Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 7 — La llave que llegó tarde #2
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Capítulo 7 — La llave que llegó tarde #2

—Esto podría herir a alguien.

—Muchas cosas pueden herir a alguien —dijo Margot—. Una palabra, por ejemplo. Y no veo que arresten a medio mundo por hablar.

—No me tiente.

Delacroix tomó el trozo de tela blanca, sin tocar la pieza. Había una mancha tenue, amarillenta, cerca de uno de los bordes.

—¿Aceite?

—Creo que sí.

—No sangre.

—No.

—¿Célestin se la dio antes de que Chavanel subiera?

—Sí.

—¿Cuánto antes?

Margot respiró hondo.

—Unos minutos.

—¿Dónde?

—Detrás del carrusel.

—¿Qué le dijo?

—Que alguien había tocado el caballo blanco.

—¿Quién?

—No lo sabía.

—¿Y por qué no avisó a su padre?

Margot se quedó en silencio.

Marceau apoyó las manos sobre la mesa.

—Mademoiselle Bresson, una pieza extraña aparece en una atracción llena de público y ustedes deciden guardársela como si fuera un botón caído. ¿Comprende el problema?

—Comprendo muchos problemas, inspector. Ese no era el peor hace una hora.

—¿Cuál era el peor?

Margot levantó la barbilla.

—Que Chavanel estaba a punto de quitarnos la feria.

—Y ahora está muerto.

—Sí.

—Una solución cómoda.

La mano de Margot se movió antes que su prudencia. No llegó a abofetear al inspector porque Delacroix, que había previsto el gesto medio segundo antes, sujetó suavemente su muñeca.

No la apretó. Solo la detuvo.

Margot respiraba con fuerza.

Marceau no se movió, aunque sus ojos se endurecieron.

—No vuelva a hacerlo —dijo.

—Entonces no vuelva a hablar como si la muerte de ese hombre fuera una bendición.

—¿No lo es?

La pregunta fue demasiado directa.

Margot retiró la mano de la de Delacroix. Esta vez no respondió enseguida. Miró hacia la ventana del carromato. Desde allí se veía, deformado por la lluvia en el cristal, el techo del carrusel y un fragmento del caballo blanco.

—Hay hombres cuya muerte mejora el aire —dijo al fin—. Pero eso no significa que una quiera respirarlo.

Delacroix la observó con atención.

—¿Por qué ocultó la pieza?

—Porque sabía cómo parecería.

—¿Cómo?

—Como una prueba contra Célestin. O contra mi padre. O contra mí. En esta feria todo lo que se toca termina manchando a alguien.

—¿Y la llave?

—No sé nada de la llave.

—Pero alguien la puso después.

—Eso parece.

—Alguien que sabía que Célestin había tocado el caballo. Que sabía que la herramienta faltaba. Que sabía que nosotros iríamos al taller.

—Eso parece también.

—¿Quién lo sabía?

Margot no respondió.

Marceau dejó la lámina envuelta otra vez en la tela.

—Su padre.

Ella lo miró con una furia fría.

—Mi padre no plantó nada.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque no.

—Gran argumento.

—Porque mi padre no sería capaz de culpar a Célestin.

—¿Y de matar a Chavanel?

La pregunta quedó entre ellos como una cuerda tensada.

Margot bajó la mirada.

—No lo sé.

Delacroix notó que aquellas tres palabras le costaron más que cualquier defensa. La duda sobre un padre, cuando se dice en voz alta, tiene algo de traición infantil, aunque uno ya sea adulto y el padre haya envejecido mal.

—¿Qué cree usted que pasó? —preguntó él.

—Creo que alguien quiso hacer daño al carrusel.

—No a Chavanel.

—Al principio, no.

—¿Y después?

—Después Chavanel subió.

—Porque alguien lo provocó.

Margot cerró los ojos un instante.

—Sí.

—¿Fue usted?

—No.

—¿Oyó la frase?

—Sí.

—¿Reconoció la voz?

—No.

—¿Era de mujer?

—Sí.

—¿Podía ser Clémence?

—Podía.

—¿Madame Séraphine?

