Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 14 — El anillo de Madeleine
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Capítulo 14 — El anillo de Madeleine

Hay objetos demasiado pequeños para contener tanta desgracia.

Un anillo, por ejemplo.

Un círculo de oro no debería pesar más que unos gramos.

Debería servir para unir una promesa, decorar una mano, sobrevivir en una caja de costura o dormir en el cajón de una viuda hasta que el tiempo lo vuelve menos doloroso.

Pero aquel anillo, sostenido bajo la luz enferma de los farolillos, pareció inclinar la feria entera hacia un silencio distinto.

No era el silencio del crimen.

Era el de la familia.

El de las cosas que se callan durante años hasta que una noche cualquiera, bajo la lluvia, vuelven dentro del bolsillo de un desconocido.

Margot Bresson miraba el anillo como si no supiera si acercarse o retroceder. Anatole permanecía sentado bajo el techo del carrusel, con los ojos fijos en el pequeño aro dorado. El viejo feriante ya no parecía acusado de un crimen. Parecía acusado por su propia vida.

Marceau sostuvo el anillo envuelto en la tela.

—Explíquese, monsieur Bresson.

Anatole tardó en responder.

La lluvia, que había aflojado durante unos minutos, volvió a caer con una suavidad insistente. En otra circunstancia, aquel sonido habría podido ser agradable. Allí solo parecía una manera educada de enterrar voces.

—Era de Madeleine —dijo al fin.

Margot tragó saliva.

—Nunca me hablaste de ese anillo.

—No.

—¿Por qué?

Anatole cerró los ojos.

—Porque no sabía cómo.

Marceau dio un paso hacia él.

—Necesito algo más útil que eso.

Margot se volvió hacia el inspector con una furia repentina.

—¿Le parece poco útil que estemos hablando del anillo de mi madre junto a un cadáver?

—Me parece insuficiente para una investigación de asesinato.

—Inspector —dijo Delacroix, bajo.

Marceau apretó la mandíbula, pero no insistió.

Delacroix tomó el anillo con el pañuelo y lo observó de cerca. Era sencillo. Oro gastado, una pequeña piedra oscura, quizá ónice, quizá vidrio trabajado con la pretensión de parecer algo mejor. En el interior, las letras grabadas se veían con claridad:

A. B.

Anatole Bresson.

No eran iniciales misteriosas. Eran íntimas. Por eso resultaban peores.

—¿Era un anillo de boda? —preguntó Delacroix.

Anatole negó despacio.

—No. Se lo regalé cuando nació Margot.

Ella levantó la vista.

—¿Cuando nací yo?

—Sí.

—¿Y por qué tenía tus iniciales?

El viejo sonrió apenas, con una tristeza tan pequeña que casi no llegó a ser sonrisa.

—Porque Madeleine decía que ya tenía bastante con llevar mi apellido, mi feria y mis deudas. Le parecía gracioso llevar también mis iniciales en la mano para poder culparme si el anillo le apretaba.

Margot bajó la mirada.

La frase habría sido tierna en otro lugar. Allí solo abría una habitación cerrada.

—¿Cuándo lo perdió? —preguntó Delacroix.

Anatole miró el caballo blanco.

—Poco antes de morir.

—¿Durante su enfermedad?

—Sí.

—¿Cómo?

—Eso pensé durante años: que lo había perdido. Madeleine estaba débil. Se le hinchaban las manos algunos días, otros se le enfriaban tanto que los anillos le bailaban en los dedos. Un día ya no lo llevaba. Dijo que no sabía dónde estaba.

—¿La creyó?

Anatole tardó demasiado.

—Quise creerla.

Delacroix no apartó los ojos de él.

—No es lo mismo.

—No.

Margot respiró con dificultad.

—¿Qué significa eso?

Anatole le sostuvo la mirada un instante y luego volvió a bajarla.

—Más tarde encontré un recibo.

—¿Un recibo de qué?

—De empeño.

La palabra cayó en el barro con una vergüenza antigua.

Margot se quedó muy quieta.

—¿Mamá empeñó su anillo?

—Para pagar un médico.

—¿Aubert?

Anatole asintió.

—Creí que el anillo había terminado en alguna tienda, en alguna caja, en otra mano. No podía ir a reclamarlo. No tenía dinero. No tenía orgullo suficiente para preguntar y demasiado para suplicar.

—Pero Chavanel lo tenía —dijo Delacroix.

Anatole levantó la mirada.

—Sí.

—¿Lo sabía?

—No.

—¿Lo sospechaba?

El viejo no respondió.

Aquello también era una respuesta, aunque más triste.

Marceau hizo un gesto hacia el abrigo encontrado de Renaud.

—Aparece en el bolsillo de un hombre que vino con Chavanel. ¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Renaud pudo haberlo robado?

—No lo conozco.

Delacroix giró el anillo bajo la luz.

—Chavanel pudo comprarlo.

—¿Para qué? —preguntó Margot.

Delacroix la miró con suavidad.

—Para lo mismo que conservó las cartas.

Ella cerró los ojos.

No hacía falta terminar la frase.

Para tener otra cuerda.

Otra prueba de que Madeleine había suplicado, empeñado, pedido, cedido, resistido y aun así muerto. Otra pieza con la que humillar a Anatole si la noche lo pedía. Otro modo de demostrar que incluso lo más íntimo de los Bresson había pasado por sus manos.

Gaston Verrier, a unos pasos, escupió al barro.

—Ese hombre necesitaba morir dos veces.

Marceau se volvió hacia él.

—Vigile lo que dice.

—Lo vigilo. Por eso solo he dicho dos.

Delacroix no reprendió la frase. Le molestó entenderla demasiado bien.

Célestin Roux se acercó al anillo sin tocarlo.

