Capítulo 5 — Madame Séraphine no adivina #2
—No cualquiera —dijo Madame Séraphine—. Alguien que quisiera que Chavanel montara precisamente allí.
Marceau golpeó la libreta con la pluma.
—Alguien que sabía que él no resistiría la provocación.
—Chavanel no podía dejar una humillación sin devolverla aumentada —dijo Delacroix—. Si alguien lo llamó cobarde delante del caballo blanco, subir era casi inevitable.
—No se dijo cobarde —precisó Séraphine.
Delacroix la miró.
—Creí que no había oído bastante.
—No oí la voz. Oí la frase.
—Repítala.
La adivina cerró los ojos un instante, como si rebuscara en una habitación llena de ecos.
—“Hay hombres que no se atreverían a montar el caballo de un niño muerto.”
Marceau dejó de escribir.
Incluso él, que parecía haber nacido con la sensibilidad protegida por cuero policial, entendió la indecencia de aquella frase.
Delacroix sintió una pequeña punzada de ira. No por Chavanel. Chavanel había sido muchas cosas, pero víctima inocente no era una de ellas. La punzada iba dirigida a quien había usado la memoria de un niño como anzuelo. Aquello era eficaz, sí. También era sucio de un modo particular.
—Eso no suena a Margot —dijo Marceau.
—¿Por qué?
—Porque era su hermano.
Delacroix negó despacio.
—El dolor no impide la crueldad. A veces solo la vuelve más precisa.
Madame Séraphine abrió los ojos.
—Margot amaba a Émile.
—No lo dudo.
—Entonces no habría usado su muerte así.
—Amar a un muerto no siempre impide utilizarlo contra los vivos.
La adivina apartó la mirada. La frase había tocado algo.
Delacroix volvió a las cartas.
—¿Chavanel vino a verla esta noche?
—Sí.
Marceau se enderezó.
—¿Cuándo?
—Poco después de entrar en la feria. Antes de enfrentarse a Anatole.
—¿Por qué no lo dijo?
—Porque todavía no me lo habían preguntado.
—Tiene una relación muy cómoda con la verdad.
—No, inspector. Tengo una relación larga con ella. Eso es peor.
—¿Qué quería?
Madame Séraphine tomó la carta que estaba boca abajo sobre la mesa. La acarició con dos dedos, pero no la giró.
—Quería burlarse.
—¿De usted?
—De mí, de la feria, de Anatole, de los muertos. Chavanel era generoso cuando se trataba de repartir desprecio.
Delacroix señaló la carta.
—¿Le leyó la fortuna?
—Él me pagó para que lo hiciera.
—¿Pagó?
—Con una ficha del carrusel.
Marceau miró a Delacroix.
—La ficha.
Delacroix no apartó los ojos de Séraphine.
—¿Una ficha de latón?
—Sí.
—¿La conserva?
La adivina giró la carta.
Debajo había una ficha redonda, casi idéntica a la que Delacroix llevaba en el bolsillo. El caballo grabado en una cara. Las iniciales de la feria en la otra.
Marceau la tomó con el pañuelo.
—¿Por qué se la dio?
—Porque dijo que pronto todas las fichas serían suyas y que podía permitirse pagarme con mi propia miseria.
—¿Y usted aceptó?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque hay insultos que conviene guardar. No por dignidad. Por memoria.
Delacroix miró la ficha.
—Madame Aubry dijo que Chavanel llevaba una ficha antes de hablar con Gaston Verrier.
—Quizá tenía más de una.
—¿O quizá esta no es la misma?
—Quizá.
—¿Qué le dijo usted durante la lectura?
Madame Séraphine sonrió sin alegría.
—Le dije que veía agua.
Marceau levantó una ceja.
—Estamos junto a un río y llueve.
—Por eso no cobré demasiado.
—Le pagó con una ficha.
—Exacto.
Delacroix esperó.
La adivina suspiró.
—Le dije que veía una rueda. Un hombre que subía. Una caída que no terminaba nunca.
—¿Por qué le dijo eso?
—Porque Chavanel había venido a divertirse conmigo, y yo quise devolverle algo de incomodidad.
—¿Le habló del caballo blanco?
—No directamente.
—Indirectamente.
—Dije que hay objetos que recuerdan mejor que las personas.
—¿Cómo reaccionó?
—Se rio. Luego preguntó si el viejo Anatole seguía tratando aquel caballo como una reliquia. Yo le dije que algunos hombres respetan a sus muertos porque no pudieron protegerlos vivos.
—Eso pudo empujarlo hacia el caballo.
—No. Eso pudo molestarlo. La frase que lo empujó vino después.
Marceau apretó la ficha dentro del pañuelo.
