Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 10 — La manzana roja
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Capítulo 10 — La manzana roja

La manzana parecía inofensiva.

Ese era, probablemente, su peor defecto.

Brillaba bajo la luz de los farolillos con una perfección casi obscena: roja, lisa, cubierta por una capa de caramelo que reflejaba la feria como un pequeño espejo de azúcar.

Tenía clavado un palillo de madera y desprendía ese olor dulce que suele pertenecer a la infancia, a las manos pegajosas, a las noches de verano y a los recuerdos que uno no debería tener que examinar con sospecha.

Delacroix la sostenía con un pañuelo, lejos del niño.

Nicolas miraba la manzana como si acabaran de arrebatarle no un dulce, sino la última prueba de que aquella noche podía seguir siendo una feria y no una trampa.

—¿Está mala? —preguntó.

Su madre lo apretó contra sí con tanta fuerza que el niño hizo un gesto de protesta.

—No lo sabemos —respondió Delacroix.

—Entonces, ¿por qué no puedo comerla?

—Porque a veces no saber es una razón excelente para no morder.

Nicolas frunció el ceño. La frase no le convenció, pero la voz de Delacroix sí. Hay adultos que dicen cosas sensatas de una forma insoportable y adultos que dicen cosas extrañas con una calma que obliga a obedecer. Delacroix pertenecía, aquella noche, al segundo grupo.

Marceau le quitó la manzana con otro pañuelo y la olió con gesto de desconfianza.

—Azúcar.

—Sí.

—Caramelo.

—También.

—Y algo más.

—Quizá.

El inspector hizo una mueca.

—Odio los quizá.

—Son más honestos que las certezas apresuradas.

—No cuando uno tiene un posible niño envenenado a dos pasos.

La madre de Nicolas palideció todavía más.

—¿Envenenado?

—He dicho posible —rectificó Marceau, demasiado tarde.

—El niño no ha comido —dijo Delacroix.

—¿Seguro?

Nicolas levantó la barbilla con dignidad herida.

—No me dio tiempo.

—Gracias a Dios —murmuró su madre.

—También porque estaba demasiado bonita —añadió el niño.

Delacroix lo miró.

—¿Demasiado bonita?

Nicolas asintió.

—Las manzanas buenas tienen burbujas. O una parte más gorda. Esta parecía de escaparate.

Marceau observó la manzana con renovado interés.

—El niño empieza a caerme bien.

—A él no le conviene que eso se sepa —dijo Delacroix.

El inspector llamó al médico, que todavía estaba inclinado sobre el cuerpo de Chavanel bajo el toldo.

—¡Doctor!

El médico levantó la cabeza con expresión de hombre al que la noche acababa de anunciarle otro abuso profesional.

—¿Qué ocurre ahora?

—Una manzana.

El médico parpadeó.

—¿Perdón?

—Necesito que la examine.

—Soy médico, inspector, no frutero.

—Esta noche está usted ampliando funciones con admirable regularidad.

El doctor se acercó, secándose las manos con un paño. Al ver el rostro de la madre y la manera en que Delacroix sostenía el dulce, dejó de protestar.

—¿El niño ha comido?

—No —dijo Delacroix.

—Bien.

Tomó la manzana con cuidado, la olió, examinó el caramelo cerca del palillo y raspó apenas la superficie con una pequeña navaja de su maletín. El azúcar se quebró en una escama roja.

—Hay un olor extraño —dijo.

—¿Veneno?

—Podría ser. También podría ser algún colorante barato, barniz del puesto o una porquería cualquiera de feria. En estos lugares la higiene suele ser una cortesía imaginaria.

—Doctor.

—Sí. Puede ser veneno.

La madre de Nicolas soltó un gemido ahogado y besó la cabeza del niño con desesperación.

—¿Qué clase? —preguntó Delacroix.

—No puedo decirlo aquí. Algo amargo. Quizá una sustancia vegetal. Quizá no mortal en poca cantidad, pero suficiente para enfermar a un niño. O para asustarnos.

Marceau miró a Delacroix.

—¿Asustarnos?

—Eso también es una posibilidad —dijo Delacroix—. Una amenaza no siempre necesita matar. A veces solo necesita enseñar los dientes.

Nicolas tragó saliva.

—¿Alguien quería matarme?

Delacroix se agachó hasta quedar a su altura.

No sonrió. Sonreír habría sido una falta de respeto. Los niños, en los momentos graves, detectan la mentira alegre con una precisión humillante.

—Creo que alguien quería que dejaras de hablar.

—Pero yo no he dicho nada malo.

—Ese es el problema. Has dicho cosas verdaderas.

Nicolas lo pensó con una seriedad impropia de su edad.

—Mi madre dice que eso también trae problemas.

—Su madre conoce el mundo.

La mujer cerró los ojos.

—Por favor, monsieur. Quiero irme.

—Lo entiendo.

—No. No lo entiende. Mi hijo no tiene nada que ver con sus muertos, sus feriantes ni sus caballos. Vinimos porque quería montar. Solo eso. Quería montar.

La frase se rompió al final.

Delacroix sintió una compasión seca, incómoda. Esa madre tenía razón. Los crímenes siempre empezaban fingiendo pertenecer solo a quienes los habían cometido, pero enseguida manchaban los zapatos de cualquiera que hubiera tenido la desgracia de estar cerca.

—Inspector —dijo—, Nicolas y su madre deben quedar bajo vigilancia, en un lugar apartado.

—Mi gente está ocupada cerrando la feria.

—Entonces ocupe mejor a su gente.

Marceau lo miró.

—Me conmueve su confianza en mi capacidad de multiplicar agentes.

