Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 12 — La barraca de los espejos #2
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Capítulo 12 — La barraca de los espejos #2

—¿Cree que lo atacó el asesino de Chavanel?

—Creo que esta noche hay alguien dispuesto a matar, alguien dispuesto a manipular pruebas y alguien dispuesto a asustar a un niño. Me encantaría que fueran tres personas distintas. Sería moralmente variado. Pero temo que la feria no tenga tanta imaginación.

Margot, que escuchaba a unos pasos, habló:

—Laval estuvo aquí antes de abrir. Junto al carrusel.

—Sí.

—¿Pudo poner el mecanismo?

Célestin respondió antes que Delacroix:

—No.

Todos lo miraron.

—¿Por qué no? —preguntó Marceau.

—Porque no habría sabido dónde cortar.

—Tal vez usted lo subestima.

—No. Subestimo sus manos. Lo vi entregar papeles a Anatole. Tenía manos de escritorio.

Marceau soltó un bufido.

—Las manos de escritorio también matan.

—Sí. Firmando —dijo Delacroix—. Pero para abrir el caballo, instalar un muelle, ajustar la hoja y calcular la altura del cuerpo, hacían falta manos más acostumbradas a herramientas.

Célestin asintió.

—O alguien que lo guiara.

La frase quedó flotando.

Marceau miró a todos.

—¿Un cómplice?

—O dos planes superpuestos —dijo Delacroix.

—Empieza a gustarle demasiado esa idea.

—No me gusta. Pero explica ciertas torpezas. El intento de provocar una caída, la hoja lateral, la llave plantada, la cartera robada, la manzana, Laval golpeado... Todo parece formar una sola línea hasta que uno lo mira de cerca. Entonces algunas piezas se pisan entre sí.

Madame Séraphine se acercó desde su carromato.

—La feria siempre tiene más de un truco para el mismo aplauso.

Marceau la miró con fastidio.

—Por favor, no ahora.

—Ahora es cuando más conviene.

Delacroix volvió a mirar la barraca de los espejos.

—Madame Séraphine, ¿vio a Laval antes de que desapareciera?

—Sí.

—¿Dónde?

—Cerca del puesto de aros. Hablaba con alguien.

—¿Con quién?

—No vi el rostro. Solo una silueta.

Marceau levantó las manos.

—Claro. Naturalmente. Nadie ve rostros en esta feria. Deben de haber venido todos sin cabeza.

Séraphine lo ignoró.

—Era una mujer.

Delacroix giró hacia ella.

—¿Está segura?

—Bastante.

—¿Clémence?

La cantante se tensó.

Séraphine la miró.

—No lo sé.

—¿Margot?

Margot levantó la barbilla.

—Yo no hablé con Laval.

—No he preguntado todavía —dijo Delacroix.

—Pero lo hará.

—Sí.

—Entonces le ahorro tiempo.

Marceau miró a Séraphine.

—Describa a la mujer.

—Abrigo oscuro. Capucha o chal sobre la cabeza. Se movía deprisa. Laval parecía alterado. Ella le entregó algo o él intentó quitárselo. Luego un grupo de visitantes pasó delante y los perdí de vista.

—¿Cuándo?

—Después de la muerte de Chavanel. Antes de la manzana.

—Así que Laval pudo conseguir los papeles de esa mujer —dijo Delacroix.

—O perderlos frente a ella.

—¿Y luego acabó en la barraca de los espejos?

Séraphine asintió.

—Lo vi dirigirse hacia allí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Cojeaba?

—En ese momento, no.

Delacroix y Marceau se miraron.

—Entonces fingió la cojera solo al acercarse al niño —dijo el inspector.

—O se la hicieron fingir.

—¿Qué significa eso?

Delacroix miró el guante izquierdo de Chavanel, ahora en manos de Morel.

—Alguien pudo obligarlo a recuperar la manzana, a acercarse al niño o a seguir instrucciones.

—¿Por qué iba a aceptar?

—Porque tenía miedo. Porque tenía los papeles. Porque sabía demasiado. Porque quería salvarse de algo peor que la policía.