—No.

—Todos descartan a Madame Séraphine con mucha seguridad.

—Porque Séraphine no habría usado a Émile así.

—¿Y Clémence sí?

Margot abrió los ojos.

—Clémence ha sobrevivido usando lo que otros dejaron tirado. No la juzgo. Pero no confío en ella.

—¿Y usted? —preguntó Marceau—. ¿Habría usado a Émile así?

Margot se quedó muy quieta.

Delacroix miró al inspector. Marceau había sido bruto, pero no necesariamente torpe. A veces las preguntas indecentes eran las únicas capaces de encontrar una verdad decente.

—Émile era mi hermano —dijo Margot.

—No le he preguntado qué era. Le he preguntado si habría usado su nombre para provocar a Chavanel.

La joven tragó saliva.

—No.

—¿Aunque eso garantizara que Chavanel montara el caballo blanco?

—No.

—¿Aunque fuera la única forma de salvar el carrusel?

Margot miró a Delacroix.

No a Marceau.

Eso también importaba.

—No lo sé —dijo.

La respuesta, por primera vez, sonó completamente honrada.

Marceau guardó la pieza.

—Bien. Volvamos.

—No —dijo Delacroix.

El inspector se volvió.

—¿No?

Delacroix miraba la repisa de los libros.

—Un momento.

Se acercó al pequeño volumen de poemas. No lo tocó de inmediato.

Observó el polvo alrededor. Los otros libros tenían una capa fina; aquel, no.

Se usaba a menudo o se había movido recientemente.

Al lado había una fotografía vieja enmarcada: Anatole más joven, una mujer de rostro dulce, Margot niña y un pequeño de rizos claros sentado sobre un caballo de madera.

El caballo blanco.

Delacroix tomó la fotografía con cuidado.

—Émile.

Margot no respondió.

En la imagen, el niño sonreía con toda la violencia inocente de la infancia.

Tenía una mano levantada, como si saludara a alguien fuera del cuadro.

Anatole, detrás de él, sostenía la barra del caballo con expresión orgullosa.

Madeleine Bresson miraba al niño, no al fotógrafo.

Margot, quizá de seis o siete años, aparecía a un lado, seria y un poco celosa, como los niños que aún no saben si quieren proteger a sus hermanos menores o empujarlos suavemente al barro.

Delacroix dejó la fotografía en su sitio.

—La silla estaba fría —dijo.

Margot frunció el ceño.

—¿Qué?

—Cuando tocó el caballo blanco antes de la vuelta, dijo que la silla estaba fría.

—Sí.

—¿Tocó la silla o la crin?

—La crin.

—Entonces ¿cómo supo que la silla estaba fría?

Margot abrió la boca.

Luego la cerró.

Marceau la miró.

—Buena pregunta.

La joven se llevó una mano a la sien. No fingía. Parecía realmente sorprendida por su propia contradicción. Delacroix había visto mentirosos capaces de construir palacios sobre un detalle falso. Margot no estaba haciendo eso. Margot recordaba algo mal o recordaba algo que no quería recordar.

—La rocé —dijo al fin.

—¿Cuándo?

—No lo sé. Al pasar.

—Antes dijo que tocó la crin.

—También la silla. Quizá.

—¿Con qué mano?

Margot bajó la mirada a sus manos.

—Con la derecha.

—¿Estaba mojada?

—Todo estaba mojado.

—No todo. El carrusel está cubierto.

—La lluvia entraba de lado.

—Sí. Pero usted dijo fría, no húmeda.

Marceau observó a Delacroix.

—¿Qué está buscando?

—Una diferencia.

Margot respiró despacio.

—Estaba fría como metal.

La frase dejó quieto el carromato.

Delacroix no se movió.

—¿Está segura?

—Ahora sí.

—¿Metal en la silla?

—No sé. Fue un segundo. Me pareció extraño, pero luego apareció Chavanel y... todo lo demás.

Delacroix miró la pieza envuelta.

—La lámina.

—Esa lámina no estaba en la silla —dijo Margot—. Célestin la sacó de abajo.

—¿Lo vio sacarla?

