Capítulo 6 — El hombre que vendía disparos
La caseta de tiro estaba situada frente al carrusel, pero no lo bastante cerca para pertenecerle.
Aquello tenía cierta lógica. Las ferias, como las ciudades, también conocían sus barrios.
El carrusel ocupaba el centro sentimental del recinto: luz, música, infancia, caballos pintados, promesas redondas.
La caseta de tiro, en cambio, vivía en una zona más áspera, entre un puesto de salchichas, una barraca de fuerza y un carromato cubierto con una lona gris donde alguien roncaba sin vergüenza o agonizaba con discreción.
Allí la alegría olía menos a azúcar y más a pólvora vieja, grasa de arma y frustración masculina.
Gaston Verrier fumaba bajo el toldo, con la espalda apoyada contra uno de los postes de madera.
No fingía tranquilidad. Eso habría resultado más sospechoso. Simplemente parecía un hombre que llevaba años esperando que la vida le ofreciera una buena excusa para no sorprenderse de nada.
Tenía unos cuarenta años, quizá menos si uno hacía el esfuerzo caritativo de descontarle la guerra del rostro.
Era alto, de hombros anchos, cuello fuerte y manos grandes.
La cicatriz blanca de la mejilla izquierda le cruzaba la piel desde el pómulo hasta la mandíbula, no como adorno heroico, sino como una frase escrita deprisa con mala caligrafía.
Sus ojos eran claros, fríos y cansados. El bigote, recortado con precisión militar, parecía lo único de él que aún obedecía órdenes.
Sobre el mostrador de la caseta había tres escopetas de feria, una fila de latas abolladas, patos de madera, botellas pintadas, muñecos de trapo y una campanilla dorada que probablemente sonaba cuando alguien ganaba. Delacroix sospechó que no debía de sonar demasiado a menudo.
—Monsieur Verrier —dijo Marceau.
Gaston expulsó el humo lentamente.
—Inspector.
—Apague eso.
—¿El cigarro?
—No. La luna. Claro que el cigarro.
Gaston miró la brasa, luego a Marceau, y lo dejó caer al barro. Lo aplastó con la bota sin apartar la vista del inspector.
—Hay maneras más educadas de pedir las cosas.
—Y noches mejores para exigir educación.
Delacroix se detuvo frente al mostrador. Tomó una de las escopetas sin levantarla del todo y examinó el cañón.
—¿Funcionan?
—Si se apunta bien —respondió Gaston.
—Eso suele decirse para culpar al cliente.
—Y suele ser verdad.
Baptiste, que había decidido acompañarlos por curiosidad, sentido del deber o incapacidad de abandonar el cesto de almendras en un momento emocionalmente delicado, miró los premios colgados en la pared.
—Ese oso parece enfermo.
—Lo está —dijo Gaston—. De esperar un buen tirador.
Baptiste dejó de mirar el oso.
Marceau abrió la libreta.
—Le vieron hablando con Chavanel antes de que subiera al carrusel.
—Me vio media feria. No soy un fantasma.
—¿De qué hablaron?
—De dinero.
—Qué sorpresa.
—A mí tampoco me emocionó.
Delacroix dejó la escopeta en su sitio.
—¿Le debía dinero?
Gaston miró hacia el carrusel.
Desde la caseta se veía el caballo blanco de perfil, quieto bajo las luces.
La manta que cubría a Chavanel convertía el cadáver en una sombra con forma de hombre.
Había algo obsceno en interrogar a alguien a la vista del muerto, pero también algo útil.
Las personas mentían distinto cuando podían ver el resultado de una mentira anterior.
—Sí —dijo Gaston.
Marceau anotó.
—¿Cuánto?
—No lo suficiente para matarlo.
—Esa no es una cantidad.
—Para mí sí.
—Concreta.
Gaston apretó la mandíbula.
—Ochocientos francos.
Baptiste silbó muy bajo.
Marceau levantó la vista.
—Eso sí parece suficiente para matar a alguien.
—A usted quizá le parezca mucho.
—A cualquiera que cobre honradamente le parece mucho.
—Entonces a Chavanel no debía de parecérselo.
Delacroix observó las manos de Gaston. No estaban nerviosas. Eran manos duras, de nudillos marcados, con pequeñas quemaduras antiguas y dos dedos algo torcidos. Manos acostumbradas a armas verdaderas, no a juguetes de feria.
—¿Por qué le debía ese dinero? —preguntó.
—Porque lo pedí.
—Esa clase de respuestas entretiene poco.
Gaston sonrió sin alegría.
—Bebida. Juego. Una mujer. Elija el pecado que prefiera, monsieur Delacroix. Todos llevan al mismo mostrador cuando uno ha vuelto de la guerra con menos cabeza que cuerpo.
Marceau escribió.
—¿Chavanel le amenazó esta noche?
—Chavanel no amenazaba. Se limitaba a recordar lo que tenía firmado.
—Eso han dicho varios.
—Porque es verdad.
—¿Qué quería?
—Que pagara.
—¿Y si no?
Gaston miró otra vez el carrusel.
—Iba a comprar mi deuda completa y obligar a Bresson a echarme de la feria antes de que desmontáramos. Después, supongo que embargaría lo poco que tengo. Dos baúles, una escopeta que no uso y una medalla que no vale ni el metal que la aburre.
—¿Bresson podía echarle?
—Cuando el terreno pasara a Chavanel, sí. Todos estaríamos en sus manos.
—No todos han matado por eso.
—Eso aún no lo sabe.
Marceau dio un paso hacia él.
—¿Es una confesión?
—Es una observación.
