Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 24 — La última vuelta
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Capítulo 24 — La última vuelta

El amanecer llegó sin entusiasmo.

No hubo un rayo de sol atravesando las nubes ni un canto de pájaros oportuno ni ninguna de esas cortesías que a veces la naturaleza presta a los finales para que los hombres crean que el mundo participa en sus pequeños dramas.

La mañana se limitó a aclarar la niebla.

Poco. Lo suficiente para que la feria dejara de parecer un sueño enfermo y recuperara su aspecto verdadero: lonas mojadas, barro, farolillos apagados, madera vieja, carteles despintados y una serie de personas que habían envejecido demasiado en una sola noche.

El carrusel seguía en el centro.

Quieto.

Célestin había cerrado el costado del caballo blanco con una reparación provisional.

La cicatriz de la madera quedaba visible bajo la pintura.

No era grande, pero estaba allí. Una línea fina, casi discreta, como esas heridas que no deforman un rostro pero cambian para siempre la forma en que uno lo mira.

Delacroix permaneció un rato frente a él, con las manos apoyadas en el bastón.

Baptiste apareció a su lado con el abrigo húmedo, el sombrero vencido y la expresión de un hombre que había conocido demasiadas variedades del cansancio.

—He encontrado las almendras —dijo.

Delacroix no apartó la vista del caballo.

—Me alegra saber que la justicia también se ocupa de los asuntos importantes.

—Estaban mojadas.

—Una tragedia secundaria, pero no despreciable.

—He comido algunas de todos modos.

—Eso explica su palidez.

Baptiste miró el carrusel.

—¿Volverá a girar?

—Supongo que sí.

—¿Debería?

Delacroix tardó en responder.

—Las cosas no son culpables por haber sido usadas por los hombres. Aunque reconozco que algunas merecen descansar.

Baptiste siguió su mirada.

—Ese caballo ha tenido una noche horrible.

—Todos los presentes podrían decir lo mismo. Con menos madera, quizá.

A unos pasos, Marceau daba órdenes con una voz que había perdido parte de su filo y ganado una ronquera respetable.

Los agentes habían reunido los documentos, guardado las pruebas y separado a los detenidos con el orden imperfecto que permitía una feria embarrada, un río cercano y una noche sin dormir.

Henri Aubert estaba sentado bajo vigilancia, con las manos esposadas y el delantal blanco ya retirado.

Sin el puesto, sin el caramelo y sin las manzanas rojas delante, parecía más joven.

O quizá solo más vacío. Había confesado lo esencial durante la madrugada: el nombre falso, los meses trabajando en ferias cercanas para acercarse a la Gran Feria Bresson, la fabricación del mecanismo con piezas de autómatas y restos de herramientas, la forma en que aprovechó el sabotaje de Béatrice y la intervención de Adrien para convertir el caballo blanco en una máquina de matar.

No había sido un crimen perfecto.

Solo un crimen paciente.

Eso bastaba demasiadas veces.

Henri había sabido esperar. Había vendido dulces, repartido sonrisas, prestado cajas, pedido tinta, observado rutinas.

Había aprendido qué niños miraban más de la cuenta, qué feriantes mentían por costumbre, qué amantes se protegían mal, qué viejos se acercaban al carrusel cuando nadie debía verlos.

Y, sobre todo, había entendido algo que Delacroix no podía negarle: aquella feria estaba tan llena de culpas previas que cualquier crimen nuevo podía camuflarse entre ellas como una nota falsa en una música ya desafinada.

—¿Se arrepiente? —preguntó Baptiste.

Delacroix miró a Henri.

—No de haber matado a Chavanel.

—¿De lo demás?

—Quizá. El arrepentimiento empieza a menudo por los daños colaterales. Es una forma muy cómoda de conservar intacto el orgullo principal.

Henri levantó la cabeza en ese momento, como si hubiera oído algo.

No dijo nada.

Delacroix tampoco.

Marceau se acercó con una carpeta bajo el brazo.

—Aubert ha firmado la confesión.

—¿Entera?

—Lo bastante entera para colgarlo.

—Una medida administrativa de la verdad.

—No me pida poesía a esta hora.

—No se la pediría jamás sin consultar antes a su médico.

El inspector miró el carrusel.

—También declara que Anatole vio el mecanismo y lo dejó.

—Eso ya lo declaró Anatole.

—Sí. Y lo peor es que ambos coinciden. Me molestan mucho las verdades que se confirman entre hombres culpables.

—Son incómodamente sólidas.

Marceau observó al viejo Bresson.

Anatole estaba sentado en un banco junto a la plataforma. No esposado aún, aunque vigilado. Tenía las manos juntas, el sombrero sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo. Margot estaba a unos metros. No junto a él. No lejos. Esa distancia parecía haber sido medida por una herida nueva.

—Lo detendré —dijo Marceau.

—Sí.

—La acusación será complicada.

—Casi todo lo que merece juicio lo es.

—Vio el arma y no la retiró.

—Sí.

—Quitó después una pieza para romper el caballo.

—Sí.

—No mató, pero permitió.

—Sí.

Marceau soltó el aire.

—Los jueces odian esas diferencias.

—Los jueces, al menos, cobran por odiarlas.

El inspector casi sonrió.

Solo casi.

—Béatrice Armand también responderá por sabotaje, amenaza a Laval y ocultación de identidad.

