Capítulo 19 — Adèle Chavanel
Encontrar a Adèle Chavanel llevó menos tiempo del esperado.
Eso, en una investigación seria, rara vez era buena señal.
Los culpables desesperados se esconden mal. Los inocentes asustados también. Pero quienes se dejan encontrar en el momento exacto suelen pertenecer a una tercera categoría: personas que han calculado que seguir ocultas ya les perjudica más que aparecer.
Adèle estaba en la antigua barraca de juegos de aros, sentada detrás de un montón de cajas vacías, con las manos juntas sobre el regazo y la mirada fija en el suelo.
No intentaba huir.
No lloraba.
No parecía sorprendida.
Llevaba un vestido oscuro, sencillo, de buena tela, demasiado discreto para una feria y demasiado elegante para el barro. Sobre los hombros tenía una capa negra sin adornos. Los guantes eran claros, de piel fina, abrochados en la muñeca. Uno de ellos estaba manchado de barro. El otro, no.
Delacroix reparó en la diferencia antes de mirar su rostro.
Era joven, aunque no tanto como su primera impresión sugería. Veintisiete, quizá veintiocho años. Tenía la piel pálida, el cabello castaño claro recogido con severidad y unos ojos grises en los que no había locura, ni histeria, ni esa satisfacción torpe que algunos asesinos confunden con victoria.
Había cansancio.
Un cansancio limpio.
Eso era lo más inquietante.
Morel la encontró al retirar una lona. Ella levantó la vista, vio al agente, y dijo:
—Supongo que ya era hora.
Morel, que no estaba preparado para tanta colaboración, tardó unos segundos en recordar que debía llamarlos.
Marceau llegó con el revólver en la mano y el gesto de un hombre dispuesto a no dejarse impresionar por ninguna joven pálida, educada y posiblemente homicida.
Delacroix lo siguió. Baptiste se quedó en la entrada de la barraca, observando con una mezcla de curiosidad y lástima.
Margot apareció detrás, acompañada por Célestin.
Béatrice, custodiada por un agente, no pudo acercarse, pero desde el carrusel miraba en dirección a ellos con la intensidad de quien reconoce en otra mujer una grieta parecida.
—Adèle Chavanel —dijo Marceau.
La joven levantó la cabeza.
—Sí.
—Póngase de pie.
Obedeció.
Al incorporarse, apoyó primero el pie derecho. Luego el izquierdo, con una leve rigidez.
La cojera.
Muy pequeña.
Casi invisible.
Pero real.
Delacroix la observó caminar los dos pasos que la separaban de la luz.
No exageraba la cojera en ese momento. Al contrario, parecía intentar ocultarla por costumbre.
Eso hacía más creíble que alguien pudiera haberla acentuado antes, junto al puesto de aros, para que Nicolas la recordara sin reconocerla.
Marceau señaló sus manos.
—Los guantes.
Adèle se los quitó despacio.
La piel debajo era blanca, cuidada. Uñas cortas, limpias. Sin quemaduras. Sin cortes visibles. Sin grasa. Manos de casa cerrada, no de feria.
Y sin embargo, en el dedo índice derecho tenía una pequeña mancha oscura, pegada junto a la uña.
Tinta.
Delacroix la vio.
Adèle también vio que él la veía.
—Tiene usted tinta en la mano —dijo.
Ella miró el dedo.
—Sí.
—¿Ha escrito algo esta noche?
—Sí.
Marceau dio un paso.
—La nota del maletín.
—Sí.
La confesión fue tan directa que el inspector tardó un segundo en disfrutarla.
—Repítalo.
—Escribí la nota que dejaron en el maletín de mi tío.
Baptiste exhaló despacio.
Margot, desde la entrada, apretó los labios.
Delacroix no se movió.
La facilidad de una confesión siempre le producía desconfianza. La verdad, cuando llega sin resistencia, a veces trae una cuerda atada al tobillo.
—¿Qué decía? —preguntó Marceau.
Adèle sostuvo su mirada.
—Hay deudas que no se cobran con dinero.
—¿Por qué la escribió?
—Porque era verdad.
—Eso no es una respuesta.
—Para mí sí.
—Entonces haremos que sea también una respuesta policial. ¿Robó usted los papeles del maletín de Chavanel?
—Sí.
—¿Con la llave que llevaba Laval?
—Con la llave que monsieur Laval había sacado del guante de mi tío y que después perdió con admirable torpeza.
Delacroix inclinó un poco la cabeza.
—¿Cómo consiguió la llave?
—No se la quité a monsieur Laval.
Marceau frunció el ceño.
—Él dijo que una mujer se la quitó con un cuchillo.
—Eso fue madame Armand.
—Béatrice.
—Sí.
—Entonces ¿cómo llegó a usted?
—La encontré.
—¿Dónde?
—Junto a la barraca de los espejos. En el barro. Supongo que se le cayó cuando la empujaron.
Delacroix observó su rostro. No parecía mentir. O, al menos, no en la superficie.
—¿Usted empujó a Béatrice?
—No.
—¿Sabe quién lo hizo?
—No.
Marceau soltó una risa seca.
—No esperaba menos.
Adèle bajó la mirada hacia sus guantes, que sostenía doblados entre las manos.
—Yo seguía a Laval. Él seguía los papeles. Madame Armand seguía al caballo. Renaud seguía a todos. Mi tío, incluso muerto, seguía moviéndonos como si aún tuviera la palanca en la mano.
La frase era demasiado buena para ser improvisada y demasiado triste para ser puro teatro.
Delacroix la guardó.
—¿Por qué vino a la feria? —preguntó.
Adèle miró hacia el carrusel.
Desde allí apenas se veía un fragmento del techo iluminado y las crines de algunos caballos. No el blanco. Pero parecía saber exactamente dónde estaba.