—¿Y luego lo golpearon?

—Tal vez porque dejó de ser útil.

Marceau guardó silencio. Cuando el inspector callaba, su mente funcionaba mejor. Delacroix lo sabía y por eso agradecía aquellos raros momentos como uno agradece una tregua en una casa con mala calefacción.

Clémence se acercó a Séraphine.

—¿Esa mujer llevaba plumas?

La pregunta fue demasiado rápida.

Séraphine la miró.

—No lo sé.

—¿Un chal verde?

—No lo sé.

—Pero está sugiriendo que fui yo.

—Estoy diciendo lo que vi.

—Usted siempre dice lo que vio cuando ya puede hacer daño.

La adivina sonrió apenas.

—Y usted canta más bajo cuando tiene miedo.

Gaston dio un paso.

—Basta.

—No —dijo Delacroix.

Todos lo miraron.

—Que continúen.

Marceau arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—La cortesía ha producido muchas mentiras esta noche. Probemos con el resentimiento.

Clémence se volvió hacia Delacroix.

—No tengo nada que ocultar.

—Eso es imposible. Ni siquiera los recién nacidos llegan tan vacíos.

—No hablé con Laval.

—¿Después de la muerte?

—No.

—¿Antes?

Silencio.

Gaston miró a Clémence.

Ella no lo miró a él.

—Madame Aubry —dijo Delacroix.

—Hablé con él antes de la muerte.

Marceau cerró los ojos.

—Por supuesto.

—Vino a mi barraca siguiendo órdenes de Chavanel.

—¿Para qué?

—Para asegurarse de que yo cantara después de la vuelta en el carrusel.

Baptiste frunció el ceño.

—¿Chavanel quería música después de humillar a Bresson?

—Quería espectáculo —dijo Clémence—. Siempre quería espectáculo cuando el dolor era de otros.

—¿Qué canción? —preguntó Delacroix.

Clémence lo miró, sorprendida por la pregunta.

—Una canción alegre. Vieja. Estúpida.

—Nombre.

—“La rueda vuelve a girar”.

La frase cayó sobre ellos como un objeto pequeño y pesado.

Marceau soltó una risa sin humor.

—Este muerto tenía una delicadeza admirable.

—No era delicadeza —dijo Clémence—. Era crueldad con acompañamiento.

Delacroix pensó en la rueda, la carta de Madame Séraphine, el carrusel, los muertos de Bresson, la frase provocadora, la música que debía seguir después. Chavanel no había ido a la feria solo para ejecutar un embargo. Había ido a dirigir una humillación completa, casi ceremonial.

—Laval sabía lo de la canción —dijo.

—Sí.

—Sabía lo de los papeles.

—También.

—Sabía que Chavanel pensaba leerlos o mostrarlos.

—Sí.

—Y quizá sabía dónde los guardaba.

Clémence cerró la boca.

Delacroix se acercó un paso.

—¿Qué más le dijo Laval?

—Nada.

—No.

Ella levantó la mirada.

—¿No?

—No. Esa respuesta no sirve. Laval era secretario de Chavanel. Los secretarios de los hombres crueles suelen conocer dos clases de información: la que su amo les dicta y la que su amo no sabe que ellos han aprendido. ¿Cuál de las dos le ofreció?

Clémence tragó saliva.

—Me dijo que Chavanel iba a destruir a Anatole esa noche.

—Eso ya lo sabía.

—Me dijo que no era solo el embargo.

—¿Qué más?

La cantante miró hacia Margot. Luego hacia Anatole, que seguía en la distancia junto al carrusel.

—Había un comprador.

—Para el caballo blanco.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Laval no se lo dijo?

—Dijo que era alguien de la ciudad. Alguien respetable. Alguien que pagaría mucho por tenerlo en el jardín de su casa.

Marceau tomó nota.

—Eso no reduce demasiado.

—También dijo que el comprador quería cerrar el trato esa misma noche.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Estaba en la feria?

Clémence bajó la voz.

—Sí.

Margot palideció.

—¿Un comprador aquí? ¿Viendo todo?

—Eso dijo Laval.

