Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 8 — El caballo abierto
35%

Capítulo 8 — El caballo abierto

Bajar a Octave Chavanel del caballo blanco resultó más difícil de lo que debería haber sido.

No por el peso del muerto, aunque la muerte siempre añade a los cuerpos una gravedad moral que no figura en los manuales médicos. Tampoco por la postura, incómoda pero manejable. Lo difícil fue hacerlo bajo la mirada de todos.

La feria entera observaba.

Los visitantes, agrupados junto a la verja y bajo los toldos, miraban con esa mezcla de horror y fascinación que las personas suelen llamar respeto para no tener que avergonzarse de ella.

Los feriantes guardaban silencio. Anatole Bresson parecía incapaz de apartar los ojos del caballo.

Margot estaba junto a él, rígida. Célestin Roux permanecía entre dos agentes, con el rostro manchado de grasa y una expresión cada vez más parecida a la de un hombre que ve arder su propia casa desde dentro.

El médico subió a la plataforma con la solemnidad de quien acaba de obtener permiso para realizar su trabajo después de haberlo reclamado durante media vida.

—Al fin —murmuró.

—Procure no disfrutarlo demasiado —dijo Delacroix—. El muerto podría sentirse usado.

—Monsieur, llevo veinte minutos viendo a un cadáver montado en una atracción infantil. A estas alturas, mi respeto por la situación se encuentra gravemente lesionado.

Marceau hizo una señal a sus agentes.

—Con cuidado. Que no caiga, no se manche más y no se lleve medio caballo encima.

—Eso último me preocupa menos —dijo el médico—. El caballo parece más sano que el paciente.

Entre el doctor, dos agentes y Baptiste, consiguieron sostener el cuerpo por los hombros y las piernas.

Chavanel cedió de golpe al separarlo de la barra, como si la muerte hubiera estado fingiendo rigidez solo para incomodar.

La manta resbaló y dejó ver durante un instante el rostro pálido, los ojos abiertos, la boca entreabierta en una expresión de sorpresa irritada.

Una mujer gritó desde abajo.

Otra se santiguó.

Gaston Verrier, desde la caseta de tiro, no se movió.

Clémence Aubry apartó la mirada demasiado tarde.

Madame Séraphine permaneció bajo el alero de su carromato violeta, quieta, con las manos juntas. No parecía rezar. Parecía contar algo.

Delacroix siguió el movimiento del cuerpo con atención.

Cuando lo separaron de la silla, la herida quedó visible por un instante bajo la tela del chaleco. Una abertura estrecha, precisa, manchada de sangre oscura. No había desgarro grande. No había violencia aparente. El tipo de herida que casi pedía disculpas por ser mortal.

El cuerpo fue tendido sobre una mesa improvisada junto a la barraca más cercana, protegido por un toldo. El médico se inclinó de inmediato sobre él.

—Necesito luz —ordenó.

Baptiste tomó una lámpara y la sostuvo con ambas manos.

—Si me desmayo, avisen con delicadeza.

—Si se desmaya, procure no caer sobre el cadáver —respondió el médico—. Ya tengo trabajo suficiente.

Delacroix se quedó unos segundos junto al caballo blanco.

Ahora que Chavanel había sido retirado, la silla escarlata mostraba mejor su secreto.

Había sangre en un punto lateral, poca pero clara.

Una línea descendía hacia una moldura dorada y allí se detenía.

La abertura descubierta en el costado del caballo parecía más visible, quizá porque ya no la ocultaba el abrigo.

Seguía siendo pequeña, fina, casi elegante.

Marceau se situó a su lado.

—No me gusta nada.

—Eso empieza a convertirse en su aportación principal al caso.

—Es una aportación honrada.

—No lo niego.

El inspector se inclinó hacia la abertura.

—¿Puede salir una hoja de ahí?

Célestin, que los oyó desde abajo, respondió antes que Delacroix:

—Sí.

Marceau se volvió.

—No le he preguntado.

—Pero lo sabe menos que yo.

—Suba.

El agente Morel soltó a Célestin solo lo justo para permitirle subir a la plataforma. El mecánico avanzó hacia el caballo blanco con una mezcla de miedo y rabia. Se arrodilló junto al costado, miró la abertura y pasó la mano cerca de la madera sin tocarla.

—Está cortado desde fuera —dijo.

Delacroix se inclinó.

—¿Seguro?

—Mire la pintura. Se astilló hacia dentro. Si se hubiera abierto desde el mecanismo, el borde sería distinto.

Marceau gruñó.

—Traducido.

—Alguien abrió una ranura en el caballo después de pintado. Con cuidado, pero con prisa.

—¿Cuánto se tarda?

—Depende de la herramienta.

—Y de la mano.

Célestin miró a Delacroix.

—Sí.

—¿Podría hacerlo Anatole?

El mecánico no respondió enseguida.

Abajo, Margot apretó los labios.

—Sí —dijo Célestin al fin—. Podría.

—¿Margot?

—También.

—¿Usted?

Célestin soltó una risa amarga.

—Si digo que no, mentiría. Si digo que sí, me cuelgan antes del desayuno.

—En ese caso, pruebe con la verdad. Es menos segura, pero envejece mejor.

El mecánico bajó la mirada.

—Sí. Yo podría hacerlo.

Marceau tomó nota.

—Estamos rodeados de artesanos.

—Por eso el crimen es bueno —dijo Delacroix.

El inspector lo miró.

—No use esa palabra.

—Me refiero a la ejecución, no al alma.

—Me sigue molestando.

—Lo suponía.

Célestin señaló la ranura.

—Pero falta algo.

