Capítulo 14 — El anillo de Madeleine #2
—Porque Chavanel disfrutaba terminando las cosas.
—¿Qué cosas?
—Los contratos. Las deudas. Las personas.
—¿Y el comprador?
El rostro de Laval cambió.
Fue apenas un movimiento en la boca, una tensión nueva en el cuello. Suficiente.
—¿Qué comprador?
Marceau se enderezó.
—El del caballo blanco.
—No sé nada.
Delacroix tomó el anillo de Madeleine, todavía envuelto, y lo acercó a la luz.
—¿Y de esto?
Laval lo miró.
Durante un segundo, no fingió.
Reconoció el anillo.
Luego fingió, tarde y mal.
—No sé qué es.
—Qué lástima. Hace un instante sí lo sabía.
—No.
—Monsieur Laval, le han golpeado en la cabeza, quizá por esos papeles.
Tiene un fragmento firmado por el doctor Aubert en la mano.
Uno de los acompañantes de Chavanel ha desaparecido.
Un niño casi come una manzana posiblemente envenenada.
Otro chico fue atado bajo una barraca de autómatas.
Y su patrón murió sobre un caballo que alguien convirtió en arma.
Le aseguro que este es un momento excelente para abandonar la discreción profesional.
Laval cerró los ojos.
—Si hablo, estoy muerto.
Marceau soltó una risa breve.
—Mire alrededor. La discreción tampoco está dando resultados maravillosos.
Delacroix no sonrió.
—¿Quién lo amenaza?
Laval abrió los ojos y miró hacia la cortina que separaba a Nicolas y su madre. Luego hacia Luc. Luego hacia Margot. Al verla, apartó la mirada.
—No quería que muriera nadie más.
—Eso ya es una confesión parcial —dijo Delacroix.
—No maté a Chavanel.
—No le he preguntado eso.
—Pero lo piensa.
—Pienso que usted llegó con un hombre que fue asesinado, perdió los papeles que debía custodiar, usó o permitió que usaran un guante suyo para acercarse a un niño, acabó golpeado en la barraca de los espejos y ahora finge no reconocer un anillo que acaba de reconocer.
Mi pensamiento, como ve, está bastante ocupado.
Laval tragó saliva.
—Yo no le di la manzana al niño.
—¿Quién lo hizo?
—No lo sé.
—Pero el niño olió cigarro dulce.
—Yo fumo.
—También cojeaba quien se la dio.
—Yo no cojeo.
—Pero alguien dejó huellas de cojera falsa.
Laval cerró la boca.
Delacroix se acercó un poco más.
—¿Le obligaron a acercarse a Nicolas?
—No.
—¿Le robaron los guantes de Chavanel?
—No.
—¿Tomó usted uno?
Laval apretó los labios.
—Sí.
Marceau dio un paso.
—¿Por qué?
—Porque pensé que la cartera podía seguir en el carrusel.
—¿Qué cartera?
—La de los papeles.
—Clémence ya se la había quitado.
—Yo no lo sabía entonces. Vi que Chavanel no la tenía cuando el médico registró el cuerpo. Pensé que se le había caído o que alguien la había tomado. El guante estaba sobre la plataforma, cerca de la silla. Lo cogí.
—Eso no responde por qué.
Laval respiró hondo.
—Porque Chavanel guardaba una llave pequeña cosida dentro del guante.
Delacroix recordó la bandeja del cadáver. Había una llave pequeña entre los objetos encontrados, pero no necesariamente la misma.
—¿Una llave de qué?
—De un maletín. El maletín donde guardaba documentos delicados.
—¿Y el maletín dónde está?
Laval miró a Marceau.
—En el coche. Fuera de la feria.
Marceau se volvió hacia un agente.
—Busque el coche de Chavanel. Ahora.
El agente salió.
Delacroix observó a Laval.
—Pero el guante encontrado ya no tenía llave.
—No. La saqué.
—¿Dónde está?
Laval bajó la mirada.
