Capítulo 3 — La tradición de no mirar #2
—Celia conoce la fiesta mejor que nadie. Sin ella, San Telmo habría perdido hace tiempo buena parte de su identidad.
—La identidad es una carga delicada —dijo Delacroix—. A veces uno empieza conservándola y termina obedeciéndola.
Celia sostuvo la mirada.
—¿Le incomoda obedecer, monsieur?
—Solo cuando no entiendo a quién beneficia mi obediencia.
Por primera vez, algo cambió en su rostro. No fue irritación. Fue una sombra de atención más aguda, casi respeto. El viento levantó un remolino de nieve entre ellos y durante un instante la máscara blanca pareció mirar también.
—La fiesta beneficia al pueblo —dijo Celia—. Nos recuerda que nadie debe creerse demasiado importante bajo su propio rostro.
—Una lección de humildad.
—Exactamente.
—Curioso que la presida don Álvaro de Tebra.
Sada abrió la boca, pero Celia se adelantó.
—Don Álvaro representa una casa antigua. La fiesta también honra la continuidad.
—Ah. La continuidad. Ese nombre elegante que a veces se le da a la costumbre de no mover los muebles aunque debajo haya humedad.
Martín Lobeira tosió. El alcalde le dedicó una mirada que habría bastado para marchitar una planta delicada. Celia, sin embargo, volvió a sonreír.
—Creo que se divertirá esta noche, monsieur Delacroix.
—Eso sería inesperado.
—Y quizá aprenda a mirar de otra manera.
—A mi edad, señora Armentia, uno aprende sobre todo a desconfiar de quienes quieren enseñarle dónde mirar.
La conversación habría podido seguir por un camino agradablemente hostil, pero en ese momento se abrió la puerta lateral de la iglesia y salió el padre Elías Varela.
Era un hombre delgado, de unos sesenta años, con el cabello blanco, rostro anguloso y una sotana que parecía haber visto demasiados inviernos.
No tenía la suavidad de algunos sacerdotes de salón ni la teatralidad de los predicadores satisfechos.
Caminaba despacio, apoyado en un bastón, y observaba el mundo como si le doliera más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Padre —dijo Sada—. Justo a tiempo. Le presento a monsieur Delacroix.
El cura inclinó la cabeza.
—Sé quién es.
—Eso me ahorrará una autobiografía breve y probablemente inexacta —dijo Delacroix.
—Teresa Valcende me habló de usted.
—Empiezo a sospechar que la señora Valcende habla más de mí cuando estoy ausente que cuando estoy presente.
—Eso suele ser lo más prudente con los hombres inteligentes.
Delacroix sonrió. El padre Elías podía resultar interesante.
Entraron en la iglesia para resguardarse del viento.
Era pequeña, de piedra clara, con bancos oscuros, velas encendidas y un retablo sencillo donde San Telmo sostenía una nave diminuta entre las manos.
A un lado, casi en penumbra, había una capilla lateral dedicada a la Dama de la Nieve.
No era una virgen exactamente, aunque el pueblo la trataba como si lo fuera.
La imagen mostraba a una mujer de pie, cubierta por un manto blanco, con una máscara lisa sobre el rostro y una mano extendida hacia abajo.
A sus pies había barcos, espigas y niños tallados en madera.
Delacroix la miró con atención.
—Una iconografía peculiar.
—La Dama existía antes de que la Iglesia supiera qué hacer con ella —dijo el padre Elías—. Después hicimos lo habitual.
—¿Convertirla en respetable?
—Darle un lugar donde no hiciera demasiado daño.
—Una definición muy honesta de la religión organizada.
El cura no se ofendió. Sada sí, pero tuvo la habilidad de disimularlo mirando una vela.
—La Dama protege San Telmo —dijo Celia, con voz baja.
—¿De qué?
—Del mar. Del hambre. De la desgracia.
—Entiendo. Una administración muy amplia.
