Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 22 — El vendedor de cosas dulces #2
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Capítulo 22 — El vendedor de cosas dulces #2

—La usó para escribir “Reservado”.

—Y para mancharme el pulgar.

—Para que Luc creyera reconocer una mano vinculada a las fichas.

Henri miró al muchacho, que permanecía en la entrada junto a Célestin.

—No quería dañarlo.

Luc respondió con voz pequeña:

—Me ató bajo una trampilla.

—Para que no hablaras antes de tiempo.

—Eso también es dañarme.

La frase del chico fue simple.

Y destruyó cualquier elegancia que Henri pretendiera conservar.

El vendedor bajó los ojos.

—Sí.

Marceau avanzó.

—¿Golpeó a Laval?

—No.

—¿No?

—No.

Delacroix observó su reacción.

Esa negación era distinta.

—¿Quién lo hizo?

Henri respiró hondo.

—Renaud.

El nombre tensó la barraca.

—¿Dónde está Renaud? —preguntó Marceau.

Henri no respondió.

El inspector lo agarró por el cuello del delantal.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Mentira.

—No lo sé.

—Hay sangre junto al río.

—Entonces quizá lo encontró el agua.

Marceau lo empujó contra el escenario.

—Escúcheme bien. Ya no está dirigiendo nada.

Henri lo miró con una calma repentina.

—Yo nunca dirigí todo. Ese fue el error.

Delacroix se acercó.

—Explíquese.

Henri tragó saliva.

—Yo preparé la muerte de Chavanel. Sí. Instalé el mecanismo después de que Béatrice y Adrien tocaran el caballo. Sabía que eso sembraría confusión. Sabía que Anatole vería algo si volvía a abrirlo. Contaba con que lo dejara o con que lo quitara. En ambos casos, la noche revelaría lo que era.

Anatole levantó la cabeza, herido.

Henri lo miró.

—Usted lo dejó.

El viejo cerró los ojos.

—Y eso me bastó —continuó Henri—. No necesitaba culparlo. Necesitaba que supiera qué clase de hombre era cuando nadie lo miraba.

Margot se estremeció.

Delacroix habló con frialdad:

—Eso no fue justicia. Fue crueldad con pretensiones de enseñanza.

Henri sostuvo su mirada.

—La justicia llegó veinte años tarde.

—Y usted decidió que eso le daba derecho a llegar sucio.

—Decidí que Chavanel no debía salir vivo.

—Eso es más honesto.

Henri bajó la vista.

—Sí.

Marceau señaló la caja.

—La llave inglesa plantada.

—Mía.

—El guante de Chavanel.

—No.

Delacroix se acercó.

—¿No?

—Lo tomó Laval. Yo lo vi. Después Renaud se lo quitó. Luego alguien más lo perdió o lo dejó donde ustedes lo encontraron. Esa parte no fue mía.

—La manzana de Nicolas.

Henri cerró los ojos.

—Sí.

—El palillo impregnado.

—Sí.

—El agente golpeado.

—Sí.

—Luc.

—Sí.

—La nota del maletín.

—No.

Marceau soltó una risa furiosa.

—Otra vez.

—No fui yo.

—Tenía la letra, la tinta, el papel...

—No tenía ese papel.

Delacroix lo miró.

Henri continuó:

—No entré en el coche. No vacié el maletín. No escribí esa frase. No sé dónde están los papeles de Chavanel.

—Pero sabía que existían.

—Sí.

—Y quería que aparecieran.

—Sí.

—Entonces ¿por qué no abrir el maletín?

—Porque no tenía la llave. Y cuando pude haberla tenido, ya era tarde.

—¿Quién escribió la nota? —preguntó Delacroix.

Henri miró a Adèle.

Ella estaba en la entrada, pálida, con los guantes claros en la mano.

—Ella ya dijo que la escribió.

—¿Y usted la cree?

—Sí.

Adèle sostuvo su mirada.

—No robé el crimen de nadie, monsieur Aubert.

Henri sonrió sin alegría.

—No. Solo los papeles.

—Los papeles importaban más que su venganza.

—Para usted.

—Para todos.

—Mi padre está muerto.

—Mi vida también fue de Chavanel durante años.

—Y aun así pudo escribir una nota elegante.

Adèle dio un paso hacia él.

—Sí. Porque alguien tenía que impedir que la historia terminara solo con sangre.

Henri la miró con desprecio cansado.

—La historia ya estaba escrita con sangre. Usted solo la guardó en un sobre.

Delacroix levantó una mano.

—Basta.

Los dos callaron.

Ahí estaba el último nudo: Henri había matado a Chavanel, sí.

Pero no era el único que había movido piezas esa noche.

Adèle había robado los papeles y escrito la nota.

Béatrice había saboteado el caballo. Adrien había intervenido para corregir un accidente.

Anatole había visto el mecanismo y lo había dejado.

Laval había buscado documentos. Renaud había golpeado a alguien y quizá había desaparecido en el río.

Todos eran culpables de algo. Uno solo había puesto la hoja para matar.

Pero el caso no estaría completo hasta que se supiera dónde estaban los papeles.

Y qué había sido de Renaud.

—Renaud trabajaba con usted —dijo Delacroix.

Henri negó.

—No.

—Pero sabía.

—Renaud sabía demasiadas cosas por oficio. Eso no significa que entendiera ninguna.

—¿Por qué atacó a Laval?

