Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9) Capítulo 1 — La invitación blanca
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Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9)

Muerte en la fiesta (Los misterios de Armand Delacroix 9)

Por Dorian Leblanc

© inepub.com

Capítulo 1 — La invitación blanca

La carta llegó una mañana en que París parecía haber sido dibujado por alguien con poco entusiasmo.

Llovía con una paciencia casi administrativa, los tejados tenían el color de las excusas viejas y Armand Delacroix acababa de descubrir, con el desagrado moderado de quien todavía conserva cierta fe en la civilización, que el café de su hotel era peor que el del día anterior.

Aquello, en su opinión, demostraba una forma de ambición admirable: no todo el mundo era capaz de empeorar lo que ya parecía haber tocado fondo.

El sobre estaba apoyado sobre la bandeja del desayuno, junto a una tostada demasiado pálida y una mermelada de naranja que intentaba compensar con acidez su absoluta falta de carácter.

Era un sobre grueso, de papel blanco marfil, con su nombre escrito a mano en una letra inclinada, firme y ligeramente anticuada.

Monsieur Armand Delacroix. Debajo, la dirección del hotel.

En el reverso había un sello de lacre azul oscuro, partido por el viaje, donde aún se distinguía la silueta de una mujer con el rostro cubierto por una máscara.

Delacroix lo observó durante unos segundos antes de tocarlo.

No era supersticioso. La superstición le parecía una forma de pereza intelectual con buena prensa, una excusa para atribuirle al destino aquello que casi siempre podía explicarse mediante codicia, miedo, deseo o una combinación razonablemente desagradable de las tres.

Aun así, había aprendido a respetar los objetos que llegaban demasiado cuidadosamente vestidos.

Las cartas discretas no necesitaban lacre.

Las cartas inocentes rara vez olían a perfume viejo.

Y las cartas que traían paz no solían tener el peso exacto de una mala noticia.

Rompió el sello con el cuchillo de la mantequilla, porque el hotel tampoco había considerado necesario proporcionarle un abrecartas. Era una de esas pequeñas renuncias que anunciaban el hundimiento de Occidente con una eficacia superior a muchos discursos políticos.

Dentro había una tarjeta doblada y, junto a ella, una invitación impresa en tinta azul.

La invitación era hermosa, debía concedérselo.

En la parte superior aparecía el mismo rostro femenino del sello, una dama sin ojos visibles, cubierta por una máscara blanca y rodeada por copos de nieve.

Debajo, en una tipografía elegante, se leía:

Fiesta de las Máscaras de San Telmo de la Nieve

La Noche de los Rostros

Nadie revela su rostro antes de la medianoche. Nadie desafía a la Dama.

Delacroix arqueó una ceja.

—Qué considerado —murmuró—. Incluso las amenazas empiezan a cuidar la presentación.

La tarjeta manuscrita era breve.

Querido monsieur Delacroix:

Sé que nunca ha sentido especial inclinación por las fiestas populares, las leyendas locales ni las personas que confunden tradición con buen juicio. Precisamente por eso le escribo.

Este año volverá a celebrarse la Fiesta de las Máscaras en San Telmo de la Nieve.

Todo el pueblo saldrá a la calle con el rostro cubierto, como manda la costumbre.

Habrá música, nieve si Dios quiere, discursos si Dios nos castiga, y esa alegría obstinada con la que algunos pueblos intentan demostrar que no tienen nada que ocultar.

Yo creo que sí lo tienen.

Don Álvaro de Tebra ha regresado. Y desde que lo hizo, hay gente que habla menos, puertas que se cierran antes y viejos nombres que vuelven a pronunciarse como si aún quemaran.

No sé si corre peligro. No sé si el peligro es él.

Solo sé que, si usted estuviera aquí, vería lo que los demás llevamos años fingiendo no ver.

No le pido que venga a bailar. Le pido que venga a mirar.

Teresa Valcende.

Delacroix dejó la carta sobre la mesa y se quedó inmóvil.

La lluvia resbalaba por el cristal de la ventana con esa tristeza perseverante de las ciudades que han aprendido a envejecer sin pedir disculpas.

En la calle, un coche salpicó a un ciclista y el ciclista levantó una mano con una convicción moral que, por desgracia, no modificó en nada el curso de los acontecimientos.

Delacroix pensó que la humanidad poseía un talento inagotable para repetir gestos inútiles y llamarlos carácter.

Teresa Valcende.

No la veía desde hacía casi doce años. La había conocido en Biarritz, durante un verano tan caluroso que hasta los crímenes parecían cometidos con desgana.

Entonces Teresa no regentaba una posada en ningún pueblo nevado, sino que acompañaba a una dama española de fortuna considerable y pulmones delicados, una de esas mujeres que habían convertido la fragilidad en una disciplina social.

