Capítulo 9 — Los papeles de Madeleine
La frase de Clémence Aubry dejó la feria en silencio.
No un silencio completo, porque las ferias nunca se rinden del todo a la solemnidad.
Aún se oía la lluvia sobre las lonas, el resoplido de una mula bajo un carromato, el crujido de una madera mal asentada y, a lo lejos, el llanto cansado de un niño al que su madre intentaba convencer de que aquella noche no volvería a montar en nada, cosa que el niño consideraba una injusticia personal y no un homicidio.
Pero, alrededor del carrusel, todo quedó quieto.
—¿Papeles de Madeleine Bresson? —repitió Marceau.
Clémence Aubry no respondió enseguida.
Seguía bajo el toldo de su barraca, envuelta en un chal oscuro, con el rostro pálido y los labios rojos. Ya no parecía una cantante dueña de su escena. Parecía una mujer que acababa de descubrir que el escenario también podía hundirse bajo sus pies.
Anatole Bresson levantó la cabeza.
Margot lo miró a él, no a Clémence. En esa mirada había una pregunta vieja, de esas que los hijos formulan durante años sin atreverse a pronunciarlas, porque temen que la respuesta les cambie la forma de recordar a los muertos.
—¿Qué papeles? —preguntó Margot.
Su voz no tembló.
Eso la hizo peor.
Clémence apretó el chal sobre sus hombros.
—No quería decirlo así.
—Entonces dígalo mejor —respondió Margot.
Marceau hizo un gesto a los agentes para que nadie se acercara. Luego miró a Clémence.
—A mi barraca.
—No —dijo Delacroix.
El inspector se volvió hacia él.
—¿Perdón?
—Aquí no. Tampoco en su barraca.
—¿Y dónde propone celebrar esta pequeña función?
Delacroix miró el carrusel abierto, el caballo blanco destripado, el cadáver de Chavanel sobre la mesa del médico y los rostros de todos los que fingían no escuchar mientras inclinaban el cuerpo para no perder una palabra.
—En el taller.
Marceau siguió su mirada.
—¿Por qué?
—Porque ya huele a grasa, madera y mentiras. Una más no desentonará.
—Su sentido de la decoración criminal es agotador.
—Procuro que el entorno trabaje con nosotros.
Marceau gruñó, pero aceptó. Ordenó a Morel que permaneciera junto al cuerpo y al otro agente que vigilara el carrusel.
Célestin fue autorizado a caminar hasta el taller bajo custodia.
Anatole y Margot los siguieron. También Gaston Verrier, porque el trapo verde oscuro encontrado en su caja acababa de volverlo incómodo en una dirección nueva.
Clémence caminó detrás de todos, con la cabeza alta y el rostro tan cuidadosamente compuesto que casi daba pena.
Baptiste se acercó a Delacroix.
—¿Voy?
Delacroix miró el cesto de almendras que aún llevaba bajo el brazo.
—Si entra con eso, el taller adquirirá un aire de merienda judicial.
—Puedo dejarlo.
—Sería un gesto de madurez.
Baptiste miró el cesto con una tristeza breve y lo dejó sobre un barril, bajo un toldo.
—Si alguien lo roba, añada hurto a la investigación.
—Si alguien roba almendras junto a un cadáver, merece al menos una nota al pie.
Entraron en el taller de Célestin Roux.
La lámpara de petróleo seguía encendida, lanzando una luz amarillenta sobre herramientas, tornillos, virutas y piezas de carrusel. El lugar parecía más pequeño con tanta gente dentro. O quizá la verdad, cuando empezaba a aproximarse, tenía esa costumbre de quitar aire.
Marceau cerró la puerta.
—Bien —dijo—. Hable.
Clémence permaneció de pie junto a la mesa. No se sentó. La mujer que sabe que va a ser juzgada rara vez elige una silla sin calcular qué imagen deja al hacerlo.
—Chavanel tenía papeles de Madeleine Bresson —dijo—. Cartas, recibos, una nota de préstamo, quizá algo más. No lo sé todo.
Anatole dio un paso.
—¿Qué cartas?
Clémence lo miró.
Por primera vez, su rostro se quebró de verdad. No mucho. Lo justo para mostrar que su elegancia, como las barracas de la feria, tenía detrás tablas viejas y clavos torcidos.
—Cartas que ella le escribió cuando estaba enferma.
Margot se volvió hacia su padre.
—¿Mamá escribió a Chavanel?
Anatole abrió la boca.
No salió nada.
Eso fue respuesta suficiente.
Delacroix observó al viejo feriante. Había dolor en él, sí, pero también vergüenza. La vergüenza de los secretos familiares no nace siempre de haber hecho algo terrible. A veces basta con haber callado demasiado tiempo una humillación.
—Madeleine no quería que Anatole lo supiera —dijo Clémence.
—¿Por qué? —preguntó Margot.
—Porque él ya se estaba rompiendo —respondió Clémence—. Porque la enfermedad de ella, la deuda, la feria, Émile... todo le había caído encima. Madeleine escribió a Chavanel para pedirle más tiempo. Para pedirle que no ejecutara la deuda mientras ella siguiera viva.
Margot miró a Anatole.
—¿Lo sabías?
El viejo cerró los ojos.
—Después.
—¿Después de qué?
Anatole tragó saliva.
—Después de enterrarla.
La frase dejó un hueco pequeño en el taller.
Marceau, menos sensible a los huecos que a los documentos, insistió:
—¿Y Chavanel conservó esas cartas?
Clémence asintió.
—Las conservó como conservaba todo lo que podía servirle algún día.
—¿Para chantajear a Bresson?
