Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 10 — La manzana roja #2
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Capítulo 10 — La manzana roja #2

La adivina bajó los escalones de su carromato y se acercó despacio. La lluvia le oscurecía el turbante. Sus manos estaban cubiertas por guantes negros, finos, bastante gastados.

Guantes oscuros.

Como había dicho Nicolas.

No era suficiente. Pero en una noche así, casi nada lo era hasta que se volvía demasiado tarde.

—¿Vende usted sustancias? —preguntó Marceau.

—Vendo esperanza teatralizada. Es menos peligroso y deja mejor margen.

—¿Tiene hierbas?

—Sí.

—¿Venenos?

—Inspector, si llama veneno a todo lo que puede sentar mal en cantidad suficiente, entonces también debería interrogar al vendedor de salchichas.

—Estoy cerca de hacerlo.

—No me sorprende.

Delacroix miró sus guantes.

—¿Le dio usted una manzana a Nicolas?

Madame Séraphine no pareció ofendida.

—No.

—¿Le habló después de la muerte?

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que no tuviera miedo del caballo.

—¿Por qué?

—Porque lo estaba mirando como si el caballo hubiera matado a Chavanel por voluntad propia.

—¿Le ofreció algo?

—No.

—¿Vio quién se la dio?

La adivina miró hacia el puesto de manzanas. Luego hacia la barraca de Clémence. Luego hacia el carrusel.

—Vi a alguien agacharse junto a él.

Marceau se enderezó.

—¿Quién?

—No vi el rostro.

—Qué novedad tan estimulante.

—Vi un abrigo oscuro.

Marceau miró alrededor con desesperación.

—Media feria lleva abrigo oscuro.

—Y guantes —dijo Delacroix.

—También.

Madame Séraphine añadió:

—Pero cojeaba.

El silencio cambió de forma.

Delacroix miró inmediatamente hacia Anatole Bresson.

El viejo dueño del carrusel no cojeaba, pero aquella noche caminaba con rigidez. Célestin tampoco. Gaston tenía paso militar, duro, regular. Marceau miró a la multitud.

—¿Cojeaba de verdad o fingía?

—Eso no puedo saberlo.

—¿Derecha o izquierda?

La adivina cerró los ojos un instante.

—Izquierda. Creo.

—Cree.

—Sí, inspector. La próxima vez pediré al asesino que pase más despacio.

Delacroix pensó en la feria. En sus personajes. En los movimientos durante el caos. En quién había tenido tiempo de tomar una manzana, preparar el palillo, acercarse al niño y desaparecer.

No era un acto improvisado del todo. La sustancia debía estar disponible. El palillo marcado, preparado. O al menos manipulado en un rincón. Eso requería frialdad.

Y conocimiento.

Alguien sabía que Nicolas había visto algo.

No solo que había visto la llave. La llave había aparecido después. El niño también había visto a Clémence entregar algo a Gaston. Quizá vio quién robó la cartera. Quizá vio más.

—Necesito hablar con Nicolas —dijo Delacroix.

Marceau negó con la cabeza.

—Ahora mismo está asustado.

—Por eso conviene hacerlo antes de que los adultos le enseñen a recordar mal.

—A veces me preocupa lo poco que confía en nuestra especie.

—A mí me preocupa que me siga dando razones.

Caminaron hacia la barraca de bebidas, custodiada por Morel. En el trayecto, Delacroix notó que varias personas apartaban la mirada. Otros intentaban escuchar. La feria se había convertido en un organismo cerrado, nervioso, lleno de secretos circulando por venas de barro.

Morel abrió la puerta.

Dentro, Nicolas estaba sentado junto a su madre en un banco de madera. Sobre una mesa había vasos limpios, una jarra de agua y una lámpara. El niño parecía más pequeño sin la feria alrededor. Su gorra reposaba junto a él. Tenía el pelo aplastado por la lluvia y los ojos demasiado abiertos.

—¿Puedo hacerte unas preguntas? —dijo Delacroix.

La madre respondió antes que él.

—No.

Delacroix la miró con respeto.

—Entiendo su miedo.

—No, monsieur. Entiende el caso. No es lo mismo.

La frase era justa.

Delacroix aceptó el golpe.

—Tiene razón.

La mujer respiró con dificultad.

—No quiero que mi hijo sea valiente. No quiero que ayude a nadie. No quiero que recuerde nada. Quiero que salga de aquí y que mañana vuelva a preocuparse por tonterías.

Nicolas bajó la mirada.

—Mamá.

—No.

—Vi cosas.

—No viste nada.

El niño levantó la cabeza.

—Sí.

La madre cerró los ojos, derrotada por esa terquedad luminosa que a veces tienen los niños antes de que la vida les enseñe prudencia.

Delacroix se sentó frente a Nicolas.

—No necesito que seas valiente. Solo necesito que seas exacto.

—¿Qué significa exacto?

—Que no adornes nada para parecer mayor. Que no calles nada para parecer pequeño.

Nicolas pensó.

—Eso es difícil.

—Mucho. Por eso tantos adultos fracasan.

El niño miró a Marceau.

—¿Él también?

—De manera profesional —dijo Delacroix.

Marceau abrió la boca, pero la cerró al ver a la madre del niño. Incluso él entendió que no era momento.

—Nicolas —continuó Delacroix—, antes dijiste que viste a la señora de las plumas pasar algo al señor de los tiros.

—Sí.

—¿Dónde estabas?

—Cerca del puesto de manzanas.

—¿Solo?

—Mi madre estaba comprando almendras. Yo miraba el carrusel.

—¿Qué viste exactamente?

Nicolas frunció el ceño.

