Capítulo 2 — San Telmo de la Nieve #2
—Lucía Cardiel —dijo al fin.
El nombre cayó entre ellos con un peso extraño. No era un nombre pronunciado por primera vez, sino desenterrado.
—¿La recuerda? —preguntó Teresa.
—Recuerdo haberlo oído. Muy vagamente.
—Desapareció durante la Fiesta de las Máscaras, hace veinticinco años. Tenía diecinueve. Dijeron que se había acercado al acantilado después de beber, que el viento la desorientó, que cayó al mar. Nunca encontraron el cuerpo.
—Una explicación muy completa para una ausencia de pruebas.
—Aquí gustó mucho precisamente por eso.
—¿Y usted la conocía?
Teresa negó con la cabeza, aunque Delacroix notó que la negación no cerraba nada.
—Yo llegué después. Pero conocí a su hermana. Inés. Y conozco a los que siguen bajando la voz cuando oyen ese apellido. Eso suele bastarme.
—¿Cree que don Álvaro estuvo implicado?
Teresa tardó lo justo en contestar.
—Creo que don Álvaro ha estado implicado en todo lo que ha ocurrido en este pueblo desde antes de que yo aprendiera a odiar el olor del pescado hervido.
Si eso incluye la muerte de Lucía, no lo sé.
Pero desde que regresó para presidir la fiesta de este año, hay gente que parece vivir con una mano sobre la puerta y otra sobre la boca.
—¿Había estado fuera?
—En Madrid, en Biarritz, en casas mejores que las nuestras. Venía poco. Mandaba dinero, eso sí. Aquí el dinero tiene la virtud de parecer presencia.
Delacroix tomó la llave, pero no se movió.
—¿Por qué vuelve ahora?
—Dice que quiere despedirse de su pueblo.
—Qué expresión tan sentimental.
—Está enfermo.
—Ah.
—No se sabe de qué. O, mejor dicho, se sabe, pero nadie lo dice en voz alta porque don Álvaro siempre ha considerado de mal gusto que su cuerpo tome decisiones sin pedirle permiso. La fiesta de mañana será, según el alcalde, un homenaje a su generosidad.
—Las comunidades pequeñas tienen un talento extraordinario para homenajear a los hombres antes de saber exactamente de qué deben acusarlos.
Teresa lo miró con una seriedad casi cansada.
—Tenga cuidado con él.
—¿Con don Álvaro?
—Con todos.
Delacroix sonrió apenas.
—Eso simplifica mucho la lista.
No había terminado de decirlo cuando la puerta de la posada se abrió de golpe y entró una bocanada de aire helado, nieve y conversación interrumpida.
Dos hombres aparecieron en el umbral. El primero era bajo, ancho, con bigote bien recortado y abrigo caro; tenía esa expresión amable de los políticos locales que han aprendido a sonreír como quien firma permisos.
El segundo, más alto y más joven, llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y parecía incómodo incluso dentro de su propio cuerpo.
Ambos se quitaron los sombreros. El bajo miró a Teresa, luego a Delacroix, y ensanchó la sonrisa.
—Señora Valcende. Buenas noches. Veo que ya tenemos a nuestro invitado francés.
Teresa se puso rígida apenas un instante.
—Alcalde Sada.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Monsieur Delacroix —dijo el alcalde, acercándose con la mano extendida—. Bruno Sada. Alcalde de San Telmo de la Nieve. Es un honor recibirlo en nuestro pueblo.
—El honor es mío —respondió Delacroix, estrechándole la mano—. Siempre resulta estimulante llegar a un lugar donde las normas están escritas en las paredes antes incluso de saber dónde se cena.
El alcalde soltó una carcajada breve, perfectamente municipal.
—Ah, sí, nuestra tradición. Puede parecer peculiar al principio, pero pronto comprobará que es el alma de San Telmo.
—Las almas suelen ser más discretas.
Bruno Sada mantuvo la sonrisa. Delacroix le concedió ese mérito. Muchos hombres perdían antes la compostura; el alcalde, en cambio, parecía entrenado para interpretar cordialidad incluso cuando le golpeaban con una frase envuelta en terciopelo.
—Mañana comprenderá la importancia de la fiesta —dijo Sada—. Este año es especial. La nieve ha llegado a tiempo, don Álvaro presidirá la ceremonia y todo el pueblo podrá rendir homenaje a la Dama. Necesitamos su protección más que nunca.
—¿Por las cosechas? —preguntó Delacroix.
—Por las cosechas, por el mar, por nuestros mayores, por nuestros hijos, por la fortuna de San Telmo.
—Una dama ocupada.
El alcalde volvió a reír, aunque esta vez la risa fue un poco más delgada. Teresa permanecía detrás del mostrador con las manos quietas sobre el libro de registros. El hombre joven de la carpeta no había dicho nada. Miraba a Delacroix con una mezcla de curiosidad y prevención.
—Mi secretario, Martín Lobeira —añadió Sada—. Se encarga de que la fiesta no se venga abajo, cosa que cada año parece más milagrosa.