Marceau miró alrededor.

—¿Nombre?

—No me lo dio.

—Entonces Laval nos lo dirá cuando despierte.

—Si despierta —dijo el médico desde la puerta de la barraca de bebidas, que había regresado para informar—. Y si, al despertar, recuerda algo más que su propio apellido.

Delacroix no apartaba la vista del carrusel.

Un comprador presente en la feria.

Alguien respetable.

Alguien con interés en el caballo blanco.

Alguien que quizá había visto la humillación de Chavanel como parte de una negociación, no como un simple espectáculo.

Y alguien que no quería que los papeles de Madeleine salieran a la luz.

—Inspector —dijo Delacroix—, necesitamos la lista de visitantes.

Marceau soltó una risa breve.

—¿De una feria ambulante?

—El chico de la entrada entregaba fichas. Quizá anotaban pagos importantes. Invitados. Personas que entraron sin pagar.

—Eso es optimismo administrativo.

—Entonces busquemos al chico.

—¿Nicolas?

—No. El de la entrada. El que nos vendió las fichas.

Baptiste se enderezó.

—El de la gorra.

—Exacto.

Marceau llamó a un agente.

—Busque al muchacho de la entrada. Gorra ladeada, dedos manchados de tinta.

El agente dudó.

—Inspector...

—¿Qué?

—Ese chico no está en la entrada desde hace rato.

Delacroix giró lentamente.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé. Cuando cerramos la feria, estaba. Luego Morel se ocupó de la salida trasera y yo de la verja. Después del lío con la manzana, no lo vi más.

Marceau se quedó quieto.

—Nombre.

—No lo sé.

Margot respondió desde atrás:

—Luc Martin.

Delacroix la miró.

—El mismo que recogió la manzana de Nicolas bajo la plataforma.

—Sí.

El aire de la feria pareció enfriarse.

Luc Martin. El chico de los recados. El que entregaba fichas. El que estuvo cerca de la plataforma tras la muerte. El que pudo ver la llave, la manzana, el guante, la cartera. El muchacho que todos habían tratado como parte del decorado.

Delacroix sintió que una pieza pequeña, casi despreciada, comenzaba a brillar con una luz desagradable.

—Busquen a Luc Martin —dijo Marceau.

Los agentes se dispersaron otra vez.

Gaston miró a Margot.

—Ese chico no haría daño a nadie.

—Esta noche esa frase se está quedando sin valor —dijo Delacroix.

Célestin bajó la mirada.

—Luc duerme en el carromato de herramientas.

—¿Dónde está?

—Detrás del taller.

Corrieron hacia allí.

El carromato de herramientas era pequeño, pintado de rojo oscuro, con la puerta mal cerrada. Célestin la empujó antes de que Marceau pudiera detenerlo.

Dentro había mantas, cajas, cuerdas, lámparas, fichas de latón, una chaqueta colgada y un catre vacío.

Sobre el catre, cuidadosamente colocada, había una ficha del carrusel.

Y encima de la ficha, una nota.

Marceau la tomó con el pañuelo y la leyó bajo la luz.

La letra era torpe, apresurada.

No fui yo. Pero vi quién abrió el caballo.

Baptiste soltó un suspiro.

Margot se llevó una mano al pecho.

Marceau miró a Delacroix.

—El chico ha huido.

Delacroix observó el catre vacío, la ficha, la nota y la puerta trasera del carromato, entreabierta hacia la oscuridad.

—No —dijo.

—¿No?

Delacroix levantó la vista.

—Un muchacho que huye se lleva una chaqueta en una noche de lluvia.

La chaqueta seguía colgada.

Delacroix salió del carromato y miró hacia el barro detrás de las ruedas.

Había marcas de arrastre.

No de pasos.

De un cuerpo.

Y se perdían hacia la parte más oscura de la feria, donde las luces ya empezaban a apagarse.

—Luc no ha huido —dijo Delacroix.

Marceau desenfundó el revólver.

—Entonces alguien se lo ha llevado.

Delacroix miró hacia la oscuridad.

Por primera vez en toda la noche, la feria pareció demasiado grande.