Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 21 — El hombre que seguía girando #2
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Capítulo 21 — El hombre que seguía girando #2

El viejo no respondió.

Marceau giró hacia Delacroix.

—¿La pieza que podía romper el caballo?

—Sí.

Anatole cerró los ojos.

—No quería que volviera a girar después.

Margot lo miró sin entender.

—¿Qué?

—Después de Chavanel. Después de todo. No quería que nadie pudiera montarlo nunca más.

Béatrice lo miró con una mezcla de rabia y dolor.

—Al final querías lo mismo que yo.

Anatole negó, pero sin fuerza.

—No.

—Sí —dijo ella—. Solo que tú necesitabas que primero muriera otro hombre para darte permiso.

La frase fue cruel.

También exacta.

Anatole la recibió como se recibe una sentencia merecida: sin defensa.

—Quité la arandela —dijo—. Pensé que, si alguien intentaba hacerlo girar, el caballo se rompería. No quería herir a nadie. Solo... acabar con él.

Célestin soltó un sonido de incredulidad.

—¿Acabar con el caballo en mitad de la feria? ¿Con gente alrededor?

—No pensé.

—No. Claro que no. Nadie piensa cuando toca el carrusel esta noche, pero todos tienen las manos dentro.

Célestin estaba furioso.

No solo por el crimen. Por la máquina. Por el carrusel convertido en campo de batalla de todos los dolores ajenos.

Delacroix entendió que para el mecánico aquel caballo no era una tumba, ni un símbolo, ni una herencia.

Era una cosa viva a su modo: madera, eje, peso, equilibrio.

Algo que debía cuidarse porque, si no se cuidaba, mataba.

—¿Y la llave inglesa plantada? —preguntó Marceau.

Anatole negó.

—No fui yo.

—¿El guante de Chavanel?

—No.

—¿La manzana de Nicolas?

Anatole levantó la cabeza con una expresión de horror.

—No.

—¿Luc?

—No. Jamás.

—¿La nota del maletín?

—No.

Marceau soltó una risa seca.

—Entonces resulta que usted solo dejó morir a Chavanel y preparó la destrucción del caballo. Qué alivio.

Anatole bajó la cabeza.

Delacroix no lo miraba a él.

Miraba a los demás.

Esa era la utilidad de una confesión incompleta: movía el aire.

Quienes escuchaban se recolocaban en la verdad.

Adrien parecía sorprendido, pero no culpable.

Béatrice tenía el rostro crispado de quien ha encontrado un espejo desagradable.

Adèle observaba a Anatole con una tristeza extraña, quizá porque entendía demasiado bien la diferencia entre no matar y permitir que un verdugo continúe o termine.

Clémence había llevado una mano al pecho.

Gaston miraba al viejo con una dureza que no era desprecio, sino reconocimiento.

Margot no miraba a nadie.

Solo a su padre.

—Lo viste —dijo.

Anatole cerró los ojos.

—Sí.

—Viste algo que podía matarlo.

—Sí.

—Y lo dejaste.

—Sí.

—Porque era Chavanel.

El viejo tardó.

—Sí.

Margot asintió lentamente.

Como si esa palabra hubiera llegado desde muy lejos y por fin encontrara su sitio.

—Mamá pidió ayuda y él la retrasó.

—Sí.

—Émile murió y él usó su muerte.

—Sí.

—Béatrice volvió y él quiso comprarle también su dolor.

—Sí.

—Adèle vivió encerrada por él.

—Sí.

—Y tú decidiste que eso bastaba.

Anatole levantó la mirada hacia ella, desesperado.

—No lo decidí así.

—Claro que sí.

—No soy un asesino.

Margot se quedó quieta.

Delacroix vio cómo la frase la hería de una manera particular. No porque fuera falsa. Porque quizá era insuficiente.

—No —dijo ella—. Eres algo más difícil.

Anatole bajó la cabeza.

Marceau se acercó con las esposas.

—Anatole Bresson, queda usted detenido por complicidad en el asesinato de Octave Chavanel, ocultación de pruebas y manipulación peligrosa de la atracción.

El viejo no se resistió.

Margot se estremeció al oír el metal.

Ese sonido tenía una vulgaridad insoportable. Después de tantas décadas de culpa, muerte, cartas y caballos blancos, todo terminaba también en unas esposas. La justicia, pensó Delacroix, a veces parece más pobre que necesaria.

