Capítulo 3 — La tradición de no mirar
Delacroix durmió poco, pero tuvo la cortesía de no culpar a la cama.
La cama era estrecha, algo dura y emitía un crujido leve cada vez que uno respiraba con demasiada ambición, pero había camas peores en hoteles más caros, y algunas de ellas habían sido defendidas por sus propietarios como si la incomodidad fuera una escuela moral.
Lo que le impidió dormir no fue el colchón, ni el viento que golpeaba la ventana, ni siquiera la música que el pueblo mantuvo viva hasta una hora indecente.
Fue la imagen del ciervo negro detenido junto a la capilla, mirando hacia la posada a través de la nieve.
No estaba seguro de que hubiera sido don Álvaro de Tebra. Esa era la primera molestia. La segunda, bastante más interesante, era que tampoco estaba seguro de que alguien hubiera querido que lo pareciera.
Amaneció con una luz pálida, casi enferma, de esas que no anuncian el día sino que simplemente retiran la noche con desgana.
Delacroix se afeitó, se vistió con un traje oscuro, chaleco gris y una corbata sobria, y bajó al comedor de la posada cuando el reloj marcaba las ocho.
El fuego ya ardía en la chimenea grande.
Había olor a café, pan tostado, mantequilla, huevos y sopa de ajo, una combinación que le pareció alarmante a esa hora pero que, por lo visto, en San Telmo se consideraba una forma razonable de empezar a seguir vivo.
Teresa Valcende apareció desde la cocina con una bandeja y lo encontró examinando la máscara antigua de la vitrina.
—Buenos días, monsieur Delacroix.
—Buenos días, señora Valcende. Su patrona ha pasado la noche mirándome con una constancia admirable.
—La Dama siempre mira.
—Qué agotador para ella.
Teresa dejó la bandeja sobre una mesa junto a la ventana.
Fuera, la calle principal empezaba a moverse: hombres cargando tablones, mujeres con cestas, niños que correteaban ya con máscaras a medio pintar, un burro detenido con la paciencia filosófica de quien ha renunciado a comprender a los humanos.
La nieve había cuajado sobre los tejados y en los bordes de los escalones, pero el centro de la calle era una pasta gris de barro, pisadas y hielo.
—Hoy no conviene bromear demasiado con la Dama —dijo Teresa.
—¿Ayer sí?
—Ayer aún no había empezado la fiesta.
Delacroix se sentó. Teresa le sirvió café, pan, mantequilla y una tortilla fina con hierbas. Agradeció en silencio que nadie hubiera intentado ponerle sopa delante. Había límites que incluso un detective dispuesto a comprender la cultura local no debía cruzar antes de las nueve.
—Anoche vi a alguien junto a la capilla —dijo.
Teresa no fingió sorpresa. Eso le gustó. Las personas que fingían demasiado temprano cansaban antes del almuerzo.
—¿Con máscara?
—De ciervo. Negra.
—La de don Álvaro.
—O una imitación suficientemente buena para ofender a un artesano.
Teresa miró hacia la ventana, aunque desde allí no se veía la capilla.
—La máscara del Ciervo Negro pertenece a los Tebra desde hace generaciones. Solo la lleva el señor de la casa durante la Noche de los Rostros.
—Los objetos familiares tienen una virtud. Cuando desaparecen, todos se escandalizan; cuando se duplican, casi nadie lo admite.
—Aquí nadie se atrevería a duplicarla.
—Entonces debo suponer que anoche don Álvaro salió a pasear bajo la nieve, con una máscara ceremonial, junto a un acantilado y sin avisar a nadie.
—En San Telmo hay costumbres peores.
—Eso empieza a preocuparme.
Teresa se sentó frente a él sin pedir permiso, lo cual Delacroix interpretó como una señal de confianza o de urgencia.
Ambas cosas solían parecerse mucho. Durante unos segundos escucharon los golpes de martillo en la plaza.
La fiesta estaba tomando forma bajo la nieve: no como algo alegre, sino como una maquinaria antigua que hubiera empezado a moverse porque nadie recordaba ya cómo detenerla.
—Hoy vendrán a buscarlo —dijo Teresa—. El alcalde querrá enseñarle el pueblo.
—Qué gesto tan generoso.
—Querrá saber cuánto sabe.
—Más generoso aún.
—Y Celia Armentia querrá conocerlo antes de que la conozca alguien por usted.
Delacroix untó mantequilla en el pan.
—La esposa del alcalde.
—La presidenta del comité de fiestas —corrigió Teresa—. En San Telmo, eso importa más.
—Naturalmente. Un alcalde solo gobierna a los vivos. Las fiestas suelen gobernar también a los muertos.
Teresa lo miró con esa expresión suya que no llegaba a ser sonrisa pero tampoco desaprobación.
Antes de que pudiera responder, Nico entró desde la calle con las mejillas rojas de frío y una caja de velas entre los brazos.
Dejó la caja junto al mostrador y se acercó a la mesa con una excitación apenas contenida.
—Buenos días, monsieur.
—Buenos días, Nico. Veo que la civilización sigue dependiendo de menores de edad con buena espalda.
—Mi madre dice que cargar cosas fortalece el carácter.