—Procure que no se parezcan.
Delacroix se inclinó sobre el mostrador.
Las escopetas tenían el aspecto habitual de las armas de feria: gastadas, algo torcidas, útiles para el espectáculo y poco más.
Aun así, no convenía despreciar un objeto solo porque su propietario quisiera hacerlo parecer inofensivo.
La historia estaba llena de herramientas humildes con ambiciones criminales.
—¿Disparó alguna de estas armas durante la vuelta del carrusel? —preguntó.
Gaston frunció el ceño.
—¿Durante la vuelta?
—Sí.
—No.
—Alguien creyó oír un ruido.
—En una feria todo hace ruido.
—Ese es el problema.
Gaston señaló las escopetas con la barbilla.
—Esas armas no matan a un hombre sobre un caballo al otro lado del recinto. A menos que el hombre muera de vergüenza por mi puntería.
—¿Y sus armas personales?
Marceau se giró hacia él.
—¿Tiene armas personales?
—Soy un antiguo soldado.
—Eso no responde.
—Sí responde. Solo que no le gusta.
Marceau cerró la libreta con un golpe seco.
—Conteste.
Gaston sostuvo su mirada unos segundos. Luego, con lentitud, se agachó detrás del mostrador y sacó una caja de madera. La dejó encima, giró una pequeña llave que llevaba colgada del cuello y abrió la tapa.
Dentro había un revólver envuelto en un paño de lana.
Baptiste dio un paso atrás.
—Qué costumbre tan entrañable la de guardar armas bajo los premios infantiles.
—Los niños disparan peor con revólver —dijo Gaston.
Marceau tomó el arma con un pañuelo y examinó el tambor.
—No se ha disparado recientemente.
—No.
—¿Seguro?
—Si la hubiese disparado, se notaría.
—A veces la gente limpia sus armas.
—A veces los policías dicen obviedades con voz de descubrimiento.
Marceau levantó los ojos.
Delacroix intervino antes de que ambos hombres decidieran convertir la caseta en una demostración práctica.
—El señor Chavanel presenta una herida pequeña en el costado. No parece un disparo.
—Entonces pierden el tiempo conmigo.
—Eso todavía está por decidirse.
Gaston soltó una risa baja.
—Le han matado en el carrusel de Bresson, delante de su hija, después de humillar a toda la feria, y vienen a preguntarme a mí porque tengo cicatriz y mala fama.
—No solo por eso —dijo Delacroix.
—No. También porque debo dinero.
—Y porque habló con él.
—Hablé. No lo toqué.
—¿Le dio una ficha?
Gaston parpadeó.
Era la primera reacción verdaderamente útil que les regalaba.
—¿Qué ficha?
Marceau se acercó.
—Una ficha del carrusel. Chavanel tenía una antes de hablar con usted.
—No se la di yo.
—¿Está seguro?
—No reparto fichas de caballos. Reparto tiros fallidos.
Delacroix lo miró con atención.
—Pero la vio.
Gaston apartó la vista.
—Quizá.
—Eso significa sí, pero con barro alrededor.
El exsoldado apoyó las manos en el mostrador. Durante un instante, pareció cansado de la conversación, de la lluvia, de la feria y quizá de seguir vivo con tanta insistencia.
—Chavanel estaba jugando con una ficha cuando vino aquí —dijo—. La hizo girar entre los dedos, como si fuera una moneda.
—¿Qué le dijo?
—Que pronto la feria entera tendría que pedirle permiso hasta para respirar. Que él decidiría qué atracciones se salvaban y cuáles se vendían. Que quizá mi caseta le gustaba para un jardín, pero sin mí dentro.
—¿Y usted?
—Le dije que podía meterse el jardín donde no le diera el sol.
Baptiste bajó la cabeza con una tos sospechosa.
Marceau no sonrió.
—¿Lo amenazó?
—No.
—¿Está seguro de que no le dijo algo como “lo mataré”?
—Inspector, cuando quiero matar a alguien procuro no anunciarlo delante de tres testigos y un pato de madera.
Delacroix miró los patos alineados al fondo. Uno tenía el pico roto y una expresión de resignación filosófica.
—¿Quiénes eran esos testigos?
—Un borracho que intentaba ganar una muñeca para una mujer que no estaba con él. Un chico de los recados. Y Clémence, desde la puerta de su barraca.
—¿Clémence pudo oír la conversación?
—Si quería, sí. Clémence oye incluso lo que los hombres no dicen.
—¿Y Madame Séraphine?
—La bruja oye desde dentro de su carromato. No necesita estar cerca.
—No parece gustarle.
—No me gusta la gente que acierta demasiado.
Marceau volvió al asunto.
—¿Qué pasó después?
—Chavanel se marchó hacia el carrusel.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Alguien le habló antes de que montara?
Gaston dudó.
Delacroix lo vio.
—Monsieur Verrier.
—Había mucha gente.
—Eso no responde.
—No estoy seguro.
—Eso tampoco.
El exsoldado pasó la lengua por los labios.
—Oí la frase.
Marceau y Delacroix intercambiaron una mirada.
—¿La del caballo de un niño muerto? —preguntó el inspector.
Gaston asintió.
—¿Quién la dijo?
—No lo vi.
—Pero oyó la voz.
—Sí.
—¿De mujer?
—Sí.
—¿Joven? ¿Mayor?
Gaston se removió bajo el toldo.
—No sé.
—Inténtelo.
—No era vieja.
—Eso reduce poco.
—Tampoco era una niña.
—Admirable precisión —dijo Marceau.
Gaston lo miró con fastidio.