Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 8 — El caballo abierto #2
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Capítulo 8 — El caballo abierto #2

—¿Puede activarse con el movimiento?

—Sí. Al subir el caballo, el muelle se comprime. En un punto concreto, libera la hoja hacia fuera. Luego la retrae al bajar.

—El clac del niño —dijo Delacroix.

—Sí.

—¿Durante la segunda vuelta?

—Si el mecanismo necesitaba asentarse en la primera, sí. O si se activaba solo cuando el peso estaba colocado de una manera precisa.

Marceau miró hacia el lugar donde había estado sentado Chavanel.

—El peso.

—El hombre debía sentarse exactamente ahí —dijo Célestin—. Y con la pierna en esa posición. Si montaba un niño, quizá no habría pasado nada. Si montaba alguien más bajo, quizá la hoja salía al aire. Si montaba una mujer con falda amplia, quizá se enganchaba en la tela. Pero Chavanel...

—Chavanel era perfecto para el mecanismo —terminó Delacroix.

El silencio que siguió fue espeso.

Baptiste, desde la mesa donde el médico examinaba el cuerpo, murmuró:

—Qué frase tan horrible.

—Sí —dijo Delacroix—. Y probablemente cierta.

El médico levantó la cabeza.

—Monsieur Delacroix.

Todos miraron hacia él.

—La herida coincide.

Delacroix bajó de la plataforma y se acercó. Marceau lo siguió. Chavanel yacía sobre la mesa, ya sin abrigo ni chaleco, cubierto de cintura para abajo con la manta. La camisa estaba abierta a un lado. La herida, limpia y estrecha, se veía bajo la luz de la lámpara.

—Entró de lado —dijo el médico—. Ligeramente hacia arriba. La hoja o punta atravesó entre las costillas. Muy precisa. No fue una puñalada manual común.

—¿Habría podido gritar? —preguntó Marceau.

—Tal vez. Pero si la herida fue rápida y la música estaba alta...

—No lo oyeron.

—O no pudo.

Delacroix observó el rostro del muerto.

Sin el abrigo y el bastón, Chavanel parecía menos poderoso.

La muerte tiene esa costumbre vulgar: desnuda a los hombres de importancia hasta dejarlos en carne, hueso y una serie de decisiones discutibles.

Sus guantes habían sido retirados. Las manos eran blandas, cuidadas, casi ofensivas en aquel lugar de dedos agrietados y uñas negras.

—¿Murió de inmediato? —preguntó.

—No en el mismo segundo. Pero muy rápido. Quizá tuvo unos instantes de conciencia.

Delacroix recordó la segunda vuelta: el brazo caído, la sonrisa convertida en resto, el bastón sobre los muslos.

Chavanel había sabido.

No todo, quizá. No el mecanismo, no el nombre de su asesino, no la ironía completa. Pero había sabido que algo entraba en él desde el caballo que acababa de tomar como burla.

Había muerto dentro de su propia humillación.

La idea no consoló a Delacroix. Le molestó que pudiera consolar a otros.

—Revise los bolsillos —dijo Marceau.

El médico hizo un gesto de cansancio.

—¿También soy ayuda de cámara?

—Esta noche todos estamos ampliando funciones.

Con cuidado, el doctor y un agente revisaron el abrigo, el chaleco y los pantalones de Chavanel.

Dejaron los objetos sobre una bandeja de madera: un reloj de bolsillo, un pañuelo de hilo, una llave pequeña, una pitillera de plata, varias monedas, una cartera de cuero, dos papeles doblados y un pequeño lápiz.

No había ficha de latón.

Delacroix lo notó.

Marceau también.

—La ficha —dijo el inspector.

—O las fichas —corrigió Delacroix.

—No tiene ninguna.

—Una se la dio a Madame Séraphine.

—Y la otra...

—Si había otra.

Marceau abrió la cartera. Dentro había billetes, tarjetas de visita y recibos. Los papeles doblados resultaron más interesantes.

