Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 7 — La llave que llegó tarde
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Capítulo 7 — La llave que llegó tarde

Una prueba falsa tiene una virtud que rara vez se le reconoce: es sincera en su cobardía.

Delacroix lo había comprobado muchas veces.

El culpable que plantaba un objeto, escondía una carta en el cajón equivocado o dejaba una mancha de sangre donde resultaba demasiado conveniente estaba cometiendo dos crímenes a la vez.

El primero, contra la víctima. El segundo, contra la inteligencia de quienes debían encontrarlo.

Lo primero podía explicarse por odio, necesidad, miedo, codicia o esas pasiones menores que los hombres visten de destino para no admitir que han cedido a un impulso bastante pobre.

Lo segundo, en cambio, revelaba algo más íntimo: la vanidad del asesino.

La esperanza de que los demás fueran lo bastante torpes como para obedecerle.

Delacroix contempló la llave inglesa envuelta en el pañuelo del inspector Marceau.

La herramienta parecía pequeña ahora que todos la miraban. Antes, al ser encontrada bajo la plataforma, había adquirido un aire solemne, casi acusador. Pero en la mano del inspector no era más que un trozo de metal manchado de grasa, barro y quizá sangre. Una cosa vulgar. Una mentira con mango.

—No me gusta —dijo Marceau.

—Eso habla bien de usted.

—No se acostumbre.

El inspector guardó la llave en una bolsa de tela que uno de sus agentes había traído de mala gana, quizá convencido de que la policía de Saint-Aubin no se había preparado para pasar la noche embolsando herramientas bajo carruseles homicidas.

Célestin Roux seguía entre los dos agentes, ya no tanto detenido como suspendido en una desgracia provisional.

Margot Bresson permanecía cerca de él, aunque sin tocarlo.

Esa distancia era interesante. No se separaba lo suficiente para negar el vínculo, pero tampoco se acercaba lo bastante para convertirlo en una declaración pública.

Anatole, a unos pasos, parecía haber envejecido otro año por cada pregunta.

—Si la llave fue puesta después —dijo Marceau—, alguien quiere culpar a Roux.

—O quiere que pensemos que alguien quiere culpar a Roux.

El inspector lo miró.

—No empiece.

—No he empezado. Solo he abierto una ventana.

—En esta feria ya hay demasiadas corrientes.

Baptiste se acercó con el ceño fruncido, el cesto de almendras bajo un brazo y la expresión de quien ha comprendido que ni siquiera el azúcar puede salvar una noche del todo.

—El niño dice la verdad.

Marceau se volvió hacia él.

—¿Ahora también interroga niños?

—No. Pero los niños me hablan. Supongo que me consideran menos amenazante que ustedes.

—Eso no es difícil.

—Nicolas insistió en que la llave no estaba cuando se le cayó la manzana. Y su madre lo confirma a medias.

Delacroix levantó la mirada.

—¿A medias?

—Confirma que la manzana cayó debajo de la plataforma. Confirma que Nicolas miró. No confirma lo que vio, porque estaba demasiado ocupada intentando que su hijo no se metiera entre las patas de un muerto.

—Una prioridad razonable —dijo Marceau.

Delacroix se agachó junto a la plataforma, cerca del punto donde la llave había sido encontrada.

La madera inferior estaba húmeda. Había barro reciente en el borde, pero también una pequeña raspadura limpia en uno de los travesaños.

Alguien había metido la mano allí con prisa o con poca luz.

Quizá ambas cosas. Las prisas y la oscuridad se entendían muy bien en los crímenes.

—¿Cuánto tiempo pasó entre la muerte y el hallazgo de la llave? —preguntó.

Marceau miró a sus agentes.

Morel, el de nariz torcida, contestó:

—No sabría decirlo, señor. Diez minutos, quizá quince.

—Menos —dijo Baptiste—. El niño perdió la manzana justo después del grito de mademoiselle Bresson. Luego usted cerró la feria, llegó el médico, fuimos al taller de Roux, hablamos con la cantante, con la adivina, con Verrier...

—Eso son más de quince minutos —dijo Marceau.

—Se me ha hecho una vida entera.

Delacroix siguió mirando la madera.

—El asesino tuvo tiempo. Pero no mucho.

—Pudo hacerlo cualquiera que se acercara después —dijo Marceau.

—No cualquiera. Alguien que supiera que esa llave faltaba del taller.

Célestin levantó la cabeza.

—No faltaba.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿No?

—No cuando revisé el taller antes de abrir. Estaba colgada.

—Y después desapareció.

—Sí.

—¿Cuándo lo notó?

El mecánico apretó los labios.

—Después de la revisión del caballo.

—¿Antes de la muerte?

—Sí.

—¿Y no lo dijo?

Marceau soltó una risa seca.

—Empieza a ser un artista del silencio, Roux.

Célestin lo ignoró. Miraba a Delacroix, no al inspector. Era una elección comprensible. Marceau quería respuestas. Delacroix quería grietas. Lo segundo asustaba más.

—Pensé que la había dejado en otra parte —dijo el mecánico—. Cuando uno trabaja deprisa...

—¿Por qué trabajaba deprisa?

—Porque la feria iba a abrir.

—No. Esa es la razón general. Yo le pregunto por la prisa concreta.

Célestin respiró hondo.

Margot dio un paso.

—No tiene por qué responder.

Marceau la miró.

—Mademoiselle, esta noche todo el mundo tiene por qué responder. Es lo único democrático que nos queda.

