Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 16 — Madame Blanche
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Capítulo 16 — Madame Blanche

El carrusel giraba como si la noche hubiera retrocedido.

No del todo.

La música no era alegre, aunque intentaba recordarlo.

El organillo tosía notas gastadas, lentas, torcidas por la humedad y quizá por el mecanismo maltratado.

Los caballos subían y bajaban sin público, con esa obediencia absurda de las cosas que no saben que han sido profanadas.

El techo circular temblaba bajo la lluvia fina.

Los farolillos amarillos arrojaban sobre la plataforma una luz de velatorio.

Y en la cabina, junto a la palanca, estaba la mujer.

Delgada.

Vestida de negro.

Con el rostro descubierto y la mano izquierda desnuda.

La quemadura le deformaba la piel desde la base del pulgar hasta la muñeca. No era una marca reciente. Era vieja, endurecida, brillante en algunos pliegues, como si el fuego hubiera firmado allí hacía años y luego se hubiera quedado a vivir bajo la carne.

Anatole Bresson no se movía.

Margot tampoco.

Durante un instante, nadie pareció recordar que había policías, un cadáver, un secretario herido, un chico golpeado y una feria entera retenida bajo la lluvia. Todo se redujo a la mujer de negro y al viejo dueño del carrusel.

—Béatrice —dijo Anatole.

La voz le salió como se pronuncian los nombres de los muertos cuando uno los encuentra sentados a la mesa.

La mujer inclinó un poco la cabeza.

No sonrió.

Tendría cuarenta y tantos años, quizá más, quizá menos.

El sufrimiento envejece mal, pero la obstinación conserva.

Tenía el rostro estrecho, los pómulos marcados y los ojos claros de Madeleine, o eso dedujo Delacroix al ver cómo Margot se estremecía.

No era una semejanza exacta. Las semejanzas familiares rara vez lo son.

Era peor: una forma de mirar desde un pasado que la joven no había conocido y que, sin embargo, acababa de reclamarla.

—No esperaba que recordaras mi nombre —dijo Béatrice.

El carrusel siguió girando.

Célestin Roux dio un paso hacia la plataforma.

—Hay que detenerlo.

—Nadie se acerque —ordenó Marceau.

Béatrice miró al inspector con una calma fría.

—No se preocupe. Ya no queda nadie montado.

—Baje de ahí.

—Siempre dando órdenes los hombres que llegan tarde.

Marceau levantó el revólver.

—He dicho que baje.

Delacroix puso una mano sobre el brazo del inspector, no para detenerlo por la fuerza, sino para recordarle que las armas suelen ser más torpes que la paciencia cuando una mujer herida está junto a un mecanismo viejo.

—Un momento.

—Está manipulando la escena de un crimen.

—La escena lleva toda la noche manipulándonos a nosotros. Concedámosle unos segundos de revancha.

Marceau lo miró como si estuviera a punto de arrepentirse de todos los pactos civilizados que había firmado consigo mismo.

El carrusel completó otra vuelta lenta.

El caballo blanco, abierto en el costado, subió y bajó con un quejido distinto al de los demás. Parecía un animal operado que aún no entendía por qué seguía obligado a galopar.

Béatrice lo miró.

—Todavía lo haces girar, Anatole.

El viejo tragó saliva.

—No deberías estar aquí.

—Eso me dijiste la última vez.

Margot dio un paso hacia la plataforma.

—¿Eres mi tía?

Béatrice apartó la vista de Anatole y la posó en ella.

El cambio fue leve, pero real. Su rostro, hasta entonces rígido, perdió durante un segundo aquella dureza de piedra mojada.

—Eres Margot.

—Eso no responde.

—Sí —dijo Béatrice—. Soy tu tía.

Margot pareció recibir la frase en el cuerpo, no en la mente. Había pasado demasiadas horas descubriendo muertos para que una familiar viva resultara fácil de procesar.

—Mi padre dijo que habías muerto.

Béatrice miró a Anatole.

—Tu padre siempre tuvo talento para matar a los vivos cuando le estorbaban.

Anatole cerró los ojos.

—Béatrice.

—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho a gastarlo.

Marceau avanzó un paso.

—Madame Armand.

Ella lo miró.

—Bresson nunca. Armand, sí. Al menos eso todavía no me lo quitó nadie.

—Está implicada en una investigación de asesinato.

—Toda esta feria está implicada en algo. Es una de sus pocas tradiciones sinceras.

—Baje.

Béatrice miró la palanca.

—No.

La respuesta fue simple.

Demasiado simple.

Célestin volvió a hablar, tenso:

—Si sigue girando con el caballo abierto, puede romper el eje.

—Que se rompa —dijo ella.

Margot levantó la cabeza.

—No.

Béatrice la miró.

—¿También tú?

—No sé todavía de qué lado estoy.

—Eso ya es más prudente que la mayoría de esta familia.

El caballo blanco volvió a pasar frente a ellos.

La abertura del costado mostraba una sombra interna, una herida mecánica.

Delacroix observó el movimiento. El mecanismo retirado ya no podía herir a nadie, pero la estructura estaba debilitada.

Si el carrusel seguía girando, alguna pieza podía saltar.

Y en una multitud nerviosa, un accidente bastaría para convertir la investigación en estampida.

—Madame Armand —dijo Delacroix.

Béatrice lo miró.

—Usted debe de ser el hombre que hace preguntas hasta que los muertos parecen menos callados.

—Procuro no molestarlos más de lo necesario.

—Octave Chavanel no merecía tanta cortesía.

