Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 13 — El chico de las fichas #2
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Capítulo 13 — El chico de las fichas #2

Luc miró a Margot. Luego a Célestin. Luego a Marceau. El miedo le recorría el rostro como lluvia por un cristal.

—No quiero que me echen.

Margot se quedó inmóvil.

—Nadie va a echarte.

—Si lo digo...

—Luc.

—No tengo otro sitio.

La frase atravesó la barraca con una sencillez brutal.

Célestin cerró los ojos un segundo. Margot apretó los labios. Incluso Marceau pareció medir mejor el tamaño del muchacho. En una feria ambulante, un chico sin familia no solo perdía un trabajo. Perdía techo, comida, nombre y el pequeño derecho a que alguien notara si desaparecía.

Delacroix habló con suavidad.

—No estás bajo juramento de gratitud. Estás bajo peligro. Eso es distinto.

Luc intentó entender la frase.

—¿Qué?

—Que callar para proteger tu lugar en la feria puede hacer que no vivas lo suficiente para conservarlo.

El chico tragó saliva.

—No vi la cara.

Marceau hizo un gesto de exasperación, pero se contuvo.

Delacroix no.

—Eso ya es algo. ¿Qué viste?

—Era antes de abrir. No mucho antes. Yo estaba llevando fichas al carrusel. Mademoiselle Margot me había pedido que preparara cambio porque había mucha gente. Pasé por detrás, cerca del taller.

—¿A qué hora?

—No sé. Las seis y media quizá. Todavía no estaba oscuro del todo.

—¿El caballo blanco estaba en marcha?

—No. El carrusel estaba parado.

—¿Quién estaba allí?

Luc miró hacia Célestin.

—No él.

El mecánico respiró.

—Continúa —dijo Delacroix.

—Vi a alguien junto al caballo blanco. Estaba agachado, en el lado que no se ve desde la entrada. Tenía una herramienta en la mano. Pensé que era Célestin al principio, pero no. Era más... más...

—¿Más qué?

Luc miró sus propias manos.

—Más lento.

Delacroix no se movió.

—¿Viejo?

—No sé. Quizá. Pero no como monsieur Anatole.

Margot tensó el rostro.

—¿Qué quieres decir?

Luc se asustó.

—No digo que fuera él.

—Entonces dilo bien —intervino Delacroix—. No para proteger ni acusar. Para ser exacto.

El chico respiró con dificultad.

—Llevaba un abrigo oscuro. El sombrero bajo. No vi el rostro. Pero se movía como alguien que no estaba acostumbrado a agacharse en la feria. Como si le molestara mancharse.

Marceau y Delacroix intercambiaron una mirada.

—Laval —dijo el inspector.

—Puede ser —respondió Delacroix.

Célestin frunció el ceño.

—Pero Laval no sabía abrir el caballo.

—Quizá no lo estaba abriendo —dijo Delacroix—. Quizá solo colocaba algo que otro había preparado.

Luc negó rápido.

—No. No era Laval.

Todos lo miraron.

—¿Por qué?

—Porque Laval estuvo en la entrada antes. Lo vi con Chavanel. Tenía el sombrero gris y fumaba. Este hombre no olía a cigarro.

—¿Olía a algo?

Luc pensó.

—A jabón.

—¿Jabón?

—Sí. Jabón fuerte. Como de barbería.

Marceau anotó.

—Abrigo oscuro, sombrero bajo, olor a jabón. Eso nos deja con media ciudad limpia.

—No en una feria —dijo Delacroix.

Luc continuó:

—Y llevaba guantes.

Delacroix se inclinó apenas.

—¿Guantes con botón?

—No. Guantes claros. De trabajo no. Claros. Como de caballero.

—¿Blancos?

—No blancos. Gris claro. O beige. No sé.

—¿Qué hizo cuando te vio?

Luc cerró los ojos.

—Se quedó quieto.

—¿Te habló?

—No.

—¿Tú le hablaste?

—Le pregunté si necesitaba a Célestin.

—¿Y?

—Se levantó y se fue detrás del carrusel. No corrió. Caminó normal. Como si yo no importara.

Baptiste murmuró:

—Eso suele ser más inquietante que correr.

—¿Le viste la mano? —preguntó Delacroix.

—Solo un poco. Tenía algo brillante.

—¿Un anillo?

—Quizá.

Margot se volvió hacia Célestin.

—Célestin no lleva anillos.

—Lo sé —dijo Delacroix.

Anatole tampoco llevaba anillos esa noche, al menos visibles. Gaston, no. Laval podía. Renaud, el acompañante corpulento de Chavanel, aún no había sido interrogado a fondo. El comprador desconocido, si existía, podía llevar cualquier cosa.

—¿El hombre abrió el caballo o ya estaba abierto? —preguntó Delacroix.

