Capítulo 13 — El chico de las fichas
La oscuridad detrás del carromato de herramientas no era una oscuridad limpia.
En las ciudades, la noche cae sobre las piedras, las fachadas y los tejados con cierta dignidad arquitectónica.
En una feria ambulante, en cambio, la noche se acumula entre lonas, ruedas, jaulas vacías, cubos de agua, cajas rotas, sogas, barriles y objetos que de día parecen útiles y de madrugada parecen haber sido abandonados por un asesino con sentido práctico.
Delacroix levantó la lámpara.
Las marcas de arrastre empezaban justo detrás del carromato de Luc Martin y avanzaban hacia una zona mal iluminada, entre la barraca de los espejos y una hilera de carros cubiertos con lonas enceradas.
La lluvia las había suavizado, pero no borrado.
A ratos desaparecían bajo el barro pisado por decenas de botas.
Luego reaparecían, más profundas, como si quien arrastraba el cuerpo hubiera tenido que detenerse para cambiar de agarre.
Marceau se agachó junto a las huellas.
—Lo llevaron vivo o muerto.
—Vivo, espero —dijo Baptiste.
—Eso no es una deducción.
—No. Es humanidad. Ya sé que aquí cotiza bajo.
Delacroix no sonrió. Miraba el barro.
—Vivo, probablemente.
Marceau levantó la vista.
—¿Por qué?
Delacroix señaló una de las marcas laterales.
—Aquí apoyó el talón. No lo arrastraban del todo. Intentó levantarse o resistirse.
—¿Y si era el asesino fingiendo marcas?
—Entonces esta noche tenemos un asesino con vocación de coreógrafo. No lo descarto, pero sería agotador incluso para él.
Célestin Roux apareció detrás, con el rostro tenso.
—Luc no pudo ir lejos.
Marceau se volvió.
—Usted se queda donde le digan.
—Ese chico trabaja conmigo.
—Y Chavanel murió en un carrusel que usted revisó. Si empezamos a repartir permisos por cercanía emocional, acabaremos celebrando una romería.
—Inspector —dijo Delacroix.
—¿Qué?
—Roux conoce esta parte de la feria.
Marceau lo miró con evidente fastidio.
—También conoce el carrusel y mire qué bien nos ha ido.
Célestin dio un paso, pero Margot, que había llegado con él, lo sujetó por la manga.
—No.
El mecánico respiró hondo.
Delacroix miró a Célestin.
—¿Qué hay detrás de esos carromatos?
—Almacén. Jaulas viejas. Una barraca que ya no usamos.
—¿Qué barraca?
—La de autómatas.
Baptiste parpadeó.
—¿Autómatas?
—Muñecos mecánicos —dijo Célestin—. Un pianista, una bailarina, un soldado que saludaba. Cosas viejas. Dejaron de funcionar hace años.
—Naturalmente —murmuró Delacroix—. La noche no estaría completa sin muñecos muertos.
Marceau desenfundó el revólver.
—Vamos.
—Con cuidado —dijo Delacroix.
—Eso intentaba hacer antes de que me lo recomendara.
Avanzaron siguiendo las marcas. Morel fue delante con una lámpara.
Marceau detrás, revólver en mano. Delacroix caminaba algo apartado, observando no solo el rastro, sino los lados del camino: una lona removida, una caja con la tapa mal colocada, una cuerda recién cortada, el barro en los bordes de las ruedas.
La feria parecía distinta allí.
No quedaba nada de la alegría encendida en la entrada.
Los farolillos apenas llegaban a aquella zona.
Los colores de las lonas se habían vuelto grises.
Las figuras pintadas en las barracas parecían deformadas por la humedad: payasos con sonrisas podridas, acróbatas suspendidas en saltos imposibles, animales exóticos que probablemente ningún feriante había visto nunca.
En un panel caído, una mujer con alas anunciaba maravillas por dos monedas. La lluvia le había borrado un ojo.
—Qué lugar tan encantador —murmuró Baptiste.
—La felicidad también tiene trastero —respondió Delacroix.
Margot caminaba detrás de ellos, pese a la orden de Marceau de quedarse junto al carrusel. El inspector se dio cuenta al tercer paso.
—Mademoiselle Bresson.
—Luc trabaja para nosotros.
—Eso no era una invitación.
—Entonces considérelo una falta de obediencia.
Marceau iba a responder, pero Delacroix habló antes:
—Déjela.
—¿También?
—Esta noche todo el mundo se ha movido a escondidas. Prefiero verla hacerlo delante de mí.
Margot lo miró con una mezcla de gratitud y ofensa.
—No sé si darle las gracias.
—En los casos bien llevados, las gracias suelen ser prematuras.
Llegaron a la barraca de autómatas.
Estaba al fondo del recinto, semioculta detrás de dos carromatos y una pila de maderas. La fachada conservaba restos de pintura azul y dorada. Sobre la puerta podía leerse, a medias:
EL GRAN TEATRO MECÁNICO
MARAVILLAS QUE SE MUEVEN SIN ALMA
La última palabra parecía haber sobrevivido con una ironía innecesaria.
La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Una cadena colgaba suelta. Célestin la miró de inmediato.
—Esa cadena estaba puesta.
—¿Cuándo la vio por última vez? —preguntó Delacroix.
—Ayer.
Marceau empujó la puerta con el cañón del revólver.
La madera chirrió.
El interior respondió con oscuridad, polvo y un olor agrio a aceite viejo.
Morel levantó la lámpara.
