Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 18 — La letra de los vivos
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Capítulo 18 — La letra de los vivos

Hacer escribir a un grupo de sospechosos tiene algo de ceremonia escolar y algo de confesión religiosa.

Delacroix siempre había encontrado cierta belleza cruel en esa mezcla.

Un hombre podía mentir con la boca, llorar con los ojos, indignarse con las manos y jurar por la memoria de su madre sin que le temblara demasiado el mentón.

Pero al ponerle una pluma entre los dedos, algo cambiaba.

La mentira descendía al cuerpo. Había que sujetarla.

Inclinarla. Mojarla en tinta. Repetirla sobre el papel sin que el pulso, la presión, la forma de las letras o la respiración dijeran otra cosa.

No era infalible, desde luego.

Nada humano lo era, salvo quizá la tendencia a estropear lo que ama.

Marceau instaló la improvisada prueba en la barraca de bebidas, porque tenía mesas, lámparas y suficientes sillas para que los sospechosos pudieran sentirse incómodos con cierta organización.

Nicolas y su madre habían sido trasladados a un rincón más protegido, lejos de la vista de todos.

Luc Martin seguía sentado con una manta sobre los hombros y una venda sobre la ceja, vigilado por Célestin con la intensidad de un hermano mayor que no sabe todavía si tiene derecho a serlo.

El cadáver de Chavanel ya había sido trasladado a una mesa cubierta en una barraca contigua, bajo la protesta resignada del médico, que a esas alturas trataba a los muertos, los vivos y los objetos sospechosos con la misma mezcla de fatiga y desprecio profesional.

Sobre la mesa principal, Marceau colocó varias hojas limpias, un tintero, tres plumas y la nota encontrada en el maletín vacío.

Hay deudas que no se cobran con dinero.

La frase parecía más breve allí, rodeada de lámparas y barro seco. Menos teatral. Más calculada.

—Cada uno copiará esta frase tres veces —dijo Marceau—. Nombre debajo. Sin adornos. Sin comentarios. Sin intentar ser ingenioso. Eso último va especialmente por algunos presentes.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Me halaga su fe en mi influencia.

—No hablaba solo de usted.

—Entonces me ofende su falta de precisión.

Baptiste, apoyado contra una pared, murmuró:

—Es como una escuela, pero con menos esperanza.

—En algunas escuelas la diferencia no es tan amplia —dijo Delacroix.

Marceau le lanzó una mirada de advertencia y llamó al primero.

—Laval.

El secretario de Chavanel fue ayudado a sentarse.

Estaba pálido, con la venda en la cabeza y el aire de un hombre que había descubierto que la discreción profesional no protegía contra los golpes.

Tomó la pluma con dedos finos, manchados apenas de tinta antigua junto a las uñas.

Escribió despacio. Demasiado despacio. La letra era inclinada, regular, administrativa.

Una letra acostumbrada a copiar contratos, a fechar documentos, a convertir la miseria ajena en líneas ordenadas.

Delacroix observó su mano.

No temblaba por miedo. Temblaba por debilidad.

La frase quedó correcta, algo estrecha, sin fuerza.

No era la de la nota.

—Nombre —ordenó Marceau.

Laval firmó: Étienne Laval.

Luego dejó la pluma con alivio.

—Siguiente. Gaston Verrier.

Gaston se sentó como quien acepta sentarse ante un pelotón de fusilamiento porque discutir la silla le parece indigno. Tomó la pluma con brusquedad. Sus dedos eran demasiado fuertes para un instrumento tan delicado. La tinta salpicó un poco la primera hoja.

—Con calma —dijo Marceau.

—Escribo, no bordo.

La letra de Gaston era grande, dura, desigual, con trazos que parecían avanzar a empujones. La frase perdió toda elegancia bajo su mano. Se convirtió en una orden de cuartel escrita por alguien que odiaba tener que justificarla.

Hay deudas que no se cobran con dinero.

La segunda vez, rompió la punta de la pluma.

—Naturalmente —dijo Marceau.

—La pluma era mala.

—La noche entera lo es y algunos seguimos funcionando.

Gaston firmó con una rúbrica casi agresiva y se levantó.

No era su letra.

Pero Delacroix no miraba solo la letra. Miró la manga de Gaston. Barro, humo, una quemadura vieja. Ningún olor a jabón. Ningún intento de parecer limpio. Gaston era culpable de muchas cosas, probablemente, pero no de esa pulcritud moral que respiraba la nota.

—Célestin Roux —llamó Marceau.

El mecánico se sentó.

Margot permaneció de pie detrás, con los brazos cruzados.

Delacroix vio que Célestin tardaba en coger la pluma, no por miedo, sino por vergüenza.

Sus manos, fuertes y manchadas de grasa, parecían fuera de lugar sobre el papel blanco.

Al escribir, intentó hacerlo bien. Eso lo volvió más conmovedor.

La letra era torpe, apretada, honrada en su falta de costumbre.

Las palabras salieron juntas, con algunas letras casi pegadas.

—No escribo mucho —dijo.

—Se nota —respondió Marceau.

Margot le dirigió una mirada afilada.

—No era un delito hasta esta noche.

—Mademoiselle, esta noche hasta las manzanas han perdido presunción de inocencia.

Célestin firmó.

No era su letra.