Célestin bajó la vista hacia sus manos.

—Porque el caballo blanco estaba mal.

—Ya lo dijo —respondió Delacroix—. Ahora dígalo mejor.

El mecánico apretó los dedos hasta que los nudillos se le marcaron bajo la grasa.

—El mecanismo de subida tenía una resistencia. No una holgura. Una resistencia. Como si algo rozara por dentro. Abrí la carcasa inferior y encontré una pieza que no debía estar allí.

—¿Qué clase de pieza?

—Una lámina metálica. Estrecha. Encajada cerca del brazo de elevación.

Marceau se acercó.

—¿Un arma?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Sé reparar carruseles, inspector. No catalogar instrumentos de asesinato.

Delacroix habló con suavidad.

—¿La conserva?

Célestin no respondió.

Margot cerró los ojos.

Y esa fue respuesta suficiente.

—¿Dónde está? —preguntó Marceau.

—La tiré.

—Miente.

—Sí —dijo Delacroix.

Célestin lo miró con rabia.

—No sabe nada.

—Sé que no se tira una pieza extraña encontrada en el caballo más importante del carrusel la misma tarde en que el hombre que amenaza con comprarlo todo aparece muerto sobre ese caballo. Sobre todo si uno ya está ocultando cosas por amor.

Margot se volvió hacia Delacroix.

—Déjele en paz.

—No puedo.

—No fue él.

—Entonces ayúdele a dejar de parecerlo.

La joven palideció un poco, más por furia que por miedo. Tenía los ojos claros de su padre, pero en ella la tristeza aún no había aprendido a inclinarse. Seguía de pie, dura, hermosa y peligrosa como una lámpara encendida demasiado cerca de una cortina.

—La pieza está en mi carromato —dijo.

Célestin giró hacia ella.

—Margot.

—Basta —dijo ella.

La palabra cayó seca, limpia. No parecía dirigida solo a Célestin. También a su padre, al inspector, a la feria y quizá a varios años de silencio.

Marceau se irguió.

—¿En su carromato?

—Sí.

—¿Por qué?

Margot sostuvo la mirada del inspector.

—Porque Célestin me la dio.

—¿Cuándo?

—Antes de la muerte.

—¿Por qué iba a darle a usted una pieza sospechosa encontrada en el carrusel?

—Porque mi padre no podía verla.

Anatole levantó la cabeza.

—Margot...

Ella no lo miró.

—No, padre.

Durante un instante, nadie habló.

La lluvia golpeaba las lonas con un ritmo bajo. El carrusel seguía detenido. Chavanel, aún montado bajo la manta, parecía presidir aquella confesión a medias con la paciencia insolente de los muertos recientes.

Delacroix observó a Anatole. El viejo no parecía sorprendido por la existencia de la pieza. Parecía herido por que alguien la mencionara en voz alta.

—Vayamos al carromato —dijo Marceau.

Margot dudó.

—Ahora.

—La acompaño —dijo Delacroix.

Marceau lo miró.

—Yo también.

—Naturalmente. No pensaba dejarle sin entretenimiento.

El inspector ordenó a un agente que vigilara a Célestin y a otro que permaneciera junto a Anatole. El viejo feriante aceptó la vigilancia como se aceptan las noticias que ya no tienen fuerza para indignar. Célestin, en cambio, intentó seguir a Margot, pero Morel le cortó el paso.

—Quieto.

—No va sola.

—Va con dos hombres muy pesados. Es casi peor.

Margot no se volvió.

Su carromato estaba detrás del carrusel, junto a una hilera de vehículos pintados en colores desvaídos.

A esa hora, sin música y sin público, aquella parte de la feria parecía el reverso de un decorado: cubos de agua, cuerdas enrolladas, ropa tendida bajo toldos, jaulas vacías, cajas con herramientas, botas embarradas, una muñeca rota junto a una rueda.

La alegría, vista por detrás, siempre resultaba más barata.

Margot abrió la puerta de su carromato con una llave que llevaba al cuello.

El interior era pequeño y ordenado. Una cama estrecha pegada a la pared, una mesa abatible, dos sillas, una estufa apagada, un espejo ovalado y una repisa con libros gastados.

Delacroix reparó en los títulos: una novela de aventuras, un manual de contabilidad, un cuaderno de música y un volumen viejo de poemas con las esquinas dobladas.

A veces las personas que parecían hechas solo de rabia conservaban rincones donde la rabia no sabía sentarse.

Margot entró primero. Tomó una caja de costura de debajo de la cama y la colocó sobre la mesa.

—Está ahí.

Marceau la abrió con el pañuelo.

Dentro había hilos, agujas, botones, un dedal, dos cintas azules y, envuelta en un trozo de tela blanca, una pieza metálica.

El inspector la desenvolvió.

Era una lámina estrecha, del largo aproximado de un dedo, con un extremo curvado y otro afilado de forma irregular.

No parecía un cuchillo. Tampoco una pieza normal de carrusel, al menos para ojos no expertos.

Tenía el aspecto desagradable de los objetos que no fueron fabricados para ser mirados, sino para hacer algo en silencio.

Delacroix se inclinó.

—¿Estaba así cuando la encontró? —preguntó.

Margot miró a Célestin, aunque Célestin no estaba allí.

—No la encontré yo.

—Usted sabe lo que quiero decir.

—Sí. Estaba así.

Marceau la examinó.