Capítulo 23 — Los papeles que no ardieron #2
—Chavanel falsificó, retuvo correspondencia, manipuló informes médicos y ocultó a un hermano vivo.
—Entre otras delicadezas —dijo Delacroix.
—Ya no puede ser juzgado.
—No por tribunales ordinarios.
—No me venga con justicia poética.
—No pensaba. La justicia poética tiene mal expediente.
Delacroix volvió al paquete de Clémence. Faltaba algo. La forma de las dobleces dejaba huecos. La cartera de Chavanel había contenido más.
—Renaud conserva parte de los papeles —dijo.
Clémence asintió.
—Sí.
—¿Cuáles?
—No lo sé. Había algunos relacionados con Aubert. Otros con la deuda de Gaston. Y una carta... no pude verla bien. Tenía sello roto.
—¿De quién?
—No sé.
Adèle levantó la vista.
—Quizá de Adrien.
—Quizá —dijo Delacroix.
Laval, pálido, intervino:
—Renaud no sabe qué hacer con papeles salvo venderlos.
—¿A quién? —preguntó Marceau.
—A quien pague más. A los enemigos de Chavanel, a sus herederos, a un abogado, a cualquier periódico. Renaud tiene olfato para la vergüenza ajena.
Gaston Verrier, desde la entrada, soltó:
—Entonces sigue vivo.
Marceau se volvió.
—¿Por qué?
—Porque si estuviera muerto, la vergüenza ya habría aparecido flotando.
Delacroix miró a Gaston.
—No es una mala deducción para un hombre que dispara a patos de madera.
—La guerra enseña a distinguir al muerto del cobarde.
—No siempre.
—Casi siempre.
Un agente apareció en la puerta.
—Inspector.
Marceau giró.
—¿Lo encontraron?
—No, pero falta una barca.
Delacroix levantó la mirada.
—¿Del río?
—Una barca pequeña, atada cerca del embarcadero viejo. El cochero dice que estaba allí cuando llegaron. Ahora no.
Marceau maldijo.
—Renaud.
—O alguien con prisa y mala relación con el agua —dijo Delacroix.
—Dijo que no nadaba bien.
—Precisamente.
Gaston se apartó de la puerta.
—Si tomó la barca, no pudo ir lejos. El río baja crecido, pero hay una curva antes del molino. Si no sabe manejarla, embarrancará allí.
Marceau lo miró.
—¿Lo sabe por experiencia?
—Sé muchas cosas vergonzosas. ¿Le sirve o seguimos cuidando mi reputación?
—Morel —ordenó Marceau—, dos agentes conmigo. Verrier, usted viene.
Gaston sonrió de lado.
—Al fin una invitación agradable.
—No se emocione. Sigue bajo sospecha de varias idioteces.
—Eso es casi un estado civil.
Delacroix tomó su bastón.
—Voy también.
Marceau suspiró.
—Por supuesto.
La comitiva salió hacia el río.
La lluvia había vuelto a caer con suavidad, más niebla que agua.
La feria quedó detrás, retenida por sus luces cansadas.
El camino hasta el embarcadero viejo era estrecho y embarrado.
Gaston caminaba delante, seguro en la oscuridad.
Marceau lo seguía con una lámpara. Delacroix avanzaba detrás, más atento al suelo que al río.
—No entiendo a Renaud —dijo Marceau—. Si tenía papeles, podía entregarlos y salvarse.
—Renaud no parece un hombre que confíe en salvarse entregando algo gratis.
—¿Cree que intentó venderlos?
—Creo que intentó no morir pobre por culpa de secretos ajenos.
—Una ambición poco elegante.
—La pobreza rara vez permite ensayar elegancia.
Llegaron a la curva del molino.
Allí el río se estrechaba entre raíces y piedras bajas. La corriente empujaba hacia un remanso donde flotaban ramas, hojas y basura traída por la lluvia. La barca estaba atascada contra un tronco, inclinada, medio llena de agua.
Vacía.
—Maldición —dijo Marceau.
Gaston levantó la lámpara.
—No está vacía del todo.
Dentro, bajo un tablón suelto, había un rastro de sangre y un trozo de tela oscura. También una cartera pequeña de cuero negro.
Marceau la tomó con el pañuelo.
—La cartera de Chavanel.
Delacroix sintió que la noche cerraba otra de sus puertas.
