Capítulo 1 — La invitación blanca #2
La decisión estaba tomada desde el momento en que había visto el lacre azul.
Le molestaba admitirlo, porque todo hombre inteligente conserva al menos una superstición privada: la de creer que decide por razones y no por curiosidad.
Pero Delacroix era demasiado honesto consigo mismo para sostener esa comedia mucho tiempo.
Iría. No porque Teresa se lo hubiera pedido con elegancia, ni porque Álvaro de Tebra le despertara especial simpatía, ni porque la idea de un pueblo entero cubriéndose la cara para honrar a una dama nevada le pareciera sensata.
Iría porque había aprendido que los lugares donde todos obedecen una tradición sin preguntarse de dónde viene suelen tener debajo una tumba, una mentira o ambas cosas.
Y porque, si algo había en el mundo más peligroso que un asesino con prisa, era una comunidad convencida de que su silencio era una virtud.
Preparó el equipaje por la tarde. Dos trajes oscuros, camisas suficientes, un abrigo grueso, guantes, una bufanda gris, su cuaderno, una pluma, varios sobres, un pequeño estuche con objetos que la gente consideraba extravagantes hasta que servían para demostrar que mentía: una lupa, pinzas, una cinta métrica, papel secante.
También añadió un libro que llevaba semanas intentando terminar sin éxito.
No porque fuera malo, sino porque sus personajes tenían la desagradable costumbre de sufrir con tanta elocuencia que acababan pareciéndole satisfechos de sí mismos.
Al caer la noche, París seguía empapado.
Delacroix cenó poco, rechazó un vino que el camarero defendió con una pasión sospechosa y subió temprano a su habitación.
Durmió mal, aunque no por inquietud. Dormir mal antes de un viaje era una cortesía que el cuerpo le concedía a la edad, como si quisiera recordarle que aún podía comportarse de forma incómoda sin necesidad de ayuda externa.
A la mañana siguiente partió hacia el sur.
El viaje fue largo y estuvo lleno de esas pequeñas humillaciones que la civilización moderna había perfeccionado bajo el nombre de comodidad.
Un compartimento demasiado caldeado. Una señora que desenvolvía caramelos con la lentitud de quien desactiva explosivos.
Un caballero empeñado en explicar la situación política de Europa a un periódico que, por fortuna, no podía defenderse.
Delacroix soportó todo aquello con una paciencia que habría parecido noble si no hubiera estado basada en el desprecio.
Al cruzar la frontera, el paisaje empezó a cambiar.
La luz se volvió más áspera, el verde más profundo, las montañas más presentes.
En la estación donde debía tomar el último tren hacia la costa, el aire olía a humo, humedad y nieve cercana.
Había soldados, comerciantes, mujeres con cestas, un cura dormido junto a una maleta y dos niños que corrían entre los bancos con máscaras de cartón. Una era de zorro. La otra, de calavera.
Delacroix los observó pasar.
—Al menos son sinceros —murmuró.
El último tramo lo hizo en un tren pequeño, casi familiar, que avanzaba hacia el norte con una obstinación más moral que mecánica.
Fuera, la tarde se iba espesando. La nieve apareció primero como una duda, luego como una decisión.
Copos pequeños, dispersos, que el viento arrastraba contra los cristales.
Al fondo, entre montes oscuros, se adivinaba el mar.
No se veía del todo, pero estaba allí, como una respiración pesada detrás del paisaje.
En el vagón viajaban pocas personas. Un hombre con botas embarradas que dormía con la boca abierta; una joven con un sombrero ridículo y expresión de haber tomado una decisión romántica que ya empezaba a lamentar; una anciana que llevaba sobre las rodillas una caja atada con cuerda y rezaba en voz baja cada vez que el tren se sacudía.
Delacroix pensó que, si Dios prestaba atención a todos los transportes deficientes de Europa, debía de tener poco tiempo para ocuparse de los pecados mayores.
Cuando el revisor anunció San Telmo de la Nieve, ya era casi de noche.
Delacroix bajó al andén con su maleta en la mano y el abrigo cerrado hasta el cuello.
La estación era pequeña, de piedra oscura, con un tejado inclinado cubierto por una capa fina de nieve.
No había más luz que la de dos faroles amarillos y la del despacho del jefe de estación.
Más allá, un camino descendía hacia el pueblo entre árboles negros.
El viento traía olor a sal y a leña quemada. También traía música.
Lejana, apenas insinuada, pero música al fin.
Una melodía de fiesta, alegre por obligación.
En el extremo del andén lo esperaba una mujer con capa de lana y paraguas negro.
Tenía el cabello recogido, el rostro más afilado que en el recuerdo y los mismos ojos inteligentes de hacía doce años.
A su lado, un muchacho sostenía un farol y miraba a Delacroix con la curiosidad reverente que algunos reservaban para los médicos, los jueces o los hombres que llegaban de lejos con zapatos demasiado limpios.
Teresa Valcende sonrió sin alegría.
—Monsieur Delacroix.
—Señora Valcende —dijo él, inclinando apenas la cabeza—. Recibí su invitación. Debo reconocer que he asistido a fiestas con menos advertencias funerarias.
—Entonces ha venido al lugar adecuado.
Delacroix miró hacia el camino, hacia las luces del pueblo que temblaban al fondo, hacia aquella música que subía entre la nieve como si alguien hubiera decidido celebrar una desgracia antes de que ocurriera.
—¿Ha pasado algo?
Teresa tardó un segundo en responder. No mucho. Lo suficiente.
—Todavía no.
Delacroix la observó. La nieve se posaba en el borde de su paraguas, en sus hombros, en la manga oscura con la que sujetaba los guantes. Había miedo en su rostro, pero no era el miedo de quien imagina. Era el de quien recuerda.
—Qué palabra tan desagradable —dijo él.
—¿Cuál?
—Todavía.
Teresa bajó la mirada un instante. Luego hizo una seña al muchacho para que recogiera la maleta.
—Será mejor que vayamos a la posada. Mañana empieza la fiesta.
Delacroix caminó junto a ella hacia la salida de la estación.
Al cruzar el pequeño vestíbulo vio el primer cartel pegado en la pared: la silueta de una mujer enmascarada, los copos de nieve alrededor del rostro, la misma tinta azul de la invitación.
Debajo, una frase escrita en letras solemnes anunciaba la norma principal de la celebración.
NADIE REVELA SU ROSTRO ANTES DE LA MEDIANOCHE.
Delacroix se detuvo apenas un instante.
—Siempre me han interesado los pueblos que necesitan escribir sus prohibiciones en mayúsculas —dijo—. Tienen una conmovedora falta de confianza en sí mismos.
Teresa no sonrió.
—Aquí no es falta de confianza, monsieur Delacroix. Es miedo.
Él volvió a mirar el cartel. La máscara blanca parecía devolverle la mirada desde un lugar donde la inocencia y la amenaza se habían vuelto la misma cosa.
Fuera, la música continuaba.
Y San Telmo de la Nieve, cubierto de luces, de nieve y de secretos, esperaba al otro lado del camino.