—¿Qué?

—La pieza que salió de ahí. Si hirió a Chavanel, tuvo que retraerse o quedarse dentro.

—¿Puede estar dentro del caballo?

—Sí.

—Ábralo.

Célestin miró hacia Anatole.

El viejo dueño del carrusel levantó la vista como si le hubieran pedido que entregara un hijo para diseccionarlo.

—No —dijo.

Fue una palabra baja, pero firme.

Marceau bajó de la plataforma con brusquedad.

—Monsieur Bresson, hay un hombre muerto.

—Lo sé.

—Entonces entenderá que su caballo de madera no tiene prioridad sentimental.

Anatole no miró al inspector. Miraba a Delacroix.

—No lo abra.

Margot se acercó a su padre.

—Padre.

—No.

—Hay que hacerlo.

—No sabes lo que dices.

—Sí lo sé.

—No.

La negativa del viejo no era la de un propietario defendiendo una atracción. Era más profunda, más infantil quizá. Un miedo viejo que había aprendido a parecer autoridad.

Delacroix bajó despacio.

—Monsieur Bresson.

Anatole se volvió hacia él.

—Ese caballo ya se abrió una vez.

La frase cayó con un peso extraño.

Margot cerró los ojos.

Célestin apartó la mirada.

Marceau olió sangre narrativa y se acercó.

—Explíquese.

Anatole tragó saliva. La lluvia le caía sobre el sombrero y le resbalaba por la barba blanca.

—Cuando murió Émile. Lo abrí yo mismo. Busqué el fallo. Lo busqué durante toda la noche. Desmonté la guía, las varillas, el brazo de subida. Busqué una rotura, una pieza floja, algo que me dijera que no había sido culpa mía.

Nadie habló.

El viejo miró el caballo blanco.

—No encontré nada.

Aquello era peor que una confesión. Era una condena sin juez.

—El mecanismo estaba bien —dijo Delacroix.

—Sí.

—Entonces usted se culpó.

Anatole soltó una risa leve, rota.

—¿Qué otra cosa podía hacer? Mi hijo se cayó de mi carrusel, de mi caballo, mientras yo manejaba la música.

Baptiste bajó un poco la lámpara junto al cadáver. Su rostro, bajo la luz, se había vuelto muy serio.

Marceau, incluso él, tuvo la decencia de suavizar la voz.

—Lo siento.

Anatole pareció no oírlo.

—Después lo cerré. Juré que no volvería a abrirlo. Lo repararía por fuera, lo pintaría, lo cuidaría, pero no volvería a mirar dentro. Hay cosas que un hombre no soporta ver dos veces.

Delacroix miró el caballo.

El blanco de la madera parecía distinto ahora. No más limpio. Más funerario.

—Esta noche alguien lo ha abierto por usted —dijo.

Anatole apretó los ojos.

—Lo sé.

—Y ha usado precisamente esa herida.

—Lo sé.

Delacroix no añadió nada. No hacía falta. A veces insistir era solo una forma de crueldad con buena dicción.

Marceau respiró hondo.

—Monsieur Roux, abra el caballo.

Anatole dio un paso, pero Margot le sujetó el brazo.

—Padre, basta.

Él la miró.

—Era de Émile.

—No. Era un caballo. Émile era Émile.

La frase la dejó temblando por dentro, aunque por fuera apenas se notó.

Delacroix vio en sus ojos el esfuerzo inmenso de separar a un muerto querido de una cosa de madera.

La familia Bresson llevaba años haciendo lo contrario: convirtiendo el caballo en altar, culpa y herencia.

Esa noche, alguien había aprovechado esa confusión.

Célestin pidió sus herramientas.

Marceau dudó.

—No se las voy a dar todas.

—Necesito destornillador, llave fina y tenaza pequeña. Si quisiera matar a alguien, inspector, con sus nervios me bastaría.

—Está usted perdiendo el miedo.

—No. Solo la paciencia.

Delacroix hizo un gesto a Marceau.

—Déjele trabajar. Lo vigilaremos.

El inspector accedió con evidente disgusto. Morel trajo las herramientas del taller, revisadas y entregadas una a una. Célestin subió a la plataforma y se arrodilló junto al costado del caballo blanco. Margot permaneció abajo. Anatole no miró.

La operación fue lenta.

No porque fuera complicada, sino porque cada tornillo parecía tener memoria. Célestin trabajaba con una delicadeza casi dolorosa. Retiró una moldura dorada, aflojó una placa lateral disimulada bajo la pintura, separó una pieza del vientre del caballo y dejó al descubierto el interior.

El público intentó acercarse.

—Atrás —ordenó Marceau.

—No ven nada desde ahí —añadió Baptiste.

—Precisamente por eso quieren acercarse —dijo Delacroix.

Dentro del caballo había madera, hierro, polvo viejo, grasa seca y varillas conectadas al eje de subida. También había algo nuevo.

Célestin se quedó inmóvil.

—¿Qué? —preguntó Marceau.

El mecánico no respondió. Metió la mano con cuidado y extrajo un pequeño mecanismo metálico compuesto por un muelle, una guía estrecha y una pieza afilada retraída hacia dentro. La sostuvo bajo la luz.

Era simple. Terriblemente simple.

No hermosa, no compleja, no ingeniosa en el sentido vanidoso. Solo eficaz.

Una lengua de metal estrecha, manchada de sangre en la punta.

Margot soltó un sonido ahogado.

Anatole se volvió al fin.

El viejo miró la pieza durante un segundo y después pareció quedarse sin cuerpo.

—Eso no pertenece al carrusel —dijo Célestin.

Marceau se acercó.