Delacroix reparó, sin embargo, en otra cosa: al escribir, el mecánico apoyaba con fuerza la mano izquierda sobre la mesa. En el dorso aún tenía la quemadura reciente de la lámpara. No intentaba esconderla. Béatrice, en cambio, había ocultado durante años la suya bajo guantes claros.

—Margot Bresson —dijo Marceau.

Ella se sentó sin mirar a nadie.

Tomó la pluma con firmeza. Su letra era clara, rápida, más educada de lo que su carácter quería admitir.

Las palabras aparecieron bien separadas, con una inclinación leve hacia la derecha.

Una letra aprendida quizá por Madeleine, quizá por alguna maestra de paso, quizá por la propia necesidad de llevar cuentas, vender fichas, registrar deudas pequeñas y fingir que el desorden podía obedecer si se lo encerraba en columnas.

Al escribir la palabra deudas, Margot apretó demasiado la pluma.

La tinta se oscureció.

Delacroix lo notó.

Ella también.

No levantó la vista.

No era la letra de la nota.

Pero había dolor en esa palabra. Dolor heredado. Dolor administrativo. Dolor con fecha, firma y sello.

—Anatole Bresson —llamó Marceau.

El viejo tardó en levantarse.

Béatrice, custodiada junto a la pared, lo miró con una expresión difícil de descifrar. Margot no lo ayudó. Eso fue, quizá, más cruel que cualquier reproche.

Anatole se sentó.

Sus manos temblaban antes de tomar la pluma. No de forma teatral. Temblaban como tiemblan las manos viejas cuando llevan demasiada noche, demasiada culpa y demasiada lluvia. Mojó la punta en tinta, la apoyó sobre el papel y escribió.

Su letra era hermosa.

Delacroix no lo esperaba.

Era una letra antigua, cuidada, con curvas amplias y cierta inclinación elegante.

La clase de letra de un hombre que, en otro tiempo, quizá había escrito carteles de feria a mano, cartas de amor en carromatos fríos, nombres de atracciones, promesas de maravillas y cuentas miserables con una dignidad casi artística.

Hay deudas que no se cobran con dinero.

La frase, bajo su mano, se volvió triste.

No idéntica a la nota.

Pero cercana en espíritu.

Marceau levantó la vista.

También lo había notado.

Anatole firmó.

Anatole Bresson.

Al terminar, dejó la pluma con cuidado, como si temiera que cualquier objeto pequeño pudiera delatarlo de nuevo.

—Buena letra —dijo Marceau.

Anatole lo miró sin expresión.

—Hice muchos carteles.

—¿También notas?

—Todos hemos escrito cosas de las que nos avergonzamos.

—No todos las dejamos en maletines vacíos.

Anatole no respondió.

Béatrice soltó una risa seca.

—No fue él.

Marceau se volvió hacia ella.

—Qué suerte que hayamos traído una autoridad familiar.

—Anatole escribe con melancolía. Esa nota está escrita con orgullo.

Delacroix la miró.

—Interesante distinción.

—Usted también la ha visto.

—Sí.

—Entonces no me haga parecer más teatral de lo necesario.

—No creo que necesite ayuda.

Por primera vez, Béatrice casi sonrió.

—Béatrice Armand —dijo Marceau.

Ella avanzó hasta la mesa.

La sala cambió con ella. No porque caminara de modo dramático, aunque algo de drama llevaba incluso en la manera de respirar, sino porque todos la miraban como a una aparición que aún no había decidido si venía a pedir perdón o a incendiar algo.

Se sentó.

No se puso el guante.

La mano izquierda quemada quedó sobre la mesa, desnuda, visible. La derecha tomó la pluma. Tenía dedos finos, secos, con uñas cortas. Mojó la punta en tinta y escribió.

Delacroix observó el movimiento.

La letra era elegante, sí. Más elegante que la de Margot. Menos temblorosa que la de Anatole. Tenía fuerza, control, cierta rigidez. La frase se desplegó sobre la hoja con una belleza fría.

Hay deudas que no se cobran con dinero.

Marceau se inclinó apenas.

Baptiste contuvo la respiración.

La similitud era notable.

No exacta.

Pero notable.

Béatrice levantó la vista hacia Delacroix.

—No fui yo.

—Todavía no he dicho nada.

—No hace falta.

—Entonces deje que la tinta hable antes de defenderse de ella.

Béatrice escribió las otras dos veces. La segunda fue peor para ella: la mano se relajó y la frase se acercó aún más a la nota. En la tercera, consciente ya de la comparación, corrigió algo. Demasiado tarde. La corrección siempre deja una sombra.

Marceau tomó la hoja y la colocó junto a la nota del maletín.

—Muy parecida.

—No idéntica —dijo Delacroix.

—Pero muy parecida.

—Sí.

Béatrice sostuvo la mirada del inspector.

—Yo habría escrito algo mejor.

Gaston soltó una risa desde la pared.

—Eso casi me convence.

—A mí no —dijo Marceau.

Delacroix no respondió. Observaba las palabras. Béatrice escribía con resentimiento, sí. Con orgullo, también. Pero la nota tenía algo más pulido, más sereno. Menos herido. Quien escribió la nota no estaba ardiendo. Estaba dictando sentencia.

—Clémence Aubry —llamó Marceau.

La cantante se acercó despacio.