—No necesito que los multiplique. Solo que elija bien dónde colocarlos.

El inspector llamó a Morel.

—Lleve a la señora y al niño a la barraca de bebidas. Vacíela. Nadie entra salvo usted o yo. Si alguien se acerca con comida, dulces, juguetes, estampitas religiosas o buenas intenciones, le rompe la cara con moderación.

Morel asintió.

—Sí, inspector.

La madre de Nicolas tomó al niño de la mano.

—¿Tengo que irme? —preguntó él a Delacroix.

—Solo a un sitio más tranquilo.

—¿Y mi manzana?

Marceau la levantó.

—Esta se queda detenida.

Nicolas pareció evaluar la justicia de la frase y decidió no discutirla.

Cuando madre e hijo se alejaron con Morel, Delacroix observó los rostros alrededor.

Ese era el momento más útil.

Una amenaza contra un testigo inocente producía reacciones difíciles de controlar.

La culpa se disfraza con práctica; la sorpresa verdadera, no tanto.

Clémence Aubry miraba al niño con horror.

Gaston Verrier tenía la mandíbula apretada y los ojos duros, como si alguien hubiera cometido una cobardía personal contra él.

Célestin parecía sinceramente desconcertado.

Margot estaba pálida, furiosa. Anatole, en cambio, no miraba al niño.

Miraba la manzana.

Madame Séraphine observaba a Delacroix desde su carromato.

Demasiados ojos. Demasiadas direcciones.

—¿Quién vende las manzanas? —preguntó Marceau.

Baptiste señaló un puesto a la izquierda, cerca de la entrada.

—Ese hombre de allí. El del delantal blanco.

El vendedor, al oírse mencionado, levantó ambas manos antes de que nadie le preguntara nada.

—¡Yo no he hecho nada!

Marceau suspiró.

—La frase más repetida de la noche. Deberíamos bordarla en la entrada.

El vendedor de manzanas era un hombre delgado, con nariz afilada y bigote rubio. Tenía el delantal salpicado de caramelo y la cara de quien ha pasado la vida calculando el precio exacto de la inocencia infantil.

—Nombre —dijo Marceau.

—Henri Pujol, inspector.

—¿Vendió esa manzana?

Pujol miró el dulce, todavía en manos del médico.

—Todas se parecen.

—Esfuércese por no parecer inútil.

—Podría ser mía, sí. Uso ese caramelo. Pero yo no se la di al niño.

—¿Quién la compró?

—No lo sé.

Marceau cerró los ojos.

—Naturalmente.

—Ha habido mucha gente.

Delacroix se acercó al puesto.

Había una bandeja con manzanas ya preparadas, alineadas en filas. Algunas eran más irregulares, con burbujas en el caramelo, como había dicho Nicolas. Otras tenían zonas más claras, gotas secas, palillos torcidos. La manzana del niño, en cambio, era demasiado lisa. Demasiado cuidada.

—¿Todas las prepara usted? —preguntó.

—Sí, monsieur.

—¿Con la misma mezcla?

—Sí.

—¿Dónde?

Pujol señaló un cazo de cobre sobre un hornillo apagado.

—Ahí.

Delacroix miró el cazo. Luego la bandeja.

—¿Cuántas vendió después de la muerte de Chavanel?

—¿Después? Ninguna. ¿Quién quiere una manzana con un muerto en el carrusel?

—Alguien quiso una.

Pujol palideció.

—Yo no la vendí.

—¿Pudo alguien tomarla de la bandeja?

—Estaba pendiente de la gente, de los agentes, del lío...

—Eso significa sí.

—Podría.

Delacroix observó los palillos. Todos eran de madera clara, algo irregular. El de la manzana de Nicolas, sin embargo, tenía una pequeña marca quemada cerca del extremo, como una línea negra.

—Inspector.

Marceau se inclinó.

—¿Qué?

Delacroix señaló los palillos de la bandeja.

—Compare.

Marceau miró la manzana del niño, luego las demás.

—El palillo es distinto.

—Sí.

—Entonces alguien preparó esa manzana aparte.

—O sustituyó el palillo.

El médico volvió a oler el caramelo raspado.

—El olor extraño parece concentrado cerca del palillo.

Delacroix asintió.

—No necesitaba envenenar toda la manzana. Bastaba impregnar el palillo o la zona por donde el niño iba a morder primero.

Baptiste tragó saliva.

—Eso es repugnante.

—Sí.

—Cobarde.

—También.

Gaston Verrier, que había seguido la conversación desde unos pasos atrás, habló con voz baja:

—No fue Célestin.

Marceau se volvió hacia él.

—Qué generoso. ¿Tiene una lista completa de inocentes o solo reparte absoluciones por simpatía?

—Célestin puede hacer cosas idiotas. No le daría veneno a un niño.

—¿Y usted?

Gaston dio un paso hacia el inspector.

—Yo tampoco.

—Su indignación me conmueve.

—No me importa conmoverle.

Delacroix miró a Gaston con atención.

—Pero sabe quién podría hacerlo.

El exsoldado se quedó quieto.

—No.

—Lo ha pensado.

—He pensado en media feria.

—Empiece por la mitad más interesante.

Gaston apretó los dientes.

—Madame Séraphine tiene frascos. Hierbas. Cosas para dormir, para vomitar, para hacer creer a los tontos que han visto a sus muertos.

Desde su carromato, la adivina respondió sin levantar la voz:

—Y usted tiene armas, monsieur Verrier. Pero todavía nos esforzamos por fingir que no dispara a niños.

Marceau se llevó una mano al puente de la nariz.

—Voy a necesitar otra libreta.

Delacroix no apartó los ojos de Séraphine.