—Me la quitaron.
Marceau se pasó una mano por la cara.
—Por supuesto.
—¿Quién? —preguntó Delacroix.
—No vi...
Marceau hizo un ruido amenazante.
Laval rectificó:
—No vi el rostro. Pero era una mujer.
Margot se tensó.
Clémence, que estaba junto a la entrada, no se movió.
—¿Dónde? —preguntó Delacroix.
—Cerca del puesto de aros. Yo tenía el guante, la llave y un fragmento de los papeles. Ella apareció de pronto. Me dijo que se los diera.
—¿Qué le dio?
—La llave.
—¿Y el fragmento?
—Lo guardé. Ella no lo vio.
—¿Por qué le entregó la llave?
Laval tragó saliva.
—Porque tenía un cuchillo.
—¿Un cuchillo?
—Pequeño. De mango claro.
Delacroix pensó en la hoja del mecanismo, en las herramientas, en el corte limpio de la madera.
—¿La mujer cojeaba?
—No.
—¿Olor?
Laval lo miró, desconcertado.
—¿Qué?
—¿Olía a algo?
—A jabón.
El aire cambió.
Luc había dicho que el hombre que abrió el caballo olía a jabón.
Una mujer con cuchillo, olor a jabón, que tomó la llave del guante de Chavanel.
¿El mismo olor? ¿La misma persona disfrazada? ¿O el olor pertenecía a un jabón común usado en algún lugar concreto de la feria?
—¿Jabón de barbería? —preguntó Delacroix.
—Sí. Fuerte. Limpio. Demasiado.
Marceau miró a Margot, luego a Clémence, luego hacia el exterior donde Madame Séraphine esperaba bajo la lluvia.
—¿Quién en esta feria huele a jabón de barbería?
Baptiste levantó una mano con cautela.
—Los hombres que se afeitan.
—No ayude.
Delacroix pensó en el puesto de aros, en Luc viendo a un hombre con guantes claros y olor a jabón abrir el caballo. Pensó en Laval encontrándose después con una mujer que olía igual. Pensó en el comprador. En el anillo. En Renaud desaparecido.
—Monsieur Laval —dijo—, ¿quién era el comprador del caballo blanco?
Laval cerró los ojos.
—No puedo.
Marceau se inclinó.
—Puede y va a hacerlo.
—No entiende.
—Tiene razón. Explíquelo.
Laval volvió a mirar a Margot.
Esta vez ella lo vio.
—¿Por qué me mira? —preguntó.
Laval apartó la vista.
Delacroix sintió una punzada de advertencia.
—El comprador tenía relación con la familia Bresson.
Silencio.
Laval no contestó.
—¿Sí o no?
El secretario de Chavanel respiraba con dificultad.
—No exactamente.
—Esa respuesta suele ocultar una desgracia.
Laval abrió los ojos.
—El comprador no quería el caballo para un jardín.
—¿Para qué lo quería?
—Para destruirlo.
Margot dio un paso atrás.
Célestin la sujetó por el codo.
—¿Destruirlo? —repitió Marceau.
Laval asintió.
—Comprarlo. Sacarlo de la feria. Quemarlo o hacerlo pedazos. No sé.
Anatole, desde fuera, quizá oyó algo, porque se levantó del banco del carrusel.
Delacroix bajó la voz.
—¿Quién?
Laval tragó saliva.
—No sé su nombre real.
Marceau perdió la paciencia.
—Estoy a punto de golpearle en la otra sien.
—Inspector —dijo Delacroix.
—No lo sé —insistió Laval—. Chavanel la llamaba madame Blanche.
Margot frunció el ceño.
—¿Blanche?
Clémence se llevó una mano al pecho.
Madame Séraphine, que había entrado sin que nadie la oyera, se detuvo bajo el marco de la puerta.
—No —dijo la adivina.
Todos se volvieron hacia ella.
Delacroix observó su rostro.
