Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 17 — El maletín vacío #2
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Capítulo 17 — El maletín vacío #2

El cochero no pareció saber si dar las gracias.

Delacroix se apartó unos pasos del coche y miró el camino.

La verja de la feria estaba cerrada, pero no era una muralla.

Una persona decidida podía esconderse entre carromatos, deslizarse bajo una lona, trepar una valla baja si no le importaba el barro.

Sin embargo, con los agentes vigilando desde temprano, salir del todo habría sido arriesgado.

Renaud podía seguir dentro.

O podía estar fuera, en algún punto entre el coche y el río.

—Busquen entre los árboles —dijo Delacroix.

Marceau lo miró.

—¿Por qué?

—Porque si Renaud desapareció y su abrigo apareció dentro, quizá salió sin él. Nadie se quita un abrigo bajo la lluvia salvo por dos razones: disfraz o fuerza.

—¿Y si escapó?

—Habría elegido el camino, no los árboles mojados.

—A menos que quisiera evitar a los agentes.

—Sí. Pero entonces habría dejado huellas más claras.

Marceau ordenó a dos agentes revisar la línea de árboles.

No tardaron mucho en encontrar algo.

Un silbido breve.

—¡Inspector!

Delacroix y Marceau caminaron hacia allí con las lámparas en alto. Baptiste los siguió a unos pasos, cada vez menos convencido de que la curiosidad fuera una virtud.

El agente estaba junto a un sauce bajo, cerca de la orilla embarrada del río. Allí el terreno descendía un poco. Había huellas profundas, marcas de lucha y una rama partida.

Pero no había cuerpo.

—¿Qué encontró? —preguntó Marceau.

El agente señaló el barro.

—Sangre.

No era mucha. Unas gotas en una raíz, otra en la hierba aplastada, una línea breve hacia el río. La lluvia la había diluido, pero seguía siendo visible.

Baptiste tragó saliva.

—¿Cayó al agua?

Delacroix levantó la lámpara hacia la orilla. El río corría lento, oscuro, hinchado por la lluvia. No hacía ruido dramático. Eso lo volvía peor. Parecía capaz de llevarse un cuerpo con la misma indiferencia con que se llevaba hojas.

—Quizá —dijo Marceau.

Delacroix se agachó.

En el barro, junto a las gotas de sangre, había una impresión parcial. No de bota. De rodilla. Alguien había caído o se había arrodillado. Más allá, una marca larga indicaba que un cuerpo pudo haber sido arrastrado o haberse deslizado hacia el agua.

Pero había otra cosa.

Un trozo de tela atrapado en una espina.

Delacroix lo tomó con el pañuelo.

Era oscuro. De paño grueso.

—¿Del abrigo de Renaud? —preguntó Marceau.

—No. El abrigo estaba dentro de la feria. Esto parece de una manga.

—¿De quién?

Delacroix acercó la tela a la lámpara.

En el borde había una hebra clara. Y un olor leve.

Jabón.

—Nuestro visitante limpio estuvo aquí —dijo.

Marceau soltó una maldición.

—¿Con Renaud?

—O después de Renaud.

—¿Muerto?

—No lo sé.

Baptiste miró el río.

—Esta noche todo el mundo desaparece antes de terminar la frase.

Delacroix no respondió. Miraba la orilla.

Allí había pasado algo reciente. No el asesinato de Chavanel, pero quizá sí otro movimiento alrededor de los papeles. Renaud pudo haber salido a buscar el maletín, encontrarse con alguien, recibir un golpe, caer al río o ser arrastrado. O pudo fingirlo todo, dejar sangre, tela y ausencia.

La noche, por desgracia, había demostrado cierto talento para las representaciones.

—Necesitamos dragar la orilla —dijo Marceau.

—Con esta luz y esta lluvia, encontrarán barro, ramas y pulmonía.

—¿Sugiere esperar?

—Sugiero no llamar cadáver a un hombre solo porque el río resulta teatral.

Marceau miró el agua con fastidio.

—Renaud pudo llevarse los papeles.