El primero era una nota de deuda. El nombre de Gaston Verrier aparecía escrito con claridad, junto a la cifra de ochocientos francos y una fecha próxima. Marceau alzó las cejas.

—Nuestro tirador no exageraba.

—No —dijo Delacroix—. Eso resulta casi decepcionante.

El segundo papel estaba más gastado, como si Chavanel lo hubiera leído varias veces. Marceau lo desplegó.

Era una copia de un acuerdo de embargo relativo a bienes de la Gran Feria Ambulante Bresson. Enumeraba barracas, carromatos, permisos, equipos, el carrusel y, en una línea subrayada con lápiz, una mención concreta:

Caballo tallado blanco, silla roja, valor estimado superior por antigüedad y estado ornamental.

Anatole, que se había acercado sin que nadie lo llamara, vio la línea.

Su rostro se cerró.

—Incluso lo había separado en el papel —dijo Margot desde atrás.

Delacroix no sabía cuándo había llegado junto a ellos. La joven miraba el documento con una calma que resultaba más inquietante que el llanto.

Marceau dobló el papel.

—Esto da motivo a todos los Bresson.

—No necesitábamos otro —dijo Delacroix—. Pero los motivos, como los parientes, suelen presentarse aunque no se les invite.

Margot miró el cuerpo de Chavanel.

—Quería venderlo aparte.

—Eso parece.

—Como si Émile también pudiera valorarse en una línea.

Anatole susurró:

—Margot.

Ella no le hizo caso.

—¿Sabe qué es lo peor, monsieur Delacroix? Que habría encontrado comprador. Siempre hay alguien dispuesto a comprar un dolor ajeno si queda bonito en un jardín.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Sí.

No añadió nada. Algunas frases no necesitaban adorno; ya llevaban dentro bastante veneno.

Marceau guardó los papeles.

—Esto complica la situación de su familia, mademoiselle.

—La situación de mi familia se complicó bastante antes de que usted aprendiera a escribir informes.

—Y, sin embargo, esta noche hay un muerto.

—Sí. Y parece que eso por fin obliga a todo el mundo a mirar.

Célestin bajó del carrusel con el mecanismo homicida envuelto en un trapo. Lo dejó sobre otra mesa, bajo la luz. Delacroix se acercó.

La pieza era más rudimentaria de lo que parecía a distancia.

Un muelle, un eje pequeño, una guía y la hoja estrecha.

Pero había algo en el acabado que no cuadraba.

Algunas partes estaban trabajadas con precisión; otras, limadas deprisa.

No era una obra improvisada por completo.

Tampoco era el trabajo perfecto de un mecánico orgulloso.

—¿Cuánto tiempo se tarda en fabricar esto? —preguntó Delacroix.

Célestin miró la pieza sin tocarla.

—Una tarde si se tienen materiales y se sabe qué se quiere. Menos si ya se tenía algo preparado.

—¿Podría hacerse en su taller?

—Sí.

—¿Hay materiales?

—En mi taller hay materiales para reparar un carrusel, no para asesinar a un hombre. Aunque supongo que esta noche la diferencia se ha vuelto delicada.

Marceau señaló la hoja.

—¿Reconoce el metal?

Célestin se inclinó.

—No es de mis piezas habituales.

—¿Está seguro?

—Sí. Es más fino. Más duro.

—¿De dónde podría salir?

—De una hoja de cuchillo, una varilla de mecanismo pequeño, un resorte de arma, una navaja modificada...

—¿Una caseta de tiro? —preguntó Marceau.

Célestin miró hacia Gaston Verrier.

—Quizá.

Gaston, que seguía bajo su toldo, había dejado de fumar. No hacía falta estar cerca para notar que escuchaba.

Delacroix tomó la lámpara y acercó la luz al mecanismo. En una de las uniones había algo adherido: una fibra minúscula, oscura. No era madera. No era grasa. Parecía hilo o lana.

—Inspector.

Marceau se inclinó.

—¿Qué es?

—Una fibra.

—¿De ropa?

—Quizá. O de un paño usado para montar la pieza.

