Capítulo 9 — Los papeles de Madeleine #2
—Dijo que esa noche iba a enseñarles a todos lo que valía realmente la memoria de los Bresson. Que, cuando terminara de montar en el caballo blanco, quizá leería una carta de Madeleine en voz alta, para que el viejo entendiera que hasta su mujer sabía suplicar mejor que él.
Margot dio un paso hacia la mesa y se sostuvo en el borde.
—No.
Clémence se acercó a ella, pero Margot levantó una mano.
—No me toque.
Clémence se detuvo.
Anatole seguía de espaldas.
Delacroix sintió que la atmósfera del taller se espesaba. Chavanel muerto era ya odioso; Chavanel vivo se volvía intolerable a medida que hablaban de él. Y eso era peligroso. Cuanto más merecida parecía la muerte de una víctima, más fácil resultaba equivocarse con el asesino.
—¿Usted vio esos papeles? —preguntó Delacroix a Gaston.
—Sí.
—¿Los tenía Chavanel encima?
—En una cartera pequeña. No la que encontraron antes. Otra.
Marceau frunció el ceño.
—En el registro no apareció ninguna segunda cartera.
—Porque ya no la tenía cuando murió.
Delacroix miró a Clémence.
—La tenía usted.
Ella no respondió.
—Madame Aubry.
—Sí.
Marceau se volvió hacia ella con brusquedad.
—¿Robó documentos al muerto antes del asesinato?
—Al vivo.
—Eso no mejora demasiado la frase.
—Mejoraba mucho la oportunidad.
—¿Cuándo?
Clémence se llevó una mano al cuello, como si el aire del taller le raspara.
—Después de que hablara con Gaston. Chavanel vino a mi barraca. Quería divertirse antes de humillar a Anatole. Sacó los papeles. Me mostró uno. Dijo que si yo cantaba algo alegre después de su pequeña vuelta en el carrusel, quizá me devolvería mis cartas.
—Creí que no eran cartas suyas.
—También tenía cartas mías. Chavanel nunca viajaba con una sola cuerda si podía llevar tres.
—¿Y usted le robó la cartera?
—Sí.
—¿Cómo?
Clémence sonrió sin alegría.
—Los hombres como Chavanel creen que una mujer que alguna vez les perteneció sigue siendo una habitación donde pueden entrar sin mirar las esquinas.
Baptiste bajó la mirada, incómodo.
Marceau no se conmovió.
—Detalles.
—Le serví una copa. No debí hacerlo, porque no pagaba, pero hice una excepción moralmente flexible. Mientras bebía, dejé caer mi chal. Él se inclinó para recogerlo. La cartera estaba en el bolsillo interior. Se la quité.
—¿Y no lo notó?
—Chavanel prestaba más atención a su propia importancia que a sus bolsillos. Es un defecto común en los hombres ricos.
Delacroix miró a Gaston.
—Luego se la dio a usted.
—Sí —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque a ella la registrarían antes que a mí.
Marceau soltó una risa seca.
—Curioso. Esta noche no dejamos de encontrar gente inocente haciendo cosas culpables con una admirable organización.
—No soy inocente —dijo Clémence.
La frase fue baja, pero nítida.
Todos la miraron.
—No de todo —añadió.
Delacroix se acercó apenas.
—¿De qué no es inocente?
Clémence sostuvo su mirada.
—De querer que Chavanel sufriera.
—Eso, en esta feria, no la distingue demasiado.
—De querer que Anatole supiera lo que Chavanel pensaba hacer.
Margot levantó la vista.
—¿Iba a darle los papeles a mi padre?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Después de la función. O antes. No sé. No tuve valor.
—Qué consideración tan oportuna.
La dureza de Margot golpeó a Clémence, pero la cantante la aceptó sin defenderse.
—Tiene derecho a odiarme.
—No me sobran fuerzas para odiar a todos. Tendrá que esperar su turno.
Delacroix pensó que, en otra noche, habría admirado la frase. En aquella, la guardó con tristeza.
