Capítulo 12 — La hermana de la desaparecida #2
La sorpresa de Inés fue auténtica. También el miedo que la siguió.
—¿Clara tiene una carta?
—Eso dijo.
—¿La ha leído?
—Todavía no.
Inés se pasó una mano por el cuello, tocando el pañuelo gris.
—Lucía y Celia eran amigas. O lo parecían.
Celia era mayor, de una familia mejor, de esas mujeres que pueden permitirte estar cerca siempre que no olvides que siguen encima.
Mi hermana la admiraba. Yo creo que Celia disfrutaba de eso.
Hay personas que no quieren amigas, quieren espejos pobres donde verse generosas.
—Una descripción afilada.
—La he tenido veinticinco años para pulirla.
—¿Qué relación tenía Celia con don Álvaro?
Inés lo miró con desprecio, aunque no dirigido a él.
—La que tienen todas las personas de este pueblo con don Álvaro: demasiado cerca para llamarlo distancia y demasiado lejos para llamarlo culpa.
Él la protegía. Ella le organizaba cosas.
Fiestas, donativos, ceremonias, cenas, silencios.
Celia siempre supo estar donde convenía antes de que alguien la llamara.
—¿Y el alcalde?
—Bruno era entonces un chico con ambición y pelo. Ha perdido una de las dos cosas, pero no la peor.
Delacroix permitió que la frase reposara un segundo. Le gustó. Era injusta quizá, pero tenía eficacia.
—¿Lucía le dijo algo antes de desaparecer?
Inés tocó la máscara de ave con los dedos.
—Esa tarde. Estábamos en casa. Mi madre planchaba una camisa que Lucía iba a ponerse después de la ceremonia.
Yo me quejaba porque me habían dado una máscara fea, una de niña pequeña, y quería una como la suya.
Lucía se rió. Me dijo que las máscaras no servían para volverse otra persona, sino para que los demás se atrevieran a ser quienes ya eran.
Yo no la entendí. Tenía trece años y estaba más preocupada por parecer mayor que por escuchar a una muerta antes de que lo fuera.
—No era una muerta entonces.
—En este pueblo algunos empiezan a serlo antes de caer.
Delacroix no la interrumpió.
—Después me dijo que si pasaba algo, buscara en el sitio donde guardábamos los cuentos.
Yo pensé que era una tontería, una de esas frases de hermana mayor que quieren parecer misteriosas.
Esa noche desapareció. Durante semanas no me atreví a tocar sus cosas.
Mi madre lloraba sin hacer ruido. Mi padre ya estaba muerto, así que no pudo hacer nada, que es lo que los hombres de mi familia han hecho siempre con bastante coherencia.
Cuando por fin busqué entre los cuentos, no encontré nada.
—¿Nada?
—Nada entonces.
—¿Y después?
Inés metió una mano bajo el abrigo y sacó un sobre viejo, doblado, amarillento. No se lo entregó de inmediato. Lo sostuvo entre los dedos como quien no sabe si está mostrando una prueba o una parte del cuerpo.
—Lo encontré ayer. Detrás del armario de mi madre, junto a la máscara de la línea azul. Había una caja pequeña. Mi madre debió de encontrarla antes de morir y esconderla. O quizá Lucía la escondió tan bien que nadie la vio hasta que el armario se venció por la humedad. No lo sé.
Delacroix recibió el sobre. No lo abrió todavía.
—¿Lo ha leído?
—Sí.
—¿Y aun así me lo entrega?
—No se lo entrego. Se lo enseño.
—Una diferencia importante.
—Aprendo rápido cuando me han robado veinticinco años.
Dentro del sobre había media hoja, rota por la parte inferior. La letra era joven, inclinada, nerviosa. Delacroix acercó el papel a la luz del fuego.
Celia:
No puedo seguir callando. Esta noche, después del brindis, voy a decirle a Inés dónde está todo.
Si tú no vienes conmigo, iré sola. Él no puede seguir comprando a todos.
Lo que pasó en la casa Tebra no fue un error y tú lo sabes.
Dijiste que me ayudarías. Dijiste que no dejarías que me hicieran parecer una cualquiera.
Si de verdad eres mi amiga, encuéntrame junto a la cruz antes de que suba la Dama.
No llevo máscara para que puedas verme.
La carta terminaba ahí. La parte inferior había sido arrancada o destruida.
Delacroix la leyó dos veces. Después levantó la vista.
—¿Celia sabía esto?
—No lo sé.
—¿La ha enfrentado?
