Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 11 — Los guantes del muerto #2
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Capítulo 11 — Los guantes del muerto #2

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Por qué lo notó?

El mecánico dudó.

Margot respondió por él:

—Porque Célestin miraba el caballo.

—Y porque estaba preocupado por el mecanismo —añadió Delacroix.

Célestin asintió.

—Después de retirar la primera pieza, el movimiento no me gustaba. Quería ver si el caballo subía limpio.

—¿Y subió limpio?

—La primera vez, sí. La segunda... ya sabemos.

—¿Vio quién tomó el guante?

—No.

—¿Pudo caer?

—Quizá. Pero lo habríamos encontrado en la plataforma.

Delacroix miró el interior abierto del caballo. Luego la silla. Luego el suelo alrededor.

—A menos que alguien lo tomara antes de que el carrusel empezara a girar.

—Sí.

Marceau respiró hondo.

—Entonces el guante fue robado antes de la muerte y usado después para amenazar al niño.

—Eso implica planificación —dijo Delacroix—. O una capacidad excelente para aprovechar oportunidades.

—¿Cuál prefiere?

—La segunda suele ser más humana. La primera, más peligrosa.

Margot miró hacia el puesto de los aros.

—¿Quién le dio la manzana a Nicolas?

—Alguien que sabía que el niño había visto el intercambio entre Clémence y Gaston.

—Entonces no mi padre.

La rapidez de la respuesta no ayudó a Anatole.

Delacroix la observó.

—¿Por qué?

—Mi padre estaba junto a la cabina después del crimen. No fue al puesto de los aros. No se acercó a Nicolas.

—¿Lo vio usted todo el tiempo?

Margot abrió la boca.

No respondió.

—No —dijo Delacroix—. No pudo verlo todo. Nadie pudo.

Anatole levantó la vista.

—Yo no di ninguna manzana a ese niño.

—Lo sé.

Marceau se volvió hacia él.

—¿Cómo que lo sabe?

Delacroix miró al viejo.

—Porque monsieur Bresson no huele a cigarro dulce.

Anatole pareció no entender si eso lo salvaba o lo humillaba.

Marceau soltó un bufido.

—Me alegra saber que ahora investigamos por perfume.

—El olfato ha resuelto más crímenes que algunos interrogatorios.

—Y ha provocado peores cenas.

Delacroix siguió pensando.

Cigarro dulce.

Voz fina.

Guante de Chavanel.

Cojera fingida.

Botón junto al puesto de los aros.

Alguien que podía moverse entre visitantes sin llamar demasiado la atención. Alguien que quizá no pertenecía del todo a la feria, pero tampoco era un simple espectador.

—Inspector —dijo—, ¿dónde están los dos hombres que acompañaban a Chavanel al entrar?

Marceau se quedó quieto.

—Sus acompañantes.

—Sí.

—No los hemos interrogado.

—Eso parece.

—Maldita sea.

Delacroix no sonrió. A veces los detalles más evidentes se escondían por exceso de cercanía.

Todos habían mirado a los feriantes porque el crimen había ocurrido en el carrusel de Bresson.

Todos habían mirado a los deudores, amantes, mecánicos, adivinas y tiradores.

Pero Chavanel no había llegado solo. Dos hombres lo seguían a unos pasos, no como amigos, sino como consecuencias.

—¿Dónde están? —preguntó Delacroix.

Marceau llamó a un agente.

—Los dos hombres que llegaron con Chavanel. Búsquelos.

El agente miró alrededor.

—¿Cómo son?

—Uno de ellos llevaba sombrero gris —dijo Delacroix—. Delgado, bigote fino, abrigo oscuro. El otro era más corpulento, rostro redondo, cuello corto. Ninguno parecía disfrutar de la feria.

Marceau lo miró.

—¿Los observó tanto?

—A los hombres que acompañan a un odioso conviene mirarlos siempre. O lo protegen, o lo odian en silencio. Ambas cosas resultan útiles.

El agente se marchó.

Margot frunció el ceño.

—Uno de ellos habló con mi padre esta tarde.

Anatole levantó la cabeza.

—Margot.

—¿También vas a callar eso?

Delacroix se volvió hacia el viejo.

—Monsieur Bresson.

Anatole se pasó una mano por la barba.

—Era el secretario de Chavanel. O su ayudante. No sé cómo se llama.

—¿Qué quería?

—Entregarme una copia de los papeles del embargo.

—¿Cuándo?

—Antes de abrir la feria.

—¿Dónde?

—Aquí. Junto al carrusel.

—¿Estuvo cerca del caballo blanco?

Anatole dudó.

—Sí.

Marceau se tensó.

—¿Tocó el carrusel?

—No lo recuerdo.

—Piense.

—Me entregó los papeles. Dijo que monsieur Chavanel vendría esa noche para “resolver algunos detalles”. Yo le dije que se fuera al demonio. Margot estaba allí. Célestin también, creo.