—No.

—Entonces sabe lo que él le dijo.

Ella no respondió.

Marceau tomó la caja de costura.

—Nos llevamos esto.

Margot no protestó.

Al salir del carromato, la feria pareció recibirlos con una respiración contenida. Varias personas miraban desde debajo de los toldos. Célestin seguía custodiado. Al ver la caja en manos de Marceau, entendió de inmediato.

—Margot.

Ella bajó los escalones y fue hacia él.

—Ya está.

—¿Qué les has dicho?

—La verdad.

—¿Cuál?

La pregunta dolió.

Delacroix la oyó como se oyen las cosas que nadie quería decir delante de otros.

Margot se detuvo a medio metro de Célestin.

—La que tú no querías decir.

El mecánico cerró los ojos.

Marceau se acercó a él con la pieza envuelta.

—Explique esto de nuevo. Desde el principio. Sin adornos, sin silencios heroicos y, si es posible, sin convertir a media feria en idiota.

Célestin miró a Margot. Luego al carrusel. Luego a Anatole.

—Lo encontré al revisar el caballo blanco —dijo—. No era parte del mecanismo.

—¿Dónde exactamente?

—En la base del brazo de elevación. Cerca de la guía lateral.

—¿Podía matar?

—No así.

Delacroix levantó la mirada.

—¿Cómo que no así?

Célestin señaló el cadáver cubierto sobre el caballo.

—Si esa pieza hubiera seguido ahí, habría dañado el mecanismo. Quizá habría bloqueado la subida. Quizá habría hecho saltar la guía. Podía provocar una sacudida. Un accidente. Una caída.

Marceau frunció el ceño.

—¿Como la del niño?

La reacción de Célestin fue mínima, pero sincera.

—Sí.

Margot se volvió hacia él.

—¿Por qué no me lo dijiste así?

—Porque no quería...

—¿Qué?

—No quería que pensases en Émile.

Ella soltó una risa breve, rota.

—Estamos todos pensando en Émile desde antes de que yo aprendiera a escribir mi nombre.

Célestin bajó la vista.

Delacroix se acercó.

—Entonces la pieza que encontró no estaba destinada a apuñalar a Chavanel.

—No.

—Estaba destinada a provocar un fallo.

—Eso creo.

—Una caída.

—Sí.

—Pero Chavanel no cayó.

—No.

—Fue herido.

—Sí.

Marceau soltó un bufido.

—Maravilloso. Ahora tenemos un intento de accidente y un asesinato distinto en la misma atracción.

—O un plan que cambió —dijo Delacroix.

—¿Cambió cuándo?

—Cuando alguien retiró una pieza y dejó otra.

Célestin levantó la cabeza.

—Yo no dejé otra.

—No he dicho que usted lo hiciera.

—Pero lo piensa.

—Pienso muchas cosas. La mayoría no tienen todavía la cortesía de ser ciertas.

Delacroix subió a la plataforma del carrusel. Marceau lo siguió. El médico, sentado en un banco, se levantó con una indignación renovada.

—¿Ahora sí?

—Casi —dijo Delacroix.

—Voy a morir antes que mi paciente.

—Eso sería muy inconveniente. Nos obligaría a abrir otra investigación.

El médico no apreció la observación.

Delacroix se acercó al caballo blanco. La manta seguía cubriendo a Chavanel. Con cuidado, pidió al médico que levantara apenas el borde del abrigo, lo justo para observar la zona de la herida sin mover el cuerpo más de lo necesario.

El doctor obedeció murmurando algo sobre detectives, caballos y una profesión médica cada vez menos respetada.

La herida estaba en el costado izquierdo, un poco por debajo de las costillas. Pequeña. Limpia. Más estrecha de lo que Delacroix esperaba. No parecía hecha por una hoja ancha, ni por un disparo, ni por una caída. Era una entrada precisa, casi tímida, si la muerte pudiera permitirse timidez.

—Doctor —dijo Delacroix—, ¿dirección?

El médico se inclinó.

—Difícil sin moverlo. Pero diría que entra de lado, quizá ligeramente hacia arriba.