—Porque quería la llave. O los papeles. O el anillo. No lo sé. Renaud no era leal a nadie cuando podía vender una información dos veces.

Marceau se acercó.

—¿Lo mató usted junto al río?

—No.

—¿Lo hirió?

—No.

—¿Lo vio allí?

Henri dudó.

Delacroix lo vio.

—Sí.

El vendedor cerró los ojos.

—Lo vi correr hacia el coche. Después hacia los árboles. Lo seguí, pero no llegué a alcanzarlo. Había alguien más con él.

—¿Quién?

—No vi el rostro.

Marceau casi rugió.

—¡Por el amor de Dios!

Henri abrió los ojos.

—Era una figura con capa. Más baja que él. Renaud discutía. Luego hubo un forcejeo. Renaud cayó. O lo empujaron. No lo sé. Yo me fui.

—¿Por qué?

—Porque llevaba media noche intentando que nadie me mirara y había empezado a mirarme todo el mundo.

Delacroix observó su rostro.

Parecía sincero.

Eso no lo volvía inocente de lo demás.

—La figura con capa —dijo—. ¿Mujer?

—Creo que sí.

Adèle se tensó.

Béatrice también.

Clémence Aubry, desde la puerta, palideció.

Delacroix lo notó.

—Madame Aubry.

Clémence levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Dónde estaba usted cuando Renaud desapareció?

—En mi barraca.

—¿Sola?

La cantante no respondió.

Gaston Verrier cerró los ojos.

—Clémence.

Ella lo miró.

—No podía dejar que se llevara los papeles.

Marceau se volvió hacia ella.

—¿Qué ha hecho?

Clémence tragó saliva.

—Renaud encontró la cartera antes que Adèle abriera el maletín. No todos los papeles estaban en el maletín. Algunos estaban en la cartera de Chavanel. Yo se la quité. Se la di a Gaston. Renaud me vio. Después, cuando todo se desordenó, entró en la caseta y la robó.

Gaston giró hacia ella.

—No me lo dijiste.

—No estaba segura.

—¿Lo siguió al río? —preguntó Delacroix.

Clémence cerró los ojos.

—Sí.

Marceau se acercó.

—¿Lo empujó?

—No. Intenté quitarle la cartera. Forcejeamos. Él me golpeó. Resbaló. Cayó hacia la orilla. No sé si cayó al agua o huyó por el barro. Yo cogí lo que pude y volví.

—¿Tiene los papeles?

Clémence negó.

—No todos.

—¿Dónde están?

Ella miró a Margot.

—Los que recuperé están en mi barraca.

Margot sostuvo su mirada.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque cada vez que alguien tocaba esos papeles, otro terminaba sangrando.

Marceau soltó una carcajada breve, sin humor.

—Esta feria entera parece haber decidido proteger la verdad escondiéndola en el peor sitio posible.

Delacroix miró a Henri Aubert.

El vendedor de manzanas estaba quieto, derrotado no por la policía, sino por la constatación de que su venganza no había ordenado nada. Había abierto un mecanismo más grande que él.

—Monsieur Aubert —dijo Delacroix—, usted mató a Octave Chavanel.

Henri lo miró.

—Sí.

La confesión final fue baja.

Sin teatro.

—Lo mató usando el dolor de los Bresson, el sabotaje de Béatrice, la intervención de Adrien, la omisión de Anatole, las sospechas sobre Célestin, los guantes de Chavanel, el miedo de Nicolas, la obediencia de Luc y una feria llena de personas que ya tenían demasiadas razones para mentir.

Henri no respondió.

—No hizo justicia —continuó Delacroix—. Hizo una feria de la justicia. Una atracción más. Con música, símbolos, trucos, víctimas secundarias y un cadáver al final de la vuelta.

Henri apretó la mandíbula.

—Chavanel merecía morir.

—Quizá.

La respuesta sorprendió a todos.

Delacroix no suavizó la mirada.

—Pero Nicolas no merecía una manzana envenenada. Luc no merecía despertar atado bajo una trampilla. Margot no merecía ver a su padre reducido a su peor segundo. Ni Madeleine Bresson merecía que su nombre terminara usado como decoración de una venganza.

Henri bajó la mirada.

Aquello sí lo alcanzó.

No Chavanel.

No la policía.

Madeleine.

La mujer que había sido el origen remoto de su furia y a la que, en su plan, también había convertido en herramienta.

—Mi padre murió por ella —murmuró.

—No —dijo Delacroix—. Su padre murió por culpa de Chavanel. Eso no le daba derecho a hacer morir a otros alrededor de su recuerdo.

Marceau hizo una señal a Morel.

Esta vez, cuando esposaron a Henri Aubert, el hombre no se resistió.

El metal sonó seco en la barraca de autómatas.

El mono mecánico, movido por una corriente de aire, chocó sus platillos una vez más.

Clac.

Nadie rió.

Afuera, la feria seguía encendida, pero parecía agotada. Las luces ya no prometían nada. El carrusel aguardaba en el centro, inmóvil, con el caballo blanco abierto y vacío.

Marceau empujó a Henri hacia la salida.

—Aún falta Renaud —dijo.

—Y los papeles —añadió Delacroix.

Clémence bajó la mirada.

Adèle apretó los guantes entre las manos.

Margot miró a su padre.

Anatole miró el caballo.

Y Delacroix comprendió que el asesino ya estaba detenido, pero la noche aún no había terminado de confesar.