Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 16 — Madame Blanche #2
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Capítulo 16 — Madame Blanche #2

—¿Qué hizo exactamente al caballo? —preguntó Delacroix.

Béatrice volvió hacia él.

—Aflojé una pieza.

Célestin levantó la cabeza.

—La lámina en la guía.

—No sé cómo la llamas.

—Eso podía provocar una caída.

—Podía provocar que se detuviera. Que se rompiera. Que nadie montara.

—No —dijo Célestin, con rabia contenida—. Podía tirar a alguien.

La seguridad de su voz pareció tocarla.

—No quería que nadie montara.

—Pero lo abrió antes de abrir la feria —dijo Delacroix—. Luc la vio.

Béatrice frunció el ceño.

—¿Luc?

—El chico de las fichas.

—No me vio.

—Vio a alguien con guantes claros, olor a jabón, quizá un anillo o algo brillante.

Ella se tocó instintivamente el cuello.

La cadena ya no estaba.

—¿El anillo de Madeleine? —preguntó Delacroix.

Béatrice cerró la mano derecha.

—Era de mi hermana.

—Apareció en el abrigo de Renaud.

La mujer palideció.

No mucho. Pero lo suficiente para que Delacroix supiera que aquello no formaba parte de su plan.

—¿Renaud lo tiene?

—Lo tenía su abrigo.

—No.

—¿Se lo quitaron?

Béatrice miró hacia la zona de carromatos.

—Después de hablar con Laval. Alguien me empujó junto a la barraca de los espejos. Perdí el velo, el guante y la cadena. Creí que solo había perdido la cadena.

—¿Quién?

—No lo vi.

Marceau soltó una risa de pura incredulidad.

—Por supuesto que no.

Béatrice lo miró.

—Si lo hubiera visto, inspector, ya se lo habría dicho. No por confianza en la policía, sino por falta de paciencia.

Delacroix observó su rostro.

Parecía sincera. O, mejor dicho, parecía indignada en la dirección correcta. La pérdida del anillo la había afectado más que la amenaza de ser detenida. No era una prueba de inocencia, pero sí un mapa de prioridades.

—¿Llevaba usted el anillo al cuello? —preguntó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Madeleine lo empeñó para salvarse. Chavanel lo compró después. Años más tarde, cuando supe que lo tenía, le pagué por él más de lo que valía. Él se rio y me dijo que todos terminábamos comprándole nuestros muertos por segunda vez.

Margot cerró los ojos.

Baptiste murmuró algo que nadie le pidió repetir.

—¿Y aun así volvió a tratar con él? —preguntó Marceau.

—No traté con él. Me arrastré frente a él con más elegancia de la que merecía. Hay diferencia.

—Quería comprar el caballo.

—Sí.

—Para destruirlo.

—Sí.

—Y antes de eso alteró el mecanismo.

—Sí.

—Eso basta para detenerla.

—Hágalo.

La facilidad con que lo dijo dejó a Marceau sin placer.

Delacroix dio un paso.

—Usted no instaló la hoja que mató a Chavanel.

—No.

—Pero alguien la instaló después de que usted alterara el caballo.

—Eso parece.

—Alguien aprovechó su sabotaje.

Béatrice miró el carrusel.

—Sí.

—Y quizá quiso que cargara con el crimen.

—No sería la primera vez que esta familia me entrega sus ruinas.

Anatole levantó el rostro.

—No digas eso.

—¿Por qué? ¿Porque ahora hay público?

Margot se interpuso entre ambos con una voz que no admitía más pasado del necesario.

—Basta.

Los dos la miraron.

—Basta de hablar como si yo fuera una silla en la habitación donde todos escondieron cosas.

Si esta mujer —señaló a Béatrice— saboteó el carrusel, que lo diga.

Si tú la echaste y me ocultaste su existencia, que quede dicho.

Si Chavanel usó a todos, también. Pero dejad de miraros como si el dolor de cada uno fuera el único con derecho a estar cansado.

El silencio que siguió fue distinto.

No resolvía nada. Pero ordenaba algo.

Delacroix miró a Margot con una admiración discreta. No era fácil ponerse de pie en mitad de una familia que se derrumba sin intentar salvar los muebles equivocados.

Marceau, menos poético y más práctico, hizo una señal a Morel.

—Madame Armand queda bajo vigilancia.

—No me fugaré —dijo ella.

