Capítulo 24 — La última vuelta #2
—Probablemente Chavanel merecía muchas cosas. Pero cuando un hombre decide convertirse en la mano que las reparte, suele descubrir demasiado tarde que se parece más al monstruo que al juez.
Henri no respondió.
Marceau hizo una señal.
Se lo llevaron.
Al pasar junto al puesto de manzanas, Nicolas apareció de la mano de su madre. Morel intentó apartarlo, pero el niño se quedó quieto mirando a Henri. No había odio en su rostro. Solo miedo y una curiosidad herida.
Henri bajó la vista.
—Lo siento —dijo.
La madre de Nicolas apretó la mano de su hijo.
—No le hable.
Henri obedeció.
Nicolas, sin embargo, preguntó:
—¿Las manzanas volverán a ser buenas?
Nadie supo qué responder.
Baptiste abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y decidió, con inusual sabiduría, no decir nada.
Delacroix se agachó frente al niño.
—Algunas sí.
—¿Y cómo se sabe?
—No siempre se sabe.
Nicolas frunció el ceño, insatisfecho.
—Eso es una respuesta horrible.
—Lo es.
—Mi madre dice que no voy a comer más manzanas de feria.
—Su madre conoce el mundo.
El niño miró el puesto vacío.
—Yo quería montar en el caballo blanco.
Delacroix siguió su mirada.
—Tal vez algún día.
—¿Cuando esté arreglado?
—Cuando los adultos dejen de usarlo para cosas que no son montar.
Nicolas pareció considerar la frase.
—Eso puede tardar.
—Sí.
—Los adultos son muy lentos.
—Y con frecuencia menos listos de lo que creen.
El niño asintió con gravedad.
—Eso sí lo sabía.
Delacroix se incorporó.
La madre le dedicó una mirada agradecida y triste.
Luego se llevó a Nicolas hacia la entrada, donde algunos visitantes ya empezaban a ser liberados después de dar sus nombres y recibir la advertencia de no convertir la noche en más rumor del estrictamente inevitable.
Advertencia inútil. A mediodía, Saint-Aubin habría matado a Chavanel de doce formas distintas, resucitado a dos fantasmas y envenenado a media feria con dulces imaginarios.
Marceau se acercó a Margot.
Delacroix no oyó toda la conversación, solo fragmentos.
—...su padre tendrá que acompañarnos.
—Lo sé.
—Puede hablar con él antes.
Margot asintió.
Anatole levantó la vista cuando ella se acercó. Durante un segundo pareció un hombre que esperaba sentencia no de la ley, sino de una niña que ya no existía.
—Margot —dijo.
Ella se sentó a su lado.
No demasiado cerca.
—No sé qué decirte.
Anatole tragó saliva.
—No tienes que decir nada.
—Eso también lo decidiste demasiadas veces por mí.
El viejo cerró los ojos.
—Sí.
Margot miró el carrusel.
—¿La viste? La hoja.
—Sí.
—¿Y pensaste en mí?
Anatole se estremeció.
—Sí.
—No lo suficiente.
La frase no fue cruel. Fue exacta. Por eso dolió más.
—Pensé en tu madre —dijo él—. En Émile. En todo lo que Chavanel nos había quitado.
—Y no pensaste en lo que tú podías quitarme si dejabas que muriera.
Anatole no respondió.
Margot habló más bajo:
—Me has quitado algo esta noche. No sé cómo se llama todavía.
—Lo siento.
—No me basta.
—Lo sé.
—No sé si podré perdonarte.
—Lo sé.
Ella lo miró al fin.
—No. No lo sabes. Pero vas a tener tiempo para pensarlo.
Anatole asintió despacio.
Parecía más viejo que al principio de la noche. No por la edad. Por la verdad. La verdad envejece de una manera menos visible que el tiempo, pero mucho más rápida.
Béatrice se acercó cuando Margot se levantó.
—Margot.
La joven se volvió.
Tía y sobrina se quedaron mirándose.
—No voy a pedirte nada —dijo Béatrice.
—Bien.
—Solo quería decirte que tu madre te quería.
Margot respiró hondo.
—Eso sí lo sabía.
Béatrice bajó la mirada.