Célestin asintió.

—El delgado.

—¿Cojeaba? —preguntó Delacroix.

Anatole negó.

—No.

Margot pensó.

—No entonces.

—¿Tenía guantes?

—Sí —dijo ella—. Oscuros. Pero sin botón metálico, creo.

—¿Olía a cigarro?

Célestin respondió:

—Sí.

Todos lo miraron.

—¿Dulce?

—Un cigarro caro. No como los de Gaston.

Gaston, que se había acercado sin ser invitado, soltó:

—Los míos al menos tienen la decencia de oler a incendio honrado.

Marceau no le hizo caso.

Delacroix miró hacia la entrada de la feria.

—Nombre.

Anatole cerró los ojos, intentando recordar.

—Chavanel lo llamó... monsieur Laval. Creo. Sí. Laval.

Marceau repitió:

—Laval.

Delacroix sintió que el caso acababa de abrir una puerta lateral. No era aún la puerta principal. Pero detrás de ella había aire nuevo.

El agente regresó casi corriendo.

—Inspector.

—¿Los encontró?

—Solo a uno. El corpulento. Dice que se llama Renaud y que esperaba junto a la entrada. El otro no aparece.

—¿Laval?

—Nadie lo ha visto desde hace un rato.

Marceau maldijo.

—La feria está cerrada.

—Sí, inspector.

—Entonces no puede haber salido.

El agente tragó saliva.

—La salida trasera estuvo vigilada todo el tiempo, pero hay carromatos, lonas, cajas... Puede estar escondido.

Delacroix miró el puesto de los aros. Luego la huella fingida. Luego el botón.

Laval. Secretario de Chavanel. Guantes. Cigarro dulce. Acceso a papeles. Conocimiento de la segunda cartera. Posible presencia junto al carrusel antes de abrir. Interés en recuperar documentos comprometedores.

—Inspector —dijo Delacroix—, busque a Laval.

—Eso intento.

—No. No lo busque como se busca a un visitante perdido.

—¿Y cómo demonios quiere que lo busque?

Delacroix miró hacia la hilera de carromatos oscuros, las lonas húmedas y la feria detenida bajo la lluvia.

—Como se busca a un hombre que tal vez no quiere salir vivo de aquí si no recupera primero lo que vino a buscar.

Marceau dio órdenes de inmediato.

Los agentes se dispersaron. Gaston regresó a su caseta para revisar si faltaba algo más.

Célestin pidió permiso para cerrar el caballo abierto, pero Delacroix le indicó que esperara.

Margot se quedó junto a Anatole, aunque la distancia entre ambos seguía viva.

Clémence observaba desde la puerta de la barraca, con el rostro tenso.

Madame Séraphine se acercó a Delacroix.

—Ahora ve al hombre que estaba fuera del círculo.

—Empiezo a verlo.

—Llegó con Chavanel.

—Sí.

—Los hombres como Chavanel no viajan con inocentes.

—Nadie viaja con inocentes, madame. Los inocentes son pésimos compañeros de camino. Se escandalizan demasiado tarde y preguntan demasiado pronto.

La adivina miró hacia los carromatos.

—Laval no es feriante.

—No.

—Entonces no entiende la feria.

—Quizá por eso dejó una huella demasiado teatral.

Madame Séraphine sonrió apenas.

—Fingió cojera.

—Eso creo.

—Los feriantes fingimos mejor.

—Es una de las pocas ventajas de vivir entre mentiras profesionales.

Un grito llegó desde la parte trasera del recinto.

Marceau giró de golpe.

—¡Aquí! —llamó un agente—. ¡Inspector!

Todos corrieron hacia la zona de carromatos.

El agente estaba junto a una lona caída detrás de la barraca de los espejos. A sus pies había una caja rota, barro removido y varias huellas. Pero no había ningún hombre.

Solo un sombrero gris.

Delacroix se agachó.

El sombrero estaba húmedo, pisoteado en un lado. Dentro, en la cinta interior, había una mancha oscura. Sangre quizá. No mucha.

Marceau lo miró.

—Laval.

Delacroix no respondió.

Debajo de la lona, medio oculto por el barro, encontró otra cosa.

Un guante negro.

El izquierdo.

Le faltaba el botón.

Las iniciales O. C. brillaban en la muñeca del guante restante como una burla incompleta.

Marceau soltó el aire entre los dientes.

—Nuestro hombre ha perdido el disfraz.

—O alguien nos lo ha devuelto.

Delacroix levantó la vista hacia la barraca de los espejos, cuya entrada permanecía abierta, oscura, deformada por reflejos interiores.

Desde dentro llegó un golpe.

Luego otro.

Como si alguien, al otro lado de los espejos, acabara de tropezar con su propio reflejo.

Delacroix se incorporó.

—Inspector.

Marceau ya tenía la mano en el revólver.

—Sí.

Delacroix miró la entrada oscura.

—Creo que monsieur Laval nos invita a continuar la función.