Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 17 — El maletín vacío
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Capítulo 17 — El maletín vacío

El coche de Octave Chavanel estaba fuera de la feria, junto al camino embarrado que conducía al río.

No era un coche discreto. Naturalmente.

Chavanel no parecía haber tenido relación con ningún objeto que no estuviera diseñado para recordar a los demás que él podía permitírselo.

Era oscuro, amplio, de líneas elegantes, con faroles laterales y asientos de cuero.

Incluso bajo la lluvia, incluso con barro en las ruedas, conservaba esa arrogancia muda de las cosas caras: parecía ofendido por encontrarse cerca de una feria ambulante.

Dos agentes vigilaban la zona con lámparas.

Más allá, el camino se perdía entre árboles bajos y niebla.

La ciudad de Saint-Aubin quedaba a unos minutos a pie, pero esa noche parecía mucho más lejos.

La feria, cerrada tras la verja, seguía iluminada a sus espaldas, como un animal enfermo que no conseguía dormirse.

Marceau llegó primero, con la nota doblada en el bolsillo y el mal humor perfectamente visible.

—¿Quién encontró el maletín? —preguntó.

Uno de los agentes levantó la mano.

—Yo, inspector. Estaba bajo el asiento trasero.

—¿Forzado?

—No. Abierto con llave, diría.

Delacroix miró la portezuela. No había marcas evidentes. Tampoco en el cierre del compartimento interior. Quien hubiese abierto el coche sabía hacerlo, tenía permiso o disponía de la llave adecuada.

La llave de Chavanel.

La que Laval había sacado del guante.

La que Béatrice le había arrebatado con un cuchillo.

Y que luego, según ella, ya no había usado.

Naturalmente.

Marceau abrió la portezuela y señaló el interior.

—Ahí.

El maletín descansaba sobre el asiento, ya extraído por los agentes. Era de cuero negro, rígido, con las esquinas reforzadas en metal. Tenía dos cierres dorados y un pequeño monograma grabado: O. C.

Delacroix lo observó sin tocarlo.

—Incluso sus objetos firman antes de hablar.

—Y este ha hablado poco —dijo Marceau—. Está vacío.

El inspector abrió el maletín.

Dentro no había documentos. Solo el forro de terciopelo oscuro, una cinta elástica que debía sujetar papeles, una pequeña mancha de tinta en una esquina y el espacio rectangular donde algo había permanecido guardado durante mucho tiempo.

La ausencia de los papeles tenía forma. Eso era casi peor que su presencia.

Baptiste, que había insistido en acompañarlos pese a no haber recuperado sus almendras, se inclinó un poco.

—Da la impresión de que hubiera tenido más dignidad si lo hubiesen dejado cerrado.

—Muchos hombres comparten ese problema —dijo Delacroix.

Marceau lo miró.

—No se distraiga.

—No lo hago.

Delacroix tomó la lámpara y acercó la luz al interior del maletín. No había polvo. Eso significaba que se usaba con frecuencia o que Chavanel lo mantenía cuidado. En una de las esquinas, bajo la cinta, encontró una fibra clara. No verde. No negra. Clara, casi beige.

La retiró con una pinza del médico que había pedido prestada sin pedir demasiadas explicaciones.

—Otra fibra —dijo Marceau.

—Sí.

—¿De guante claro?

—Quizá.

—Esa palabra empieza a merecer prisión preventiva.

Delacroix la guardó en un papel.

Luego olió el interior del maletín.

Marceau lo miró con sufrimiento.

—Por favor, dígame que no va a empezar a oler todos los objetos del caso.

—Solo los que parezcan tener algo que decir.

—¿Y este qué dice?

Delacroix volvió a oler, esta vez más cerca de la esquina del cierre.

—Tabaco.

—Chavanel fumaba.

—Sí. Pero también jabón.

Marceau cerró los ojos.

—Jabón otra vez.

—No cualquier jabón. Ese olor fuerte, limpio, casi medicinal. Como de barbería o lavandería buena.

—El que mencionaron Luc y Laval.

—Sí.

Baptiste frunció el ceño.

—¿Eso significa que quien abrió el maletín es la misma persona que abrió el caballo?

—Significa que quiere que pensemos en esa dirección —respondió Delacroix—. Que sea verdad ya es otra amabilidad que la noche todavía no nos ha concedido.

Marceau tomó el maletín y lo giró. En la parte inferior había barro seco, no mucho. El tipo de barro que se adhiere cuando un objeto se apoya un momento en el suelo y luego se limpia deprisa.

—Esto salió del coche —dijo.

—O fue abierto fuera y devuelto.

—¿Para qué devolverlo vacío?

—Para que encontráramos la ausencia.

Baptiste suspiró.

—Qué gente tan trabajadora. Yo, después de matar a alguien, creo que me tumbaría.

—Por eso sigue siendo usted una compañía moralmente aceptable.

Marceau se agachó junto al coche. Había pisadas alrededor, muchas. Las de los agentes. Las del cochero, quizá. Las de quienes habían llegado con Chavanel. Pero a un lado, cerca de la rueda trasera izquierda, una huella se distinguía de las demás.

Pequeña.

No infantil.

Estrecha.

El talón estaba marcado con firmeza y la punta hundida en el barro.

—Una mujer —dijo Marceau.

—O un hombre con pies muy tristes.

—Delacroix.

—Probablemente una mujer.

La huella avanzaba desde la portezuela hacia los árboles. Luego desaparecía entre otras marcas.

—¿Béatrice? —preguntó Baptiste.

—Podría.

Marceau apretó la mandíbula.

—Ella tenía la llave.

—Durante un rato.

—Y quería los papeles.

—O quería impedir que Chavanel los usara.

—Que es otra forma de quererlos.