—¿Y no sabe quién la dijo?
Madame Séraphine volvió a quedarse quieta.
Delacroix se inclinó hacia ella.
—No le ha preguntado quién la dijo, inspector. Le ha preguntado si lo sabe.
—¿No es lo mismo?
—Rara vez.
La adivina miró a Delacroix.
—No vi su rostro.
—Pero tiene una sospecha.
—En una feria todos tenemos sospechas. Son más abundantes que las monedas buenas.
—La suya.
Ella tardó en contestar.
—Pudo ser Clémence.
Marceau abrió los ojos.
—Ella misma nos envió aquí.
—Eso no la vuelve inocente. Solo la vuelve inteligente.
—¿Por qué Clémence querría provocarlo?
—Porque lo odiaba.
—Eso lo hace media feria.
—Porque Chavanel todavía tenía cartas suyas. Porque sabía dónde guardaba algunas de sus vergüenzas. Porque la trató como se trata una cosa que ya se usó bastante y aún puede servir para humillar en público.
Delacroix observó su rostro.
—No cree que fuera Clémence.
—No.
—Pero quiere que la miremos.
—Quiero que no dejemos de mirarla solo porque sabe sufrir con elegancia. La elegancia es una coartada excelente.
Marceau hizo una nota.
—¿Y Margot?
Madame Séraphine apoyó las manos sobre la mesa.
—Margot habría matado a Chavanel si la vida fuera más sencilla.
—No lo es.
—Por eso no sé si lo hizo.
—¿Eso es una acusación?
—Es una tristeza.
Delacroix dejó pasar la frase.
—Hablemos de Anatole.
La adivina no contestó.
—Usted lo conoce desde hace años.
—Desde antes de que la barba se le volviera blanca.
—¿Cree que pudo hacerlo?
—Creo que todos los hombres tienen una habitación dentro donde guardan aquello que podrían hacer si la vida insistiera demasiado.
—¿Y Anatole?
—Anatole cerró esa habitación cuando murió Émile. Después Madeleine. Después Chavanel empezó a golpear la puerta desde fuera.
Marceau soltó un suspiro.
—Eso sigue sin servirme.
—Le serviría más si hubiera conocido a Anatole antes de que el mundo le pasara por encima.
—Conozco a muchos hombres aplastados por el mundo. La mayoría no mata.
—La mayoría no tiene un carrusel.
Delacroix se quedó mirando la ficha.
Algo le incomodaba.
No la ficha en sí. Su presencia era lógica: Chavanel había usado una para pagar a la adivina con desprecio.
Pero una ficha era también acceso. Una pequeña moneda interna que autorizaba a subir a la atracción.
En una feria donde casi todo tenía precio, aquel círculo de latón podía ser una llave, una burla o una señal.
—¿Dónde obtuvo Chavanel esa ficha? —preguntó.
—No lo sé.
—¿No la compró en la entrada?
—No lo vi comprar nada.
—¿Quién entrega las fichas del carrusel?
—Normalmente Margot. A veces Luc, cuando hay demasiada gente. A veces Anatole las deja en la cabina.
—¿Célestin?
—Célestin no trata con el público.
—¿Gaston?
Madame Séraphine sonrió.
—Gaston trata con escopetas de feria y hombres borrachos. Es decir, con lo peor de ambos mundos.
—¿Pudo darle una ficha a Chavanel?
—Pudo.
—Madame Aubry los vio hablar.
—Eso no me sorprende.
—¿Por qué?
Séraphine recogió las cartas y empezó a alinearlas con una lentitud casi irritante.
—Porque Gaston Verrier debía dinero a Chavanel.
Marceau alzó la pluma.
—¿Cuánto?
—Lo bastante para fingir que no le importaba.
—¿Por juego?
—Por una mujer, por guerra, por orgullo. En los hombres como Gaston suele ser una de esas tres cosas, aunque a veces las mezclan y lo llaman destino.
—Necesito hechos.
—Gaston fue soldado. Volvió con una medalla, una cicatriz y una idea bastante pobre de sí mismo. Bebió más de lo conveniente. Apostó más de lo que tenía. Chavanel compró una deuda suya hace dos meses.
—¿Y lo amenazaba?
—Chavanel no amenazaba siempre. A veces solo sonreía cerca de un documento.
Delacroix miró hacia la pared del carromato, donde colgaba un pequeño espejo ovalado. En él se reflejaba una parte de su rostro y, detrás, la silueta borrosa de Madame Séraphine. Los espejos de feria deformaban por oficio; los pequeños espejos domésticos deformaban por intimidad.
—¿Gaston habría podido manipular el carrusel?
—No.
—¿Está segura?
