Capítulo 11 — Los guantes del muerto
Un muerto puede seguir causando problemas bastante después de haber dejado de respirar.
Delacroix lo sabía bien. A veces porque sus documentos aparecían en el lugar equivocado.
A veces porque sus amantes recordaban demasiado tarde.
A veces porque sus deudas sobrevivían con mejor salud que sus órganos.
Y, en ocasiones menos frecuentes pero mucho más molestas, porque alguien decidía usar una parte de él como disfraz.
El botón metálico descansaba en el pañuelo de Delacroix, pequeño, redondo, brillante bajo la luz amarillenta de la feria.
Las iniciales grabadas en la superficie eran delicadas, casi presumidas.
O. C.
Octave Chavanel.
Marceau lo miró como si esperara que el objeto tuviera la cortesía de explicarse solo.
—No me gusta.
—A estas alturas, inspector, empiezo a preocuparme el día en que algo le guste.
—Ese día me jubilaré.
Delacroix sostuvo el botón entre dos pliegues del pañuelo.
—Nicolas vio un guante con un botón metálico en la muñeca. El botón aparece aquí, junto al puesto de los aros, donde también vio al hombre que observó el intercambio entre Clémence y Gaston.
—Y lleva las iniciales del muerto.
—Sí.
—Pero Chavanel llevaba los guantes puestos cuando murió.
—Al menos uno.
Marceau frunció el ceño.
—¿Uno?
—Cuando Margot tocó el cuerpo, yo vi con claridad la mano derecha sobre la barra. Enguantada. La izquierda quedaba más oculta por el abrigo y la postura.
El inspector giró de inmediato hacia la mesa donde el médico había examinado el cadáver.
—Doctor.
El médico, que estaba guardando algunos instrumentos en su maletín, levantó la mirada con una resignación ya casi filosófica.
—Cada vez que pronuncia mi nombre, inspector, envejezco un mes.
—Los guantes de Chavanel.
—¿Qué pasa con ellos?
—¿Dónde están?
El doctor señaló una bandeja junto al abrigo y el chaleco del muerto.
—Ahí. O deberían.
Marceau se acercó con Delacroix. En la bandeja estaban el reloj, la pitillera, la cartera, el pañuelo, la llave pequeña y los papeles ya revisados. El abrigo de Chavanel colgaba sobre una silla. El chaleco descansaba doblado de mala manera. Había un guante negro de piel junto a la manga derecha.
Solo uno.
Marceau se volvió lentamente hacia el médico.
—Doctor.
El médico miró la bandeja. Luego miró el cuerpo. Luego la bandeja otra vez.
—Había dos.
—¿Está seguro?
—Soy médico, no modista, pero distingo una mano de otra con cierta solvencia.
—¿Dónde está el segundo?
—No lo sé.
Marceau cerró los ojos.
—Naturalmente.
Delacroix tomó el guante visible con el pañuelo. Era de piel negra, fina, cara, con un pequeño botón metálico en la muñeca. El botón llevaba las mismas iniciales: O. C.
—Este conserva el botón —dijo.
—Entonces el encontrado pertenece al otro.
—O a otro par.
—¿Chavanel viajaba con varios guantes encima?
Delacroix miró el abrigo.
—Los hombres como Chavanel viajan con repuestos de muchas cosas. No siempre de virtud.
Registraron de nuevo los bolsillos, esta vez con especial atención.
En el interior del abrigo no había más guantes, pero sí una pequeña etiqueta cosida en la tela con el nombre de un sastre de Lyon.
El bolsillo izquierdo mostraba una deformación ligera, como si hubiera contenido algo plano que ya no estaba allí.
La segunda cartera había desaparecido, según la historia de Clémence y Gaston. Ahora también faltaba un guante.
—Pudo perderlo antes —dijo Marceau.
—Pudo.
—Pudo quitárselo para montar.
—Pudo.
—O alguien se lo quitó después de muerto.
—También.
—Pero el cuerpo estuvo a la vista de todos.
—No todo el cuerpo. No todo el tiempo. Y no todos miraban lo mismo.
Marceau soltó un gruñido bajo.
—No me diga que alguien desvistió a un muerto montado en un carrusel delante de medio pueblo.
—No exactamente.
Delacroix se acercó al caballo blanco. Recordó el momento posterior al grito.
Margot tocando a Chavanel. El cuerpo cediendo.
Él ordenando que nadie tocara nada. La multitud empujando.
El médico llegando. La manta cubriendo parcialmente el cadáver.
La mano derecha visible. La izquierda oculta bajo el abrigo y la sombra.
La muerte no había sido un escenario limpio.
Ningún crimen lo era. La gente se había movido, gritado, señalado, retrocedido, avanzado.
Una mujer se había desmayado. Un niño había perdido una manzana.
Un agente había intentado cerrar la verja.
El médico había protestado. Marceau había dado órdenes.
Y, durante aquel caos, una mano hábil pudo acercarse al lado izquierdo del cuerpo.
No para matarlo.
Ya estaba muerto.
Para tomar algo.
—La segunda cartera —dijo Delacroix.
Marceau lo miró.
—¿Qué?
—Clémence afirma haber robado a Chavanel una cartera con los papeles de Madeleine. Luego la entregó a Gaston. Gaston la guardó en su caja. Alguien la robó durante el caos. Pero ¿y si esa no fue la única cosa que desapareció durante el caos?
—El guante.
—El guante izquierdo.
—¿Para qué?
Delacroix miró el botón encontrado junto al puesto de los aros.
—Para acercarse a Nicolas sin que una descripción simple señalara al culpable.
