Capítulo 6 — El hombre que vendía disparos #2
—La música ya había empezado a sonar desde otra barraca. Había gente hablando. Lluvia. Risas. Chavanel se dio la vuelta enseguida. Yo estaba guardando una escopeta.
Delacroix no apartó los ojos de él.
—¿Pudo ser Margot?
Gaston no respondió.
—Monsieur Verrier.
—Pudo.
—¿Y Clémence?
—También.
—¿Madame Séraphine?
—No.
—Antes dijo que no estaba seguro.
—De la voz, no. De ella sí.
—¿Por qué?
Gaston miró hacia el carromato violeta.
—Sé cómo habla la bruja cuando quiere hacer daño. Lo hace más despacio.
Delacroix encontró la respuesta inesperadamente convincente.
—¿Y Clémence?
—Clémence corta con una sonrisa. La frase no sonó así.
—Entonces piensa en Margot.
—No pienso nada.
—Eso no suele ser verdad ni siquiera en los cementerios.
Gaston apretó los dientes.
—Margot odiaba a Chavanel.
—Todos parecen haberlo hecho.
—No como ella.
Marceau escribió de nuevo.
—Explíquese.
—Chavanel no solo quería quitarles el carrusel. Quería quedarse con la forma en que lo miraban. Hay hombres que no se conforman con arrancarte una cosa; necesitan verte entregársela.
Delacroix observó al tirador con renovado interés. Hasta ese momento, Gaston parecía hecho de rabia simple, mala educación y deudas. Pero bajo esa corteza había algo más fino. No sensibilidad exactamente. Una forma áspera de lucidez.
—Usted también lo entendía —dijo.
Gaston encogió los hombros.
—He conocido oficiales así.
—¿En la guerra?
—En todas partes.
Marceau señaló el carrusel.
—¿Margot pudo manipular el caballo?
—Margot conoce el carrusel desde niña.
—No le he preguntado si lo conoce.
—Entonces formule mejor.
—¿Pudo hacerlo?
Gaston miró la lluvia caer por el borde del toldo.
—No lo sé.
—¿Célestin?
—Célestin sí.
—¿Anatole?
La respuesta tardó más.
—Anatole conoce ese carrusel mejor que nadie.
—¿Incluso que Célestin?
—Célestin sabe repararlo. Anatole sabe sufrirlo.
Delacroix guardó la frase.
La caseta olía a pólvora vieja y madera mojada.
En la pared, los premios colgaban sin alegría.
Un oso, dos muñecas, un caballo de trapo y varias cintas de colores parecían presenciar la conversación con una paciencia siniestra.
Delacroix pensó que los objetos de feria tenían una extraña capacidad para parecer inocentes de día y culpables de noche.
—Hábleme de Émile Bresson —dijo.
Gaston giró la cabeza hacia él.
—¿Quién se lo ha contado?
—La feria.
—Tiene muchas bocas.
—Y pocas ganas de cerrarlas.
Gaston recogió una escopeta del mostrador, la abrió, comprobó que estaba descargada y volvió a dejarla. El gesto parecía más necesidad física que utilidad.
—Yo no estaba aquí cuando murió el niño.
—Pero conoce la historia.
—Todos la conocen.
—Cuéntemela usted.
—¿Para qué? Ya se la habrán adornado bastante.
—Prefiero comparar adornos.
Gaston soltó aire por la nariz.
—Émile era el hijo pequeño de Anatole. El preferido, dicen.
Aunque eso solo lo dicen los que no tienen hijos o los que quieren hacer daño.
Se subió al caballo blanco una noche de mucha gente.
El mecanismo falló. El caballo pegó una subida brusca.
El niño cayó. Se golpeó la cabeza. Murió al día siguiente.
—¿Quién llevaba el carrusel entonces?
—Anatole.
—¿Él mismo?
—Sí.
—¿Y quién revisaba el mecanismo?
—También Anatole. Célestin era un crío. Margot, una niña.
Delacroix miró hacia el carrusel.
El caballo blanco, visto desde la caseta, parecía más pequeño. Menos noble. Más parecido a un objeto viejo que había acumulado demasiadas culpas ajenas.
—¿Anatole se culpó?
Gaston lo miró como si la pregunta fuera innecesaria hasta la crueldad.
—Usted es listo, monsieur. No me obligue a contestar como si no lo fuera.
—Entonces sí.
—Anatole no volvió a ser el mismo. Eso dicen los feriantes antiguos. Yo lo conocí después, cuando ya era un hombre con la mitad de la vida enterrada.
—¿Y siguió usando el caballo blanco?
—Sí.
—Curioso.
—No. Humano.
Delacroix lo miró.
Gaston sostuvo su mirada.
—Uno no siempre se aleja del sitio donde sufrió. A veces vuelve cada día para comprobar que el dolor sigue ahí y no se ha marchado con lo único que le quedaba.
Baptiste, que llevaba un rato en silencio, bajó los ojos al cesto de almendras.
Marceau pareció incómodo. No por compasión, quizá, sino porque el caso estaba adquiriendo demasiadas capas para su gusto administrativo.
—Chavanel conocía esa historia —dijo Delacroix.
—Claro.
—¿La usó contra Anatole?
Gaston soltó una risa sin humor.
—Chavanel usaba todo. Si hubiese descubierto que a un hombre le dolía el color azul, le habría embargado el cielo.
Delacroix pensó que Gaston Verrier tenía una imaginación más literaria de lo que parecía conveniente para un hombre rodeado de escopetas.
—¿Dónde estaba exactamente usted durante la segunda vuelta del carrusel?
Gaston señaló con la cabeza el mostrador.
—Aquí.
—¿Solo?
—Con un cliente.
