Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 23 — Los papeles que no ardieron
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Capítulo 23 — Los papeles que no ardieron

Cuando se llevaron a Henri Aubert, la feria no respiró mejor.

Ese fue el detalle más triste.

Uno podría pensar que, al descubrir al asesino, las luces recuperarían algo de su antigua inocencia, los caballos de madera volverían a ser caballos de madera y las personas podrían mirarse con esa torpe satisfacción de quien ha sobrevivido a una desgracia ajena. Pero no ocurrió nada de eso.

El asesino estaba esposado.

Octave Chavanel seguía muerto.

Nicolas seguía sin poder comerse una manzana sin que su madre temblara.

Luc Martin seguía con una venda en la ceja y el miedo metido en los hombros.

Anatole Bresson seguía siendo el hombre que había visto una muerte preparada y había elegido apartar la mirada.

Y el caballo blanco, abierto bajo los farolillos, seguía pareciendo menos una atracción que una autopsia familiar.

La justicia, pensó Delacroix, tenía esa descortesía: llegaba con un nombre, pero no limpiaba la habitación.

Marceau observó cómo Morel y otro agente conducían a Henri Aubert hacia la barraca que habían convertido en puesto de custodia.

El vendedor de manzanas caminaba sin resistencia.

Cojeaba por el zapato perdido, con el delantal blanco manchado de barro y caramelo rojo.

De lejos parecía menos un asesino que un hombre derrotado por una feria demasiado larga.

—Me gustaría sentirme más satisfecho —dijo Marceau.

—Eso suele ocurrir cuando uno descubre que el culpable también tenía una historia.

—No me dé pena por él.

—No se la doy. La pena no absuelve.

—Pero incomoda.

—Casi todo lo útil incomoda.

Marceau gruñó.

—Todavía falta Renaud.

—Y los papeles.

—Y media docena de delitos secundarios.

—La noche ha sido generosa.

—La generosidad empieza a parecerme una enfermedad.

Delacroix miró hacia la barraca de Clémence Aubry.

La cantante estaba en la entrada, envuelta en su chal, con el rostro pálido y las plumas negras ya vencidas por la humedad. Parecía una mujer que hubiera cantado toda la noche sin emitir una sola nota.

—Madame Aubry —dijo Delacroix.

Ella levantó la cabeza.

—Sí.

—Los papeles.

Clémence cerró los ojos un instante.

—Están en mi barraca.

—Entonces conviene que dejen de estar solo allí.

Marceau hizo un gesto a dos agentes para que los acompañaran. Gaston Verrier se adelantó también, pero el inspector lo detuvo con una mirada.

—Usted no.

—Clémence...

—Precisamente.

La cantante lo miró con una ternura cansada.

—Quédate, Gaston.

Él apretó la mandíbula, pero obedeció.

Baptiste se acercó a Delacroix.

—¿Voy?

—¿Se siente preparado para más papeles tristes?

—No. Pero tampoco estaba preparado para manzanas homicidas y aquí estoy.

—Entonces venga. La constancia merece premio, aunque no siempre sea sensata.

Entraron en la barraca de variedades.

El lugar parecía más vacío que antes. El escenario pequeño, la cortina granate, las mesas, el piano vertical, la boa de plumas negras sobre una silla.

Todo seguía en su sitio, pero ya no tenía encanto.

La muerte y la verdad eran muy malas espectadoras: cuando entraban en una sala, dejaban en evidencia las costuras del decorado.

Clémence caminó hasta el piano.

—Ahí —dijo.

Marceau frunció el ceño.

—¿Dentro del piano?

—Detrás.

La cantante apartó el instrumento de la pared con ayuda de uno de los agentes.

El piano se quejó como si hubiera preferido conservar sus secretos por dignidad musical.

Detrás, en una tabla suelta del revestimiento, había un hueco estrecho.

Clémence metió la mano y sacó un paquete envuelto en tela verde oscura.

El mismo color que el trapo hallado en la caja de Gaston.

Lo dejó sobre la mesa.

—Eso es lo que le quité a Renaud —dijo.

Marceau no lo tocó de inmediato.

—¿Todo?

—Todo lo que pude.

—Esa frase me gusta poco.

—A mí tampoco.

Delacroix observó el paquete.

—¿Qué conservó Renaud?

—No lo sé. La cartera se abrió durante el forcejeo. Algunos papeles cayeron al barro. Él se quedó con una parte, yo con otra. Después resbaló hacia la orilla.

—¿Cayó al río?

Clémence tragó saliva.

—No lo vi caer al agua.

—Antes dijo que no sabía.

—No sabía si quería admitir que quizá seguía vivo.

Marceau se volvió hacia ella.

—¿Por qué?

La cantante sostuvo su mirada con una dignidad agotada.

—Porque si seguía vivo, podía volver por los papeles. Y si estaba muerto, yo había empujado a un hombre al río. Ninguna de las dos ideas ayuda a dormir.

—No debió ocultarlo.

—Inspector, si esta noche castigara a todos los que ocultaron algo por miedo, tendría que pedir una cárcel ambulante.

—No me tiente.

Delacroix desenvolvió el paquete con cuidado.

Dentro había varias hojas dobladas, algunas manchadas de humedad, otras muy antiguas. Cartas. Recibos. Un documento médico. Una nota sin sobre. Un papel firmado por el doctor Aubert. La tinta, en algunas zonas, se había corrido, pero aún podía leerse.

Baptiste se quitó el sombrero sin darse cuenta.

