Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 6 — El hombre que vendía disparos #3
29%

Capítulo 6 — El hombre que vendía disparos #3

—El médico pregunta si ya puede bajar el cuerpo. Dice que, si le hacen esperar más, va a cobrar como escultor.

—Dígale que espere cinco minutos.

—También hay otra cosa.

El agente miró a Delacroix y luego a Marceau.

—Hemos encontrado algo bajo la plataforma del carrusel.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Una llave inglesa. Pequeña. Manchada de grasa.

Marceau giró la cabeza lentamente hacia Gaston, luego hacia Delacroix.

—La herramienta que faltaba en el taller de Roux.

Gaston sonrió de lado.

—Parece que el mecánico vuelve a estar de moda.

Delacroix no respondió.

Algo en aquella llave encontrada demasiado pronto, demasiado bien y justo cuando Gaston acababa de recuperar media inocencia, le resultó desagradablemente oportuno.

—Llévenos —dijo.

Caminaron de vuelta al carrusel. El barro se pegaba a las botas con una insistencia casi moral.

La feria seguía cerrada, pero la gente ya no protestaba con la misma fuerza.

El miedo había empezado a hacerse sitio entre ellos.

No miedo a la policía. Miedo a comprender que el asesino no era una sombra exterior, sino alguien que seguía allí, mojándose bajo los mismos toldos, respirando el mismo aire, quizá escuchando cada pregunta.

Al llegar al carrusel, Célestin Roux estaba de pie junto al taller, vigilado por un agente.

Margot hablaba con su padre a unos pasos de distancia.

Clémence Aubry observaba desde la puerta de su barraca.

Madame Séraphine se había quedado bajo el alero del carromato violeta, inmóvil como una estatua de feria que nadie se atrevía a comprar.

El agente Morel señaló debajo de la plataforma, cerca de la base del caballo blanco.

—Ahí, monsieur.

La llave inglesa descansaba entre dos travesaños, parcialmente oculta por barro y grasa. No estaba enterrada. No estaba perdida. Estaba puesta donde alguien podía encontrarla si se agachaba con suficiente intención.

Marceau se inclinó con un pañuelo y la recogió.

Célestin la vio.

Su rostro cambió.

No mucho. Pero sí lo bastante.

—Es mía —dijo.

Margot lo miró.

—Célestin.

—Es mía —repitió él—. Pero no la dejé ahí.

Marceau sostuvo la herramienta bajo la luz.

—Qué frase tan popular esta noche.

—La usé esta tarde y luego desapareció.

—¿No lo dijo antes?

—Creí que la había perdido en el taller.

—Y resulta que se perdió debajo del caballo de un muerto. Pasa todos los días.

Célestin dio un paso, pero el agente lo detuvo.

—Yo no he puesto eso ahí.

Delacroix observó la llave sin tocarla.

Había grasa. Barro. Y algo más en el borde metálico. Una marca oscura, seca. Podía ser sangre. Podía no serlo. La noche estaba llena de cosas que querían parecer sangre para adquirir importancia.

—Inspector —dijo Delacroix—, no la mezcle con las demás pruebas.

—No pensaba usarla para remover sopa.

—Le felicito por su templanza.

Marceau miró a Célestin.

—De momento, monsieur Roux, va usted a acompañar a mis agentes.

Margot se adelantó.

—No.

—Mademoiselle Bresson.

—No puede llevárselo. No ha hecho nada.

—Ha mentido, ocultado una pieza, tocado el caballo, perdido una herramienta que aparece bajo la plataforma y tiene sangre bajo una uña. Si eso es no hacer nada, confieso que temo mucho verle ocupado.

Célestin miró a Margot.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—Margot.

Ella lo miró con una furia dolorosa.

—No digas mi nombre como si eso arreglara algo.

Delacroix escuchó la frase con atención. Había amor, sí. Pero también había una grieta. Algo que ambos sabían y no estaban diciendo igual.

Anatole Bresson permanecía en silencio.

Demasiado en silencio.