Luc se frotó la frente.

—No sé. Había una pieza fuera. O una tapa. Vi madera clara.

—¿El costado?

—Sí. Creo.

—¿Viste qué metía dentro?

—No. Pero escuché un ruido.

—¿Qué ruido?

Luc miró hacia el escenario de los autómatas.

—Como un muelle.

Célestin levantó la cabeza.

—¿Un muelle tensándose?

—Sí. No sé. Un ruido pequeño. Después cerró.

Delacroix se quedó en silencio.

Aquello era importante. Luc no había visto una reparación accidental. Había visto la instalación del mecanismo homicida o parte de ella. Antes de abrir la feria.

Eso desplazaba la cronología.

El asesino tuvo tiempo. No actuó solo en el caos. El crimen estaba preparado antes de que Chavanel llegara al carrusel.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó Marceau.

Luc bajó la cabeza.

—Porque pensé que era un arreglo.

—Después murió un hombre.

—Sí.

—Y aun así callaste.

El chico se encogió.

—Porque todos miraban a Célestin. Y si yo decía que vi a alguien abrir el caballo, iban a preguntarme por qué no avisé.

Y si decía que no avisé, me echarían. Y si decía que no vi la cara, no serviría de nada.

Y luego apareció la llave. Y luego la manzana del niño.

Y pensé que quien hubiera hecho eso también podía saber que yo había visto.

—No pensó mal —dijo Delacroix.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía.

Margot le acarició el hombro.

—Luc, nadie va a echarte.

El chico la miró con gratitud y desconfianza. Había promesas que los pobres aprendían a no aceptar demasiado deprisa.

Marceau guardó la libreta.

—Hay que llevarlo con el médico.

—Estoy bien.

—Lo decidirá un hombre que lleva toda la noche deseando decidir algo sencillo.

Luc intentó levantarse, pero le fallaron las piernas. Célestin lo sostuvo. El gesto fue rápido, natural, casi fraternal. Delacroix lo observó. A veces la inocencia no se demostraba con frases, sino con la manera en que una persona sujetaba a otra cuando nadie le había pedido hacerlo.

—Antes de salir —dijo Delacroix—, una pregunta más.

Marceau lo miró.

—Está sangrando.

—Por eso será una.

Luc tragó saliva.

—Sí, monsieur.

—La persona que te golpeó en el carromato, ¿olía igual que el hombre que viste junto al caballo?

El chico se quedó quieto.

No había pensado en eso.

Cerró los ojos.

La barraca entera pareció esperar con él.

—No —dijo al fin.

Marceau frunció el ceño.

—¿Seguro?

Luc asintió lentamente.

—El que me golpeó olía a humo dulce.

Laval.

O alguien que quería parecer Laval.

Delacroix no se sorprendió, pero sintió que la noche se dividía una vez más.

—Entonces viste a un hombre abrir el caballo antes de la muerte —dijo—, y otro te golpeó después.

—Creo que sí.

—Eso significa dos personas —dijo Marceau.

—O una persona con tiempo, perfumes y una afición excesiva al teatro —respondió Delacroix—. Pero sí, inspector. Empieza a parecer que esta feria tuvo más de una mano trabajando en la misma desgracia.

Sacaron a Luc de la barraca de autómatas.

Al pasar junto al escenario, el chico miró al soldado mecánico.

Su mano seguía levantada en saludo, rígida, absurda.

Luc apartó la vista como si acabara de reconocer en aquel muñeco una versión posible de sí mismo: un cuerpo movido por mecanismos ajenos, obediente incluso después de haber dejado de entender la función.

Fuera, la lluvia había casi cesado. La feria olía a barro, metal y miedo.

El médico recibió a Luc con una mezcla de irritación y compasión.

—Otro vivo. Al menos innovan.

—Tiene un golpe en la cabeza —dijo Margot.

—Eso ya lo veo. A veces, mademoiselle, la sangre facilita el diagnóstico.

Mientras el doctor lo examinaba, Delacroix se apartó con Marceau hacia el borde del carrusel.

El caballo blanco seguía abierto. La pieza homicida había sido retirada y guardada.

El cadáver de Chavanel permanecía bajo el toldo.

Laval, inconsciente, respiraba en la barraca de bebidas.

Nicolas estaba vigilado. Luc había aparecido vivo, pero había confirmado que alguien preparó el caballo antes de la muerte.

Demasiadas víctimas alrededor de un solo muerto.

—Esto ya no es solo Anatole —dijo Marceau.

Delacroix miró al viejo Bresson, sentado bajo la luz del carrusel.

—No.

—Ni Célestin.

—No solo.

—Ni Gaston.

—Probablemente no.

—No me diga que empezamos de nuevo.

—No empezamos. Giramos.