—Todo el mundo dice eso. Esta noche, además, algunos desaparecen sin decirlo.

Delacroix recordó a Renaud.

—Precisamente. Nos falta el hombre cuyo abrigo contenía el anillo.

Marceau miró a un agente.

—¿Nada de Renaud?

—Nada, inspector.

Béatrice levantó la vista.

—Renaud no era un simple ayudante.

Todos se volvieron hacia ella.

—¿Lo conocía? —preguntó Delacroix.

—No por su nombre. Pero lo vi una vez con Chavanel en Lyon. Hace años. Estaba en el local donde recuperé el anillo de Madeleine.

—¿Qué hacía allí?

—Vigilaba.

—¿A Chavanel?

—No. A mí.

Marceau frunció el ceño.

—¿Renaud trabajaba ya para Chavanel entonces?

—Eso parecía.

—Laval dijo que no sabía mucho.

—Laval es un secretario. Los secretarios creen saberlo todo porque leen papeles. Los hombres que vigilan desde las esquinas suelen saber cosas que no se escriben.

Delacroix pensó en Renaud: corpulento, cuello corto, rostro redondo. Uno de esos hombres que la mirada descarta porque parecen hechos para obedecer. Un error frecuente. La obediencia es una máscara excelente para quien quiere estar cerca de todo sin ser visto.

—¿Renaud pudo instalar el mecanismo? —preguntó Marceau a Célestin.

El mecánico dudó.

—No lo sé. Si alguien le preparó la pieza y le explicó dónde ponerla, quizá. Pero no parecía tener manos de precisión.

—Luc vio guantes claros y olor a jabón —dijo Delacroix—. No a Renaud.

—A menos que Renaud se disfrazara.

—No con manos de caballero. Luc habría notado el tamaño.

—Entonces ¿por qué su abrigo tenía el anillo?

Delacroix miró a Béatrice.

—Porque alguien lo puso allí para que lo encontráramos. O porque Renaud se lo quitó a ella. O porque Renaud trabaja para alguien que no quería que el anillo llegara a Anatole.

Béatrice apretó la mandíbula.

—Ese anillo iba a volver a mi hermana.

—Madeleine está muerta —dijo Marceau.

—No le estaba hablando a usted.

Delacroix miró hacia el carrusel.

El caballo blanco seguía inmóvil. Pero el breve movimiento provocado por Béatrice había alterado algo en la plataforma. Una pequeña vibración. Un sonido que aún parecía colgado en el aire.

—Célestin —dijo.

El mecánico se volvió.

—¿Sí?

—Cuando Béatrice hizo girar el carrusel hace un momento, ¿notó algo extraño?

Célestin frunció el ceño.

—Además de todo.

—Además de todo.

—El caballo blanco sonó mal.

—¿Por estar abierto?

—En parte.

—¿Y en otra parte?

Célestin miró hacia el carrusel.

—Hubo un golpe dentro de la base.

—¿Un golpe?

—Como si algo se hubiera soltado.

Marceau cerró los ojos.

—No me diga que hay otra pieza.

Delacroix ya caminaba hacia la plataforma.

Célestin subió tras él. Béatrice quedó custodiada por Morel, aunque su mirada seguía cada paso. Margot acompañó a Célestin sin pedir permiso. Marceau la dejó, quizá porque ya había gastado demasiadas órdenes inútiles.

El mecánico se arrodilló junto a la base del caballo blanco y metió la lámpara por la abertura inferior. Movió una varilla con cuidado.

Algo cayó al suelo de la plataforma.

Pequeño.

Metálico.

Rodó hasta el pie de Delacroix.

Era un fragmento de hoja.

No de la hoja homicida.

Otra.

Más antigua.

Más fina.

Célestin la levantó con el pañuelo.

—Esto no pertenece al mecanismo.

—¿A la primera pieza? —preguntó Delacroix.

—No. A un cuchillo pequeño. O a una navaja.

Béatrice, desde abajo, palideció.

—Mi cuchillo.

Marceau giró hacia ella.

—¿Perdón?

—Mi cuchillo tenía la punta rota.

—¿El que usó para quitarle la llave a Laval?

—Sí.

—¿Y qué hacía la punta dentro del caballo?

Béatrice no respondió.

No porque no quisiera.

Porque no lo sabía.

Delacroix miró el fragmento.

Luego miró la abertura del caballo.

Luego miró a Béatrice.