—¿Quién?
—El borracho de antes. Quería otro intento.
—¿Nombre?
—No lo sé. Los borrachos rara vez se presentan antes de fallar.
Marceau llamó a un agente que vigilaba cerca.
—Busque al hombre que estaba jugando en esta caseta durante la vuelta. Borracho, probablemente triste y con pretensiones de tirador.
El agente lo miró con dudas.
—Inspector, eso describe a varios.
—Entonces empiece por los más tristes.
El agente se marchó.
Delacroix siguió con Gaston.
—¿Vio el momento en que Chavanel dejó de moverse?
—No.
—¿Por qué?
—Estaba cargando una escopeta.
—Antes dijo que guardaba una escopeta cuando oyó la frase.
—Y después cargué otra.
—¿No miró el carrusel?
—Todos lo miraban. Precisamente por eso yo no quise darle a Chavanel otro par de ojos.
—Orgullo.
—Asco.
—A menudo son vecinos.
Gaston no contestó.
Delacroix se acercó a la fila de latas del fondo.
Algunas estaban atravesadas por pequeños perdigones.
Otras, curiosamente, no tenían marcas. Las tomó una por una con el pañuelo y las examinó.
Una de ellas tenía un agujero mayor que el resto, limpio en los bordes, como si hubiera sido perforada con una herramienta y no por un disparo de feria.
—¿Esta lata forma parte del juego? —preguntó.
Gaston miró.
—Sí.
—¿Por qué tiene este agujero?
—Porque la gente dispara.
—La gente dispara perdigones pequeños.
—A veces la gente hace trampas.
—¿Con qué?
—Con lo que trae en los bolsillos. Piedras, clavos, perdigones propios. He visto a un hombre intentar meter una bala real en una escopeta de feria. La estupidez también tiene imaginación.
Delacroix dejó la lata en su sitio.
—¿Chavanel jugó esta noche?
—No.
—¿Nunca jugaba?
—Chavanel no jugaba si no podía cambiar las reglas.
Marceau recibió al agente que volvía acompañado de un hombre de nariz roja, bigote caído y sombrero en la mano. Olía a anís, lluvia y fracaso.
—Este dice que estaba aquí durante la vuelta —informó el agente.
El hombre miró a Gaston con una expresión de ofensa líquida.
—Yo no estaba borracho.
—Nadie ha dicho eso —respondió Marceau.
—Me lo han dicho muchas veces sin decirlo.
—Nombre.
—Pierre Lavigne.
—¿Estaba jugando en esta caseta cuando Chavanel montó en el carrusel?
—Sí, señor.
—¿Vio a monsieur Verrier abandonar su puesto?
Pierre Lavigne miró a Gaston, luego a Marceau.
—No.
—¿Está seguro?
—Tan seguro como puede estar un hombre que había bebido un poco para combatir la humedad.
—¿Cuánto es un poco?
—Depende de la humedad.
Marceau cerró los ojos un instante.
Delacroix intervino.
—Monsieur Lavigne, ¿Gaston Verrier disparó alguna arma durante la vuelta del carrusel?
—No.
—¿Cargó una escopeta?
—Sí.
—¿Le dio la espalda al carrusel?
—A ratos.
—¿Pudo acercarse al carrusel sin que usted lo viera?
El hombre miró la distancia entre la caseta y el carrusel. No era enorme, pero tampoco mínima. Además, con la multitud reunida alrededor de la atracción, cualquier desplazamiento habría sido visible.
—No, monsieur. Yo estaba aquí. Y él también. Me decía que apuntaba como una monja con fiebre.
—¿Y apuntaba usted así?
Pierre se irguió con dignidad.
—Peor.
Baptiste soltó una carcajada involuntaria.
Delacroix agradeció al hombre y Marceau lo dejó marchar con la advertencia de no abandonar la feria. Pierre Lavigne se retiró murmurando que la noche había empezado mal cuando su esposa decidió quedarse en casa, porque ella era muy buena eligiendo tragedias desde lejos.
Gaston miró a Marceau.
—¿Satisfecho?
—Rara vez.
—No me moví.
—Eso parece.
—Entonces vaya a molestar a otra persona.
—No se emocione. Todavía puede ser cómplice.
Gaston abrió la boca para responder, pero Delacroix levantó una mano.
—Una pregunta más.
—Siempre es una pregunta más.
—¿Qué quería decir Chavanel cuando habló con usted de vender algunas piezas de la feria?
Gaston frunció el ceño.
—Lo que dijo delante de todos.
—No. Antes. Aquí. ¿Mencionó alguna pieza concreta?
El exsoldado tardó en contestar.
—El caballo blanco.
—¿Qué dijo exactamente?
—Dijo que podía encontrar un comprador para él en París. Algún imbécil rico con jardín y nostalgia de una infancia que seguramente arruinó a otros.
—¿Y usted qué respondió?
—Que Anatole antes se cortaría una mano.
—¿Y Chavanel?
—Dijo que las manos también podían embargarse, aunque daban peor precio.
Baptiste murmuró:
—Cada frase suya mejora la noticia de su muerte.
Marceau lo oyó, pero decidió no reprenderlo. Quizá porque pensaba lo mismo.
Delacroix miró hacia el caballo blanco.
El asesino, quienquiera que fuera, no solo había matado a Chavanel.
Había elegido un escenario que resumía todo lo que Chavanel había intentado destruir.
No era un crimen práctico. No del todo. Era un crimen con puesta en escena.
Y las puestas en escena, como las cartas de amor, decían tanto de quien las preparaba como de quien las recibía.
—Inspector —dijo un segundo agente, acercándose con rapidez desde el carrusel.
Marceau se volvió.
—¿Qué pasa ahora?