Marceau lo miró con cansancio.

—Otra metáfora de carrusel y le disparo a un caballo.

Delacroix aceptó la advertencia con una leve inclinación de cabeza.

—Luc vio a un hombre con guantes claros, olor a jabón, quizá un anillo, abrir el caballo antes de la feria.

Laval olía a cigarro dulce y se movió después, buscando o recuperando los papeles.

Chavanel pensaba humillar a Anatole con el carrusel, las cartas de Madeleine y quizá una canción.

Había un comprador presente. Y alguien plantó una llave para culpar a Célestin.

—Lo resume como si eso ayudara.

—Ayuda a ver lo que falta.

—¿Qué falta?

Delacroix miró el caballo blanco.

—El comprador.

Marceau se quedó quieto.

—Cree que el comprador abrió el caballo.

—Creo que el comprador tenía un interés especial en el caballo blanco.

Creo que pudo estar cerca antes de abrir la feria sin despertar tanta sospecha como Laval.

Creo que Chavanel lo había invitado para cerrar la humillación.

Y creo que nadie compra un objeto cargado de dolor familiar sin tener alguna relación con ese dolor.

—¿Quién era?

Delacroix miró hacia la entrada principal, donde los visitantes seguían retenidos, cansados, irritados, asustados.

Entre ellos había comerciantes, matrimonios, soldados, burgueses curiosos, niños dormidos en brazos, ancianas envueltas en chales y hombres que empezaban a odiar profundamente haber elegido aquella noche para divertirse.

—Preguntémosle al único acompañante de Chavanel que todavía está consciente —dijo.

—Renaud.

—Sí.

Marceau llamó a un agente.

—Traiga al corpulento. El que vino con Chavanel.

El agente fue hacia la entrada.

Mientras esperaban, Delacroix vio a Madame Séraphine junto a su carromato. La adivina lo miraba con una expresión extraña. No de triunfo. No de miedo. De advertencia.

Delacroix se acercó.

—Madame.

—El chico vio al hombre equivocado —dijo ella.

—Eso parece.

—No. Quiero decir que vio algo verdadero y aun así puede llevarles al sitio equivocado.

—Explíquese.

Séraphine miró a Anatole.

—Hay hombres que usan guantes claros porque no quieren ensuciarse las manos. Y hay hombres que se ensucian tanto que ya no necesitan guantes.

—¿Eso es una pista o una forma elegante de no darla?

—Es lo que tengo.

—No suele quedarse usted con tan poco.

La adivina sonrió con tristeza.

—Esta noche todos nos estamos quedando con menos de lo que trajimos.

Antes de que Delacroix pudiera responder, el agente regresó corriendo.

—Inspector.

Marceau se volvió.

—¿Dónde está Renaud?

—No está.

El inspector apretó la mandíbula.

—¿Cómo que no está?

—Lo dejamos con los visitantes de la entrada. Lo vigilaba Leroux. Dice que estaba allí hace diez minutos. Ahora no.

—¿Otra desaparición?

El agente tragó saliva.

—No exactamente.

Delacroix levantó la vista.

—¿Qué quiere decir?

—Que encontramos su abrigo.

—¿Dónde?

El agente señaló hacia la barraca de bebidas.

—Junto al puesto de manzanas. Y dentro del bolsillo había esto.

Le entregó a Marceau un pequeño objeto envuelto en tela.

El inspector lo abrió.

Era un anillo.

Sencillo, dorado, con una piedra oscura.

Luc había visto algo brillante en la mano del hombre que abrió el caballo.

Marceau miró a Delacroix.

—El anillo.

Delacroix observó la piedra bajo la luz.

En el interior del aro había una inscripción grabada:

A. B.

Marceau frunció el ceño.

—A. B.

Delacroix miró hacia el carrusel.

Anatole Bresson.

Pero también, quizá, alguien más.

Margot vio la dirección de su mirada y palideció.

—Ese anillo no es de mi padre —dijo.

Anatole levantó la cabeza desde el banco.

Sus ojos se fijaron en el objeto.

Y por primera vez en toda la noche, su rostro no mostró tristeza.

Mostró reconocimiento.

—No —dijo, con voz rota—. No es mío.

Delacroix se acercó apenas.

—Entonces ¿de quién?

Anatole tragó saliva.

—De mi mujer.

Margot se quedó sin aire.

—¿De mamá?

El viejo asintió muy despacio.

—Madeleine lo perdió antes de morir.

Delacroix miró el anillo, luego la inscripción.

A. B.

Anatole Bresson.

Un anillo de Madeleine.

Un objeto perdido hacía años.

Encontrado ahora en el abrigo de un hombre de Chavanel.

La feria, pensó Delacroix, no giraba en círculos.

Giraba hacia abajo.