Marceau volvió a Gaston.
—¿Dónde están ahora los papeles?
Gaston no respondió.
—Monsieur Verrier.
—No los tengo.
—Eso ya lo imaginaba. Si los tuviera, quizá habría tenido la cortesía de mencionarlo antes de que encontráramos un cadáver, un mecanismo homicida y un pañuelo suyo en su caja.
—Trapo —corrigió Gaston.
—No me obligue a odiar los matices.
Delacroix intervino:
—¿Los perdió?
Gaston miró hacia la puerta del taller.
—Me los quitaron.
Marceau cerró la libreta despacio.
—¿Quién?
—No lo vi.
—Eso empieza a cansarme.
—A mí también.
—Explíquese.
Gaston respiró hondo.
—Clémence me dio la cartera detrás de mi caseta.
Me pidió que la guardara hasta que pasara la vuelta del carrusel.
Chavanel estaba a punto de montar o ya se acercaba, no recuerdo.
La escondí en la caja, envuelta en el trapo.
Después vino un cliente. Luego Chavanel subió.
Luego el grito. Cuando todo el mundo corrió hacia el carrusel, yo también salí de la caseta.
No mucho. Lo justo para ver qué pasaba. Cuando volví, la cartera ya no estaba. Solo quedaba el trapo.
—¿Y no dijo nada?
—Había un hombre muerto.
—Eso suele ser buen motivo para decir cosas.
—No cuando las cosas lo hacen parecer a uno ladrón, chantajista y quizá asesino.
—La gente tiene una idea muy optimista del silencio —dijo Delacroix—. Cree que, si no explica la culpa pequeña, evitará la grande. Casi siempre consigue lo contrario.
Gaston lo miró.
—Ya me he dado cuenta.
Marceau empezó a caminar por el taller, irritado.
—Entonces alguien robó a Chavanel unos papeles antes de la muerte. Esos papeles pasaron por Clémence, por Gaston, desaparecieron durante el caos y ahora no sabemos dónde están.
—Sí —dijo Delacroix.
—Fantástico.
—Mucho.
—No use ese tono.
—¿Cuál?
—Ese tono de hombre al que le acaban de regalar un rompecabezas.
Delacroix no respondió.
Porque, en cierto modo, era verdad.
El caso se había dividido en dos movimientos. Uno visible: el carrusel manipulado, el caballo convertido en arma, la muerte exacta durante la segunda vuelta. Otro subterráneo: los papeles de Madeleine, el chantaje moral, la cartera robada, el trapo verde, la desaparición durante el caos.
Dos crímenes alrededor de la misma víctima.
Uno de sangre.
Otro de memoria.
La pregunta era si los había cometido la misma persona.
—¿Qué contenían exactamente esos papeles? —preguntó Delacroix.
Clémence negó con la cabeza.
—No pude leerlos todos.
—Lea de memoria los que sí vio.
—Una carta de Madeleine. La respuesta de Chavanel. Un recibo médico. Un documento de préstamo. Y una hoja pequeña, doblada, con una firma que no reconocí.
—¿Una firma de quién?
—No lo sé.
—¿Nombre?
—Solo vi el final. “...bert”. O “...bret”. Estaba mal iluminado y yo tenía prisa.
—¿Robert? ¿Gilbert? ¿Aubert?
—Podría ser.
Anatole se volvió por primera vez.
—Aubert.
Todos lo miraron.
Delacroix habló con cuidado:
—¿Quién era Aubert?
Anatole parecía haber envejecido hasta convertirse en una fotografía de sí mismo.
—El médico que atendió a Madeleine al principio.
Margot giró hacia él.
—¿El doctor Aubert?
—Sí.
—Creí que se había marchado de la ciudad.
—Se marchó.
—¿Por qué?
Anatole no contestó.
Clémence miró a Delacroix.
—Chavanel tenía una hoja con esa firma.
—¿Qué clase de hoja? —preguntó Marceau.
—No lo sé.