—Entonces al menos alguien hizo algo bien.
Margot tardó un segundo en responder.
—No te vayas sin avisar.
Béatrice levantó la cabeza.
La frase no era perdón.
No era cariño.
Ni siquiera era confianza.
Era una puerta sin cerrar del todo.
Para alguien que había pasado años convertida en fantasma, quizá era suficiente.
—No —dijo Béatrice—. Esta vez no.
Célestin terminó de asegurar el último cierre del caballo blanco. Bajó de la plataforma limpiándose las manos con un trapo. Se acercó a Margot, pero no la tocó.
—Quedará firme —dijo.
Ella miró el caballo.
—¿Y seguro?
—Sí.
—¿Podrá girar?
Célestin dudó.
—Sí. Pero no hoy.
—No.
—Ni mañana.
—Tampoco.
El mecánico asintió.
—Cuando tú quieras.
Margot lo miró con cansancio.
—No pongas mi nombre sobre todas las decisiones. Ya hay bastante gente cargando cosas sobre otros.
Célestin bajó la mirada.
—Perdón.
Ella suspiró.
—Pero quédate cerca.
Él levantó la vista.
—Eso sí.
No hubo beso. No hubo promesa. No hacía falta. Después de una noche así, la cercanía era más seria que cualquier juramento.
Marceau regresó junto a Delacroix mientras los agentes empezaban a preparar los traslados.
—Nunca volveré a mirar una feria igual.
—Eso quizá mejore su gusto.
—Y no volveré a comer una manzana caramelizada.
—Eso quizá mejore su salud.
—Ni a montar en carrusel.
—Eso no creo que sea una pérdida para la infancia mundial.
Marceau miró el caballo blanco.
—Aubert mató a Chavanel. Anatole lo dejó morir. Béatrice lo preparó sin querer. Adrien lo impidió a medias. Adèle robó la verdad. Clémence la escondió. Renaud intentó venderla. Laval sobrevivió por poco. ¿Me dejo a alguien?
—A Nicolas.
—El niño.
—Vio mejor que muchos.
—Y a Luc.
—También.
Marceau asintió.
—El chico tendrá que declarar.
—Sí.
—No le gustará.
—No.
—¿Cree que Bresson lo echará?
Delacroix miró a Margot.
—No será Anatole quien decida.
—Tiene razón.
Hubo un pequeño silencio.
Luego Marceau dijo:
—Me habría gustado detener a Chavanel.
—Llegó tarde.
—Como todos.
Delacroix miró los documentos reunidos en la mesa.
—No del todo. Los papeles hablarán. No devolverán a Madeleine, ni al doctor Aubert, ni los años de Adèle, ni el nombre robado de Adrien. Pero quizá impidan que Chavanel siga ganando después de muerto.
—Eso es poco.
—Sí.
—¿Y basta?
—Casi nunca.
El inspector lo miró.
—Usted es pésimo dando consuelo.
—El consuelo suele mentir para resultar amable. Yo prefiero ser desagradable con moderación.
—No siempre consigue la moderación.
—Lo tendré en cuenta en mi próxima vida.
El primer sol débil apareció por fin detrás de las nubes. No iluminó la feria con belleza. Solo mostró mejor el barro.
Aun así, algo cambió.
Los visitantes salieron en pequeños grupos.
Algunos murmuraban. Otros guardaban silencio.
Los niños caminaban somnolientos, sin comprender del todo por qué una noche de luces había terminado con agentes, sangre y adultos hablando en voz baja.
Los feriantes empezaron a recoger objetos, apagar lámparas, cubrir puestos. Nadie desmontó el carrusel.
No todavía.
Adèle subió al coche de Chavanel, no como prisionera, sino como testigo escoltada.
Adrien fue con ella. No se sentaron juntos al principio.
Luego, cuando el coche empezó a moverse, Delacroix vio a través de la ventanilla que Adèle abría una de las cartas y que Adrien miraba hacia otro lado para concederle, al menos, la intimidad que nadie le había concedido durante años.
Béatrice permaneció junto a Margot hasta que un agente la llamó. Antes de irse, se quitó el guante izquierdo y miró su mano quemada.