—La noche de la fiesta nadie muestra su rostro porque todos se presentan ante ella como iguales —explicó el padre Elías—. Sin orgullo, sin jerarquía, sin vanidad.
Delacroix observó la capilla. Había exvotos colgados en la pared: barquitos de madera, medallas, trenzas de cabello, pañuelos bordados, fotografías antiguas.
También había pequeñas placas con nombres.
Algunos agradecían curaciones. Otros, regresos del mar.
Uno, medio oculto detrás de una vela, decía simplemente: «Por los que no volvieron».
—Una igualdad extraña —dijo—. Por lo que he visto, algunas máscaras parecen bastante más caras que otras.
El padre Elías suspiró. Celia no movió un músculo. El alcalde se apresuró a intervenir.
—Monsieur Delacroix, comprenderá que toda tradición evoluciona. Hoy también es una celebración cultural. Recibimos visitantes, comerciantes, periodistas. San Telmo necesita mostrarse al mundo.
—Con el rostro cubierto.
—Precisamente por eso resulta singular.
—No dudo de que la contradicción sea rentable.
Sada decidió sonreír otra vez. Era perseverante; Delacroix le reconocía esa virtud con creciente irritación.
—Esta noche verá que la fiesta une al pueblo. Es algo hermoso. Aunque, por supuesto, siempre hay quien prefiere remover viejas historias.
La frase cayó con la torpeza exacta de lo ensayado. Delacroix miró al alcalde.
—¿Viejas historias?
—Nada importante. Ya sabe cómo son los pueblos. Rumores. Melancolías. Gente que no sabe dejar descansar el pasado.
—El pasado rara vez descansa. En mi experiencia, solo espera a que alguien se siente encima.
El padre Elías bajó la mirada hacia las velas. Celia giró apenas la máscara que aún llevaba en las manos. Martín Lobeira, junto a la puerta, parecía desear que una grieta se abriera bajo sus pies y le ofreciera una salida digna.
—Lucía Cardiel —dijo Delacroix.
El nombre produjo un silencio tan inmediato que incluso el viento contra las vidrieras pareció volverse más educado.
—Una tragedia antigua —dijo el alcalde.
—Las tragedias antiguas suelen tener la ventaja de que los culpables envejecen. A veces hasta se vuelven respetables.
—Fue un accidente —dijo Celia.
Lo dijo demasiado pronto.
Delacroix la miró.
—No sabía que habláramos del modo en que murió.
—Desapareció junto al acantilado durante una nevada. No hace falta ser detective para entenderlo.
—No, desde luego. A veces basta con ser conveniente.
El padre Elías cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, parecía más cansado.
—Lucía Cardiel fue una pérdida dolorosa para todos.
—Para algunos más que para otros, imagino.
—Monsieur Delacroix —intervino Sada, ya sin tanta sonrisa—, no quisiera que su visita empezara con una impresión equivocada. San Telmo no es un pueblo de secretos. Es un pueblo de memoria.
—La diferencia entre ambas cosas suele depender de quién tenga la llave del archivo.
Celia dio un paso hacia la salida de la capilla.
—Debo continuar con los preparativos. Esta noche será larga.
—Las noches largas tienen la cortesía de revelar lo que el día no se atreve —dijo Delacroix.
Ella lo miró por encima de la máscara blanca.
—O de ocultarlo mejor.
Salió sin esperar respuesta. El alcalde la siguió después de una despedida rápida, arrastrando con él a Martín Lobeira, que parecía aliviado de abandonar la iglesia y culpable por sentirse aliviado. Delacroix y el padre Elías quedaron solos ante la Dama de la Nieve.
Durante un momento no hablaron. El cura encendió una vela, no con devoción espectacular, sino con un gesto sencillo que parecía más hábito que súplica.
Delacroix respetaba ciertas formas de fe cuando no intentaban gobernarle el pensamiento.
Había en aquel hombre algo distinto de la superstición municipal del alcalde y del control ceremonioso de Celia.
