Capítulo 15 — La hermana borrada #2
Delacroix pensó en Luc hablando de guantes claros. Laval hablando de una mujer con cuchillo. El olor a jabón. La voluntad de destruir el caballo.
—¿Qué mano? —preguntó.
Séraphine cerró los ojos un instante.
—La izquierda.
Marceau anotó.
—¿Y después?
Anatole habló sin levantar la vista.
—Le dije que se fuera.
—¿Y Madeleine?
—Madeleine ya casi no podía levantarse. No entendía todo lo que pasaba. O sí. No lo sé. Murió pocas semanas después.
Margot se apoyó en la pared.
—Y nunca me dijiste que tenía una tía.
—Quise protegerte.
Ella soltó una risa sin alegría.
—No. Quisiste proteger tu versión.
La frase fue exacta.
Anatole la recibió como se reciben las verdades que ya llevaban años sentadas dentro de uno.
Delacroix miró a Séraphine.
—¿Qué fue de Béatrice?
—Se marchó de la feria. Durante un tiempo, nadie supo nada. Luego oímos que trabajaba en una casa de baños en Lyon. Después, en una lavandería. Luego dejó de escribir.
—¿Escribía?
—A Madeleine, al principio. Pero Anatole devolvía las cartas.
Margot giró hacia su padre.
—¿Cartas?
Anatole no pudo sostenerle la mirada.
—No quería que siguiera abriendo la herida.
—La herida estaba abierta.
—No quería que te alcanzara.
—Pues felicidades. Ha esperado a alcanzarme junto a un cadáver.
Marceau se aclaró la garganta.
—Necesitamos saber si Béatrice Armand puede estar aquí esta noche.
—Sí —dijo Delacroix.
—¿Sí qué?
—Sí puede.
El inspector lo miró.
—¿Por qué?
—Porque alguien bajo el nombre de madame Blanche quería comprar el caballo blanco para destruirlo.
Porque Blanche era un apodo asociado a Madeleine.
Porque Béatrice tenía motivo para odiar el carrusel, a Chavanel y quizá a Anatole.
Porque se quemó la mano izquierda y podría usar guantes.
Porque trabajó en lugares donde el olor a jabón fuerte sería natural.
Y porque un nombre borrado de una familia suele volver con bastante mala educación.
Marceau guardó la libreta.
—Entonces busquemos a una mujer de unos cuarenta y tantos, quizá con una mano quemada, que puede haber venido disfrazada de hombre, que huele a jabón y que quiere destruir un caballo.
Baptiste suspiró.
—Dicho así, la noche parece menos seria de lo que es.
—Las tragedias familiares siempre suenan absurdas cuando se resumen —dijo Delacroix—. Por eso duran tanto.
Laval levantó una mano débil.
—Chavanel iba a verla esta noche.
Todos se volvieron hacia él.
—¿A Béatrice?
—A madame Blanche. Sí.
—¿Dónde?
—Después de la vuelta del carrusel. En la barraca de los espejos.
Marceau abrió mucho los ojos.
—Donde lo encontramos a usted.
Laval asintió.
—Yo fui allí porque pensé que ella tenía los papeles.
—¿Por qué?
—Porque Chavanel le había prometido mostrárselos. Quería usarla también a ella.
Delacroix sintió que la figura de Chavanel volvía a ensuciar el aire.
—¿Cómo?
Laval tragó saliva.
—Le había hecho creer que vendería el caballo para destruirlo. Pero pensaba subastarlo al mejor postor después de humillar a Anatole. Quería enfrentar a Béatrice con los Bresson y luego quedarse con el dinero igualmente.
—Admirable coherencia moral —dijo Delacroix.
Marceau miró a Laval.
—¿Y Béatrice lo sabía?
—No. Creo que no.
—Entonces Chavanel engañó también a la compradora.
—Sí.
Margot cerró los ojos.
—A todos.
—No a todos —dijo Delacroix.
Ella lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—Que alguien entendió el engaño antes de que Chavanel pudiera completarlo.
—¿Béatrice?
—Quizá.
Marceau se movió hacia la puerta.
—Hay que registrar toda la feria.
—Ya lo estamos haciendo.
—Más.
—Inspector —dijo Delacroix—, si Béatrice está aquí, no la encontrará como Béatrice.
—¿Y cómo demonios la encuentro?
Delacroix miró hacia la barraca de los espejos, luego hacia el puesto de manzanas, luego hacia el carrusel.
—Buscando a alguien que no pertenezca ni al público ni a la feria, pero que sepa moverse como si hubiera pertenecido a ambas.
—Eso es poético y poco útil.
—Busque una mano izquierda cubierta. Un olor a jabón fuerte. Ropa que no encaje del todo. Y pregunte por una mujer que haya comprado entrada sin mirar las atracciones.
Marceau dio órdenes.
Los agentes salieron.
Margot se acercó a Laval.
—¿La vio?
Laval asintió.
—Sí.
—¿Cómo era?
—No lo sé.
Ella casi se rió.
—¿Usted tampoco vio el rostro?
—Llevaba velo.
—¿Velo?
—Un velo oscuro. Como una viuda.