—Hoy. En la Casa de los Rostros. Antes de que usted bajara. No le enseñé la carta. Solo le dije que mi madre había guardado cosas de Lucía. Celia se puso blanca.
—Celia Armentia no se pone blanca con facilidad.
—Por eso lo noté.
Delacroix dobló el papel con cuidado y volvió a meterlo en el sobre.
—Aquí Lucía habla de “lo que pasó en la casa Tebra”. ¿Sabe a qué se refiere?
Inés negó despacio.
—He imaginado tantas cosas que ya no sé cuál es recuerdo, cuál miedo y cuál deseo de que hubiera sufrido menos de lo que quizá sufrió.
—¿Y “dónde está todo”?
—No lo sé.
—¿Documentos? ¿Cartas? ¿Pruebas?
—Algo que podía hundir a Álvaro. O a Celia. O al pueblo entero, si el pueblo entero estaba ocupado mirando.
Delacroix apoyó el sobre sobre la mesa sin soltarlo.
—¿Alguien más sabe que tiene esto?
—No.
—Madame Cardiel.
—Inés.
—Inés, si ha vivido veinticinco años en San Telmo, sabe mentir mejor que eso.
Ella sostuvo su mirada. Luego apartó la vista hacia la ventana, donde las luces azules de la fiesta se movían detrás del cristal empañado.
—Le dije a Samuel Rego que había encontrado algo.
—¿Por qué a él?
—Porque su padre fue el único que quiso buscar a Lucía donde nadie buscó.
—¿Dónde?
—No en el acantilado.
Delacroix esperó.
—En el bosque.
La palabra cambió la habitación. No de forma visible, sino íntima. Hasta entonces, el mar había parecido el gran escenario de la muerte antigua: la caída, la nieve, el cuerpo tragado por el agua. El bosque abría otra dirección, una posibilidad menos poética y quizá más verdadera.
—¿Por qué en el bosque?
—Porque mi hermana tenía barro en los zapatos cuando salió de casa.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque yo se los limpié por la tarde y, cuando volvió a cambiarse, estaban manchados otra vez.
Barro oscuro, de la zona del viejo molino.
No del camino al acantilado. Se lo dije a mi madre después de que desapareciera.
Mi madre se lo dijo al guardia. El guardia habló con don Álvaro.
Y de pronto todos decidieron que una niña de trece años no sabía distinguir barro de barro.
—Pero sí sabía.
—En una casa pobre se aprende a limpiar antes que a rezar.
Delacroix sintió que una pieza se colocaba en un lugar incómodo.
El bosque. El viejo molino. La cruz. La casa Tebra.
Celia. Lucía sin máscara para que pudieran verla.
Don Álvaro muerto con vino en los labios y un hilo azul en la mano.
La fiesta no estaba repitiendo solo una desaparición; estaba obligando al pasado a escoger entre dos escenarios.
—Necesito ver ese molino.
—No esta noche.
—Especialmente esta noche.
Inés negó con fuerza.
—No entiende. El camino pasa detrás de la capilla y baja por el borde del bosque. Con esta nieve es peligroso. Y si alguien sabe que va allí…
—Alguien ya lo sabrá. En San Telmo la información parece viajar más rápido que la decencia.
Inés le quitó el sobre de la mano y lo guardó de nuevo bajo el abrigo.
—No irá solo.
—No suelo discutir con las personas que tienen razón.
—Yo tampoco. Por eso hablo poco en este pueblo.
Un golpe seco sonó en la puerta de la posada.
No fue una llamada normal. Fue un golpe urgente, seguido de otro.
Inés se puso en pie. Delacroix también. Antes de que llegaran al vestíbulo, la puerta se abrió y Nico entró casi cayendo, sin aliento, con la máscara de zorro levantada sobre la cabeza y la cara roja por el frío.
—Monsieur Delacroix —jadeó—. Mi madre dice que vaya.
—¿Qué ocurre?
—El doctor Lanza.
Delacroix sintió una molestia inmediata, precisa.
—¿Qué pasa con él?
Nico tragó aire.
—Estaba en la sacristía con el cuerpo. Ha salido un momento. O eso dijeron. Ahora no lo encuentran.
Inés cerró los dedos sobre el sobre oculto bajo su abrigo.
—¿Dónde lo vieron por última vez? —preguntó Delacroix.
El muchacho miró hacia la plaza, hacia la nieve, hacia el camino de la iglesia.
—Cerca de la Casa de los Rostros.
Delacroix tomó su abrigo del respaldo de la silla.
—Naturalmente —dijo—. En este pueblo, hasta los desaparecidos parecen tener sentido de la simetría.