Delacroix se acercó a él.

—Monsieur Bresson.

El viejo levantó la vista.

—Esa llave no estaba ahí antes.

No era una pregunta.

Anatole tardó un instante.

—No lo sé.

—Pero mira usted como si lo supiera.

Margot se volvió hacia su padre.

—¿Qué quiere decir?

Delacroix no apartó los ojos del viejo.

—Todavía nada.

Marceau dio la orden y dos agentes tomaron a Célestin por los brazos. El mecánico no se resistió. Eso lo hacía parecer más culpable o más cansado; a veces ambas cosas compartían el mismo abrigo.

Cuando pasaron junto al carrusel, el niño Nicolas apareció entre dos adultos y miró la herramienta con los ojos muy abiertos.

—Esa no estaba ahí —dijo.

Todos se volvieron hacia él.

La madre intentó llevárselo.

—Nicolas, calla.

Delacroix se inclinó.

—¿Qué has dicho?

El niño tragó saliva.

—Esa llave. Antes no estaba.

Marceau se acercó.

—¿Antes cuándo?

—Cuando el señor murió.

—¿Miraste debajo de la plataforma?

—Sí.

—¿Por qué?

Nicolas bajó la mirada, avergonzado.

—Porque se me cayó la manzana.

Baptiste miró la mano del niño. Ya no la tenía.

—¿Cuándo?

—Después de que gritaran. Mi madre me tiró del brazo y se me cayó. Rodó debajo. La vi. Estaba junto al palo grande.

—¿El travesaño? —preguntó Delacroix.

Nicolas asintió, aunque probablemente no sabía qué era un travesaño y prefería no admitirlo.

—¿Y la llave?

—No estaba.

Marceau se quedó mirando al niño.

—¿Estás seguro?

Nicolas se enfadó un poco, como solo pueden enfadarse los niños cuando los adultos insisten en obligarlos a demostrar que no son adornos bajos.

—Sí. Si hubiera estado, la habría visto. Mi manzana cayó ahí. La cogió ese señor.

Señaló a un feriante joven, que palideció al instante.

—¿Yo?

Delacroix miró al muchacho.

—Acérquese.

El joven obedeció con la cara de quien ya se arrepentía de haber nacido cerca de una feria.

—Nombre.

—Luc Martin, monsieur.

—¿Recogió la manzana del niño?

—Sí. Bueno, la iba a recoger. Pero estaba sucia. Se la di a su madre. Creo. No sé. Había gritos.

—¿Vio la llave?

Luc miró a Marceau, luego a Delacroix.

—No.

—¿Seguro?

—Había barro, señor. Y la manzana. Pero una llave... no. Creo que no.

—¿Cree?

—No la vi.

Delacroix asintió.

Marceau apretó la mandíbula.

—Entonces alguien puso la llave después de la muerte.

Célestin, sujeto por los agentes, levantó la cabeza.

—Se lo dije.

Margot cerró los ojos un segundo, como si aquella pequeña salvación le doliera más que la acusación.

Delacroix miró alrededor.

Todos estaban mirando la llave.

Eso era comprensible.

Él, en cambio, miró a quienes no la miraban.

Anatole Bresson miraba el caballo blanco.

Madame Séraphine miraba a Margot.

Clémence Aubry miraba a Gaston Verrier.

Y Gaston Verrier, desde la caseta de tiro, miraba a Delacroix con una expresión nueva.

No miedo.

Reconocimiento.

Como si acabara de entender que aquella noche no bastaría con parecer culpable para ocultar la culpa de otro.

Marceau guardó la llave con cuidado.

—Muy bien —dijo—. Ya tenemos una prueba plantada. Eso siempre anima una investigación.

—Mucho —respondió Delacroix.

—¿Por qué?

Delacroix volvió la vista hacia el caballo blanco.

—Porque cuando alguien empieza a colocar pruebas falsas, inspector, deja de hablarnos del muerto.

Hizo una pausa.

—Y empieza a hablarnos de sí mismo.