—Sí.

—Y luego alguien lo atacó.

—Sí.

—O él atacó a alguien.

—También.

—Me está siendo de poca ayuda.

—Le estoy evitando tres conclusiones falsas por minuto. Es agotador para ambos.

Regresaron hacia el coche.

El cochero seguía allí, custodiado por un agente. Al ver sus rostros, no preguntó nada. Quizá los conductores de hombres como Chavanel aprendían a no solicitar noticias hasta que alguien se las arrojaba encima.

—Millet —dijo Delacroix—, ¿Renaud sabía nadar?

El cochero frunció el ceño.

—No bien.

—¿No bien?

—Lo suficiente para no presumir.

—¿Tenía miedo al agua?

—No más que cualquiera con sentido común.

—¿Iba armado?

—A veces.

Marceau se acercó.

—¿Esta noche?

—No lo sé.

—¿Cuchillo?

—Probablemente.

—¿Pistola?

—No creo. Chavanel no quería armas de fuego cerca de él. Decía que hacían valiente a la gente equivocada.

—¿Renaud usaba guantes claros?

El cochero casi se rió.

—Renaud habría ensuciado guantes claros solo con mirarlos.

Delacroix asintió.

Eso confirmaba algo mínimo: Luc no había visto a Renaud abrir el caballo. Pero Renaud podía haber robado, golpeado o muerto por saber quién lo hizo.

Volvieron a la feria.

Al cruzar la verja, la sensación de encierro se hizo más intensa. El espacio parecía haber encogido de nuevo. Los visitantes murmuraban. Los feriantes miraban. El carrusel permanecía inmóvil. Y en el centro de todo, el caballo blanco abierto parecía una pregunta que nadie conseguía cerrar.

Marceau ordenó reforzar la búsqueda de Renaud dentro y fuera del recinto. Luego se volvió hacia Delacroix.

—Tenemos una mujer que saboteó el carrusel, un hombre desaparecido junto al río, un maletín vacío, papeles perdidos, un secretario golpeado, dos chicos amenazados y un asesino que quizá huele a jabón. Le escucho.

—Qué amable.

—No abuse.

Delacroix miró hacia la barraca de bebidas, donde Laval seguía vivo. Luego hacia Béatrice, custodiada cerca del carrusel. Luego hacia Anatole, Margot y Célestin. Después hacia Clémence, que permanecía junto a su barraca, y hacia Madame Séraphine, que los observaba desde la sombra de su carromato.

—Los papeles importan más de lo que creíamos.

—Eso ya lo sé.

—No. Importan más incluso que Chavanel.

Marceau frunció el ceño.

—El muerto suele ocupar el centro.

—Esta noche el muerto era una llave. No la puerta.

—¿Puerta a qué?

Delacroix sacó la nota encontrada en el maletín vacío.

Hay deudas que no se cobran con dinero.

—A alguien que quiere reescribir lo ocurrido con Madeleine.

—¿Béatrice?

—Béatrice quiere quemar el caballo. Eso es rencor directo, físico, antiguo. Pero esta nota no suena a ella.

—¿A quién suena?

Delacroix miró el papel.

Letra elegante. Limpia. Frase moral. Deuda. Dinero. Reparación. Superioridad.

—A alguien que cree estar impartiendo justicia.

—Todos los asesinos se creen algo parecido.

—No. Muchos asesinos saben perfectamente que están haciendo algo infame. Solo prefieren el resultado. Este no. Este quiere que entendamos una lección.

Marceau miró el carrusel.

—¿Y cuál es la lección?

Delacroix no respondió enseguida.

Porque todavía no lo sabía.

Pero empezaba a ver el contorno.

Chavanel había matado sin matar, retrasando un dinero, conservando cartas, comprando un anillo, humillando a una familia rota.

Béatrice había querido destruir el símbolo del dolor.

Laval había buscado papeles para protegerse.

Renaud quizá había llevado años vigilando los restos de la crueldad de su amo.

Clémence había robado por vergüenza y por piedad.