Delacroix se incorporó y miró hacia la feria.

Desde allí se veía el carrusel por encima de la verja: luces amarillas, techo circular, caballos detenidos.

El caballo blanco, parcialmente abierto, no se distinguía bien desde la distancia, pero Delacroix sabía dónde estaba.

A veces los lugares de la muerte adquieren una posición exacta en la mente y ya no necesitan ser vistos.

—¿Dónde está el cochero de Chavanel? —preguntó.

El agente contestó:

—Con los visitantes, monsieur. Dice que no vio nada.

Marceau soltó una risa breve.

—Naturalmente. Tráigalo.

El cochero apareció unos minutos después escoltado por un agente.

Era un hombre seco, de rostro curtido y ojos pequeños.

Llevaba una gorra de lana, abrigo grueso y botas embarradas.

Parecía más enfadado por la lluvia que por la muerte de su patrón, una jerarquía emocional comprensible en ciertos empleados.

—Nombre —dijo Marceau.

—Alphonse Millet.

—¿Trabajaba para Chavanel?

—Conducía para él. Trabajar para él era otra cosa.

—Explique esa diferencia.

—Uno conduce porque le pagan. Trabajar para alguien implica cierta lealtad. Yo no soy un perro.

Baptiste murmuró:

—Empieza bien.

Marceau ignoró el comentario.

—¿Quién tuvo acceso al coche esta noche?

—Monsieur Chavanel. Monsieur Laval. Renaud. Yo.

—¿Nadie más?

—Que yo viera, no.

—¿Béatrice Armand? ¿Una mujer de negro, velo, guantes claros?

El cochero dudó.

—La vi cerca.

—¿Cerca del coche?

—Sí. Antes de que monsieur Chavanel entrara en la feria.

Delacroix prestó atención.

—¿Cuándo exactamente?

—Llegamos poco antes de abrir del todo. Monsieur Chavanel bajó con Laval y Renaud. Yo me quedé junto al coche. Una mujer de negro esperaba bajo los árboles. No parecía de la feria.

—¿Habló con Chavanel?

—No delante de mí. Laval fue hacia ella primero. Luego monsieur Chavanel se acercó. Hablaron poco. Ella le entregó un sobre.

Marceau se enderezó.

—¿Un sobre?

—Sí.

—¿Qué hizo Chavanel con él?

—Lo guardó en el maletín.

Delacroix miró el interior vacío.

—¿Vio el contenido?

—No.

—¿Y luego?

—La mujer se marchó hacia la feria. Chavanel se rio. Laval no se rio.

—¿Y Renaud?

El cochero frunció el ceño.

—Renaud miraba a la mujer como si la conociera.

Marceau se acercó un paso.

—¿La conocía?

—No lo sé.

—¿Hablaron?

—No delante de mí.

Delacroix intervino:

—¿Renaud olía a jabón?

Marceau lo miró con desesperación, pero el cochero no se sorprendió. Pensó unos segundos.

—No. Renaud olía a cuero húmedo y a vino barato.

—¿Y Laval?

—Cigarro dulce. Siempre.

—¿Y Chavanel?

—Cigarro caro, colonia y dinero. Perdone la imprecisión.

—Al contrario. Es una de las descripciones más exactas de la noche.

Marceau volvió al coche.

—¿Oyó algo después de que empezó el alboroto?

—Sí. Gritos. Luego un agente me dijo que no me moviera. Después otro registró el coche.

—¿Vio acercarse a alguien al coche tras la muerte?

El cochero dudó.

—No.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Monsieur Millet.

—No.

—Esa respuesta llegó antes que el recuerdo.

El cochero apretó la boca.

—Vi una sombra.

—¿Hombre o mujer?

—No sé.

Marceau dio un paso amenazante.

—Esta enfermedad de no ver rostros empieza a contagiarse.

—Era de noche. Llovía. Me habían alejado del coche. Había dos agentes hablando junto a la verja. Vi a alguien abrir la portezuela. Pensé que era Laval.

—¿Por qué Laval?

—Porque se movía como él.

—¿Cojeaba?

—No.

—¿Olor?

Marceau levantó los ojos al cielo.

El cochero, sin embargo, respondió:

—No estaba lo bastante cerca.

—¿Guantes claros?

—No vi las manos.

—¿Sombrero gris?

—No. Creo que no.

Delacroix miró hacia los árboles.

—¿Laval tenía la llave en ese momento?

—No lo sé.

—¿Renaud?

—Renaud desapareció poco después de la muerte. O antes. No sé. Ese hombre sabía estar donde nadie miraba.

—¿Qué papel cumplía para Chavanel?

El cochero soltó aire por la nariz.

—El que los caballeros no escriben en tarjetas.

—Amenazas.

—Acompañamiento físico.

—Violencia.

—Si hacía falta.

—¿Hacía falta a menudo?

—Con monsieur Chavanel, casi siempre bastaba con que alguien creyera que podía hacer falta.

Marceau tomó nota.

—¿Renaud sabía abrir el maletín?

—No. Pero sabía quitar llaves.

—¿Robar?

—Prefiero no adornarlo.

Delacroix miró el asiento delantero.

—¿Dónde se sentaba Renaud durante los viajes?

—A veces conmigo. A veces atrás, si Chavanel quería que alguien entendiera que no estaba invitado a relajarse.

—¿Y esta noche?

—Delante, conmigo.

—¿Tenía abrigo?

—Sí.

—El encontrado junto al puesto de manzanas.

—Supongo.

—¿Lo llevaba puesto al entrar en la feria?

—Sí.

—Entonces alguien se lo quitó después.

—O se lo quitó él.

Marceau cerró la libreta.

—Este hombre ayuda más que otros, pero solo porque los demás han hecho un esfuerzo admirable por ser inútiles.