—No entiendo.
—El niño describió un hombre con guantes oscuros, botón metálico, olor a cigarro dulce y voz fina. Si se descubría que el guante pertenecía a Chavanel, la descripción se vuelve confusa. Imposible, incluso. ¿Cómo pudo el muerto dar una manzana?
Marceau apretó la mandíbula.
—Una superstición barata.
—O una trampa inteligente. En una feria, donde ya hay adivinas, caballos homicidas y niños asustados, sugerir que el muerto camina puede ser bastante eficaz.
—No en mi informe.
—No. Pero sí en la memoria de un niño.
Baptiste, que había escuchado desde un costado, palideció un poco.
—¿Quiere decir que alguien quiso que Nicolas pensara que era Chavanel?
—Quizá no de forma consciente. Quizá solo aprovechó el guante. Pero la frase es interesante: “Los niños que observan tanto merecen algo dulce”. Eso no es una amenaza vulgar. Es una frase construida para ser recordada.
—Como las frases de Chavanel —dijo Marceau.
Delacroix asintió.
—Exacto.
Miró hacia la feria.
El puesto de los aros estaba a pocos pasos. Botellas alineadas, aros de madera, premios baratos colgados de una cuerda. Allí había estado el hombre cojo, según Nicolas. Allí había caído el botón. Allí, quizá, se había puesto o quitado el guante robado.
—Necesito ver esa huella de nuevo —dijo.
Regresaron al barro junto al puesto. La huella izquierda seguía visible, aunque la lluvia empezaba a borrarla. Delacroix se agachó. Talón más profundo, arrastre lateral. Pero cuanto más la miraba, menos le gustaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Marceau.
—La cojera es demasiado clara.
—¿Ahora también desconfía de las cojeras?
—De las cojeras dramáticas, sí.
—El niño dijo que cojeaba.
—El niño dijo que caminaba así. Eso no significa que fuera cojo.
Delacroix apoyó la punta del bastón junto a la huella.
—Mire el arrastre. No nace del peso natural del cuerpo. Es lateral, casi exagerado. Como si alguien hubiera querido dejar claro que esa pierna fallaba.
Marceau se agachó con fastidio.
—¿Fingida?
—Posiblemente.
—¿Para culpar a quién?
Delacroix miró alrededor.
—A cualquiera con cojera real. O para no culpar a nadie concreto, sino distraer. Guantes del muerto, cojera falsa, manzana demasiado perfecta. Esta persona no improvisa mal.
—Eso me tranquiliza poquísimo.
—A mí tampoco.
Desde el carrusel llegó una voz.
—Monsieur Delacroix.
Era Margot.
Estaba junto al caballo blanco, iluminada por los farolillos.
Su padre se había apartado unos pasos, sentado ahora en un banco bajo el techo de la atracción, con las manos juntas y la mirada perdida.
Célestin permanecía cerca del taller, vigilado, pero ya no esposado ni sujeto por los agentes.
Marceau no lo había liberado; solo había aceptado, a regañadientes, que el mecanismo del caballo necesitaba más de sus conocimientos que su celda.
Delacroix se acercó a Margot.
—¿Sí, mademoiselle?
Ella miró el guante que él sostenía envuelto en el pañuelo.
—Ha desaparecido uno.
—Sí.
—El izquierdo.
—Eso parece.
Margot tragó saliva.
—Chavanel se quitó el guante izquierdo antes de subir.
Marceau se giró hacia ella.
—¿Cómo no lo dijo antes?
—Porque no lo recordé.
—Esta noche todos recuerdan las cosas con una puntualidad desastrosa.
Margot sostuvo su mirada sin retroceder.
—Había un hombre muerto sobre mi carrusel.
—Sobre el de su padre.
—Sobre el de mi familia.
Delacroix intervino:
—¿Dónde se lo quitó?
Margot cerró los ojos un instante, reconstruyendo.
—Junto al caballo blanco. Antes de montar. Se quitó el guante izquierdo para tocar la crin. Dijo algo sobre querer comprobar si el animal viejo todavía tenía alma bajo la pintura.
Anatole, desde el banco, bajó la cabeza.
—¿Qué hizo con el guante? —preguntó Delacroix.
—Lo sostuvo un momento. Luego... no sé.
—¿Se lo guardó?
—Creo que no.
—¿Lo dejó en la plataforma?
—Tal vez. En el borde de la silla. O en la barra. No lo sé.
Marceau apretó la libreta.
—Eso cambia las cosas.
—Mucho —dijo Delacroix.
Si Chavanel se quitó el guante antes de montar, cualquiera cercano pudo tomarlo. No hacía falta desvestir a un cadáver. La desaparición pudo ocurrir antes del crimen o inmediatamente después, durante el caos.
—¿Quién estaba cerca? —preguntó.
Margot respondió con cansancio:
—Todos.
—No todos. Cerca de verdad.
—Mi padre. Célestin. Yo. Chavanel. Quizá Madame Séraphine estaba al pie de la plataforma. Clémence más lejos. Gaston en su caseta. El niño. Algunos visitantes.
—¿Vio a alguien recoger el guante?
—No.
—¿Usted lo tocó?
—No.
—¿Célestin?
—No lo sé.
El mecánico, que había oído, se acercó un poco.
—Yo no lo toqué.
Marceau lo miró.
—Por variar, espero que esta sea una verdad.
Célestin ignoró el comentario.
—Vi que se lo quitaba. Lo dejó sobre la silla, detrás de su pierna izquierda. Cuando empezó el carrusel, el guante ya no estaba.