—Porque mi tío iba a hacer algo cruel.
—Eso describe demasiadas cosas.
—Esta era especial incluso para él.
—¿La humillación de los Bresson?
—Sí.
—Los papeles de Madeleine.
—Sí.
—El caballo blanco.
—Sí.
—La canción.
Adèle cerró los ojos un segundo.
—También sabía eso.
Margot dio un paso hacia ella.
—¿Cómo?
Adèle la miró por primera vez.
—Porque vivía en su casa.
Aquello bastaba y no bastaba. Margot no respondió.
Adèle continuó:
—Mi tío hablaba solo cuando creía que nadie podía hacer nada con lo que oía. Hablaba delante de mí como se habla delante de un mueble. A veces me explicaba sus planes con mucho detalle, no porque confiara en mí, sino porque le complacía que alguien estuviera obligado a escuchar.
—Y usted escuchaba —dijo Delacroix.
—Durante años.
—¿Los papeles de Madeleine estaban en su casa?
—Algunos. Otros en su despacho de Lyon. Otros en el maletín cuando viajaba. Mi tío coleccionaba documentos como otras personas coleccionan estampas. Le gustaba saber que podía sacar uno en el momento justo y arruinar el aire de una habitación.
Marceau tomó nota.
—¿Conocía a Béatrice Armand?
—No personalmente.
Béatrice, desde la distancia, alzó la cabeza.
—¿Pero sabía que existía?
—Sí.
—¿Por Chavanel?
—Por sus papeles. Por cartas devueltas. Por notas. Por algún comentario de mi tío cuando bebía. Él la llamaba madame Blanche porque sabía que eso la enfurecía.
Béatrice cerró los ojos.
—Claro que lo sabía.
Delacroix miró a Adèle.
—¿Usted pactó con ella?
—No.
—¿Pero sabía que vendría?
—Sí.
—¿Cómo?
—Intercepté una carta.
—¿De quién a quién?
—De Béatrice a mi tío. Ofrecía comprar el caballo blanco. Decía que pagaría lo que pidiera si le garantizaba que el carrusel dejaría de exhibirlo.
—¿Por qué no avisó a nadie?
Adèle sonrió muy débilmente.
—¿A quién? ¿A mi tío, para que afinara la crueldad? ¿A la policía, para que me devolvieran a su casa? ¿A una familia que no sabía que yo existía y a la que mi apellido le habría parecido otra amenaza?
Margot la miró con una mezcla de dureza y desconcierto.
—Podía avisarnos.
Adèle sostuvo su mirada.
—No sabía si ustedes querían la verdad o solo conservar la versión que les permitía seguir de pie.
Margot abrió la boca para responder.
No pudo.
Delacroix intervino:
—Usted vino a impedir la humillación.
—Sí.
—¿Cómo?
—Robando los papeles.
—¿Antes de que su tío los usara?
—Sí.
—Pero no llegó a tiempo.
Adèle bajó la vista.
—Llegué a tiempo para muchas cosas inútiles.
Marceau se cruzó de brazos.
—¿Y para matar a Chavanel?
La joven no parpadeó.
—No lo maté.
—Escribió la nota.
—Sí.
—Robó los papeles.
—Sí.
—Abrió el maletín.
—Sí.
—Llevaba guantes claros, cojea, huele a jabón y conocía todos los secretos.
—Sí.
—Entonces comprenderá que su negativa no me emocione.
—No esperaba emocionarlo.
Delacroix se acercó un paso.
—¿Le dio usted una manzana a Nicolas?
Adèle lo miró.
Por primera vez, algo en su calma se alteró. No miedo. Dolor.
—No.
—El niño describió a alguien con su olor, su cojera y guantes claros.
—No fui yo.
—¿Lo amenazó?
—No.
—¿Sabía que había visto el intercambio entre Clémence y Gaston?
—No hasta después.
—¿Después de qué?
—Después de que Laval me dijera que había un niño que miraba demasiado.
—¿Cuándo se lo dijo?
—Cerca del puesto de aros, antes de que lo encontraran en la barraca de espejos.
Marceau se inclinó hacia ella.
—¿Habló con Laval antes de que lo golpearan?
—Sí.
—¿Entonces mintió cuando dijo que solo encontró la llave?
—No. Una cosa no contradice la otra.
—Empieza usted a sonar como Delacroix. Eso no le conviene.
Adèle sostuvo la mirada del inspector.
—Laval me buscó porque creía que yo tenía los papeles.
Yo no los tenía todavía. Me dijo que mi tío había muerto y que la cartera con los documentos había desaparecido.
Dijo que había un niño que había visto a Clémence entregarle algo a Gaston.
Estaba asustado. Laval no era valiente. Solo era preciso.
Delacroix preguntó:
—¿Y después?
—Después apareció Béatrice. O alguien que parecía ella. Hubo confusión. Laval tenía el guante de mi tío, una llave, un fragmento de papel. Béatrice le quitó la llave. Yo vi que se le caía más tarde, junto a la barraca de los espejos. La tomé.
—¿Y Laval?
—Entró en la barraca.
—¿Solo?
—Creo que sí.
—¿Lo siguió?
—No.
—¿Por qué?
—Porque fui al coche.
—Y abrió el maletín.
—Sí.
—Sacó los papeles.
—Sí.
—Dejó la nota.
—Sí.
—¿Dónde están los papeles ahora?
Adèle no respondió.
Marceau dio un paso.
—Mademoiselle Chavanel.
—A salvo.
—Eso no es un sitio.
—Es el único que pienso darle por ahora.
Marceau se acercó lo suficiente para que su sombra cayera sobre ella.
—No está usted en posición de negociar.
Adèle levantó la cabeza.