—Gaston puede desmontar un fusil con los ojos cerrados y romper una botella a veinte pasos. Pero un carrusel es otra cosa. Es madera, peso, ritmo, maña. No basta saber matar. Hay que saber esperar.
—Interesante distinción.
—La feria enseña paciencia. La guerra no siempre.
Marceau cerró la libreta.
—Entonces tenemos a Célestin, que pudo hacerlo; Anatole, que tenía motivo y conocimiento; Margot, que tenía motivo y acceso; Clémence, que pudo provocarlo; y Gaston, que debía dinero al muerto.
—Una feria muy completa —dijo Delacroix.
—Y usted, madame, que estuvo cerca, habló con Chavanel, recibió una ficha suya y sabe más de lo que dice.
Madame Séraphine sonrió.
—Inspector, todos sabemos más de lo que decimos. Es la base mínima de la convivencia.
Marceau miró a Delacroix con expresión de paciencia agotada.
—¿Algo más?
Delacroix no respondió enseguida.
Había una pregunta que todavía no había hecho porque parecía absurda. Eso, en su experiencia, la volvía bastante prometedora.
—Madame Séraphine —dijo—, cuando Chavanel salió de su carromato, ¿estaba asustado?
Ella lo miró con interés.
—No.
—¿Molesto?
—Sí.
—¿Divertido?
—También.
—¿Y cuando subió al caballo blanco?
—Satisfecho.
—¿Seguro de sí mismo?
—Completamente.
Delacroix asintió.
—Entonces no sabía que iba a morir.
Marceau lo miró.
—Eso no parece una revelación.
—No. Pero descarta una posibilidad.
—¿Cuál?
—Que estuviera participando conscientemente en algún juego, desafío o chantaje que se le hubiera ido de las manos. Subió porque quiso humillar. No porque temiera algo. No porque alguien lo obligara. No porque estuviera huyendo.
—Subió por vanidad.
—Exacto.
Madame Séraphine deslizó una carta hacia él.
Delacroix la miró.
Era una carta vieja, manoseada, con la figura de una rueda dibujada en tinta desvaída.
—La rueda —dijo ella.
Marceau emitió un sonido de disgusto.
—Por favor.
—No se alarme, inspector. No intento resolverle el caso con cartones pintados.
Delacroix tomó la carta entre dos dedos.
—¿Por qué me la da?
—Porque Chavanel la sacó esta noche.
—¿Durante la lectura?
—Sí.
—¿Y eso significa?
—Para él, nada. Para mí, una ironía barata.
—¿Y para el caso?
Madame Séraphine miró hacia la ventana.
—Que a veces un hombre cree estar encima de la rueda solo porque no entiende que ya forma parte de ella.
Marceau guardó la libreta con un gesto seco.
—Definitivamente, necesito hablar con alguien que venda disparos por monedas. Será más sencillo.
Delacroix dejó la carta sobre la mesa.
—Hablemos entonces con Gaston Verrier.
Madame Séraphine no pareció sorprendida.
—Tenga cuidado con él.
—¿Porque es peligroso?
—No. Porque quiere parecerlo. Los hombres verdaderamente peligrosos suelen permitirse descansar de vez en cuando.
Delacroix se levantó.
—Una última pregunta.
—Solo una, entonces.
—¿Quién odiaba más a Chavanel?
Madame Séraphine lo miró como si aquella pregunta fuera demasiado joven para andar sola de noche.
—Anatole lo odiaba con memoria. Margot lo odiaba con sangre. Célestin lo odiaba con las manos. Clémence lo odiaba con vergüenza. Gaston lo odiaba con miedo.
—¿Y usted?
La adivina sonrió apenas.
—Yo lo odiaba con paciencia.
Delacroix sostuvo su mirada.
—La paciencia mata mejor que la ira.
—Lo sé.
—Por eso se lo pregunto.
Madame Séraphine inclinó la cabeza, sin dejar de sonreír.
—Y por eso no voy a responderle deprisa.
Delacroix salió del carromato con Marceau detrás.
La lluvia había aflojado, pero la feria parecía más oscura.
Los farolillos seguían encendidos, aunque algunos empezaban a apagarse uno tras otro, vencidos por la humedad o por la vergüenza.
A lo lejos, junto a la caseta de tiro, Gaston Verrier estaba de pie bajo el toldo, fumando.
El resplandor del cigarro iluminaba por momentos la cicatriz de su mejilla.
Baptiste se acercó.
—¿Y bien?
Marceau bajó los escalones.
—La adivina no adivina.
—¿Entonces?
Delacroix miró hacia el carrusel. El caballo blanco permanecía quieto, pero el mundo alrededor seguía girando.
—Escucha —dijo—. Y eso, en una feria llena de culpables posibles, es bastante más peligroso.