Delacroix miró a la mujer de negro.

Béatrice estaba junto a Margot. No hablaban.

Eso era, de momento, lo más parecido a un comienzo.

La mano quemada volvía a estar cubierta por un guante claro, aunque ya no parecía esconderla con la misma desesperación.

La noche le había quitado el derecho al fantasma.

Ahora era una mujer viva, y eso siempre era más difícil.

—No intentó matar a Chavanel —dijo Delacroix.

—No. Solo quiso romper un carrusel con público cerca.

—La familia Bresson parece tener una relación poco saludable con los matices.

—Eso no figura en el código penal.

—Una pena. Ahorraría tiempo.

Marceau hojeó la carpeta.

—Clémence Aubry será interrogada por ocultar documentos y por el forcejeo con Renaud.

Renaud, en cuanto deje de sangrar y de insultar a todos los que intentan curarlo, irá detenido por robo, agresión a Laval y ocultación de pruebas.

Adèle Chavanel ha entregado los papeles del maletín. Su situación...

El inspector se detuvo.

Delacroix lo miró.

—¿Su situación?

—Técnicamente robó documentos de una escena relacionada con un asesinato.

—Técnicamente esos documentos probaban delitos cometidos contra ella.

—No haga que suene como si el código penal estuviera mal escrito solo porque no previó una feria homicida, un tío monstruoso y un carrusel manipulado.

—No era mi intención hacerlo sonar así.

—Pero lo cree.

—Un poco.

Marceau cerró la carpeta.

—No sé qué hará el juez con ella.

—Quizá escucharla.

—Tiene una fe muy ambiciosa en los jueces cuando le conviene.

—No. Tengo una fe modesta en que algunos hombres se cansan de ser injustos después de leer suficientes papeles.

Adèle estaba con Adrien Chavanel cerca de la entrada de la barraca de bebidas. Padre e hija se encontraban uno frente al otro, no abrazados, no reconciliados, no felices. Nada tan barato. Él le había entregado las cartas recuperadas. Ella las sostenía contra el pecho, todavía sin abrirlas.

—No sé qué hacer con esto —dijo Adèle.

Adrien tenía la cabeza baja.

—No tienes que saberlo hoy.

—No me hables como si fueras prudente.

La frase lo golpeó, pero él la aceptó.

—Tienes razón.

—Eso tampoco arregla nada.

—No.

Adèle lo miró durante unos segundos.

—No puedo llamarte padre todavía.

Adrien cerró los ojos.

—Lo entiendo.

—No sé si lo entiendes.

—No.

Ella bajó la mirada hacia las cartas.

—Pero quiero leerlas.

Adrien levantó la vista.

No sonrió. Sonreír habría sido una indecencia.

—Eso ya es más de lo que merezco.

Adèle no respondió.

Se quedó allí, con las cartas en la mano, como si acabara de recibir un idioma entero y no supiera todavía si quería aprenderlo.

Delacroix observó la escena sin intervenir.

Marceau también la vio.

—Los vivos complican mucho los casos —dijo el inspector.

—Los muertos tienen la ventaja de no contradecirse después del interrogatorio.

—Aunque Chavanel lo ha intentado bastante.

—Era un hombre perseverante.

Hablaron con Henri Aubert una vez más antes de trasladarlo.

Marceau quiso cerrar algunos puntos. Delacroix quiso escuchar lo que quedaba cuando un asesino ya no intentaba salvarse.

Henri estaba sentado sobre una caja, con las manos esposadas por delante. Tenía el rostro gris, los labios secos y una mancha de caramelo rojo en la manga. Ese detalle resultaba particularmente desagradable. La dulzura, en él, se había vuelto evidencia.

—La manzana de Nicolas —dijo Delacroix.

Henri bajó la mirada.

—No iba a matarlo.

—Ya lo dijo.

—Es verdad.

—También lo es que no podía estar seguro.

El hombre apretó los labios.

—Era una dosis pequeña.

—Qué frase tan pobre.

Henri levantó los ojos.

Delacroix continuó:

—Los asesinos suelen volverse excelentes farmacéuticos después de fracasar en ser hombres decentes.

Henri encajó la frase.

—Yo no quería niños en esto.

—Pero los usó.

—Luc me habría delatado antes de que todo terminara.

—Entonces lo ató.

—Sí.

—Nicolas vio demasiado.

—Sí.

—Entonces le dio una manzana impregnada.

Henri cerró los ojos.

—Sí.

—Madeleine Bresson tampoco quería estar en esto.

La frase lo alcanzó.

Por fin.

Henri abrió los ojos.

—No la nombre.

—¿Por qué? Usted la nombró toda la noche. Con el caballo, con Chavanel, con la herida, con el mecanismo, con la nota que no escribió pero que permitió que acompañara su crimen. La usó igual que Chavanel usaba los papeles.

Henri negó con la cabeza.

—No.

—Sí.

El silencio que siguió fue largo.

Henri miró hacia el carrusel.

—Mi padre murió creyendo que nadie sabría la verdad.

—Ahora la saben.

—Demasiado tarde.

—Casi todas las verdades llegan tarde. La diferencia está en cuánto daño hacen al entrar.

Henri bajó la cabeza.

—Chavanel merecía morir.

Delacroix suspiró.

No con cansancio. Con tristeza.