Capítulo 5 — Madame Séraphine no adivina
El carromato de Madame Séraphine estaba pintado de violeta, azul oscuro y oro viejo, aunque la lluvia había convertido aquellos colores en una tristeza brillante.
Sobre la puerta colgaba una media luna de madera con los bordes astillados.
A cada lado, dos farolillos verdes temblaban bajo el agua como ojos enfermos.
Delacroix se detuvo ante los tres escalones.
—Qué discreto —dijo Marceau.
—La discreción sería mala para el negocio.
—También lo es que maten a un hombre a veinte pasos de su puerta.
—No para todos los negocios.
Baptiste, que seguía abrazado al cesto de almendras como si fuera una responsabilidad familiar, miró el cartel del carromato.
—Lee la mano, las cartas y los secretos que usted cree haber enterrado —leyó en voz alta—. Hay que reconocer que sabe venderse.
—Vender humo exige cierta elegancia —dijo Delacroix.
Desde dentro del carromato llegó una voz tranquila.
—Solo cuando el cliente insiste en comprarlo.
Marceau torció la boca.
—Magnífico. Además escucha detrás de la puerta.
—En una feria cerrada con un cadáver en el centro, inspector, todos escuchan detrás de algo.
La cortina violeta se apartó.
Madame Séraphine apareció en el umbral con una lámpara de aceite en la mano.
Sin la distancia teatral de la barraca, parecía menos misteriosa y más cansada.
Tenía el rostro fino, los pómulos marcados y unos ojos oscuros que no necesitaban cartas ni lunas pintadas para resultar incómodos.
El turbante le cubría el cabello, pero algunos mechones grises escapaban junto a las sienes.
—Monsieur Delacroix —dijo.
—Madame Séraphine.
—Inspector Marceau.
—Veo que también sabe mi nombre —dijo él.
—Un agente lo gritó tres veces hace diez minutos. Si eso cuenta como poder sobrenatural, debería cobrar más.
Baptiste sonrió con una admiración inmediata.
Marceau no.
—Queremos hacerle unas preguntas.
—Naturalmente.
—Dentro.
—Naturalmente, pero sin pisar la alfombra con esas botas.
Marceau bajó la mirada hacia el barro acumulado en sus suelas.
—Hay un muerto ahí fuera.
—Y una alfombra aquí dentro. El mundo es cruel en muchas direcciones.
Delacroix se limpió los zapatos con paciencia en el borde del escalón y entró primero.
Marceau lo imitó de mala gana. Baptiste se quedó fuera porque el interior del carromato no parecía diseñado para albergar, al mismo tiempo, tres hombres adultos, una adivina, un cesto de almendras y una investigación criminal sin que algo saliera herido.
El interior era cálido, estrecho y cargado de olores: incienso, cera, tela vieja, té amargo y madera húmeda.
Había una mesa redonda cubierta con un paño azul bordado de estrellas.
Sobre ella descansaban una baraja de cartas gastadas, una bola de cristal con una burbuja atrapada dentro, dos velas apagadas y una taza con hojas secas pegadas al fondo.
Las paredes estaban cubiertas de cortinas, amuletos, pequeños espejos, estampas orientales y objetos cuya única función evidente era parecer significativos.
Delacroix observó la estancia con interés.
—Es usted muy organizada.
Madame Séraphine dejó la lámpara sobre una repisa.
—El desorden distrae al cliente. Si una va a mentirle a alguien, conviene que al menos el decorado sea coherente.
—¿Admite que miente?
—Admito que trabajo con lo que la gente trae. Algunos traen monedas. Otros traen miedo. Casi todos traen una mentira y esperan que yo les devuelva una versión más amable.
Marceau se quedó de pie, con la libreta en la mano.
—A mí puede ahorrarme la poesía.
—Inspector, si pudiera ahorrar poesía, la habría vendido hace años.
Delacroix tomó asiento sin pedir permiso. La silla era pequeña y crujió con una indignación breve.
—Madame Aubry dice que usted estaba con ella durante la vuelta del carrusel.
—Madame Aubry dice muchas cosas. Algunas incluso son verdad.
—¿Esta lo es?
—Sí.
Marceau levantó la pluma.
—¿Dónde exactamente?
—En la entrada de su barraca. Yo estaba bajo el toldo, ella junto a la cortina. Hablábamos.
—¿De qué?
Madame Séraphine miró a Delacroix.
—De Chavanel.
—Qué casualidad —dijo Marceau.
—No, inspector. Chavanel acababa de subir al carrusel para humillar a un hombre viejo delante de media feria. Hablar de él era casi inevitable. Las casualidades suelen ser más discretas.
—¿Vio usted la muerte?
—Vi el carrusel girar.
—No le he preguntado eso.
—Y yo no he terminado. Vi a Chavanel dar la primera vuelta saludando como un rey de pueblo. Vi la segunda con el brazo ya caído. En la tercera, Clémence dejó de hablar.
Delacroix se inclinó un poco hacia ella.
—¿Por qué?
—Porque las mujeres que han sobrevivido a ciertos hombres reconocen muy bien el momento en que esos hombres dejan de ocupar la habitación.
Marceau dejó de escribir.
—¿Está diciendo que Clémence supo que estaba muerto antes que los demás?
—Estoy diciendo que lo notó.
—¿Y usted?
—También.
Delacroix sostuvo su mirada.
—¿Por qué no avisó?
Madame Séraphine bajó los ojos hacia las cartas.