—Usted sí abrió el caballo.

—Ya lo dije.

—Y usó ese cuchillo.

—Sí.

—La punta se rompió dentro.

Ella tragó saliva.

—No me di cuenta.

—Eso significa que su sabotaje dejó una marca material antes de que alguien instalara el mecanismo homicida.

Marceau lo miró.

—¿Y?

Delacroix sostuvo el fragmento bajo la luz.

—Que quien instaló la hoja después encontró esta punta dentro.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque tuvo que abrir el mismo punto. Y, si la encontró, supo que otra persona había estado allí antes.

Célestin entendió primero.

—La llave plantada.

Delacroix asintió.

—El asesino no solo aprovechó el sabotaje de Béatrice. Supo que existía. Supo que podía usarlo para construir una historia falsa.

Margot miró el caballo.

—Una historia en la que mi tía parecía culpable.

—O Célestin. O Anatole. Dependía de qué pieza encontráramos primero.

Marceau guardó el fragmento.

—El asesino improvisó sobre un sabotaje ajeno.

—Sí —dijo Delacroix—. Y eso nos dice algo importante.

—¿Qué?

Delacroix miró alrededor.

—Que el asesino estaba cerca del caballo después de Béatrice y antes de la muerte. Lo bastante cerca para ver lo que ella había hecho. Lo bastante cerca para abrirlo de nuevo. Y lo bastante cerca para saber que Chavanel montaría.

Béatrice habló desde abajo:

—Entonces no fui yo.

Marceau la miró.

—No se emocione. Sigo pudiendo detenerla por sabotaje, amenaza con cuchillo, ocultación de identidad y por ponerme de mal humor.

—Eso último parece un delito fácil de cometer.

Delacroix no intervino. Miraba la plataforma.

Alguien había llegado después de Béatrice.

Alguien con manos limpias, olor a jabón, guantes claros.

Alguien que Luc vio.

Alguien que quizá no pertenecía a la feria, pero conocía ya el caballo, el dolor, la provocación de Chavanel y el valor de los papeles.

Renaud seguía desaparecido.

Laval no lo sabía todo.

Béatrice no era inocente, pero quizá no era asesina.

Y Chavanel, incluso muerto, seguía repartiendo culpables como si fueran cartas marcadas.

Un agente llegó corriendo desde la entrada principal.

—Inspector.

Marceau bajó de la plataforma.

—¿Ahora qué?

—Encontramos el coche de Chavanel.

—¿Y el maletín?

—Sí.

—¿Está cerrado?

—Estaba.

Delacroix levantó la vista.

—¿Estaba?

El agente tragó saliva.

—Lo han abierto. Está vacío.

Marceau soltó una maldición.

—¿Vacío?

—No del todo. Había una nota.

Delacroix bajó del carrusel.

—¿Qué dice?

El agente sacó un papel doblado, protegido bajo el abrigo.

Marceau lo abrió con el pañuelo.

La letra era elegante. Firme. De alguien acostumbrado a escribir despacio.

Decía solo una frase:

Hay deudas que no se cobran con dinero.

Margot leyó por encima del hombro de Delacroix y se quedó inmóvil.

Béatrice también la vio.

Anatole, desde abajo, levantó la cabeza.

Delacroix miró la nota.

Luego el caballo blanco.

Luego a la mujer quemada.

—No es su letra —dijo a Béatrice.

Ella negó lentamente.

—No.

—Ni la de Laval.

—No —dijo Marceau—. Laval escribe como un secretario asustado. Esto es demasiado limpio.

Célestin miró el papel.

—Tampoco es de Luc.

Baptiste se acercó y frunció el ceño.

—Esa frase...

Delacroix lo miró.

—¿Sí?

—Suena como algo que diría Chavanel.

—No —dijo Delacroix—. Chavanel habría escrito: “Hay deudas que conviene cobrar con intereses.”

Guardó silencio un instante.

—Esta frase la escribió alguien que se cree moralmente superior a él.

Marceau dobló la nota.

—Eso nos deja con media humanidad.

—No en esta feria.

Delacroix miró hacia la zona donde el abrigo de Renaud había aparecido doblado.

—Busque a Renaud —dijo—. Pero no solo como sospechoso.

Marceau lo miró.

—¿Como qué?

Delacroix observó el carrusel detenido.

—Como alguien que quizá ya no puede explicarnos qué vio.