Clémence no miraba los papeles. Miraba sus propias manos.

Delacroix tomó el primero.

Era una carta de Madeleine Bresson, escrita con letra débil pero clara. No la leyó entera en voz alta. No habría sido decente. Bastaron algunas líneas.

—Madeleine pide una prórroga —dijo—. Ruega que no se ejecute la deuda mientras su marido intenta reunir el dinero. Menciona a Émile. Dice que Anatole no sobrevivirá a perder el carrusel después de haber perdido al niño.

Clémence cerró los ojos.

Marceau tomó nota, aunque con menos dureza que antes.

Delacroix pasó a la respuesta de Chavanel.

El papel era más grueso. La letra, firme. Fría. Casi elegante.

Leyó solo lo necesario.

—Chavanel rechaza la prórroga. Dice que las pérdidas sentimentales no alteran los términos firmados. Añade que “la desgracia de un niño no convierte a un padre en buen deudor”.

Baptiste murmuró:

—Ojalá el infierno tenga oficina de cobros.

Nadie lo reprendió.

Delacroix dejó ese papel a un lado y tomó el documento del doctor Aubert. La firma era clara.

Dr. Édouard Aubert.

El padre de Henri.

—Aquí está —dijo—. Aubert recomienda el traslado inmediato de Madeleine. Habla de una posibilidad de tratamiento. No una garantía. Una posibilidad. Pero insiste en que el retraso comprometería seriamente cualquier mejora.

Margot, que había entrado en silencio y se había quedado junto a la puerta, habló con voz baja:

—¿Puedo verlo?

Delacroix miró a Marceau.

El inspector dudó. Luego asintió.

Delacroix le entregó el documento.

Margot lo tomó con ambas manos.

No lloró.

Leyó despacio, como si cada palabra tuviera dientes.

Anatole estaba detrás de ella. No se atrevió a acercarse. Béatrice, custodiada por un agente, permanecía algo más atrás, con la mano quemada contra el pecho.

—No dice que se habría salvado —susurró Margot.

—No —respondió Delacroix.

—Dice que podía intentarse.

—Sí.

La joven cerró los ojos.

Aquello era lo cruel.

Una certeza mata de una vez. Una posibilidad perdida mata hacia atrás, una y otra vez, en todas las vidas que no ocurrieron.

Anatole habló desde la puerta:

—Madeleine estaba muy débil.

Margot no lo miró.

—Eso ya lo sé.

—Aunque el dinero hubiera llegado...

—Eso no lo sabes.

Él bajó la cabeza.

—No.

—Eso es lo que duele —dijo ella—. Que nadie lo sabrá nunca.

Béatrice se apoyó en el marco.

—Yo se lo dije.

Anatole cerró los ojos.

—Béatrice...

—Te lo dije. Le dije que Chavanel estaba jugando con los plazos, que no quería salvarla, que quería el carrusel. Me llamaste loca.

—También querías quemarlo.

—Sí. Porque veía mejor ardiendo que vosotros rezando alrededor.

Margot levantó la mano sin volverse.

—Por favor.

Béatrice calló.

Delacroix tomó otro documento.

—Esto es una nota de desembolso. Chavanel tenía el dinero disponible antes de lo que declaró. Aquí, en el margen, alguien anotó: “Esperar cesión del carrusel. La urgencia favorece la firma.”

Marceau se inclinó.

—¿Letra de Chavanel?

Laval, que había sido llevado hasta la barraca y permanecía sentado en una silla por orden del médico, alzó la vista.

—Sí.

—¿Está seguro? —preguntó Marceau.

—He copiado esa letra durante años.

—Entonces esos papeles prueban que retrasó el préstamo deliberadamente.

—Prueban que lo hizo constar con la soberbia de un imbécil que nunca imaginó que alguien leería sus notas después de muerto —dijo Delacroix.

Laval bajó la mirada.

—Octave siempre creyó que los muertos eran los demás.

Adèle Chavanel, junto a él, no dijo nada.

Tenía su propio paquete de papeles bajo la capa.

Delacroix la miró.

—Mademoiselle Chavanel.

Ella respiró hondo.

—Sí.

—Su parte.

Adèle desabrochó con lentitud el forro interior de la capa. De allí sacó otro paquete, más limpio, envuelto en papel encerado. Lo colocó junto al de Clémence.

—Estos estaban en el maletín —dijo.

Marceau la miró con evidente irritación.

—Me alegra que finalmente haya decidido colaborar con la investigación que lleva ocultando desde hace una hora.

—No los oculté para protegerme.

—Eso dicen todos.

—Los oculté para que no volvieran a manos de nadie que quisiera negociar con ellos.

Delacroix desató el paquete.

Los documentos eran distintos. No hablaban solo de Madeleine.

Había cartas de Adrien a Adèle, nunca enviadas.

Informes médicos sobre Adèle, firmados por doctores distintos, describiéndola como “delicada”, “nerviosa”, “propensa a fantasías”, “inconveniente para recibir noticias perturbadoras”.

Había documentos de tutela. Autorizaciones.

Una declaración de fallecimiento presunto de Adrien Chavanel, basada en testimonios dudosos.

Adrien tomó una de las cartas con la mano temblorosa.

—Las guardó todas.

Adèle lo miró.

—Yo no recibí ninguna.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Adrien cerró los ojos.

—No como tú.

Ella apartó la mirada.

No había reconciliación todavía. Solo una verdad recuperada demasiado tarde para ser limpia y demasiado importante para ser rechazada.

Marceau revisó los documentos con creciente irritación.