La luz reveló un pequeño teatro abandonado.
Filas de bancos bajos, una tarima al fondo, cortinas raídas y, sobre el escenario, varios autómatas inmóviles.
Un pianista de madera sentado ante un instrumento sin cuerdas.
Una bailarina con vestido de tul amarillento y un brazo levantado.
Un soldado con uniforme rojo, bigote pintado y mano rígida en saludo perpetuo.
Un mono mecánico con platillos, sentado sobre una caja.
Todos cubiertos por una capa de polvo que les daba una apariencia de cadáveres pacientes.
Baptiste se quedó en el umbral.
—No pienso entrar ahí.
Marceau lo miró.
—Nadie se lo ha pedido.
—Lo aclaro por si mi cuerpo decidía ser heroico sin consultarme.
Delacroix entró.
Las tablas crujieron bajo sus zapatos. El polvo flotó en la luz de la lámpara.
A la derecha había cajas apiladas, telas, ruedas dentadas, varillas y un viejo cartel enrollado.
A la izquierda, un pequeño armario abierto mostraba restos de trajes de espectáculo, guantes blancos, sombreros y pelucas endurecidas por los años.
—Luc —llamó Célestin.
Nadie respondió.
Marceau hizo una señal a Morel para que revisara los laterales.
Delacroix avanzó hacia el escenario. Los autómatas tenían esa cualidad desagradable de las cosas hechas a imagen humana sin haber recibido la misericordia de estar vivas.
El pianista miraba sus teclas inexistentes con una concentración eterna.
La bailarina sonreía hacia un público que ya no acudía.
El soldado saludaba a una derrota privada.
Entonces se oyó un golpe leve.
Tac.
Todos se quedaron quietos.
Otro.
Tac.
No venía de la puerta. Ni del escenario.
Venía de debajo.
Célestin corrió hacia la tarima.
—Luc.
Marceau lo agarró del brazo.
—Quieto.
—Está ahí.
—Y si quien está ahí tiene un cuchillo, agradecerá mucho su entusiasmo.
Delacroix levantó la lámpara y examinó el borde de la tarima. Había una trampilla pequeña junto al piano mecánico. La argolla de hierro estaba cubierta de polvo, salvo en una zona limpia donde alguien la había tocado recientemente.
—Aquí —dijo.
Morel se arrodilló y tiró de la argolla.
La trampilla se resistió al principio. Luego cedió con un quejido. Un olor a madera húmeda y encierro subió desde el hueco.
Debajo había un compartimento estrecho usado, quizá, para guardar mecanismos, contrapesos o piezas del antiguo espectáculo. La luz de la lámpara descendió.
Luc Martin estaba allí.
Vivo.
Atado de muñecas y tobillos con una cuerda fina. Tenía un pañuelo metido en la boca y sangre seca en la ceja derecha. Los ojos muy abiertos reflejaron la luz con un terror animal. A su lado, una pequeña varilla de metal golpeaba la madera cada vez que él lograba mover el pie.
Tac.
Tac.
Margot soltó el aire como si lo hubiera retenido desde la puerta del carromato.
—Luc.
Célestin apartó a Marceau con una brusquedad que habría merecido una reprimenda en otra circunstancia, se arrodilló junto al hueco y ayudó a sacar al chico.
Luc tendría dieciséis o diecisiete años, quizá menos bajo el miedo.
Era delgado, de cara estrecha, con la gorra perdida y los dedos manchados de tinta, tal como Delacroix lo recordaba de la entrada.
La sangre en la ceja no parecía abundante, pero el golpe había sido fuerte.
Morel le quitó el pañuelo.
Luc aspiró aire con desesperación.
—No fui yo.
Fue lo primero que dijo.
No pidió agua. No preguntó qué había pasado. No lloró. Solo declaró su inocencia como quien intenta sujetarse a una tabla en mitad del río.
—Nadie ha dicho que lo fueras —dijo Margot.
Luc la miró con una angustia que casi dolía.
—No fui yo, mademoiselle. Lo juro. Yo no abrí nada. Yo no maté al señor.
Marceau se inclinó.
—Tranquilo.
El chico se encogió al oír su voz.
—No le grite —dijo Delacroix.
—No le he gritado.
—Entonces mejore su cara.
Marceau apretó los dientes, pero retrocedió medio paso.
Baptiste entró al fin, vencido por la compasión o por el horror a quedarse solo fuera con sus propias imaginaciones. Sacó un pañuelo limpio y se lo ofreció a Margot, que lo usó para limpiar un poco la sangre de la ceja de Luc.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó ella.
Luc temblaba.
—No lo sé.
—Mírame —dijo Célestin.
El chico lo miró.
—Luc, mírame. Respira. ¿Quién fue?
—No lo vi.
Marceau murmuró algo que Delacroix prefirió no escuchar.
—Me agarraron por detrás —continuó Luc—. En mi carromato. Yo estaba escribiendo la nota. Oí algo fuera, pensé que era Célestin o uno de los agentes. Abrí la puerta y...
Se llevó una mano a la cabeza.
—Después estaba aquí.
—¿Escribiste la nota? —preguntó Delacroix.
Luc asintió con rapidez.
—Sí, monsieur.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
—¿De quién?
—De todos.
La respuesta fue tan honrada que nadie la discutió.
Delacroix se agachó frente a él.
—Luc, en la nota escribiste que viste quién abrió el caballo.
El chico bajó la mirada.
—Sí.
—Necesito que me digas exactamente lo que viste.