—¿Color?

—Negro. O verde muy oscuro. Con esta luz, la noche decide por nosotros.

Marceau llamó a Morel para que envolviera la pieza con cuidado.

—Ahora todos los que lleven ropa oscura serán sospechosos. En una noche de lluvia. En Francia. Excelente.

—Nadie prometió originalidad textil.

Delacroix miró alrededor.

Clémence Aubry llevaba vestido verde oscuro.

Madame Séraphine, telas violetas y negras.

Margot, chaqueta oscura.

Gaston, abrigo casi negro.

Célestin, ropa de trabajo manchada.

Anatole, terciopelo verde gastado.

La fibra no señalaba a nadie. Precisamente por eso interesaba. Las buenas pistas no siempre apuntan; a veces eliminan excusas.

Marceau se acercó a Gaston Verrier.

—Usted. Aquí.

Gaston abandonó la caseta de tiro con lentitud.

—¿Ahora qué he hecho?

—Todavía nada nuevo. Pero no pierda la esperanza.

Lo llevaron junto a la mesa donde estaba el mecanismo. Gaston miró la pieza sin tocarla. Su rostro no cambió demasiado, pero sus ojos se estrecharon.

—¿Reconoce algo? —preguntó Delacroix.

—No.

—Mire mejor.

—Mirar mejor no fabrica recuerdos.

—A veces los despierta.

Gaston se inclinó apenas. La luz de la lámpara tocó la cicatriz de su mejilla.

—El muelle es bueno.

—¿De arma?

—Podría ser. También de reloj grande, trampa, cerradura, juguete mecánico... No soy relojero.

—Pero reconoce muelles.

—Reconozco demasiadas cosas que saltan cuando uno no quiere.

Marceau cruzó los brazos.

—¿Pudo salir de su caseta?

—No.

—¿Seguro?

—Mis escopetas son basura de feria. Mis mecanismos no valen para esto.

—¿Y su revólver?

Gaston lo miró con frialdad.

—Si hubiese querido usar mi revólver para matar a Chavanel, no lo habría desmontado para esconderlo en un caballo. Lo habría usado para lo que sirve.

—Matar de forma menos imaginativa.

—Matar de forma menos cobarde.

La frase quedó ahí.

Delacroix miró a Gaston con atención.

—¿Le molesta la cobardía del método?

—Me molesta la cobardía en general.

—Curioso, para un hombre que se gana la vida dejando que otros disparen a objetos que no pueden defenderse.

Gaston sostuvo su mirada.

—Los patos de madera no embargan ferias.

—Touché.

Marceau hizo revisar la caseta de tiro. Dos agentes comenzaron a inspeccionar armas, cajas, estantes y premios con la delicadeza de búfalos educados por un notario. Gaston los observó como si cada movimiento les restara años de vida en su imaginación.

Mientras tanto, Delacroix volvió al carrusel.

Célestin seguía cerca del caballo abierto, mirando el interior con una mezcla de fascinación y asco. Margot estaba junto a Anatole, pero ya no le sostenía el brazo. La distancia entre padre e hija parecía haber crecido unos centímetros invisibles.

—Monsieur Roux —dijo Delacroix—, cuando encontró la primera pieza, la que podía provocar una caída, ¿estaba en este mismo lugar?

—No.

—¿Dónde?

Célestin señaló la parte inferior del mecanismo de subida.

—Abajo. En la guía.

—Entonces eran dos intervenciones distintas.

—Sí.

—Una para alterar el movimiento del caballo. Otra para herir al jinete.

—Sí.

—¿Podía una misma persona hacer ambas cosas?

—Sí.

—¿Pero por qué?

Célestin se quedó callado.

Delacroix respondió por él:

—Para que, si alguien encontraba una, no buscara la otra.

El mecánico levantó la vista.

—O para que yo la encontrara.

—Explíquese.

—La primera pieza estaba mal puesta. No era torpe, pero sí visible para alguien que revisara el carrusel. Como si quisieran que yo la viera.