Pero cuando Marceau iba a colocarle las esposas, Delacroix levantó una mano.

—Espere.

El inspector lo miró con una paciencia ya casi muerta.

—¿Ahora qué?

—Monsieur Bresson no mató a Chavanel.

Marceau parpadeó.

—Acaba de confesar que lo dejó morir.

—Sí.

—Eso me basta.

—Para detenerlo, sí. Para cerrar el caso, no.

—Delacroix...

—No instaló la hoja. No plantó la llave. No amenazó a Nicolas. No golpeó a Luc. No atacó a Laval. No vació el maletín. No escribió la nota. No usó el abrigo de Renaud. No robó el anillo de Madeleine. No preparó la manzana.

—Eso no lo sabe.

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix miró a Anatole.

—Porque él es culpable de una cosa mucho más humana: vio la muerte venir y no la detuvo. Pero el asesino de esta noche no se conformó con una omisión. El asesino escribió una obra entera.

Marceau guardó las esposas solo a medias.

—Entonces ¿quién?

Delacroix no respondió.

Todavía no.

Miró el caballo blanco. Miró la arandela ausente. Miró la llave inglesa plantada. Miró el botón del guante. Miró el fragmento de nácar. Miró la nota. Miró a Adèle, a Adrien, a Béatrice, a Clémence, a Gaston, a Célestin, a Luc, a Margot.

Y luego miró hacia el puesto de entrada.

Las fichas.

La tinta azul.

El chico que las marcaba.

La persona que sabía cuáles fichas habían sido prestadas.

La persona que podía moverse por toda la feria sin que nadie la viera como amenaza.

La persona que había estado cerca de Nicolas, de Luc, del carrusel, del taller, de la caseta, de los carromatos y de la salida.

No el más odiado.

No el más herido.

No el más teatral.

El que todos habían tratado como parte de la feria.

—Luc —dijo Delacroix.

El muchacho levantó la cabeza, asustado.

—¿Sí, monsieur?

—Antes dijiste que marcaste fichas con mademoiselle Margot y con monsieur Bresson.

—Sí.

—¿Alguien más tuvo acceso a esa tinta?

Luc pensó.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

El chico tragó saliva.

—El puesto de entrada.

—¿Quién estaba contigo al principio de la noche?

Luc frunció el ceño.

—Henri Pujol un rato. El vendedor de manzanas. Me pidió tinta para marcar una caja.

Marceau giró de golpe.

—¿Pujol?

Delacroix siguió mirando a Luc.

—¿Una caja de manzanas?

—Sí. Dijo que algunas eran para una reserva especial. Para no mezclarlas.

El aire cambió.

Adèle se llevó una mano a la boca.

Gaston murmuró:

—El hombre de las manzanas.

Marceau miró hacia el puesto de Pujol.

Estaba vacío.

El vendedor ya no estaba sentado en la caja.

El agente que debía vigilarlo yacía a un lado, aturdido, con la mano en la nuca.

Marceau desenfundó.

—¡Cerrad la salida!

Delacroix ya caminaba hacia el puesto.

Sobre la mesa quedaban varias manzanas rojas. El cazo de caramelo. Palillos. Una caja marcada con tinta azul. Y, detrás, una pequeña puerta entre lonas que conducía hacia los carromatos.

En la caja, escrito con una letra torpe pero firme, había una sola palabra:

Reservado.

Delacroix miró la palabra.

Luego el cazo.

Luego los palillos.

Y por fin entendió por qué la manzana de Nicolas había sido demasiado perfecta.

—Inspector —dijo.

—¿Qué?

Delacroix tomó un palillo con el pañuelo.

La punta estaba impregnada de una sustancia amarillenta, casi invisible bajo el caramelo.

—El asesino no necesitaba oler a jabón.

Marceau lo miró.

—¿Qué quiere decir?

Delacroix levantó la vista hacia la oscuridad por donde Pujol había desaparecido.

—Solo necesitaba vender algo dulce a quien sí olía a él.

En la distancia, detrás de las barracas, sonó una madera al romperse.

Luego un grito.

No de mujer.

De hombre.

Y después, por encima de la lluvia, el sonido furioso de alguien corriendo entre carromatos.

Marceau gritó órdenes.

Delacroix apretó el bastón.

La confesión de Anatole había abierto la última puerta.

Y detrás, al parecer, no estaba el viejo dueño del carrusel.

Estaba el hombre que vendía manzanas a los niños.