Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 4 — El Ciervo Negro
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Capítulo 4 — El Ciervo Negro

Don Álvaro de Tebra no caminaba: concedía distancia.

Avanzó por la plaza apoyándose en su bastón de empuñadura plateada, envuelto en aquel abrigo negro que parecía diseñado para que la nieve se sintiera vulgar al tocarlo, y el pueblo entero se reordenó a su paso con una obediencia tan natural que resultaba más inquietante que cualquier reverencia.

Los hombres bajaban la voz, las mujeres detenían las manos sobre las cestas o las cintas, los niños eran apartados con suavidad hacia los portales.

Nadie parecía temerle de una forma abierta.

Era peor. Lo respetaban con la precisión fatigada de quienes habían aprendido que algunas personas no necesitan amenazar para ser peligrosas.

Delacroix lo observó desde los escalones de la iglesia, junto al padre Elías.

La nieve caía sobre el sombrero de don Álvaro, sobre sus hombros estrechos, sobre la mano enguantada que sujetaba el bastón.

Tenía setenta años o quizá algunos más, aunque pertenecía a esa clase de hombres que no envejecen de manera democrática.

En ellos la edad no parece una pérdida, sino una nueva propiedad adquirida.

Su rostro era pálido, largo, de mejillas hundidas y boca fina.

Los ojos, sin embargo, conservaban una viveza seca, incómoda, casi juvenil.

Eran ojos de alguien que había pasado la vida midiendo el precio exacto de los demás.

—No parece un hombre enfermo —dijo Delacroix.

—Lo está —respondió el padre Elías.

—Entonces tiene una enfermedad muy educada. Todavía le permite intimidar al aire.

El cura no sonrió. Miraba a don Álvaro con algo parecido a la compasión, aunque Delacroix no habría jurado que fuera compasión por el enfermo. A veces la piedad se parecía mucho al cansancio.

El alcalde Sada llegó hasta el anciano con una rapidez casi atlética.

Celia Armentia apareció a su lado, serena, impecable, llevando ahora la máscara blanca envuelta en un paño de terciopelo azul.

Martín Lobeira se quedó a unos pasos, con su carpeta contra el pecho y una expresión de funcionario que presiente una catástrofe pero aún no tiene formulario para ella.

Delacroix vio cómo el alcalde se inclinaba, cómo Celia decía algo en voz baja, cómo don Álvaro apenas contestaba.

No necesitaba moverse mucho. Todos los demás se movían por él.

—¿Siempre produce este efecto? —preguntó Delacroix.

—Desde antes de que yo llegara.

—Una longevidad admirable para una molestia.

El padre Elías bajó un escalón.

—Va a querer conocerlo.

—¿Don Álvaro?

—Don Álvaro nunca conoce a nadie. Comprueba si alguien puede servirle, perjudicarle o aburrirle.

—Espero no decepcionarlo en las tres categorías.

El cura lo miró de reojo. Delacroix empezó a descender hacia la plaza.

El movimiento fue notado de inmediato. Eso también le resultó interesante.

No había dado ni cuatro pasos cuando Celia Armentia volvió la cabeza.

Don Álvaro, que hasta ese momento parecía ocupado en soportar el homenaje anticipado del alcalde, alzó los ojos hacia él.

La plaza, sin llegar a detenerse, se volvió más lenta.

Sada se apresuró a ejercer de puente.

—Don Álvaro, permítame presentarle a monsieur Armand Delacroix. Ha venido desde Francia para acompañarnos en una noche tan especial.

—Desde Francia —repitió don Álvaro, con una voz grave, baja y sorprendentemente firme—. Los franceses siempre llegan tarde o demasiado convencidos de haber llegado a tiempo.

Delacroix inclinó la cabeza con cortesía.

—Intentaré compensarlo no invadiendo nada durante mi estancia.

La comisura de don Álvaro tembló apenas.

No era exactamente una sonrisa; más bien la aceptación de que el invitado sabía jugar al menos la primera carta.

Celia observaba la escena con atención contenida.

El alcalde, en cambio, parecía desear que ambos hombres se apreciaran cuanto antes o se asesinaran en privado, siempre que ninguna de las dos cosas comprometiera el programa de festejos.

—Teresa Valcende lo ha traído —dijo don Álvaro.

No fue una pregunta.

—Me invitó —respondió Delacroix—. Hay una diferencia pequeña, pero útil para conservar la ilusión de libertad.

—Teresa siempre tuvo buen olfato para las desgracias.

—Algunas personas confunden el olfato con la memoria.

Don Álvaro lo miró un segundo más de lo necesario.

Luego volvió la vista hacia la plaza. Los operarios habían retirado parte de la lona que cubría la estructura central, dejando ver una plataforma circular adornada con ramas blancas, cintas azules y pequeñas lámparas de aceite protegidas por cristal.

Allí, según parecía, se realizaría algún acto principal de la ceremonia.

Delacroix no preguntó todavía. A menudo los lugares se explicaban mejor cuando nadie intentaba embellecerlos.

—¿Le agrada nuestro pueblo, monsieur Delacroix?