No inocencia; la inocencia después de cierta edad solía ser una falta de atención. Más bien una tristeza disciplinada.
—No le gusta la fiesta —dijo Delacroix.
—La fiesta no tiene la culpa de lo que hacen los hombres mientras la celebran.
—Una defensa generosa. También podría aplicarse a los cuchillos.
El padre Elías sonrió apenas.
—Teresa tenía razón.
—Una costumbre peligrosa.
—Usted no deja tranquilas las frases.
—Las frases suelen esconder personas.
El cura miró hacia la imagen de la Dama.
—Hay pueblos que necesitan sus rituales para no deshacerse.
—Y hay rituales que sirven para fingir que no se han deshecho ya.
—También.
Delacroix agradeció en silencio que no intentara discutirlo.
Salieron juntos de la iglesia. La plaza estaba más llena que antes.
Un carro cargado con ramas avanzaba hacia el arco ceremonial; dos mujeres discutían sobre la colocación de unas cintas; un anciano probaba un tambor con golpes secos; los niños cruzaban entre los adultos como pájaros imprudentes.
Sobre todo aquello caía la nieve, cada vez más espesa, convirtiendo el movimiento en una escena de belleza irritante.
—¿Qué ocurrió realmente con Lucía Cardiel? —preguntó Delacroix.
El padre Elías tardó en responder.
—Yo no estaba destinado aquí entonces. Llegué tres años después.
—No le he preguntado qué vio.
—No.
—Le he preguntado qué ocurrió.
El cura apoyó las dos manos en el bastón.
—En San Telmo, monsieur Delacroix, algunas verdades no se transmiten como hechos.
Se transmiten como silencios. Uno aprende dónde no debe preguntar, qué nombres enfrían una mesa, qué familias dejan de recibir invitaciones, qué ancianas se persignan no por fe sino por miedo. Lucía Cardiel es una de esas verdades.
—¿Y don Álvaro?
—Don Álvaro es muchas de ellas.
Delacroix siguió la mirada del cura hacia el extremo de la plaza.
Allí, junto al arco azul y blanco, acababa de detenerse un coche oscuro.
Un chófer bajó apresuradamente y abrió la puerta trasera.
Primero apareció un bastón de empuñadura plateada.
Después, una mano enguantada. Luego un hombre alto, muy delgado, envuelto en un abrigo negro con cuello de piel.
Tenía el cabello blanco peinado hacia atrás, el rostro largo, pálido, aristocrático, y esa clase de fragilidad que no inspiraba ternura sino precaución, como un vaso antiguo lleno de veneno.
La plaza cambió de temperatura. No de forma visible, no con un silencio completo, pero sí con una tensión que recorrió a los vecinos como una orden no pronunciada.
Algunos se enderezaron. Otros bajaron la voz.
El alcalde apareció de inmediato con la sonrisa preparada.
Celia Armentia se acercó desde el otro lado de la plaza llevando todavía la máscara blanca entre las manos.
El hombre del abrigo negro miró alrededor con una lentitud de propietario.
—Don Álvaro de Tebra —dijo el padre Elías.
Delacroix observó cómo todos parecían, de pronto, un poco menos dueños de su propio cuerpo.
—Sí —dijo—. Eso ya lo había supuesto.
Don Álvaro alzó la vista hacia la iglesia. Sus ojos encontraron los de Delacroix al otro lado de la plaza. No sonrió. Tampoco pareció sorprendido. Solo lo miró como si acabara de reconocer una pieza nueva sobre un tablero que creía cerrado.
Entonces inclinó la cabeza, apenas.
Un saludo mínimo. O una advertencia.
Delacroix respondió con la misma inclinación.
—Padre —murmuró—, dígame una cosa.
—Si puedo.
—¿La Dama de la Nieve protege al pueblo de la desgracia?
—Eso dicen.
Delacroix no apartó la vista de don Álvaro.
—Qué lástima. Me temo que ha llegado tarde.