Madame Séraphine murmuró:
—Por supuesto.
Delacroix la miró.
—¿Qué?
—Béatrice siempre fue dramática. Incluso cuando era feliz, parecía estar ensayando una despedida.
—¿Altura?
Laval pensó.
—Media. Delgada. Caminaba recta. Muy recta. No parecía una mujer de feria.
—¿Edad?
—No podría decirlo.
—¿Voz?
—Baja. Controlada.
—¿Le vio las manos?
—Guantes claros.
Marceau volvió desde la puerta.
—Guantes claros. Por fin.
Delacroix no celebró el encaje. Las piezas que encajan demasiado tarde suelen esconder otra forma de mentira.
—¿Y el anillo? —preguntó.
Laval miró el aro dorado.
—Lo llevaba ella.
Margot se quedó sin aire.
Anatole dio un paso hacia él.
—Miente.
Laval negó débilmente.
—Lo llevaba en una cadena, al cuello. Chavanel lo reconoció. Se rió. Le dijo que era conmovedor conservar recuerdos ajenos.
—¿Cómo acabó en el abrigo de Renaud?
—No lo sé.
—¿Quién es Renaud? —preguntó Delacroix.
—Mi ayudante. Bueno, ayudante de Chavanel para recados físicos. No sabía mucho. O eso creía yo.
—¿Renaud conocía a Béatrice?
—No.
—¿Está seguro?
Laval cerró los ojos.
—Ya no estoy seguro de nada.
—Al menos mejora.
Marceau salió para continuar la búsqueda.
Delacroix quedó unos segundos junto a Margot y Anatole.
Padre e hija estaban cerca, pero no juntos.
Entre ellos ya no había solo Chavanel, ni Émile, ni Madeleine.
Ahora estaba Béatrice. La hermana expulsada.
La tía inexistente. La mujer que quizá había regresado bajo el nombre de un fantasma blanco para comprar y destruir el caballo que su familia había convertido en tumba.
Margot miró a su padre.
—Quiero verla.
Anatole negó despacio.
—No.
—No te lo estaba pidiendo.
—No sabes quién es.
—No. Porque tú decidiste que no lo supiera.
Anatole pareció encogerse.
—Béatrice no estaba bien.
—¿Y nosotros sí?
La pregunta no tenía defensa.
Delacroix se apartó un poco. No por pudor, sino porque comprendió que aquella conversación necesitaba herirse sin público. Pero no pudo alejarse demasiado. El caso estaba allí, metido entre ellos como un cuchillo familiar.
Entonces, desde fuera, llegó un silbido.
Un agente.
Marceau gritó:
—¡Delacroix!
Salieron de la barraca.
La feria parecía más inquieta que antes. Los visitantes se habían agrupado cerca de la entrada principal, custodiados por agentes. Los feriantes miraban hacia la zona de los carromatos. La lluvia había dejado la tierra convertida en una pasta oscura y brillante.
Marceau estaba junto al puesto de aros.
A su lado, Morel sostenía un objeto envuelto en tela.
—Encontramos esto detrás de la barraca de los espejos —dijo el inspector.
Abrió la tela.
Era un velo negro.
Húmedo, manchado de barro en un extremo.
Y junto al velo, un guante claro.
Solo uno.
El izquierdo.
Delacroix lo tomó con cuidado.
La piel del guante estaba limpia en el dorso, pero la palma tenía una marca oscura, antigua, endurecida.
No era sangre.
Era una quemadura que había dejado la piel deformada por dentro, como si durante años hubiera cubierto una mano herida.
Marceau habló en voz baja:
—Béatrice.
Delacroix miró hacia el carrusel.
El caballo blanco parecía observarlos desde la distancia, abierto, mutilado, silencioso.
—No necesariamente —dijo.
Marceau lo miró con exasperación.
—¿Cómo que no necesariamente?
Delacroix levantó el guante bajo la luz.
—Porque hemos encontrado el disfraz.
Miró alrededor, hacia la feria cerrada, hacia los visitantes, hacia los feriantes, hacia las sombras que aún quedaban entre las barracas.
—Pero no a la mujer.
En ese momento, el organillo del carrusel empezó a sonar.
Una nota.
Luego otra.
La melodía era lenta, deformada, casi irreconocible.
Célestin giró de golpe.
—Nadie debería estar en la cabina.
Todos miraron hacia el centro de la feria.
El carrusel comenzó a moverse.
Muy despacio.
Sin público.
Sin niños.
Sin Chavanel.
El caballo blanco, abierto y vacío, subió y bajó con un quejido de madera.
Margot susurró:
—Dios mío.
Anatole Bresson se quedó inmóvil.
Delacroix miró la cabina del organillo.
Allí, entre sombras, había una figura.
Una mujer delgada, vestida de negro, con la mano derecha apoyada sobre la palanca.
La izquierda, descubierta, brillaba bajo la luz.
Quemada.
El carrusel siguió girando.
Y la mujer, sin apartar los ojos de Anatole, dijo con una voz baja que atravesó la feria entera:
—Al fin has vuelto a dejarlo moverse, Anatole.