Marceau regresó de la caseta de tiro justo a tiempo para oírlo.

—¿Otra prueba falsa?

—No —dijo Delacroix—. Un cebo.

—¿Para qué?

—Para obligar a Célestin a tocar el caballo. A retirar algo. A ocultarlo por miedo a Anatole o a Margot. A mancharse antes del crimen.

El inspector miró a Célestin.

—Y usted obedeció maravillosamente.

—No sabía que obedecía.

—Casi nadie lo sabe hasta que es tarde —dijo Delacroix.

Célestin palideció.

Margot dio un paso hacia él.

—Entonces alguien quiso culparlo desde el principio.

—Quizá —respondió Delacroix.

—¿Quizá?

—El asesino quiso que Célestin pareciera culpable. Eso no significa que Célestin sea inocente de todo.

El mecánico lo miró con rabia.

—No maté a Chavanel.

—Empiezo a creerlo.

Marceau se volvió hacia Delacroix.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Qué alivio. Podemos liberar al hombre cubierto de contradicciones porque empieza a creerle.

—No he dicho que lo libere. He dicho que lo escuche.

—Lo he escuchado. Miente con frecuencia.

—Por eso sigue siendo útil.

El inspector respiró hondo.

—Me va a matar antes que el asesino.

—Sería un giro vulgar. No se lo recomiendo.

Uno de los agentes salió de la caseta de tiro con una caja metálica.

—Inspector.

Gaston se tensó.

Marceau se acercó.

—¿Qué es?

—Estaba debajo del mostrador, al fondo.

Gaston dio un paso.

—Eso no es suyo.

—¿Perdón? —dijo Marceau.

—Quiero decir que no es nada.

—La gente inocente debería dejar de corregirse a mitad de frase. Facilitaría mucho el trabajo.

El agente abrió la caja.

Dentro había piezas pequeñas de metal, resortes, tornillos, arandelas y una navaja de hoja rota. También un trozo de tela verde oscuro manchado de grasa.

Marceau miró a Gaston.

—¿No era nada?

Gaston apretó la mandíbula.

—Son restos. Cosas que recojo. Para reparar las escopetas.

Delacroix tomó la lámpara y acercó la luz al trozo de tela.

Verde oscuro.

Muy parecido, quizá demasiado parecido, a la fibra encontrada en el mecanismo.

Clémence Aubry, desde su barraca, se llevó una mano al cuello.

Delacroix la vio.

Y vio también que Gaston no miraba la tela.

Miraba a Clémence.

Marceau sonrió sin alegría.

—Monsieur Verrier, parece que vuelve usted a interesarnos.

Gaston no respondió.

Delacroix observó la caja. Las piezas eran variadas, gastadas, comunes. El trapo verde, sin embargo, estaba doblado de una forma peculiar, como si hubiera envuelto algo alargado.

—¿Ese trapo es suyo? —preguntó.

Gaston tardó demasiado.

—Sí.

—No le he preguntado si estaba en su caseta. Le he preguntado si es suyo.

El exsoldado miró a Clémence.

Ella negó apenas con la cabeza.

Un gesto mínimo.

Suficiente para condenar media mentira.

—No —dijo Gaston al fin—. No es mío.

Marceau dio un paso hacia él.

—Entonces ¿de quién?

Gaston cerró la boca.

Delacroix miró a Clémence.

La cantante, bajo el toldo, parecía haber perdido por primera vez el control exacto de su rostro.

—Madame Aubry —dijo Delacroix.

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

—Creo que ahora sí conviene que hablemos de lo que Chavanel guardaba de usted.

Clémence no se movió.

La feria entera pareció esperar su respuesta.

El carrusel abierto, el cadáver sobre la mesa, el caballo blanco destripado y la lluvia fina componían un escenario demasiado cruel para una mujer acostumbrada a elegir la luz.

Al fin, Clémence Aubry dijo:

—No eran cartas.

Delacroix sostuvo su mirada.

—¿Entonces qué eran?

La cantante bajó los ojos.

—Eran papeles de Madeleine Bresson.