Capítulo 22 — El vendedor de cosas dulces
El hombre que vendía manzanas corría peor de lo que mentía.
Eso, dadas las circunstancias, no era poco decir.
Henri Pujol atravesó la parte trasera de la feria con el delantal blanco medio arrancado, el cabello rubio pegado a la frente por la lluvia y una caja pequeña apretada contra el pecho.
No llevaba sombrero. Había perdido un zapato en algún punto entre el puesto de dulces y la hilera de carromatos, de modo que avanzaba con una cojera brusca, verdadera esta vez, dejando una huella desigual en el barro.
—¡Alto! —gritó Marceau.
Pujol no cometió la vulgaridad de obedecer.
Se deslizó entre dos carromatos, derribó un cubo de agua, tropezó con una cuerda y siguió corriendo con esa desesperación torpe de los hombres que no habían pensado huir hasta que la huida ya era su única idea.
Delacroix lo siguió a distancia, no por velocidad —la velocidad no era una de sus vanidades—, sino por dirección. Los hombres perseguidos pueden engañar a quien corre detrás de ellos, pero suelen delatarse ante quien observa hacia dónde no quieren mirar.
Pujol no corría hacia la salida principal.
Tampoco hacia el río.
Corría hacia el carrusel.
Aquello era interesante.
Marceau, más directo y menos filosófico, acortó distancia con el revólver en la mano y la paciencia en la tumba.
Morel apareció por el lado contrario, cortándole el paso junto a la barraca de los espejos.
Pujol giró, resbaló, recuperó el equilibrio de milagro y se metió entre las cajas del viejo teatro de autómatas.
—Si vuelve a aparecer un muñeco mecánico, dimito —jadeó Baptiste, llegando detrás de Delacroix con una dignidad muy comprometida.
—No haga promesas en caliente.
—Estoy mojado, asustado y sin almendras. Este es el momento más sincero de mi vida.
Un golpe sonó dentro de la barraca.
Luego otro.
Marceau entró primero, revólver en alto. Morel lo siguió con la lámpara. Delacroix cruzó el umbral unos segundos después.
El teatro mecánico seguía igual que antes, aunque en esa noche nada parecía capaz de seguir igual durante mucho tiempo.
El pianista de madera miraba su instrumento muerto.
La bailarina sonreía a una ruina. El soldado saludaba con su brazo rígido.
Y, junto al escenario, Henri Pujol intentaba abrir una puerta lateral que se había hinchado por la humedad.
La caja seguía contra su pecho.
—No sea idiota —dijo Marceau—. La feria está cerrada.
Pujol tiró de la puerta con más fuerza.
La madera no cedió.
—¡Déjenme salir!
—Esa petición habría resultado más elegante antes de envenenar manzanas —respondió Delacroix.
Pujol se volvió.
Tenía el rostro desencajado, pero no únicamente por miedo. Había rabia. Mucha. Una rabia nerviosa, acumulada, mal alimentada durante años hasta volverse delgada y cortante.
—Yo no envenené a ningún niño.
Marceau avanzó.
—Entonces tuvo una manera muy peculiar de preparar dulces.
Pujol miró la caja que llevaba en brazos.
Durante un segundo, pareció pensar en arrojarla. O quizá en protegerla. Eligió lo segundo.
Eso fue lo que terminó de interesar a Delacroix.
—La caja —dijo.
Marceau extendió la mano.
—Démela.
—No.
—Pujol.
—¡No!
El vendedor retrocedió hasta chocar con el escenario. El mono mecánico de los platillos se estremeció sobre su caja, movido por el golpe. Sus platillos chocaron con un sonido ridículo.
Clac.
El mismo ruido pequeño, casi infantil, que había perseguido la noche desde el carrusel.
Pujol se sobresaltó.
Marceau aprovechó ese segundo. Avanzó, le sujetó la muñeca y lo empujó contra el borde del escenario. Pujol intentó resistirse, pero Morel le inmovilizó el otro brazo. La caja cayó al suelo.
No se abrió.
Delacroix la recogió con el pañuelo.
Era una caja de madera clara, pequeña, de las que podían contener dulces, herramientas finas o secretos baratos. Tenía una etiqueta pegada en la tapa.
Reservado.
La palabra estaba escrita con tinta azul.
La misma tinta de las fichas.
—Ábrala —dijo Marceau.
Pujol respiraba con dificultad.
—No tienen derecho.
—Un hombre muerto, un niño amenazado y un agente golpeado amplían mucho mi sentido del derecho.
Delacroix abrió la caja.
Dentro no había manzanas.
Había palillos preparados, un frasquito de vidrio con líquido amarillento, una navaja de mango de nácar rota, varias fichas de latón, un trozo de papel con pruebas de escritura y una pequeña pieza metálica manchada de grasa.
Célestin, que había llegado a la puerta junto con Margot, vio la pieza y palideció.
—Eso es del carrusel.
Pujol cerró los ojos.
Marceau tomó el frasquito.
—¿Veneno?
El vendedor no respondió.
Delacroix olió el interior de la caja.
Azúcar.
Jabón.
Grasa.
Y algo más, amargo, vegetal.
—No pretendía matar a Nicolas —dijo Pujol.
La frase salió baja.
Demasiado baja para una defensa.
—Qué considerado —dijo Marceau—. Solo pretendía hacerle pasar una noche inolvidable.
Pujol levantó la cabeza.
—Solo tenía que enfermar. Lo suficiente para que su madre lo sacara de aquí. Lo suficiente para que dejara de hablar.
—Eso se llama envenenar a un niño.
