Capítulo 2 — San Telmo de la Nieve
El camino desde la estación hasta San Telmo descendía entre árboles negros, muros bajos de piedra y una nieve menuda que no caía del cielo tanto como parecía desprenderse de la noche.
Teresa Valcende caminaba delante, con el paraguas inclinado contra el viento; el muchacho del farol iba unos pasos por detrás, cargando la maleta de Delacroix con una dignidad excesiva para alguien que debía de tener quince años y una espalda todavía sin opiniones formadas sobre el sufrimiento.
Delacroix avanzaba en medio de ambos, mirando el pueblo que empezaba a revelarse al fondo como una maqueta iluminada por manos piadosas y bastante siniestras.
San Telmo de la Nieve estaba construido sobre una pendiente que descendía hacia el mar.
Las casas, de piedra gris y tejados oscuros, parecían agarrarse unas a otras para no resbalar hasta el puerto.
Había luces en las ventanas, guirnaldas cruzando algunas calles y faroles azules colgados de balcones y postes, todos con la misma silueta de la mujer enmascarada.
Más allá de las últimas casas, el acantilado se levantaba como una sombra enorme contra el ruido del mar.
No se veía del todo, pero se sentía. Delacroix siempre había pensado que los acantilados poseían una grosería particular: estaban ahí, quietos, bellos, esperando a que alguien los convirtiera en argumento.
—El pueblo parece encantador —dijo.
Teresa lo miró de reojo.
—No se fíe.
—No suelo hacerlo. Es mi manera de ser amable.
El muchacho del farol soltó una risa breve y enseguida la reprimió, como si en San Telmo hasta la diversión tuviera que pasar por el comité de fiestas.
Teresa no sonrió, pero Delacroix percibió que había escuchado la risa.
Eso le bastó para confirmar que el muchacho no era solo un mozo casual de estación.
En los pueblos pequeños nadie hacía nada casualmente.
Incluso cargar una maleta podía ser una forma de tomar partido.
—Él es Nico —dijo Teresa, sin volverse—. Ayuda en la posada cuando no está en la escuela, en el puerto o metiéndose donde no debe.
—Es una educación completa —dijo Delacroix.
—Mi madre dice que si uno se mete donde no debe, acaba sabiendo cosas —respondió Nico.
—Tu madre es una mujer sensata.
—Mi madre dice que usted es detective.
—Tu madre es una mujer indiscreta.
Nico volvió a reír, esta vez con menos prudencia.
Teresa le lanzó una mirada que no era exactamente severa, sino más bien de advertencia afectuosa, y el muchacho se calló.
Siguieron bajando. El camino entró en la primera calle del pueblo, estrecha, empedrada y resbaladiza por la nieve.
De algunas puertas salía olor a caldo, a leña, a pescado frito, a ropa húmeda.
La música que Delacroix había oído desde la estación se volvió más clara: un acordeón, quizá una gaita, varios golpes de tambor y una voz masculina ensayando una canción con más entusiasmo que talento.
La fiesta aún no había empezado, pero el pueblo ya estaba calentando la mentira.
En los escaparates había máscaras. Máscaras de ciervo, de lobo, de pájaro, de dama, de santo, de demonio, de anciana, de niño muerto, de marinero ahogado.
Algunas eran de madera pintada; otras, de porcelana o cartón endurecido; otras parecían tan antiguas que quizá ya habían visto suficientes caras como para despreciarlas a todas.
Delacroix se detuvo ante una máscara blanca, lisa, con apenas dos aberturas para los ojos y una línea azul pintada sobre la frente.
Era hermosa de una manera incómoda. No expresaba nada, y por eso mismo permitía imaginarlo todo.
—La Dama de la Nieve —dijo Teresa.
—¿Debo saludarla?
—Debe respetarla.
—Siempre he intentado respetar a las damas que no se presentan de forma armada.
—Aquí algunos dirían que sí lo está.
Delacroix miró la máscara con renovado interés.
—Qué previsores.
Teresa no se detuvo mucho. Le indicó que continuaran y cruzaron una pequeña plaza donde varios hombres levantaban una estructura de madera para la ceremonia del día siguiente.
Había barriles, mesas plegadas, bancos, cajas de velas, ramas de acebo y un gran arco cubierto de telas azules y blancas.
Sobre una pared, bajo la nieve, alguien había pintado el lema de la fiesta: «Nadie muestra el rostro antes de la medianoche».
Delacroix empezaba a sentir una antipatía bastante sincera por aquella frase.
No por su contenido, sino por su insistencia.
Las frases que necesitaban repetirse tanto solían estar sustituyendo a una verdad menos decorativa.
—¿Qué ocurre si alguien se quita la máscara antes de medianoche? —preguntó.
—Depende de a quién le pregunte.
—Le pregunto a usted.
—Nada. Y todo.
—Una respuesta admirablemente inútil.
Teresa bajó la voz mientras pasaban junto a dos mujeres que colocaban faroles en un portal.
—Los niños creen que la Dama se lleva a quien rompe la tradición.
Los viejos dicen que se ofenden los muertos.
