Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 12 — La barraca de los espejos
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Capítulo 12 — La barraca de los espejos

La barraca de los espejos parecía más pequeña por fuera que por dentro.

Delacroix siempre había desconfiado de los lugares con esa cualidad. Las iglesias, los teatros, las familias antiguas y algunas mujeres ofendidas compartían ese talento: ofrecían una entrada modesta y luego escondían un laberinto donde la gente se perdía con una facilidad casi religiosa.

La fachada de la barraca estaba pintada con colores ya vencidos por la lluvia. Sobre la entrada, un cartel prometía:

EL PALACIO DE LOS REFLEJOS

RÍASE DE SÍ MISMO ANTES DE QUE OTROS LO HAGAN

Delacroix lo leyó bajo la luz temblorosa de un farol.

—Una invitación filosófica bastante honesta —dijo.

Marceau, con la mano aún cerca del revólver, no pareció apreciar el comentario.

—Si hay alguien dentro, saldrá con las manos visibles.

—Es una barraca de espejos, inspector. Habrá muchas manos visibles. Ese será el problema.

El agente que había encontrado el sombrero gris tragó saliva. Era joven, alto, con el rostro demasiado abierto para una noche tan cerrada. Sostenía una linterna con ambas manos.

—Oí dos golpes, señor.

—¿Gritos?

—No.

—¿Pasos?

—No sé. Con la lluvia y las lonas...

Marceau hizo un gesto brusco.

—Morel, conmigo. Delacroix, si va a entrar, no toque nada.

—Me conmueve que finja que puede impedirlo.

—Me conmueve menos que usted finja obediencia.

Baptiste apareció detrás, respirando con fuerza por la carrera.

—¿Qué pasa?

Delacroix lo miró.

—Alguien parece haber elegido la barraca de los espejos para completar la noche.

Baptiste observó la entrada oscura.

—No me gustan los espejos de feria.

—A nadie le gusta verse de verdad. Los de feria solo tienen la grosería de exagerarlo.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía.

Margot, Célestin, Gaston y Clémence se habían acercado también, atraídos por el grito del agente y por esa fuerza irresistible que tienen las tragedias cuando cambian de escenario.

Anatole no venía con ellos. Seguía cerca del carrusel, sentado bajo la luz enferma de los farolillos, como si el mundo se hubiera reducido para él al caballo blanco abierto y al nombre de sus muertos.

Madame Séraphine, en cambio, observaba desde cierta distancia.

—Quédense fuera —ordenó Marceau.

Gaston soltó una risa seca.

—Créame, inspector, no tenía pensado entrar voluntariamente en un lugar lleno de mi cara.

—Por una vez, coincidimos.

Delacroix tomó la linterna que le ofreció Baptiste. No era muy potente, pero bastaba para convertir la oscuridad en algo más creativo.

Entraron.

El interior olía a humedad, madera vieja, polvo y ese aliento particular de los sitios cerrados donde mucha gente se ríe durante el día y nadie ventila por la noche.

El suelo crujía bajo las botas. Los espejos comenzaban apenas pasada la cortina: altos, estrechos, inclinados en ángulos distintos.

Algunos alargaban el cuerpo hasta volverlo ridículo.

Otros lo ensanchaban. Otros partían el rostro en fragmentos.

La luz de la linterna se multiplicaba en destellos erráticos, como si el espacio se llenara de pequeñas lunas enfermas.

Marceau avanzó despacio.

—Laval —llamó—. Policía. Salga ahora.

Su voz rebotó por la barraca, deformada.

Laval. Policía. Salga ahora.

Ahora.

Ahora.

Nadie respondió.

Delacroix caminaba detrás, observando no los espejos, sino lo que estos intentaban ocultar: el suelo, las esquinas, los marcos, los huecos entre paneles.

La barraca estaba diseñada para engañar la orientación, no para esconder un cadáver.

Pero la diferencia entre una cosa y otra podía ser cuestión de voluntad.

Morel, a la derecha, levantaba la linterna hacia cada reflejo con una mezcla de valentía y resignación. En los espejos aparecían tres Marceaux, dos Delacroix demasiado altos, un Morel aplastado y una docena de sombras que no pertenecían a nadie o pertenecían a todos.

Se oyó un golpe.

Seco.

Cerca.

Morel giró la linterna demasiado rápido y se golpeó el hombro contra un marco.

—¡Maldición!

—Ha sido usted —dijo Marceau.

—Creo que no, inspector.

Delacroix se quedó quieto.

—No. No ha sido él.

El silencio volvió a cerrarse.

Entonces, desde algún punto más profundo, llegó un sonido bajo. No un golpe. Un arrastre. Como tela sobre madera. O una mano buscando apoyo.

Marceau avanzó con el revólver ya en la mano.

—Laval.

El laberinto se abrió hacia una sala central, circular, donde los espejos estaban colocados formando una especie de estrella.

La luz rebotó de inmediato en todas direcciones.

Durante un segundo, Delacroix vio a Chavanel multiplicado en su memoria sobre el caballo blanco, a Margot con los ojos duros, a Célestin manchado de grasa, a Clémence sujetando su chal, a Nicolas mirando una manzana que no debía comer.

Y luego vio un zapato.

Asomaba detrás de un panel inclinado.

—Inspector —dijo.

Marceau giró.

Morel levantó la linterna.

Detrás del espejo había un hombre caído de lado, con medio cuerpo encajado entre el panel y la pared de lona interior.