La cartera estaba mojada, pero no vacía. Dentro quedaban tres papeles protegidos torpemente por un pañuelo. Renaud había tenido la inteligencia justa para envolverlos y la prisa suficiente para hacerlo mal.
Marceau abrió el primero.
—Una deuda de Gaston Verrier —dijo.
Gaston, desde la orilla, levantó una ceja.
—Si vamos a recuperar mi vergüenza del río, al menos séquela antes.
El segundo documento era una carta de Adrien a Adèle. No hacía falta leerla en voz alta. Delacroix vio el rostro de Adrien cuando Marceau la guardó y comprendió que aquella carta no era prueba policial. Era restitución.
El tercero era una hoja doblada, manchada de barro.
Delacroix la abrió con cuidado.
La letra era del doctor Aubert.
No una recomendación médica.
Una carta personal dirigida a Anatole Bresson.
Delacroix leyó las primeras líneas y sintió un cansancio profundo.
—¿Qué dice? —preguntó Marceau.
Delacroix miró hacia la feria, invisible desde allí pero presente como una luz enferma detrás de los árboles.
—Dice que Aubert sospechaba que Chavanel estaba retrasando el dinero deliberadamente. Que le rogaba a Anatole no firmar la cesión del carrusel sin exigir antes el desembolso. Que Madeleine aún podía ser trasladada si actuaban de inmediato.
Gaston bajó la cabeza.
—¿Llegó esa carta?
Delacroix miró el sobre interior, pegado al papel por la humedad. El sello estaba roto, pero no por Anatole. Había una marca de apertura limpia, antigua.
—No.
Marceau entendió.
—Chavanel la interceptó.
—Sí.
—Y la guardó.
—Como todo.
Gaston soltó una maldición.
Hubo un sonido entre los arbustos.
Marceau levantó el revólver.
—¡Salga!
No hubo respuesta.
Gaston avanzó dos pasos y apartó unas ramas con la lámpara.
Renaud estaba detrás.
Vivo.
Empapado, embarrado, con una herida en el costado y el rostro gris de frío. Tenía los dientes apretados y una mano sobre el vientre. En la otra sostenía una navaja, aunque con tan poca fuerza que parecía más un hábito que una amenaza.
—Suelte eso —dijo Marceau.
Renaud miró la navaja como si no recordara tenerla.
La dejó caer al barro.
—No iba a quedármela —murmuró.
—¿La navaja?
—La cartera.
Marceau se agachó junto a él.
—Claro. Solo se estaba ahogando con ella por educación.
Renaud tosió. Un hilo de sangre le manchó la comisura de la boca.
—Quería venderla.
—Eso es más creíble.
Delacroix se acercó.
—¿Quién lo hirió?
Renaud miró a Gaston.
—Ella.
—¿Clémence?
—Sí.
—¿Lo empujó al río?
—No. Me cortó. Yo resbalé. La muy condenada araña como gato.
Gaston dio un paso hacia él.
—Hable de ella con cuidado.
Renaud soltó una risa débil.
—Mira qué caballero.
Marceau hizo una señal a los agentes para que lo levantaran.
—Renaud, queda detenido por robo de pruebas, agresión a Laval, ocultación y cualquier otra cosa que recuerde cuando deje de gotear.
—Yo no maté a Chavanel.
—Esta noche esa frase ya no impresiona.
—Fue el de las manzanas.
Delacroix lo miró con atención.
—¿Lo vio?
—Vi demasiado tarde. Lo vi cerca del carrusel, antes de que Chavanel subiera. Pensé que era otro feriante metiendo las narices. Después entendí.
—¿Y por qué no habló?
Renaud sonrió con sangre.
—Porque el silencio suele valer algo hasta que uno lo vende.
Marceau casi lo golpeó con la mirada.
—Llévenlo.
Mientras los agentes conducían a Renaud hacia la feria, Delacroix se quedó un momento junto al río.
La corriente seguía arrastrando hojas, barro y pequeños restos de feria. No parecía importarle que esa noche hubieran intentado convertirla en cómplice.
Marceau guardó la cartera bajo el abrigo.
—Ya tenemos los papeles.
—La mayoría.
—Renaud vivo.
—Lamentablemente para algunos.
—Henri confeso.
—Sí.
—Anatole detenido por omisión y sabotaje posterior.
—Sí.
—Béatrice por sabotaje inicial.
—Sí.
—Clémence por ocultación y forcejeo.
—Probablemente.
—Adèle por robo de documentos.
—También.
Marceau miró hacia la feria.