Delacroix miró a Anatole.
—Usted sí lo sospecha.
El viejo apoyó las manos sobre la mesa del taller. Las tenía temblorosas.
—Aubert dijo que Madeleine necesitaba trasladarse. Que había un tratamiento en otra ciudad. Caro. Difícil. Pero posible. Yo no tenía dinero. Pedí a Chavanel. Él aceptó el préstamo con condiciones. Después retrasó el desembolso.
Margot abrió los ojos.
—¿Retrasó?
Anatole no la miró.
—Dijo que faltaba una firma. Luego una tasación. Luego otro papel. Siempre algo.
—¿Y mamá?
—Madeleine empeoró.
—¿Murió por eso?
La pregunta no era médica. Era mucho peor.
Anatole no pudo responder.
Delacroix sintió que la pieza del caso se movía otra vez.
No era solo que Chavanel hubiera explotado una enfermedad.
Podía haber demorado deliberadamente la ayuda para que la deuda creciera o para que el carrusel quedara más cerca de sus manos.
Incluso si Madeleine habría muerto de todos modos, la sospecha bastaba para pudrir toda la historia.
—¿Chavanel tenía una carta del doctor Aubert? —preguntó Delacroix.
—Quizá —dijo Anatole—. Nunca pude demostrarlo. El doctor se marchó. Chavanel dijo que no había tratamiento posible, que todo eran fantasías de enfermo. Yo quise creerle porque no creerle era peor.
Margot retrocedió un paso.
—Padre...
Él la miró al fin.
—No quería darte otra muerte, Margot.
—Pues la guardaste para que me encontrara con ella esta noche.
La frase fue cruel porque era verdadera.
Anatole bajó la cabeza.
Clémence pareció a punto de intervenir, pero se contuvo.
Marceau, que no tenía familia en la conversación y por tanto podía permitirse ser útil, golpeó la libreta con la pluma.
—Entonces esos papeles podían probar que Chavanel retrasó o manipuló el préstamo para quedarse con el carrusel.
—Podían sugerirlo —corrigió Delacroix—. Probarlo dependería del contenido exacto.
—Y han desaparecido.
—Sí.
—Alguien no quiere que aparezcan.
—O alguien quiere leerlos antes de decidir qué hacer con ellos.
Marceau miró a todos los presentes.
—¿Quién tuvo ocasión de entrar en la caseta de tiro durante el caos?
Gaston respondió:
—Cualquiera que estuviera cerca.
—Nombres.
—El chico de los recados. Madame Séraphine pasó por delante. Clémence salió de su barraca. Margot corrió hacia el carrusel. Célestin también. Anatole estaba junto a la cabina. Había visitantes por todas partes.
—Eso no ayuda.
—La noche no fue diseñada para ayudarle.
Delacroix se acercó a la caja metálica que los agentes habían traído desde la caseta de tiro. El trapo verde oscuro seguía dentro, ya separado de las piezas. Lo miró de cerca.
—Madame Aubry, ¿este trapo envolvía la cartera?
—Sí.
—¿La ató?
—No. Solo la cubrí.
—¿La cartera era grande?
—Pequeña. Piel negra.
—¿Podía ocultarse bajo una chaqueta?
—Sí.
—¿Y los papeles?
—Cabían dentro. Justos, pero cabían.
Delacroix asintió.
Se volvió hacia Célestin.
—Cuando corrió hacia el carrusel tras el grito, ¿pasó junto a la caseta de tiro?
—No.
—¿Seguro?
—Vine desde el taller.
—Margot.
La joven levantó la mirada.
—Yo estaba junto al carrusel.
—No pasó por la caseta.
—No.
—Anatole.
El viejo negó despacio.
—No me moví de la cabina.
—Madame Aubry.
—Salí de mi barraca. No entré en la caseta de Gaston.
—Monsieur Verrier.
Gaston sostuvo su mirada con fastidio.
—Yo salí de mi caseta. Luego volví.
—¿La dejó sola?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Un minuto. Quizá dos.