Vestía abrigo oscuro. Una pierna estaba doblada bajo la otra.

El sombrero no estaba; lo habían encontrado fuera.

Tenía el cabello pegado a la frente por la humedad y un bigote fino, casi dibujado.

En la mano derecha conservaba un pañuelo arrugado.

La izquierda estaba cerrada contra el pecho.

—Laval —dijo Marceau.

El hombre no respondió.

Delacroix se acercó antes de que el inspector pudiera impedírselo. Se agachó y le tocó el cuello con dos dedos.

Había pulso.

Débil, rápido, pero pulso.

—Está vivo.

Marceau bajó un poco el arma.

—Morel, traiga al médico.

El agente salió corriendo, no sin estrellarse antes contra un espejo lateral que le devolvió una versión muy ofendida de sí mismo.

Delacroix inclinó la linterna hacia el rostro del hombre. Tenía una pequeña herida en la sien. Sangre seca le bajaba hacia la patilla. No parecía suficiente para matarlo, pero sí para dejarlo inconsciente. Su respiración olía a cigarro dulce.

—Nuestro hombre de la manzana —dijo Marceau.

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Los hombres inconscientes tienen la mala costumbre de no confirmar nuestras sospechas.

Delacroix observó la mano izquierda, cerrada contra el pecho.

—No le toque —advirtió Marceau.

—No pensaba hacerlo con los dedos.

Con ayuda del pañuelo, Delacroix separó suavemente los dedos de Laval. El hombre gimió, pero no despertó.

En la mano había un trozo de papel arrugado.

Marceau se inclinó.

—¿Los papeles de Madeleine?

Delacroix desplegó el fragmento con extremo cuidado.

No era una carta completa. Apenas una esquina rasgada. La tinta estaba corrida por la humedad, pero aún podían leerse algunas palabras:

...el retraso en la entrega del préstamo compromete seriamente...

...madame Bresson no puede esperar otra semana...

Dr. Aubert

Marceau soltó una maldición breve.

—Era cierto.

—Al menos una parte.

—Laval tenía los papeles.

—O perseguía a quien los tenía.

El inspector lo miró.

—Está inconsciente con un fragmento en la mano.

—Sí.

—No complique.

—Yo no complico. La realidad llega así de mal peinada.

Delacroix acercó la luz al suelo. Había señales de lucha: barro en las tablas, una marca de tacón, el marco de un espejo desplazado y un rastro oscuro sobre la madera. No mucha sangre. Una línea leve, desde la entrada lateral de la sala hasta donde Laval había caído.

—Lo golpearon aquí —dijo.

—¿Y luego se arrastró?

—O lo empujaron. Pero mire esto.

Señaló una marca en el barro: un talón izquierdo arrastrado de forma exagerada.

Marceau gruñó.

—La cojera.

—Fingida, quizá. Laval la usó para acercarse a Nicolas. O alguien quiso que creyéramos eso.

—¿Otra vez?

—No se enfade conmigo. Enfádese con el asesino. Tiene más mérito.

El médico apareció en la entrada de la sala central, seguido por Morel y Baptiste. Este último, al verse multiplicado por los espejos, se detuvo en seco.

—Dios santo. Hay demasiados de mí.

—La justicia poética existe —dijo Delacroix.

El médico se arrodilló junto a Laval.

—¿También está muerto?

—No —respondió Marceau.

—Qué detalle. Empiezo a echar de menos la monotonía.

El doctor examinó la herida de la sien, le abrió un párpado, olió su aliento y palpó el cráneo.

—Golpe fuerte. No mortal, si no empeora. Está aturdido. Quizá drogado también.

—¿Drogado? —preguntó Marceau.

—No lo sé. Tiene el pulso alterado y la respiración rara. También podría ser el golpe. O el susto. O que esta feria está empeñada en acabar con mi vocación.

Delacroix mostró el fragmento de papel.

—Lo tenía en la mano.

El médico lo miró apenas.

—Felicidades. Yo me ocuparé del cráneo, ustedes de la literatura.

Entre Morel y Baptiste sacaron a Laval de la barraca. El hombre gimió al pasar junto a un espejo que le devolvió el rostro estirado, casi cadavérico. El detalle resultó de un mal gusto involuntario muy propio de las ferias.

Fuera, la noticia de que Laval estaba vivo produjo una decepción mal escondida entre algunos visitantes y un alivio mal entendido entre otros.

Marceau ordenó llevarlo a la barraca de bebidas, separada de Nicolas y su madre por una cortina improvisada y dos agentes.

El médico protestó por tener que atender a un sospechoso junto a un niño amenazado, un muerto reciente y una feria cerrada, pero lo hizo con la eficacia de quien se queja para no tener que admitir que está preocupado.

Delacroix permaneció unos segundos en la entrada de la barraca de los espejos.

Clémence se acercó.

—¿Era Laval?

—Sí.

—¿Tiene los papeles?

Delacroix la miró.

—Tenía un fragmento.

La cantante cerró los ojos un instante.

—Entonces los encontró.

—O encontró a quien los tenía.

Gaston Verrier dio un paso hacia ella.

—Clémence.

—No.

Fue una palabra baja, pero definitiva.

Gaston se detuvo.

Marceau salió de la barraca, guardando el fragmento en una carpeta improvisada entre dos cartones secos.

—Laval no podrá hablar por ahora.

—Qué conveniente —dijo Delacroix.

—¿Para él?

—Para quien lo golpeó.