—La odié durante mucho tiempo —dijo.
Margot no preguntó si hablaba de la mano, del caballo, de la feria o de sí misma.
Quizá eran la misma cosa.
—Yo también voy a odiar cosas durante un tiempo —respondió.
Béatrice asintió.
—No las dejes elegir por ti.
Margot la miró.
—Eso deberías habértelo dicho hace veinte años.
Béatrice aceptó el golpe.
—Sí.
Luego se marchó.
Anatole fue el último en abandonar el carrusel.
Marceau se acercó para conducirlo. El viejo se puso en pie con dificultad. Antes de bajar la plataforma, apoyó una mano sobre el cuello del caballo blanco.
No hubo palabras.
Delacroix agradeció esa ausencia.
Los hombres, en los momentos graves, suelen estropearlos hablando.
Anatole bajó. Margot lo miró pasar. Él quiso detenerse, pero no lo hizo. Esa fue, quizá, la primera decisión decente que tomó aquella mañana.
Cuando se lo llevaron, la feria quedó extrañamente quieta.
Baptiste recuperó su cesto de almendras, lo miró por última vez y lo dejó junto al puesto vacío de dulces.
—¿Un funeral? —preguntó Delacroix.
—Una rendición.
—Más sensata de lo habitual.
—No se acostumbre.
Ambos caminaron hacia la salida.
Al pasar junto al carrusel, Delacroix se detuvo. Margot seguía allí, sola ahora, mirando los caballos. Célestin estaba un poco más atrás, dándole espacio. Luc, con la manta sobre los hombros, barría barro de la plataforma sin que nadie se lo hubiera pedido.
—Mademoiselle Bresson —dijo Delacroix.
Ella se volvió.
Parecía agotada.
Pero no vencida.
—Monsieur Delacroix.
—Siento lo ocurrido.
Margot miró el caballo blanco.
—No sé si eso sirve de algo.
—No mucho.
—Gracias por no fingir.
—Es una de mis pocas virtudes sociales.
Ella respiró hondo.
—¿Cree que debería venderlo?
—No.
La respuesta llegó más rápida de lo que Delacroix esperaba de sí mismo.
Margot lo miró.
—¿No?
—No debería venderlo porque Chavanel quiso comprarlo. No debería quemarlo porque Béatrice quiso quemarlo. No debería conservarlo porque su padre lo convirtió en tumba. Debería decidir qué hacer con él cuando sepa qué quiere usted. No antes.
Margot bajó la mirada.
—¿Y si no lo sé nunca?
—Entonces haga algo provisional. La mayoría de las vidas decentes se construyen así.
Ella casi sonrió.
Solo casi.
—Quizá lo deje parado una temporada.
—Me parece una decisión extraordinariamente humana.
—¿Eso es bueno?
—A veces.
Margot miró a Luc, que barría con torpeza.
—El chico se quedará.
—Me alegra.
—Nicolas podrá montar gratis cuando volvamos a abrir.
—Procure revisar antes las manzanas.
Esta vez sí sonrió. Muy poco. Pero sonrió.
—Lo haré.
Delacroix inclinó la cabeza y siguió hacia la salida.
Baptiste caminó a su lado.
—¿Sabe? Al principio pensé que esta sería una noche agradable.
—La esperanza es una enfermedad muy extendida.
—También pensé que usted acabaría montando en el carrusel.
—Eso habría sido el verdadero crimen.
—¿Ni una vuelta?
Delacroix miró hacia atrás.
El carrusel permanecía quieto. El caballo blanco, con su cicatriz fina, parecía menos hermoso que al principio. También parecía más verdadero.
—No hoy.
Baptiste lo observó.
—¿Otro día?
Delacroix tardó un instante.
—Quizá.
Salieron de la feria cuando la mañana terminaba de levantar la niebla.
Detrás de ellos, las luces se apagaron una a una.
No hubo música.
No hubo aplausos.
Solo el sonido del barro bajo los zapatos, el murmullo lejano del río y, en algún lugar del carrusel detenido, un pequeño crujido de madera que no parecía amenaza ni lamento.
Parecía, sencillamente, una cosa vieja acomodándose al peso de seguir existiendo.