—Los milagros, cuando requieren secretario, me inspiran más confianza —dijo Delacroix.
Martín sonrió de forma involuntaria y enseguida fingió toser. El alcalde lo ignoró.
—Solo pasábamos para recordar a la señora Valcende que mañana la norma debe cumplirse con especial rigor. Nadie se quitará la máscara antes de medianoche. Nadie. Ni visitantes ni vecinos.
—Incluso aunque ocurra algo —dijo Teresa.
El alcalde se volvió hacia ella. Su sonrisa no desapareció, pero dejó de calentar la habitación.
—No ocurrirá nada.
—Esa frase rara vez ha impedido algo —dijo Delacroix.
Sada lo miró de nuevo.
—Comprendo que un hombre de su experiencia vea sombras en todas partes.
—No en todas partes. Solo donde alguien ha apagado demasiadas luces.
Durante un segundo, el silencio de la posada fue más audible que el viento. El gato de la chimenea abrió un ojo, juzgó que la tensión humana no merecía alterar su descanso y volvió a cerrarlo. Delacroix sintió que aquel animal poseía una comprensión admirable de las prioridades.
El alcalde recuperó la cordialidad.
—Mañana será una noche hermosa, monsieur Delacroix. Le sugiero que la disfrute. No todos los días se presencia una tradición que ha sobrevivido siglos.
—Las ratas también han sobrevivido siglos, señor alcalde. Pero admito que algunas tradiciones tienen mejor iluminación.
Teresa bajó la mirada. Esta vez, sí, para ocultar una sonrisa. Sada pareció decidir que no había oído la comparación o que oírla exigiría un esfuerzo inconveniente. Se despidió con una inclinación, recordó una vez más la importancia de las máscaras y salió con su secretario a la nieve.
Cuando la puerta se cerró, Teresa respiró despacio.
—Ya ha conocido al alcalde.
—Un hombre encantador.
—No le ha gustado.
—Al contrario. Me ha parecido muy útil.
—¿Útil?
—Sí. Hay personas que mienten de forma torpe y obligan a trabajar mucho. El señor Sada, en cambio, parece dispuesto a indicarme con exactitud dónde le duele.
Teresa apoyó la llave sobre el mostrador, más cerca de él.
—Su habitación está en el segundo piso. Desde la ventana se ve el acantilado.
—Qué detalle tan hospitalario.
—Y la capilla.
—Ah. Entonces también se ve la religión.
—Aquí se ve incluso cuando uno cierra los ojos.
Delacroix recogió la llave y la maleta, aunque Nico apareció de inmediato para arrebatársela con energía.
Subieron por una escalera estrecha, iluminada por lámparas de aceite.
En las paredes había fotografías antiguas de la fiesta: hombres y mujeres con máscaras, niños vestidos de blanco, procesiones bajo la nieve, músicos en la plaza, una figura femenina sobre un carro adornado con ramas.
En una imagen más vieja que las demás, Delacroix vio a un grupo de jóvenes posando junto al arco ceremonial.
Uno de ellos llevaba una máscara de ciervo en la mano.
A su lado, una muchacha morena sonreía sin mirar a la cámara.
Se detuvo.
—¿Quién es?
Teresa, que los seguía desde abajo, alzó la vista.
—Lucía Cardiel.
Delacroix miró de nuevo la fotografía. La muchacha no parecía asustada. No parecía triste. Parecía viva, que era una forma particularmente cruel de mirar a los muertos.
—¿Y el joven del ciervo?
Teresa no respondió enseguida.
—Álvaro de Tebra.
Delacroix sostuvo la mirada sobre la imagen un poco más. Luego continuó subiendo.
La habitación era sobria, limpia y fría, aunque habían encendido la chimenea pequeña.
Tenía una cama estrecha, un escritorio, un armario y una ventana que daba al lado norte del pueblo.
Nico dejó la maleta junto al arcón y se marchó tras recibir una moneda que intentó rechazar durante el tiempo exacto para demostrar buena educación sin arriesgarse a perderla.
Cuando Delacroix quedó solo, se acercó a la ventana.
San Telmo de la Nieve se extendía bajo él como un belén construido por alguien con un gusto excesivo por los presagios.
Las luces temblaban entre la nieve. La música seguía sonando en la plaza.
Más allá, la capilla del acantilado se recortaba contra la oscuridad, pequeña, blanca, obstinada.
Delacroix distinguió una procesión de sombras moviéndose cerca de ella, quizá vecinos ultimando preparativos.
Todos llevaban faroles. Algunos llevaban ya máscaras.
Una figura se separó del grupo y se quedó quieta, mirando hacia la posada.
Incluso desde la distancia, incluso con la nieve de por medio, Delacroix distinguió la forma de la máscara.
Un ciervo negro.
No se movió durante varios segundos. Luego la figura giró y desapareció entre los árboles que llevaban al acantilado.
Delacroix permaneció junto a la ventana, con la mano apoyada en el marco frío.
—Buenas noches, don Álvaro —murmuró.
Pero no estaba seguro de haber saludado al hombre correcto.