Por primera vez esa noche, Madame Séraphine parecía verdaderamente asustada.
—¿Conoce ese nombre? —preguntó.
Ella no respondió.
—Madame.
Séraphine miró hacia el carrusel, donde Anatole Bresson acababa de dar un paso hacia la barraca.
—No es un nombre —dijo.
—¿Entonces qué es?
La adivina bajó la voz.
—Es una burla.
Delacroix esperó.
Séraphine tragó saliva.
—Así llamaban algunos a Madeleine cuando era joven.
Margot se quedó inmóvil.
—¿A mi madre?
—Por su piel. Por su vestido de novia. Por el caballo blanco. No sé. Era una tontería antigua de feria.
Laval cerró los ojos como si acabara de revelar algo que prefería no entender.
Marceau miró a Delacroix.
—Madame Blanche.
Delacroix sintió que la feria giraba otra vez hacia abajo.
Un comprador que quería destruir el caballo.
Un nombre asociado a Madeleine.
Un anillo perdido de Madeleine en el abrigo de Renaud.
Papeles que podían demostrar la demora mortal de Chavanel.
Una mujer con olor a jabón y cuchillo.
Un hombre visto por Luc, quizá disfrazado, quizá no.
Y Anatole, fuera, detenido bajo la lluvia, mirando hacia ellos como si acabara de oír el nombre de su esposa regresar de entre los muertos.
Margot habló con un hilo de voz:
—Mi madre está muerta.
Nadie respondió.
Porque esa era precisamente la clase de frase que, en una feria, podía empezar a sonar menos segura de lo que debería.
Delacroix miró a Madame Séraphine.
—¿Quién más conocía ese apodo?
Ella no apartó los ojos de Anatole.
—Los antiguos.
—Nombres.
—Anatole. Yo. Clémence, quizá. Algunos feriantes viejos ya muertos. Chavanel, si alguien se lo contó. Y...
Se detuvo.
—Y quién —dijo Marceau.
Séraphine cerró los ojos.
—Y Émile.
Margot dio un paso atrás como si la hubieran golpeado.
—Émile era un niño.
—Sí —dijo Séraphine—. Y los niños repiten los nombres que oyen en casa.
Delacroix comprendió antes de que ella terminara.
—¿Había alguien más en la familia?
Anatole entró en la barraca en ese momento.
Su rostro estaba completamente blanco.
—No —dijo.
Delacroix lo miró.
—Monsieur Bresson.
—No.
Margot giró hacia su padre.
—¿Qué no?
Anatole negó con la cabeza, pero ya no parecía negar una acusación. Parecía intentar cerrar una puerta que llevaba años pudriéndose.
Madame Séraphine habló muy bajo:
—Madeleine tuvo una hermana.
El silencio cayó sobre ellos con una violencia perfecta.
Margot susurró:
—¿Qué?
Anatole cerró los ojos.
Séraphine siguió:
—Una hermana menor. Vivió con ellos un tiempo, después de la muerte de Émile. Se llamaba Béatrice.
Delacroix miró el anillo.
A. B.
Anatole Bresson.
O quizá, en otra lectura cruel:
A Béatrice.
No. El grabado era antiguo. El anillo era de Madeleine. Pero los símbolos, cuando pasan por manos culpables, aprenden a significar demasiado.
Margot miraba a su padre como si acabara de descubrir que su infancia tenía habitaciones que no figuraban en ningún mapa.
—¿Tengo una tía? —preguntó.
Anatole no respondió.
Y esa ausencia de respuesta, una vez más, fue una confesión.
Afuera, el carrusel permanecía abierto.
El caballo blanco esperaba bajo la lluvia.
Y por primera vez en toda la noche, Delacroix entendió que aquel crimen no había nacido solo de la muerte de un niño, ni de la enfermedad de una mujer, ni de la crueldad de Chavanel.
Había nacido de alguien que había sido borrado de la historia familiar.
Y ahora, al parecer, había vuelto para escribir en ella con sangre.