—Porque uno tarda en creer ciertas cosas. Incluso cuando lleva toda la vida cobrándole a la gente por fingir que las sabe antes que nadie.
La respuesta era elegante. También podía ser falsa. Delacroix no conocía ninguna ley que impidiera a una mentira vestirse bien.
—Madame Aubry afirma que alguien desafió a Chavanel —dijo—. Una voz de mujer. Algo sobre el caballo que pertenecía a los muertos de Bresson.
La adivina no se movió.
Eso, por supuesto, fue una forma de moverse.
Marceau lo notó.
—¿Fue usted?
—No.
—¿Está segura?
—A mi edad, inspector, una empieza a estar segura de muy pocas cosas, pero esa es una de ellas.
—¿Quién lo dijo?
—No lo sé.
—Qué cómodo.
—No tanto. Si lo supiera y quisiera ocultarlo, habría elegido una mentira más útil.
Delacroix miró la mesa. Entre las cartas había una apartada del mazo, boca abajo. No preguntó por ella. Todavía no.
—La frase existió —dijo.
—Sí.
—Entonces la oyó.
—Sí.
—Pero no reconoce la voz.
—La feria estaba llena de ruido, lluvia, música y odio. Reconocer una voz en esas condiciones no es tan sencillo.
—Sin embargo, usted vive de escuchar.
—Precisamente por eso sé cuándo no he oído bastante.
Marceau soltó un bufido.
—Todos ustedes hablan como si hubieran ensayado.
—En la feria ensayamos casi todo, inspector. Menos las desgracias. Esas siempre improvisan.
Delacroix apoyó el bastón entre las rodillas.
—Hablemos de los muertos de Bresson.
Madame Séraphine levantó la vista hacia él.
—Eso no es una pregunta.
—No. Es una puerta abierta.
—A veces conviene no cruzarlas.
—Mi oficio consiste en cruzar las puertas que otros cierran tarde.
Ella lo estudió unos segundos. Después se sentó frente a él. La lámpara iluminaba un lado de su rostro y dejaba el otro en sombra. Era una disposición muy estudiada, aunque Delacroix sospechó que, en ese carromato, hasta el cansancio tenía lugar asignado.
—Madeleine Bresson —dijo ella— no fue la única muerta de Anatole.
Marceau alzó la pluma.
—¿Quién más?
—Un hijo.
El silencio se hizo más pequeño.
Fuera, la lluvia golpeaba el techo del carromato. Cada gota parecía caer con intención.
—¿Anatole tuvo un hijo? —preguntó Delacroix.
—Sí. Émile. Murió antes que Madeleine. Tendría seis años.
Marceau frunció el ceño.
—No consta en mis notas.
—Quizá porque murió antes de que sus notas empezaran a creer que el mundo existía.
—¿Cómo murió?
Madame Séraphine miró hacia la ventana diminuta del carromato. A través del cristal empañado se veía una franja del carrusel, borrosa, amarilla, quieta.
—Cayó.
Delacroix no dijo nada.
Marceau sí.
—¿Del carrusel?
—Del caballo blanco.
La frase entró en el carromato como una corriente fría.
Delacroix comprendió de pronto por qué Margot había tocado la crin del caballo con aquella mezcla de cariño y miedo.
Por qué Anatole había palidecido al ver a Chavanel montarlo.
Por qué Clémence había hablado de los muertos de Bresson.
El caballo blanco no era solo el orgullo del carrusel. Era una tumba que seguía dando vueltas.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Hace muchos años. Margot era una niña. Émile quiso montar solo, como los mayores. El caballo blanco subía demasiado, o eso decían. Hubo un fallo. Un salto brusco. El niño perdió el equilibrio y cayó mal. Murió al día siguiente.
Marceau escribió deprisa.
—¿Hubo investigación?
—Hubo dolor. Es menos ordenado.
—Le he preguntado si hubo investigación.
—No como usted la entiende. Un médico. Dos agentes. Un informe breve. Accidente. Una feria pobre no suele recibir más literatura administrativa que esa.
Delacroix miró la bola de cristal. Dentro, la pequeña burbuja atrapada parecía suspendida en una eternidad inútil.
—¿Y Chavanel qué tuvo que ver?
Madame Séraphine tardó en responder.
—Nada.
—Eso ha sonado demasiado preparado.
—Porque es una verdad que no me gusta.
—Explíquese.
—Chavanel no mató al niño. No provocó la caída.
No estaba siquiera en la feria aquella noche.
Pero años después, cuando Madeleine enfermó y Anatole necesitó dinero, Chavanel supo encontrar la grieta exacta.
No compró solo una deuda. Compró el dolor alrededor de esa deuda.
Cada vez que apretaba a Anatole, sabía qué apretaba.
Marceau murmuró:
—El caballo blanco.
—Sí. Chavanel sabía que aquel caballo era lo único que Anatole no podía vender sin sentir que vendía también a su hijo.
Delacroix guardó silencio.
Ahí estaba la crueldad refinada de Chavanel: no necesitaba mancharse con sangre vieja. Le bastaba saber dónde había caído.
—¿Quién conocía la historia del niño? —preguntó.
—Todos los feriantes antiguos. Margot, por supuesto. Célestin la conocía. Clémence también. Gaston Verrier llegó después, pero estas historias viajan. Incluso los recién llegados terminan sabiendo dónde no deben pisar.
—Y Chavanel.
—Y Chavanel.
—Entonces la frase sobre los muertos de Bresson podía haberla dicho cualquiera.