos seamos iguales bajo la máscara.

—Confío en que la igualdad no le resulte demasiado incómoda.

El anciano sonrió con una lentitud cruel.

—La igualdad solo incomoda a quienes han creído en ella.

Se alejó con Clara a su lado. La plaza volvió a respirar, pero no del todo.

Delacroix los siguió con la mirada. Padre e hija caminaban juntos sin tocarse, como dos enemigos obligados a compartir paraguas durante un entierro.

Al llegar al coche, Clara dijo algo que Delacroix no oyó.

Don Álvaro se detuvo. Durante un segundo pareció que iba a responder con violencia, pero solo subió al coche.

Clara se quedó fuera un instante, mirando hacia el acantilado. Luego también entró.

—Una familia entrañable —dijo Delacroix.

El alcalde soltó una risa pálida.

—Los Tebra siempre han tenido carácter.

—Una palabra muy útil. Sirve para describir tanto la personalidad como la falta de modales.

Celia Armentia seguía con la máscara en brazos. Miraba el coche alejándose por la calle lateral, hacia la parte alta del pueblo, donde debía alzarse la casa de los Tebra. En su rostro no había ternura ni temor. Había cálculo. Y algo más. Algo que desapareció cuando notó que Delacroix la observaba.

—¿Vamos a la Casa de los Rostros? —preguntó ella.

—Con mucho gusto.

—Allí entenderá mejor la fiesta.

Delacroix miró la plaza, las máscaras colgadas, la nieve sobre las guirnaldas, los vecinos que fingían volver a sus tareas, el acantilado al fondo como una amenaza paciente.

—Empiezo a entenderla bastante bien, señora Armentia.

—¿De veras?

—Sí. Es una fiesta en la que todos se cubren el rostro para recordar que son iguales, presidida por un hombre al que todos temen, organizada por personas que no soportan las preguntas y bendecida por una santa que, si posee algo de inteligencia, debe de estar pensando en abandonar el cargo.

Celia lo miró. Esta vez no sonrió.

—Debe de ser agotador ver el mundo de esa manera.

—Mucho menos que fingir no verlo.

El viento trajo desde el acantilado un golpe de mar, profundo y oscuro, como si algo enorme hubiera respirado debajo de la nieve.

Delacroix ajustó sus guantes y siguió a Celia hacia una calle estrecha que descendía detrás del ayuntamiento.

La Casa de los Rostros los esperaba con sus puertas abiertas y sus ventanas cubiertas de vapor.

A sus espaldas, en la plaza, un niño empezó a cantar una copla de la fiesta. Otros lo siguieron. La melodía era alegre, pero la letra, repetida por voces infantiles, decía algo que Delacroix alcanzó a entender antes de doblar la esquina.

Si la Dama ve tu cara,

si la nieve sabe quién,

no preguntes por los muertos,

que los muertos vuelven bien.

Delacroix se detuvo apenas.

—Encantador —murmuró—. Incluso las canciones infantiles parecen redactadas por un sepulturero con inquietudes poéticas.

Celia siguió caminando.

—Son versos antiguos.

—Eso no los absuelve.

Y mientras entraban en la calle de las máscaras, Delacroix pensó que San Telmo de la Nieve no había aprendido a celebrar la vida. Había aprendido a decorar el miedo.