Gaston había escondido. Célestin había callado.

Anatole había enterrado una hermana viva.

Margot había heredado una historia amputada.

Y, en medio de todo, alguien había convertido el caballo blanco en una máquina exacta.

No para salvar a nadie.

Para hacer que Chavanel muriera dentro de su propia escena.

—Inspector —dijo un agente desde el carrusel—. El médico pregunta si puede trasladar el cuerpo.

Marceau suspiró.

—Dígale que sí.

—También dice que encontró algo más en la herida.

Delacroix levantó la mirada.

—¿Qué?

El agente tragó saliva.

—Una astilla.

—¿De madera?

—No, monsieur.

Delacroix ya caminaba hacia el cuerpo.

El médico los esperaba junto a la mesa, con una pequeña bandeja metálica en la mano. Sobre ella, iluminada por la lámpara, había una astilla diminuta, oscura y brillante.

—No es madera —dijo el doctor—. Estaba adherida al borde de la herida, probablemente arrastrada por la hoja al entrar.

Célestin se acercó, miró la astilla y frunció el ceño.

—Eso es nácar.

Marceau lo miró.

—¿Nácar?

—De un mango. De cuchillo o navaja.

Béatrice, desde su lugar, palideció.

—Mi cuchillo tenía mango claro.

—¿De nácar? —preguntó Delacroix.

Ella asintió lentamente.

—Sí.

Marceau se volvió hacia ella.

—Cada vez se pone peor.

—No usé mi cuchillo para matar a Chavanel.

Delacroix miró la astilla.

El fragmento de hoja hallado dentro del caballo era de su cuchillo. Ahora aparecía nácar en la herida. Eso podía significar que la hoja homicida también pertenecía al cuchillo de Béatrice.

O que alguien había usado su cuchillo después de quitárselo.

—¿Dónde está su cuchillo? —preguntó.

Béatrice abrió la boca.

La cerró.

—Lo perdí.

Marceau casi sonrió.

—Qué noche tan torpe con los objetos importantes.

—Me lo quitaron cuando me empujaron junto a la barraca de los espejos. O después. No lo sé.

Delacroix observó la astilla de nácar.

Otra vez.

El disfraz.

El guante.

El anillo.

El abrigo.

La llave.

El cuchillo.

La feria entera era un intercambio de objetos, como si el asesino no matara solo cuerpos, sino pertenencias. Cada cosa robada cambiaba de dueño y, al cambiar de dueño, cambiaba la culpa.

Delacroix levantó la vista.

—Inspector.

—¿Sí?

—El asesino no lleva sus propias armas.

Marceau entendió despacio.

—Usa las de otros.

—Sí.

—El sabotaje de Béatrice. La llave de Chavanel. El guante de Chavanel. La herramienta de Célestin. El abrigo de Renaud. El cuchillo de Béatrice.

—Exacto.

—Entonces ¿qué es suyo?

Delacroix miró alrededor.

Las luces de la feria parpadeaban. El carrusel callaba. La lluvia había dejado el suelo convertido en un espejo oscuro donde se reflejaban, deformadas, las figuras de todos.

—La idea —dijo.

Marceau guardó silencio.

Delacroix volvió a mirar la nota.

Hay deudas que no se cobran con dinero.

—Y quizá la letra.

Baptiste, que estaba a su lado, murmuró:

—¿Y eso ayuda?

Delacroix observó el papel, luego la feria, luego el rostro de las personas reunidas bajo los farolillos.

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para pedir tinta.

Marceau lo miró.

—¿Tinta?

Delacroix asintió.

—Y papel. Vamos a hacer escribir a todos.

El inspector lo observó un segundo.

Luego soltó una risa baja, cansada.

—Al fin una orden que entiendo.

Delacroix guardó la nota.

—No se alegre demasiado. Algunos asesinos matan peor de lo que escriben.

Miró hacia el carromato de Madame Séraphine, donde la adivina acababa de apartar ligeramente la cortina.

—Y algunos escriben precisamente para que uno crea que sabe leerlos.