—No iba a morir.
—Confío en que su próximo juez admire tanto el matiz como usted.
Delacroix dejó el frasquito en la caja.
—¿Qué sustancia es?
Pujol no contestó.
—Monsieur Pujol.
El vendedor soltó una risa breve.
—Ese no es mi nombre.
La barraca quedó quieta.
Marceau se acercó.
—Entonces empezamos por ahí.
Pujol levantó la vista hacia Delacroix.
—Usted ya lo sabe.
—Lo sospecho.
—Siempre lo sospechan todo. Así nunca pierden del todo.
—Es una costumbre triste, pero útil.
El hombre respiró hondo.
—Me llamo Henri Aubert.
El nombre viajó por la barraca como una chispa.
Margot dio un paso.
—¿Aubert?
Anatole, que había llegado más despacio y se había quedado en el umbral, se apoyó en el marco de la puerta.
—El médico.
Henri Aubert —o Pujol, o el hombre que había vendido dulces a niños mientras preparaba una justicia envenenada— lo miró con una dureza fría.
—Mi padre.
Delacroix no dijo nada.
La pieza, al fin, no cayó en su sitio. Se hundió.
El doctor Aubert. El tratamiento de Madeleine. El retraso de Chavanel. La carta. Los papeles. La posibilidad arrebatada. Una muerte antigua que no había pertenecido solo a los Bresson.
—Su padre atendió a Madeleine Bresson —dijo Delacroix.
—Mi padre intentó salvarla.
Margot cerró los ojos.
Henri siguió:
—Intentó salvarla cuando todavía había algo que hacer.
Escribió, insistió, esperó el dinero que Chavanel prometía liberar.
Anatole no tenía. Madeleine no tenía. Béatrice no tenía.
Chavanel sí. Pero retrasó los pagos. Pidió nuevos papeles.
Nuevas garantías. Nuevas firmas. Cada día inventaba una formalidad distinta.
Anatole murmuró:
—Aubert se marchó.
Henri giró hacia él.
—Mi padre no se marchó. Chavanel lo arruinó.
El viejo feriante se quedó inmóvil.
—Dijo que había exagerado las posibilidades de tratamiento.
Que había querido estafar a una familia desesperada.
Que inventaba curas para sacar dinero. Usó sus contactos, sus abogados, sus papeles.
Le cerraron puertas. Le quitaron pacientes.
Mi padre perdió su consulta, su nombre y luego las ganas de seguir respirando.
La voz de Henri se quebró apenas al final.
No lo bastante para despertar piedad.
Sí lo suficiente para confirmar que hablaba de una herida real.
—Se suicidó —dijo Delacroix.
Henri lo miró.
—Sí.
Baptiste bajó la cabeza.
Marceau apretó los labios. Incluso él pareció entender que aquello no excusaba nada, pero explicaba demasiado.
—Y usted vino a vengarlo —dijo el inspector.
Henri soltó una risa seca.
—No. Si hubiera venido solo a vengar a mi padre, habría matado a Chavanel hace años.
—Entonces ¿por qué ahora?
—Porque encontré los papeles.
Delacroix levantó la mirada.
—¿Cuáles?
—Copias. No todas. Bastantes. Mi padre guardaba borradores, cartas, notas.
Yo tardé años en entenderlas. Era un niño cuando murió.
Luego trabajé donde pude. En ferias, mercados, dulces, puestos ambulantes.
Aprendí que a la gente le gustan las cosas rojas y brillantes porque se parecen a lo que esperan de la vida antes de morderla.
—Muy literario para un vendedor de manzanas —dijo Marceau.
Henri lo miró.
—Mi padre me enseñó a leer antes de enseñarme a temer.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Usted supo que Chavanel vendría esta noche.
—Sí.
—¿Cómo?
—Por Laval. No directamente. Lo oí hablar con el dueño del terreno días antes. Chavanel iba a venir a cerrar el embargo. A humillar a Bresson. A sacar las cartas de Madeleine. A reírse de todos los muertos que había fabricado sin tocar un cuchillo.
—Y usted preparó el mecanismo.
Henri no respondió enseguida.
—Sí.
Margot soltó el aire.
Célestin bajó la vista hacia sus manos.
Anatole no se movió.
—¿Cómo sabía hacerlo? —preguntó Marceau.
Henri miró el escenario de autómatas.
—Relojería menor. Mecanismos de feria. Mi padre arreglaba instrumentos médicos; yo arreglé autómatas, cajas de música, muñecos, cerraduras, juguetes. Las cosas pequeñas obedecen si uno entiende dónde tienen miedo.
Delacroix pensó en la pieza homicida: simple, precisa, sin vanidad excesiva. No era obra de un gran ingeniero. Era obra de alguien que sabía lo justo de muelles, paciencia y rencor.
—¿Vio a Béatrice sabotear el caballo?
Henri asintió.
—Sí.
—¿Y aprovechó eso?
—Sí.
—¿También vio a Adrien retirar una pieza?
—Sí.
Adrien Chavanel, en la puerta, se quedó rígido.
—Entonces usted estaba allí.
—Casi siempre estuve allí —respondió Henri—. Ese era el privilegio de vender dulces. Nadie mira al hombre que sostiene una bandeja mientras todos miran al que amenaza con quitarles la vida.
Delacroix sintió una amarga admiración por la claridad de la frase.
Henri había elegido el lugar perfecto: entrada, dulces, niños, fichas, cajas, movimiento constante. Un hombre visible hasta volverse invisible.
—Usted marcó fichas con la tinta azul —dijo Delacroix.
—Luc me la prestó.