—Para humillarlo. Hay hombres que ni siquiera necesitan obtener algo. Les basta con saber que pueden hacer daño.
Gaston Verrier, apoyado junto a la puerta, soltó un murmullo:
—Eso sí era Chavanel.
Marceau lo miró.
—Usted hable cuando le pregunten.
—Entonces pregunte mejor.
—No me tiente.
Delacroix intervino antes de que la conversación se desviara hacia otra demostración de testosterona mal administrada.
—Madame Aubry, ¿cómo acabaron esos papeles en su conocimiento?
Clémence bajó la mirada.
—Chavanel me los mostró.
—¿Cuándo?
—Hace años. Poco después de la muerte de Madeleine. Quería que yo entendiera algo.
—¿Qué?
—Que nadie era limpio cuando necesitaba sobrevivir.
Delacroix no respondió. La frase tenía la suciedad exacta de Chavanel. No era una idea; era una herramienta. Un modo de ensuciar a otros para sentirse menos podrido.
—¿Qué decían las cartas? —preguntó.
Clémence miró a Margot.
—No debería...
—Sí —dijo Margot—. Debería.
Anatole susurró:
—Margot, no.
Ella no apartó los ojos de Clémence.
—Toda mi vida ha estado construida alrededor de silencios que supuestamente me protegían. Mire qué bien han funcionado.
Clémence respiró hondo.
—Madeleine le pedía a Chavanel que no reclamara el carrusel. Le decía que Anatole no sobreviviría a perderlo después de Émile. Le prometía pagar de otro modo, con tiempo, con trabajo, con lo que fuera. También le rogaba que no le dijera nada a Anatole, porque él ya se culpaba de la muerte del niño.
Margot cerró los puños.
—¿Y él?
—Él le respondió.
Anatole levantó la cabeza.
—No.
Clémence cerró los ojos un instante.
—Sí.
—No lo diga.
—Padre —dijo Margot.
El viejo la miró con una súplica muda.
Delacroix sintió una punzada de compasión incómoda.
Hay momentos en una investigación en que la verdad se parece demasiado a una segunda muerte.
Pero el primer muerto seguía sobre una mesa, y el asesino seguía respirando en algún lugar de aquella feria.
La delicadeza, por noble que fuera, no podía convertirse en coartada.
—Debe decirlo —dijo Delacroix.
Anatole bajó la cabeza.
Clémence habló más bajo:
—Chavanel le escribió que no podía conceder más tiempo. Que los sentimientos no tenían valor legal. Que si Anatole amaba tanto el carrusel, debió haber aprendido a administrarlo mejor. Y añadió una frase sobre Émile.
Margot palideció.
—¿Qué frase?
Clémence parecía incapaz de mirarla.
—Dijo que la desgracia de un niño no convertía a un padre en buen deudor.
Anatole dio media vuelta y apoyó una mano contra la pared del taller. No lloró. Hay dolores que no salen por los ojos porque llevan demasiados años viviendo más abajo.
Margot se quedó inmóvil.
Durante unos segundos, nadie habló.
Ni siquiera Marceau.
El inspector miraba la libreta sin escribir. Quizá por respeto. Quizá porque algunas frases eran tan feas que copiarlas parecía darles una segunda vida.
Baptiste, junto a la puerta, murmuró:
—Qué hijo de...
—Baptiste —dijo Delacroix.
—No iba a terminar la frase.
—Lo sé. Por eso todavía confío en usted.
Gaston Verrier rompió el silencio con voz baja.
—Ahora pregúntele dónde están.
Marceau se volvió hacia él.
—¿Qué?
Gaston señaló a Clémence con la barbilla.
—Los papeles. Pregúntele dónde están.
Clémence le lanzó una mirada de advertencia.
Delacroix vio el gesto.
—Eso es interesante.
—Nada de esto lo es —dijo Clémence.
—Me temo que sí. Sobre todo cuando dos personas se esfuerzan tanto por no mirarse en el orden correcto.
Marceau se acercó a Gaston.
—¿Usted sabía lo de los papeles?
El exsoldado no respondió.
—Monsieur Verrier.
—Sabía que existían.
—¿Por ella?
Gaston miró a Clémence.
—Sí.
Marceau sonrió sin alegría.
—Y el trapo verde encontrado en su caja.
Clémence cerró los ojos.
—Era mío —dijo.
—Qué sorpresa tan educada —murmuró Delacroix.
Marceau se giró hacia ella.
—¿Por qué un trapo suyo estaba escondido en la caseta de tiro de Verrier junto a piezas metálicas?
—No estaba escondido.
—Estaba debajo del mostrador, al fondo, dentro de una caja cerrada.
—Eso, en una feria, no siempre cuenta como escondido. A veces solo significa que alguien ordenó un poco.
Marceau se acercó un paso.
—Madame Aubry.
Ella sostuvo su mirada.
—Se lo di a Gaston para envolver unos papeles.
—¿Qué papeles?
—Los de Madeleine.
La respuesta produjo un nuevo silencio.
Margot abrió los labios, pero no dijo nada.
Delacroix observó a Gaston.
—¿Usted tenía los papeles de Madeleine Bresson?
—Durante unas horas.
—¿Cuándo?
—Hoy.
Marceau alzó la voz.
—¿Hoy?
—Sí.
—Empiece a hablar antes de que decida que la celda es un buen sitio para ordenar ideas.
Gaston cruzó los brazos.
—Chavanel vino a verme antes de la función. Me recordó mi deuda. Me mostró el pagaré. Me dijo que, si no pagaba, compraría todo lo mío y luego lo vendería al peso. Después se rio de Bresson, del carrusel y de la familia.
—Eso ya lo sabíamos.
—No todo.
Gaston miró a Anatole.