—Todavía no he decidido si me agrada o si está haciendo un esfuerzo demasiado visible por parecer hermoso.

—La belleza siempre hace esfuerzo. Solo la fealdad se permite ser espontánea.

—Una observación generosa con la fealdad.

Don Álvaro emitió una risa seca que se convirtió en tos. Tosió una vez, luego otra, y Celia dio un paso hacia él, pero el anciano levantó una mano para detenerla. No quería ayuda. O no quería testigos de su necesidad. Ambas cosas solían venir juntas.

—Estoy viejo, no inválido —dijo.

—Naturalmente —respondió Celia, sin alterarse.

La manera en que ella aceptó la humillación mínima le interesó más a Delacroix que la humillación misma.

Había entre ambos una relación antigua, hecha de poder, costumbre y algo que quizá no era afecto, pero había sobrevivido lo suficiente para imitarlo en público.

El alcalde carraspeó, ansioso por recuperar un tono festivo.

—Don Álvaro presidirá esta noche la ceremonia del Ciervo Negro —explicó—. Es uno de los momentos más antiguos de la fiesta.

—El ciervo baja desde la casa de los Tebra hasta la plaza —dijo Celia—. Cruza entre las máscaras, ofrece el primer brindis a la Dama y conduce la procesión hacia la capilla del acantilado.

—Un itinerario con ambición simbólica —dijo Delacroix.

—Representa el pacto entre la tierra, el mar y la casa que protegió al pueblo durante generaciones —añadió Sada.

—Qué amable por parte de la tierra y el mar haberlo firmado.

Don Álvaro volvió a mirarlo. Esta vez sí sonrió, aunque no había calor alguno en el gesto.

—No se burle demasiado pronto de nuestras supersticiones, monsieur. Algunas han sido más útiles que muchas leyes.

—No lo dudo. Las supersticiones tienen la ventaja de no necesitar pruebas para condenar a alguien.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente. Martín Lobeira cambió el peso de un pie al otro. Celia bajó los ojos hacia el paño de terciopelo. El alcalde abrió la boca con intención de poner una alfombra verbal sobre el momento, pero don Álvaro lo detuvo con una mirada.

—¿Ha venido a investigar algo? —preguntó el anciano.

—Creía que había venido a una fiesta.

—No parece un hombre que cruce media Europa por una fiesta.

—Tampoco usted parece un hombre que presida una procesión por humildad religiosa.

Sada hizo un sonido muy leve, casi un gemido diplomático. Delacroix se preguntó cuánto tiempo llevaba aquel hombre evitando que las frases sinceras tocaran las paredes del pueblo.

Don Álvaro no se ofendió. Eso confirmaba algo: era demasiado poderoso o estaba demasiado cansado para gastar energía en indignarse. Dio un paso hacia Delacroix, lo bastante cerca para que su voz no necesitara alzarse.

—Hay pueblos que no sobreviven por ser buenos, monsieur Delacroix. Sobreviven por saber callar.

La frase era casi la misma que Teresa había anticipado sin saberlo, o quizá todos los hombres como don Álvaro terminaban pronunciando alguna versión de ella cuando la vejez les daba permiso para resumirse.

—El silencio es una habilidad muy apreciada por los culpables —dijo Delacroix.

—También por los inocentes que desean seguir respirando.

—Entonces San Telmo debe de ser un lugar lleno de pulmones prudentes.

Don Álvaro lo observó con una atención más viva. Durante un instante, el anciano pareció olvidarse de la plaza, del alcalde, de Celia y de la ceremonia. Aquello ya no era una presentación. Era una medición.

—Tenga cuidado —dijo.

—Procuro tenerlo.

—No me refiero a los caminos helados ni al acantilado. Me refiero a la gente que le contará historias tristes esperando que usted las confunda con la verdad.

—Las historias tristes rara vez son la verdad completa. Pero tienen la costumbre de señalar dónde la escondieron.

La mirada de don Álvaro se endureció. Después, de pronto, la cordialidad regresó a su rostro como una cortina echada con práctica.

—Debe ver la máscara —dijo.

Celia levantó el paño azul. Dentro descansaba una máscara de ciervo hecha de madera oscura, casi negra, con astas finas y curvadas, ojos estrechos y un hocico alargado que no resultaba animal del todo.

Había algo humano en ella, o quizá eso era lo peor: la posibilidad de que un hombre pudiera ponerse aquella cara y parecer más verdadero que antes.

La madera estaba barnizada, gastada en los bordes, y en la frente llevaba una pequeña pieza de plata con el escudo de los Tebra.

No era una máscara de carnaval. Era un objeto con peso, con memoria, con la arrogancia tranquila de las cosas que han sobrevivido a demasiadas manos.

Delacroix se inclinó un poco para observarla.

—Hermosa —dijo—. Y desagradable. Una combinación casi siempre eficaz.

—Pertenece a mi familia desde el siglo XVIII —dijo don Álvaro—. Tal vez antes. Las fechas exactas son para quienes no poseen leyendas.

—Los archivos suelen ser menos obedientes que las leyendas.

—Por eso los archivos arden con tanta facilidad.