—La señora salió de su barraca. Tenía algo debajo del chal. Se acercó al señor de los tiros. Él estaba detrás del mostrador. Ella le dio algo. Él lo metió en una caja.

—¿Viste a alguien más mirando eso?

El niño dudó.

Ahí estaba.

Delacroix no se movió.

—Tómate tu tiempo.

Nicolas miró a su madre. Ella le acarició el pelo, aunque su rostro suplicaba lo contrario.

—Sí —dijo al fin—. Había alguien junto al puesto de botellas.

—¿Qué puesto de botellas?

—El de los aros. Donde tiras aros y si caen en una botella ganas una copa fea.

Baptiste, junto a la puerta, murmuró:

—La descripción comercial es impecable.

Delacroix continuó:

—¿Quién era?

—No le vi la cara.

Marceau apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

—¿Por qué?

—Porque estaba de espaldas. Y llevaba sombrero.

—¿Hombre o mujer?

—Hombre. Creo.

—¿Alto? ¿Bajo?

—Normal.

Marceau cerró los ojos.

Delacroix preguntó:

—¿Cojeaba?

Nicolas abrió más los ojos.

—Sí.

Marceau miró a Delacroix.

—¿De qué pierna?

Nicolas movió los pies bajo la mesa, como si imitara el paso.

—De esta.

Se tocó la izquierda.

—¿Lo viste después? —preguntó Delacroix.

—Sí.

La madre se tensó.

—¿Cuándo?

—Cuando me dio la manzana.

La barraca quedó completamente quieta.

Delacroix habló muy despacio:

—¿Era el mismo hombre?

—Creo que sí.

—¿Por qué?

—Porque caminaba igual.

—¿Te dijo algo más?

Nicolas asintió.

—Me dijo que era una pena lo de mi manzana. Que los niños que observan tanto merecen algo dulce.

Marceau murmuró una maldición.

Delacroix siguió sin moverse.

—¿Usó esas palabras?

—Sí.

—¿“Observan tanto”?

—Sí.

—¿Qué voz tenía?

Nicolas se abrazó a sí mismo.

—Suave.

—¿Vieja?

—No mucho.

—¿Como la de monsieur Bresson?

—No.

—¿Como la de Gaston?

—No. Gaston habla como si siempre estuviera enfadado.

—Es una valoración razonable.

—Esta voz era más... fina.

—¿Fina?

—Como la de alguien que no quiere ensuciarse.

Delacroix sintió que una pieza muy pequeña se desplazaba.

No encajaba todavía. Pero se había movido.

—¿Olía a algo?

La pregunta sorprendió a todos, menos quizá a Nicolas.

El niño pensó.

—A humo.

—Hay mucho humo en la feria.

—No. Humo bueno.

—¿Tabaco?

—Sí. Pero dulce.

Marceau miró hacia la puerta.

—Cigarros.

Delacroix asintió.

Chavanel fumaba pitillos caros, pero estaba muerto. Gaston fumaba tabaco fuerte, no dulce. Célestin olía a grasa. Anatole, a lluvia y madera. ¿Quién más?

—¿Algo más? —preguntó.

Nicolas dudó.

—Tenía un botón brillante.

—¿Dónde?

—En el guante.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Un botón en el guante?

—Sí. Aquí.

El niño señaló la muñeca.

—Como de metal.

Marceau miró a Delacroix.

—Guantes con botón metálico.

—No muy comunes entre feriantes —dijo Delacroix.

—Más entre visitantes.

—O entre alguien que quiere parecerlo.

La madre de Nicolas habló con voz quebrada:

—¿Ya está? ¿Por favor?

Delacroix asintió.

—Sí. Gracias, Nicolas.

El niño lo miró con angustia.

—¿He hecho bien?

Delacroix tardó un segundo en contestar.

—Has hecho más que muchos adultos esta noche. Eso no siempre es justo, pero sí es verdad.

Salieron de la barraca.

La feria los recibió con su silencio húmedo.

Marceau ordenó reforzar la vigilancia y buscar a cualquier hombre con cojera izquierda, guantes con botón metálico y olor a cigarro dulce.

La orden, dicha así, parecía casi absurda.

Pero las investigaciones avanzaban a menudo detrás de absurdos muy concretos.

Delacroix regresó lentamente hacia el carrusel.

Había algo que le molestaba.

La cojera.

Los guantes.

El cigarro dulce.

La voz fina.

El hombre que había visto a Clémence entregar la cartera a Gaston.

El hombre que después había intentado callar al niño.

No necesariamente el asesino del carrusel, pero sí alguien muy interesado en los papeles de Madeleine.

Y entonces, al pasar junto al puesto de los aros, Delacroix vio una marca en el barro.

Una pisada irregular.

El talón izquierdo había dejado una impresión más profunda, arrastrada hacia fuera.

Se agachó.

Junto a la huella, semienterrado en el barro, había un pequeño objeto metálico.

Delacroix lo recogió con el pañuelo.

Era un botón.

Pequeño, redondo, brillante.

De guante.

Marceau llegó a su lado.

—¿Qué ha encontrado?

Delacroix observó el botón bajo la luz amarilla de la feria.

En la superficie había grabadas unas iniciales diminutas.

O. C.

Octave Chavanel.

Marceau soltó el aire despacio.

—El botón era del muerto.

Delacroix cerró el pañuelo alrededor del objeto.

—No exactamente.

—¿Cómo que no exactamente?

Delacroix miró hacia la mesa donde yacía el cadáver.

—Tal vez pertenecía a sus guantes.

—¿Y entonces?

Delacroix levantó la vista hacia la feria cerrada.

—Entonces alguien se puso los guantes de Chavanel después de su muerte.