—Voy a necesitar más tinta.
—Y quizá más compasión.
—No abuse.
Delacroix observó el río.
—No. Hoy no sobra.
Regresaron.
La feria los recibió con un silencio cansado. Ya nadie parecía esperar milagros. Ni siquiera explicaciones. Solo que la noche terminara, aunque al amanecer todo siguiera allí: la madera, la culpa, los documentos recuperados y las personas obligadas a recordar de otra manera.
En la barraca de variedades, Margot recibió la carta del doctor Aubert sin decir nada.
La leyó.
Luego se la entregó a Anatole.
El viejo la tomó con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron las líneas una vez. Luego otra. En algún punto de la segunda lectura, dejó de poder seguir.
—Nunca llegó —dijo.
Nadie respondió.
—Yo habría...
La frase murió antes de mentir.
Margot lo miró.
—No lo sabemos.
Anatole asintió despacio.
—No.
—Eso será lo que tengamos que aprender a vivir.
Él cerró los ojos.
Béatrice, junto a la pared, miró a su sobrina con una tristeza nueva. No dijo nada. Por primera vez desde su aparición, tuvo el buen gusto de callar.
Adèle recibió las cartas de Adrien con las manos muy quietas. No las abrió allí. Las apretó contra el pecho y miró a su padre, como si aún no supiera si aquellas hojas le devolvían algo o solo le mostraban mejor lo perdido.
Adrien no se acercó.
Eso, tal vez, fue su primer gesto verdaderamente prudente como padre.
Clémence Aubry, al ver que Renaud volvía vivo y esposado, dejó escapar un suspiro que no quiso parecer alivio. Gaston lo notó, pero no la obligó a admitirlo.
Marceau se colocó en el centro de la barraca con la cartera recuperada, los paquetes de documentos y el cansancio de un hombre que había visto demasiadas versiones de la culpa para una sola noche.
—Bien —dijo—. Ahora nadie tocará un solo papel más sin mi permiso.
Baptiste levantó una mano.
—¿Ni aunque prometa no leerlo con emoción?
—Especialmente usted.
Delacroix miró hacia el carrusel.
El caballo blanco seguía abierto.
Pero ya no parecía una amenaza.
Solo una cosa vieja, rota y cansada de cargar significados ajenos.
—Inspector —dijo.
Marceau se volvió.
—¿Sí?
—Antes de llevarse a todos, permita que Célestin cierre el caballo.
Célestin levantó la cabeza.
Anatole también.
Marceau frunció el ceño.
—Es una escena de crimen.
—Ya ha dicho todo lo que podía decir.
—Eso lo decidiré yo.
—No. Lo ha decidido la noche. Y, por una vez, ha sido bastante explícita.
Marceau miró el carrusel. Luego a Anatole. Luego a Margot.
—Cinco minutos.
—Gracias —dijo Margot.
El inspector fingió no oírla.
Célestin tomó sus herramientas. Subió a la plataforma con cuidado, acompañado por Delacroix y un agente. Margot se quedó abajo. Anatole no se movió. Béatrice tampoco. Todos miraban.
El mecánico retiró restos de la intervención, aseguró el eje, colocó una arandela nueva, cerró el lateral del caballo blanco y ajustó la moldura dañada. La herida no desapareció. Quedaba una línea visible en la madera, una cicatriz fina bajo la pintura blanca.
—Habrá que repararlo bien —dijo Célestin.
Margot miró a su padre.
—No.
Célestin se volvió.
—¿No?
Ella sostuvo la mirada del caballo.
—No del todo.
Anatole levantó la cabeza.
Margot continuó:
—Que se note un poco.
Nadie preguntó por qué.
No hacía falta.
El caballo blanco había sido altar, tumba, arma, prueba y excusa. Quizá, si alguna vez volvía a girar, merecía hacerlo con una cicatriz visible. No para asustar a los niños. Para no mentirles del todo a los adultos.
Delacroix bajó la mirada.
Baptiste se acercó a él con las manos en los bolsillos.
—¿Se ha terminado?
Delacroix observó la feria: el asesino detenido, los papeles recuperados, los culpables menores esperando su turno, el carrusel inmóvil.
—Casi.
—Eso en usted nunca significa algo bueno.
—Significa que falta lo más difícil.
Baptiste suspiró.
—¿Otro cadáver?
—No.
Delacroix miró a Margot, a Anatole, a Béatrice, a Adèle y a Adrien.
—El amanecer.