—Los adultos suelen decir eso de cualquier tarea que no desean hacer.
Nico sonrió. Teresa le dio una palmada suave en el hombro y le indicó que fuera a la cocina, pero el muchacho se quedó un segundo más, mirando a Delacroix.
—¿Va a ponerse máscara esta noche?
—Me temo que sí.
—¿Cuál?
—La menos ridícula disponible.
—Entonces ninguna —dijo Nico, y salió corriendo antes de que Teresa pudiera reprenderlo.
Delacroix dejó la taza en el plato.
—El niño posee una comprensión admirable de la moda local.
—No lo anime. Ya se basta solo.
A las diez, tal como Teresa había previsto, el alcalde Bruno Sada se presentó en la posada con una capa oscura, guantes de piel y una energía que parecía recién planchada.
Lo acompañaba su secretario, Martín Lobeira, cargado de papeles y con la expresión resignada de quienes han sido educados para disculparse incluso cuando nadie les habla.
Sada saludó a Teresa con una cordialidad impecable, a Delacroix con una inclinación casi teatral y al gato de la chimenea con la prudencia de quien reconoce una autoridad superior.
—Monsieur Delacroix, confío en que haya descansado.
—Lo suficiente para seguir juzgando el mundo con cierta precisión.
—Excelente. Entonces quizá le apetezca acompañarnos. Queremos mostrarle San Telmo antes de que la fiesta lo transforme.
—Las transformaciones siempre me han parecido más fiables antes de que intenten explicarse.
Salieron a la calle. El frío mordía con educación, sin exagerar, pero dejando claro que estaba dispuesto a empeorar.
La plaza principal estaba ya casi preparada.
Habían instalado un arco ceremonial frente al ayuntamiento, un entarimado para los músicos y varias mesas largas bajo toldos azules.
En el centro se levantaba una estructura cubierta por una lona blanca. Delacroix la señaló con el bastón.
—¿La Dama?
—Su imagen procesional —dijo el alcalde—. Se descubre al atardecer. La acompañamos hasta la capilla y luego comienza la Noche de los Rostros.
—Un programa ambicioso para una figura que, según entiendo, prefiere que nadie enseñe la cara.
—No es cuestión de ocultarse —intervino Martín, y enseguida pareció arrepentirse de haber hablado—. Es cuestión de igualdad. Durante una noche, ricos y pobres, viejos y jóvenes, hombres y mujeres… todos son lo mismo.
Delacroix lo miró con interés.
—Qué idea tan hermosa. Casi siempre las ideas hermosas necesitan a alguien armado para volverse obligatorias.
El alcalde se apresuró a reír.
—Nuestro joven Martín estudió filosofía antes de volver al pueblo. A veces aún se le nota.
—Una enfermedad seria, pero no necesariamente mortal.
Martín bajó la mirada, aunque Delacroix creyó ver una sonrisa breve.
Atravesaron la plaza entre vecinos que interrumpían su trabajo para saludar al alcalde y mirar de reojo al detective.
Sada respondía a todos por su nombre, tocaba hombros, preguntaba por madres enfermas, felicitaba a niños, daba instrucciones sin parecer que las daba.
Tenía talento, eso era indudable. Su sonrisa no era falsa en el sentido ordinario; era peor.
Era una sonrisa usada durante tantos años que quizá ya no sabía si había algo debajo.
Junto a la iglesia los esperaba Celia Armentia.
Delacroix supo quién era antes de que la presentaran.
No por su ropa, aunque iba vestida con una elegancia severa que hacía parecer voluntaria incluso la nieve sobre sus hombros, sino por la manera en que el espacio parecía ordenarse a su alrededor.
Había mujeres que mandaban levantando la voz y mujeres que no necesitaban levantarla porque otros se apresuraban a imaginar qué ocurriría si lo hicieran.
Celia pertenecía a las segundas. Tenía cincuenta y tantos años, el cabello oscuro recogido en un moño bajo, el rostro fino, la piel muy clara y unos ojos serenos que no ofrecían descanso.
Llevaba en las manos una máscara blanca de porcelana, aún sin cinta.
—Monsieur Delacroix —dijo en un español limpio y pausado—. Bienvenido a San Telmo de la Nieve.
—Señora Armentia. El pueblo está demostrando una hospitalidad muy organizada.
—Nos gusta cuidar los detalles.
—Los detalles suelen agradecerlo. La verdad, no siempre.
El alcalde hizo un gesto mínimo, quizá una advertencia, quizá una súplica. Celia, en cambio, no se alteró. Observó a Delacroix como si acabara de confirmar algo que ya esperaba.
—Teresa Valcende me dijo que era usted un hombre directo.
—Qué amable por su parte haber moderado la descripción.
Celia sonrió apenas. Después alzó la máscara que llevaba en las manos.
—Estamos revisando las piezas ceremoniales. Algunas familias conservan máscaras de hace más de cien años. Otras encargan una nueva cada generación. La suya ya está preparada, si acepta participar.
—Me conmueve que hayan considerado imprescindible cubrirme el rostro antes de conocerlo a fondo.
—Nadie está por encima de la tradición.
—Una frase tranquilizadora. Las peores decisiones de la historia suelen pronunciarse con esa gramática.
Sada carraspeó.