Teresa era joven, inteligente y tenía una cualidad rara: escuchaba sin inclinarse.

Podía servir té, doblar un chal o abrir una puerta sin que nadie lograra confundirla con una persona sumisa.

Delacroix recordaba sus ojos oscuros, su ironía tranquila y una frase que le había dicho una noche, después de que el anfitrión intentara explicar un disparo como un accidente doméstico.

“Hay casas donde la verdad no entra porque mancha la alfombra.”

La frase le había parecido excelente. También, por desgracia, exacta.

Volvió a coger la invitación. San Telmo de la Nieve.

El nombre tenía algo de postal antigua y de advertencia meteorológica.

Un pueblo del norte de España, junto a un acantilado, con una fiesta de máscaras y una dama protectora a la que nadie debía ofender mostrando la cara antes de medianoche.

Delacroix había visto muchas formas de estupidez humana, pero pocas tenían el mérito de organizarse con programa impreso.

Sacó de la bandeja el periódico que el camarero había dejado junto al desayuno.

Venía doblado por la página internacional, donde una breve columna hablaba de un temporal temprano en la cornisa cantábrica.

Nieve en cotas bajas, carreteras complicadas, viento fuerte en la costa, mala mar.

No mencionaban San Telmo de la Nieve. Los pueblos pequeños, pensó Delacroix, solo entraban en los periódicos cuando habían sido arrasados, descubiertos por turistas o suficientemente asesinados.

Leyó de nuevo el nombre de Álvaro de Tebra.

Ese sí le sonaba.

No de un caso concreto, no de uno que hubiera llevado personalmente, sino de ese murmullo de Europa que los hombres ricos dejan detrás de sí aunque no hagan nada especialmente memorable.

Tebra. Astilleros viejos, tierras, propiedades, donaciones religiosas, fundaciones discretas, una familia que había sobrevivido a monarquías, repúblicas, guerras, dictaduras y democracias con la admirable flexibilidad de quienes siempre encuentran una ventana abierta en cualquier edificio que se incendia.

Don Álvaro, si no recordaba mal, había sido durante décadas una figura casi feudal en aquella zona: benefactor de escuelas, restaurador de capillas, salvador de pescadores arruinados y propietario de demasiadas deudas ajenas.

La prensa local solía llamar generosos a los hombres así.

Delacroix prefería esperar a conocer el interés.

Tomó un sorbo de café y lo dejó de inmediato.

—No —dijo con suavidad—. Hay límites incluso para la investigación.

Se levantó, caminó hasta el escritorio y abrió su cuaderno.

Tenía una letra clara, pequeña, ordenada, más propia de un notario que de un detective, lo cual no dejaba de divertirle.

La gente esperaba que quienes se dedicaban a los crímenes tuvieran caligrafías atormentadas, gabardinas manchadas y cierta inclinación a mirar la lluvia con una copa en la mano.

Delacroix prefería la tinta negra, los zapatos limpios y una distancia prudente respecto a cualquier licor que intentara sustituir al pensamiento.

Anotó tres nombres.

Teresa Valcende.

San Telmo de la Nieve.

Álvaro de Tebra.

Después añadió una cuarta línea.

Fiesta de máscaras. Nadie muestra el rostro antes de medianoche.

La frase era absurda y útil. En un crimen, las normas absurdas solían ser las más interesantes.

Nadie entra después de las diez. Nadie abre la puerta del ala oeste.

Nadie toca el retrato del abuelo. Nadie se quita la máscara.

La humanidad sentía debilidad por prohibiciones dramáticas, quizá porque le permitían fingir que el caos tenía modales.

A media mañana, envió un telegrama breve a Teresa Valcende, anunciando su llegada si el tiempo y la compañía ferroviaria no decidían conspirar contra él, y otro a un viejo contacto en Madrid para que le enviara cualquier información disponible sobre los Tebra, San Telmo y una tal Lucía Cardiel, nombre que recordaba de forma vaga después de releer la carta de Teresa.

No estaba escrito allí, pero Delacroix lo había encontrado en su memoria asociado a ese pueblo, como una cerilla apagada que todavía conserva olor a humo.

Quizá un periódico antiguo. Quizá una conversación.

Quizá nada. A veces la memoria se comportaba como un testigo poco fiable: decía la verdad, pero solo cuando ya era tarde para confiar en ella.

Antes de comer, recibió respuesta de Teresa. El telegrama era aún más breve que su carta.

VENGA ANTES DE LA NOCHE DE LOS ROSTROS. STOP. SI ESPERA A QUE ALGUIEN SE QUITE LA MÁSCARA, QUIZÁ SEA DEMASIADO TARDE. STOP.

Delacroix lo leyó dos veces. Después lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.