—Suficiente.
—Para muchas cosas.
Delacroix caminó hasta la puerta del taller y la abrió.
Desde allí se veía una parte de la feria.
El carrusel en el centro. La caseta de tiro a la derecha.
La barraca de Clémence a la izquierda. El carromato de Madame Séraphine un poco más atrás.
Todo estaba cerca. Demasiado cerca. En una feria, las distancias engañaban porque la luz, la música y la gente convertían cinco pasos en un laberinto.
Durante el caos de la muerte, alguien pudo entrar en la caseta, abrir la caja, tomar la cartera y marcharse.
Pero tenía que saber que la cartera estaba allí.
Eso reducía el círculo.
Clémence.
Gaston.
Y quizá quien los hubiera visto.
—¿Quién vio a madame Aubry entregar la cartera a Gaston? —preguntó Delacroix.
Clémence y Gaston guardaron silencio.
—Esa es la pregunta —dijo Marceau.
Baptiste, que había estado callado junto a la puerta, levantó una mano con cierta timidez.
—Puede que el niño.
Todos lo miraron.
—¿Nicolas? —preguntó Delacroix.
—Antes, cuando hablé con él por la manzana. Dijo que había visto a “la señora de las plumas” pasar algo al “señor de los tiros”. Yo pensé que hablaba de una moneda o de una entrada.
Clémence cerró los ojos.
Gaston murmuró:
—Maldita sea.
Marceau abrió la puerta de golpe.
—Traigan al niño.
—No —dijo Delacroix.
El inspector se volvió.
—¿Ahora qué?
—No lo traigan todavía.
—¿Por qué?
—Porque si el niño vio eso, quizá vio también quién lo vio a él.
Marceau entendió.
No siempre ocurría de inmediato, así que Delacroix lo apreció en silencio.
—Si el asesino sabe que el niño ha visto demasiado...
—Exacto.
Margot se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Delacroix salió del taller.
La madre de Nicolas estaba junto a un puesto de dulces, abrazando a su hijo por los hombros. El niño parecía agotado, con la cara pálida y los dedos aún manchados de azúcar rojo. Un agente hablaba con ellos.
Durante un segundo, todo pareció normal.
Luego Delacroix vio la manzana.
No la original, sucia y perdida bajo la plataforma. Otra. Nueva. Roja, brillante, cubierta de caramelo. Nicolas la sostenía en la mano, pero no la había mordido.
Delacroix aceleró el paso.
—Nicolas.
El niño levantó la vista.
—Monsieur.
—No comas eso.
La madre lo miró, alarmada.
—¿Qué ocurre?
Delacroix tomó la manzana con el pañuelo.
—¿Quién te la dio?
Nicolas señaló hacia la feria, confundido.
—No sé. Un señor.
Marceau llegó detrás de Delacroix.
—¿Qué señor?
—No le vi bien. Dijo que era por la que se me había caído. Que los niños no tenían la culpa de que los adultos estropearan la noche.
La madre palideció.
Delacroix olió la manzana.
Azúcar. Caramelo. Y algo más, apenas perceptible, amargo.
No necesitaba saber si estaba envenenada.
Bastaba con que alguien hubiera querido que él se lo preguntara.
Marceau llamó a un agente.
—¡Cerrad todavía más el círculo! ¡Nadie se mueve solo!
Delacroix miró al niño.
—Nicolas, escúchame bien. ¿Ese señor habló como feriante o como visitante?
El pequeño tragó saliva.
—Como... como alguien que intenta hablar suave.
—¿Tenía guantes?
Nicolas pensó.
—Sí.
—¿De qué color?
—Oscuros.
Delacroix levantó la vista.
En aquella feria, media docena de personas llevaban guantes oscuros.
La noche acababa de cambiar otra vez.
Ya no se trataba solo de un muerto en el carrusel.
Alguien había entendido que el niño miraba demasiado.
Y había decidido, con una delicadeza monstruosa, regalarle una manzana.