—Probablemente no. Pero el mérito de una víctima nunca ha sido un buen criterio para investigar su asesinato.

Ella soltó una risa baja, sin alegría.

—Qué frase tan limpia para un asunto tan sucio.

—Las frases limpias ayudan a ver dónde está la sangre.

Béatrice sostuvo su mirada unos segundos.

—¿Qué quiere?

—Que detenga el carrusel.

—No.

—Entonces tendré que pedirle al inspector que la detenga a usted.

—Puede intentarlo.

Marceau alzó el revólver un poco más.

Margot se adelantó.

—¡No!

La palabra salió de ella antes que el pensamiento. Miró a Marceau, luego a Béatrice, luego a Anatole. Comprendió, quizá, que no estaba defendiendo a una tía desconocida, sino la posibilidad de que aquella noche no terminara con otra sangre sobre la madera.

—Por favor —dijo Margot, esta vez a Béatrice—. Páralo.

Béatrice la miró.

—¿Por qué?

—Porque ese caballo ya ha llevado demasiados muertos.

El rostro de Béatrice cambió.

Una grieta pequeña.

Pero visible.

Durante un segundo, dejó de ser madame Blanche, la mujer de negro, la amenaza salida de una historia familiar borrada.

Fue solo una mujer que había sobrevivido demasiado tiempo con una imagen clavada en la memoria: un niño cayendo, una hermana apagándose, un hombre viejo aferrado a un carrusel como si la madera pudiera absolverlo.

Béatrice bajó la mano hacia la palanca.

El organillo dio una nota más, larga, descompuesta.

Luego el carrusel se detuvo.

Los caballos quedaron inmóviles.

El silencio volvió con más fuerza que la música.

Marceau hizo una señal a Morel.

—Ahora baje.

Béatrice obedeció.

No porque se rindiera. Delacroix lo vio enseguida. Descendió los escalones de la cabina con una dignidad quebrada, como quien abandona un altar después de haber descubierto que también los altares se pudren. La mano izquierda quemada quedaba a la vista. No intentó esconderla.

Cuando pisó el barro, Margot no se apartó.

Tía y sobrina quedaron frente a frente.

—Te pareces a ella —dijo Béatrice.

Margot tragó saliva.

—Eso dicen mucho esta noche.

—No debería dolerte.

—No sé qué debería dolerme. Voy atrasada.

Béatrice pareció a punto de responder algo suave, quizá una frase que llegaba con veinte años de retraso. Pero Marceau no era un hombre dado a permitir intimidades largas en mitad de una investigación.

—Sus manos.

Béatrice le mostró ambas.

La izquierda quemada.

La derecha fina, limpia, con un guante negro retirado a medias.

—El guante claro —dijo Delacroix.

Ella lo miró.

—Lo perdí.

—Lo encontramos.

—Entonces no lo perdí del todo.

Marceau se acercó.

—¿Era suyo el velo negro?

—Sí.

—¿El guante claro encontrado detrás de la barraca de los espejos?

—Sí.

—¿Usted se reunió con Laval?

—Sí.

—¿Le quitó una llave con un cuchillo?

—Sí.

La rapidez de las respuestas descolocó incluso a Marceau.

—¿Y esa llave?

Béatrice metió la mano derecha en el bolsillo de su abrigo.

Morel se tensó.

—Despacio —ordenó Marceau.

Ella sacó una llave pequeña y la sostuvo entre dos dedos.

—Aquí.

Marceau la tomó con el pañuelo.

—¿Por qué se la quitó a Laval?

—Porque Chavanel la necesitaba para seguir haciendo daño incluso después de muerto.

—Chavanel ya estaba muerto cuando usted se la quitó.

—Algunos hombres son previsores con la crueldad.

Delacroix observó la llave.

—Abre un maletín.

Béatrice lo miró.

—Sí.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—En el coche de Chavanel, según Laval.

—Entonces puede que él sepa más que yo.

Marceau arqueó una ceja.

—Eso no sería difícil si usted sigue respondiendo a medias.

Béatrice lo miró con desprecio frío.

—Inspector, llevo años respondiendo entera a gente que no quería oírme. Esta noche me concedo el lujo de elegir.

—Esta noche se concede poco. Está detenida.

—Todavía no.

—Está a punto.

Delacroix intervino:

—¿Mató usted a Octave Chavanel?

La pregunta cayó recta.

Béatrice no parpadeó.

—No.

—¿Manipuló el caballo blanco para matarlo?

—No.

—¿Lo manipuló para dañarlo?

Esta vez tardó.

—Sí.

Margot cerró los ojos.

Anatole dio un paso, pero no dijo nada.

Marceau se acercó más.

—Explíquese.

Béatrice miró el caballo blanco.

—Vine a destruirlo.

—Eso ya lo sospechábamos.

—No esa noche, al principio. Vine a comprarlo. Chavanel me dijo que podía adquirirlo antes de que pasara a otras manos. Quería dinero. Siempre quería dinero. Yo quería sacarlo de la feria y quemarlo lejos de aquí.

Anatole susurró:

—Era de Émile.

Béatrice giró hacia él.

—Émile no era de madera.

El viejo se quedó sin respuesta.

—Tu hijo murió —continuó ella— y tú convertiste el caballo en reliquia para no mirar lo demás. Madeleine murió y convertiste el carrusel en tumba para no mirar lo demás. Todo lo que tocabas terminaba dando vueltas alrededor de tu culpa, Anatole. Y todos tuvimos que girar contigo.

Margot miró a su padre.

Anatole no se defendió.