—¿Profundidad?

—Suficiente.

—Eso es poético, pero poco médico.

—Entonces deje que lo baje.

Delacroix miró la silla escarlata.

Pensó en lo que había dicho Margot.

Fría como metal.

Se inclinó junto al lado izquierdo del caballo, cerca de donde la pierna de Chavanel caía sobre la silla. Allí, bajo un adorno pintado de dorado, había una pequeña abertura que desde abajo parecía una grieta de la madera. Pero la madera no se agrietaba en líneas tan rectas.

Sacó el pañuelo y lo acercó sin tocar.

Una mota oscura marcaba el borde.

Marceau lo vio.

—¿Sangre?

—Quizá.

Célestin, desde abajo, dio un paso.

—Esa abertura no estaba.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Está seguro?

—Completamente. Esa parte la pinté hace dos semanas. No había abertura.

—Suba.

Marceau dudó, pero Delacroix hizo un gesto. El mecánico subió custodiado por Morel. Al ver el punto indicado, palideció.

—Han cortado la madera.

—¿Cuándo?

—Después de mi revisión.

—¿Puede hacerse rápido?

—Si se sabe dónde cortar, sí. Pero no con una llave inglesa.

—¿Con qué?

—Una lima fina. Un cuchillo de trabajo. Una sierra pequeña. Algo así.

—¿Y para qué abrir ahí?

Célestin miró la herida de Chavanel, luego la silla, luego el costado del caballo.

Su rostro cambió.

No por culpa.

Por comprensión.

—No fue desde abajo —dijo.

Marceau se acercó.

—¿Qué?

Célestin tragó saliva.

—La pieza que lo hirió no salió del mecanismo de subida. Salió del lateral del caballo.

Delacroix no sonrió. No era momento para celebrar una idea que había costado una vida.

—Una hoja oculta en el adorno.

—O un punzón. Algo estrecho.

—Activado por el movimiento.

Célestin asintió lentamente.

—Al subir el caballo. O al bajar. Depende de cómo lo montaran.

—El niño oyó un clac durante la segunda vuelta —dijo Delacroix.

—Entonces ahí.

Marceau miró la abertura diminuta.

—¿Quién podría construir algo así?

El silencio contestó antes que nadie.

Célestin cerró los ojos.

—Yo.

Margot subió un escalón.

—No.

El mecánico abrió los ojos y la miró.

—Yo podría construirlo —dijo—. Eso no significa que lo hiciera.

Delacroix observó de nuevo la abertura.

Una pieza falsa para provocar un accidente como el de Émile. Luego una pieza verdadera para matar de forma precisa. Una herramienta plantada. Una llave que llegó tarde. Una ficha en manos del muerto. Una frase que lo empujó al caballo. Una silla fría como metal.

El crimen ya no era un solo acto.

Era una corrección.

Alguien había preparado una mentira y otra persona la había transformado en muerte. O el mismo asesino había sembrado dos historias para que se pelearan entre sí.

—Inspector —dijo Delacroix—, ahora sí pueden bajar el cuerpo.

El médico alzó los brazos.

—Aleluya.

—Con cuidado —añadió Delacroix—. Y revise si la herida corresponde a una pieza estrecha, lateral, no a una puñalada manual.

—¿Algo más? ¿Quiere que le pregunte al difunto por el nombre de su asesino?

—Si responde, avíseme antes que al juez.

Marceau se quedó mirando el caballo blanco.

—Así que el carrusel fue preparado dos veces.

—Eso parece.

—Una para hacer caer. Otra para matar.

—Quizá.

—¿Y eso qué significa?

Delacroix miró la abertura pequeña, casi invisible, abierta en la madera blanca.

—Significa que el asesino no solo necesitaba que Chavanel montara.

—¿Qué más necesitaba?

—Necesitaba que todos creyéramos que el crimen venía de una herida antigua.

Bajó la vista hacia Anatole Bresson, que seguía inmóvil junto a la plataforma.

—Y cuando un asesino se toma tantas molestias para señalar el pasado, conviene preguntarse qué está intentando esconder en el presente.