El cura habla de respeto a los mayores y de una costumbre que ha mantenido unido al pueblo durante siglos.
El alcalde prefiere hablar de prosperidad, visitantes y fortuna.
Cada uno ha escogido su superstición según sus necesidades.
—Una costumbre muy democrática.
—Hace años, un hombre se quitó la máscara antes de tiempo durante la fiesta.
—¿Y?
—A la mañana siguiente, tres barcas no volvieron al puerto.
Delacroix ladeó apenas la cabeza.
—El mar tiene una tendencia lamentable a ignorar los calendarios festivos.
—Eso dije yo.
—¿Y qué le respondieron?
—Que hay cosas que una forastera no entiende.
—Una frase deliciosa. Permite ganar cualquier discusión sin aportar una sola idea.
Teresa lo miró entonces con una sombra de gratitud, como si durante años hubiera esperado que alguien pronunciara algo parecido en voz alta.
No dijo nada. Siguieron avanzando hasta llegar a la calle principal, donde la vida de San Telmo parecía concentrarse con una intensidad casi teatral.
Había hombres descargando cajas de vino, mujeres que cruzaban de una casa a otra con bandejas cubiertas, niños probándose máscaras frente a los cristales, ancianos sentados bajo los soportales con mantas sobre las rodillas y esa expresión de quien lleva décadas sobreviviendo a los demás por pura testarudez.
Todos miraban a Delacroix. Algunos fingían no hacerlo, que era una forma más esforzada de mirar.
—Su llegada no pasará inadvertida —dijo Teresa.
—A mi edad, pasar inadvertido empieza a requerir demasiada energía.
—Aquí no nos gustan mucho los desconocidos.
—Eso suele significar que conocen demasiado bien a los conocidos.
Teresa apretó los labios, pero no respondió.
La posada estaba al final de la calle, cerca de una curva desde la que se oía ya el mar con más violencia.
Era una casa grande, de tres plantas, con fachada de piedra, contraventanas verdes y un cartel de madera donde se leía «La Posada del Faro Viejo».
Delacroix alzó la vista. No había ningún faro visible.
—El faro se cayó hace treinta años —explicó Teresa, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Celebro que el nombre haya sobrevivido con más éxito que el edificio.
—Aquí nos gusta conservar las cosas muertas.
—Empiezo a notarlo.
Dentro, la posada olía a madera encerada, sopa caliente y humedad combatida con disciplina.
El vestíbulo era pequeño pero cuidado. Había un mostrador, un perchero, varias sillas, un reloj de pared y una chimenea encendida frente a la que un gato enorme dormía con la impunidad de una criatura que jamás había tenido que justificar su existencia.
En la pared principal, sobre una cómoda, descansaba una máscara de la Dama de la Nieve dentro de una vitrina.
Aquella era más antigua que las de los escaparates.
La pintura estaba desgastada en los bordes, el blanco había amarilleado y las aberturas de los ojos parecían demasiado profundas.
Delacroix dejó el sombrero sobre el mostrador y miró la vitrina.
—Veo que su patrona espiritual también se hospeda aquí.
—Esa máscara perteneció a mi abuela.
—¿Era devota?
—Era práctica. En San Telmo, a veces, no hay diferencia.
Nico dejó la maleta junto a la escalera y desapareció hacia la cocina, no sin antes echar una última mirada al detective. Delacroix se quitó los guantes despacio. Tenía las manos frías, pero no le desagradaba. El frío, a diferencia de muchas personas, no intentaba convencerlo de que era otra cosa.
—¿Quién más se aloja aquí? —preguntó.
Teresa fue detrás del mostrador y abrió un libro de registros.
—Esta noche, pocos. Mañana llegarán algunos invitados de fuera, si la carretera aguanta.
Tenemos a un comerciante de telas de Oviedo, una pareja de hermanos que vienen todos los años a vender dulces, un periodista de Santander que dice escribir sobre tradiciones populares y que yo sospecho que escribe sobre escándalos cuando las tradiciones no dan para suficiente, y usted.
—Una compañía variada. La civilización aún respira.
—También vendrá Clara de Tebra.
Delacroix levantó la mirada.
—La hija de don Álvaro.
—Sí. Aunque ella no se alojará aquí. Tiene casa propia. O lo más parecido a una casa propia que se puede tener cuando el padre sigue vivo y cree que hasta la sombra de los demás le pertenece.
—Una descripción afectuosa.
—No conozco otra.
Teresa sacó una llave de un casillero y la dejó sobre el mostrador. No se la entregó todavía. Delacroix entendió que había algo más.
—Me escribió porque teme que ocurra algo durante la fiesta —dijo él.
—Le escribí porque creo que ya ocurrió algo hace mucho tiempo y porque esta fiesta parece empeñada en terminarlo.
La chimenea crepitó. Fuera, una ráfaga de viento lanzó nieve contra los cristales. Delacroix guardó silencio. Había aprendido que algunas personas necesitaban una pregunta para hablar y otras necesitaban que nadie las empujara. Teresa pertenecía a las segundas.