—Renaud no llevaba ese anillo cuando lo vimos antes.

Marceau giró hacia él.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Y cómo demonios podría saberlo?

—Porque le miré las manos.

—¿Por qué?

Célestin señaló a Margot con un movimiento apenas visible.

—Cuando alguien viene a traer papeles de embargo a una familia que está a punto de perderlo todo, uno le mira las manos. Para saber si trae tinta, dinero o golpes.

Margot lo miró por primera vez con algo parecido a ternura, aunque estaba demasiado cansada para sostenerla.

—¿Qué llevaba? —preguntó Delacroix.

—Guantes oscuros. Sin anillos visibles.

—Entonces el anillo llegó a su abrigo después.

—O estaba en un bolsillo interior y no lo vimos.

—Posible.

Marceau llamó al agente que había encontrado el abrigo de Renaud.

—¿Dónde exactamente estaba?

—Junto al puesto de manzanas, inspector. Detrás de unos barriles.

—¿Tirado?

—No. Doblado. Como si alguien lo hubiera dejado allí.

—¿Sangre?

—No.

—¿Barro?

—Muy poco.

Delacroix miró hacia el puesto de manzanas.

Pujol, el vendedor, estaba sentado en una caja, vigilado por un agente y con cara de haber envejecido a base de azúcar.

El lugar donde apareció el abrigo estaba demasiado cerca de donde Nicolas recibió la manzana, demasiado cerca de la ruta del hombre con guantes del muerto, demasiado cerca de la desaparición de Luc.

La noche no repetía lugares por casualidad.

O quizá alguien quería que eso pareciera.

—El abrigo de Renaud pudo usarse como escondite temporal —dijo Delacroix.

—¿Para el anillo? —preguntó Marceau.

—Para el anillo, para los papeles, para culpar a Renaud o para atraer nuestra atención hacia él.

—¿Y Renaud?

—Sigue desaparecido.

—Me lo recuerda con demasiada serenidad.

—La histeria no lo hará aparecer.

—No, pero calienta.

Baptiste, que había permanecido callado, señaló hacia la barraca de bebidas.

—¿Y Laval? Quizá despierte y nos diga algo antes de que otro objeto familiar aparezca en otro bolsillo equivocado.

Marceau miró al médico.

—¿Puede hablar?

El médico, que había regresado junto al cuerpo de Chavanel después de revisar a Luc, se secó las manos con un paño.

—Puede intentarlo.

—¿Eso significa sí?

—Eso significa que puede abrir la boca, emitir sonidos y arrepentirse de estar vivo. La claridad dependerá de su cráneo.

—Llevémoslo claridad mediante.

La barraca de bebidas estaba custodiada por Morel.

Dentro, Nicolas y su madre habían sido trasladados al fondo, separados por una cortina y una vigilancia que Morel ejercía con una seriedad casi maternal.

Luc Martin, ya atendido, estaba sentado en un banco con una venda en la ceja y una manta sobre los hombros.

Al ver entrar a Delacroix, quiso levantarse, pero Célestin le puso una mano en el hombro.

—Quieto.

—Estoy bien.

—Mientes peor que trabajas.

—Trabajo bien.

—Entonces imagina cómo mientes.

Luc se quedó sentado.

Laval yacía en otro banco, con la cabeza vendada y el rostro ceniciento.

Tenía los ojos entreabiertos. La herida de la sien parecía menos grave que la palidez general.

El olor a cigarro dulce aún flotaba en su ropa, mezclado con sangre, lluvia y algo medicinal que el doctor había aplicado sin pedir permiso a nadie.

Marceau se inclinó sobre él.

—Monsieur Laval.

El hombre movió los labios.

—Agua.

El médico le acercó un vaso, pero no le permitió beber demasiado.

Laval tosió.

—¿Dónde...?

—En la feria —dijo Marceau—. Donde empezó a complicarnos la noche.

Los ojos de Laval buscaron alrededor. Al reconocer a Delacroix, algo parecido al miedo le cruzó el rostro.

—Chavanel...

—Muerto —dijo Marceau.

Laval cerró los ojos.

—Entonces no era un sueño.

—Lamento la decepción.

Delacroix se acercó un poco.

—Monsieur Laval, necesitamos saber quién lo golpeó.

El hombre tragó saliva.

—No lo vi.

Marceau soltó un sonido de puro agotamiento.

—Juro que si alguien más en esta feria no vio el rostro de quien intentó matarlo, empezaré a detener espejos.

Laval se llevó una mano a la cabeza, pero el médico se la bajó.

—No se toque.

—¿Qué pasó? —preguntó Delacroix.

Laval miró hacia la puerta, como si temiera que alguien escuchara desde fuera. Lo cual era razonable, porque en aquella feria todo el mundo escuchaba siempre desde alguna parte.

—Los papeles —murmuró.

—Los de Madeleine Bresson.

Laval abrió los ojos.

—¿Los tienen?

—Un fragmento.

El miedo de Laval creció.

—Entonces no.

—¿Quién los tiene?

—No lo sé.

—Ha sido una noche muy pobre en conocimientos para una feria tan llena de secretos.

Laval cerró los ojos de nuevo.

—Yo los busqué.

—¿Por orden de Chavanel?

—Chavanel ya estaba muerto.

—Antes.

Laval respiró con dificultad.

—Él me pidió que los trajera.

—¿Para leerlos en público?

Laval no respondió.

Marceau se inclinó.

—Conteste.

—Sí.

Margot, de pie junto a la entrada, palideció de nuevo. Anatole no había entrado. Delacroix lo agradeció. Había verdades que podían esperar unos minutos antes de volver a morder.

—¿Por qué? —preguntó Delacroix.

Laval abrió los ojos hacia él.