Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 4 — La mujer que cantaba demasiado bajo #2
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Capítulo 4 — La mujer que cantaba demasiado bajo #2

—De vez en cuando. No siempre. Chavanel era más refinado que eso. No tiraba de la cuerda todos los días. Solo la dejaba ahí, visible. Para que una recordara que podía ahorcarse cuando él quisiera.

Delacroix apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.

—¿Qué quería de usted?

—Silencio. Obediencia. Algún favor pequeño. Información sobre la feria. Sobre Anatole. Sobre Margot.

—¿Le pidió algo concreto recientemente?

Clémence asintió.

—Me preguntó si el caballo blanco seguía siendo el orgullo de Bresson.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí muy limpio.

Marceau fue el primero en romperlo.

—¿Cuándo?

—Hace tres noches.

—¿Exactamente con esas palabras?

—No. Dijo: “¿El viejo sigue adorando a ese caballo ridículo como si fuera una reliquia?”. Yo le dije que sí. Entonces se rio.

Delacroix la observó.

—¿Por qué le interesaba el caballo blanco?

—No lo sé.

—¿No le pareció extraño?

—Todo en Chavanel era extraño cuando se acercaba demasiado a algo que otra persona quería.

—¿Le dijo que pensaba montar?

—No.

—¿Le dijo que pensaba venderlo?

—Dijo que algunas cosas dolían más si se vendían por separado.

Baptiste murmuró algo irrepetible.

Marceau cerró la libreta con un golpe seco.

—Eso sí nos sirve.

—No necesariamente —dijo Delacroix.

—¿Cómo que no?

—Nos dice que Chavanel pensaba humillar a Bresson usando el caballo blanco. No nos dice si alguien lo sabía con tiempo suficiente para preparar su muerte.

—Clémence lo sabía.

La cantante levantó la barbilla.

—Yo sabía que Chavanel era cruel. No hacía falta una confidencia para eso.

—Pero sabía lo del caballo.

—También lo sabían todos los niños de la feria.

—Los niños no manipulan mecanismos.

—Algunos adultos tampoco, inspector. Y aun así matan.

Marceau se acercó a ella.

—¿Dónde estaba usted durante la vuelta del carrusel?

—En la entrada de mi barraca.

—¿Sola?

—No.

—¿Con quién?

Clémence tardó apenas un segundo.

—Con Madame Séraphine.

Delacroix lo registró.

—¿Ella lo confirmará?

—Si le conviene, sí.

—Admirable precisión.

—No soy ingenua, monsieur Delacroix. En esta feria nadie confirma nada por amor a la verdad. La verdad no paga carbón.

Marceau la estudió.

—¿Vio a alguien acercarse al carrusel antes de que Chavanel subiera?

—Todo el mundo se acercó. Ese fue el problema.

—Deme nombres.

—Margot. Célestin. Anatole, por supuesto. Gaston Verrier pasó cerca de la cabina. Un chico de los recados cruzó con una caja de fichas. Madame Séraphine salió de su carromato. Usted mismo estaba cerca, monsieur Delacroix.

—Yo suelo descartar mi culpabilidad por principio —dijo Delacroix—. Aunque reconozco que no siempre es un método elegante.

Clémence sonrió.

—También vi a Chavanel hablar con Gaston.

Marceau giró la cabeza.

—¿Cuándo?

—Unos minutos antes de montar.

—¿De qué hablaron?

—No pude oírlo. Gaston no parecía contento.

—Gaston nunca parece contento —dijo Delacroix.

—Esa vez parecía menos contento de lo habitual.

Marceau hizo una nota.

—¿Algo más?

Clémence dudó.

Delacroix lo vio.

—Sí.

Ella respiró hondo.

—Chavanel llevaba algo en la mano antes de subir.

—El bastón —dijo Marceau.

—No. Además del bastón.

—¿Qué?

—Una ficha.

Delacroix se enderezó.

—¿Una ficha del carrusel?

—Creo que sí. De latón. La hizo girar entre los dedos mientras hablaba con Gaston. Después no la vi.

—¿Los visitantes necesitan ficha para montar? —preguntó Marceau.

—Todos necesitan ficha —respondió Clémence—. Excepto Chavanel, naturalmente, que creía que las normas eran muebles para pobres.

Delacroix recordó al chico de la entrada entregándoles dos fichas de latón. Las tenía aún en el bolsillo del chaleco, porque Baptiste había insistido en que tal vez Delacroix debía montar para reconciliarse con su infancia y Delacroix había decidido que su infancia ya había sufrido bastante.

Sacó una de las fichas.

Era pequeña, redonda, con un caballo grabado en una cara y las iniciales G.F.B. en la otra: Gran Feria Bresson.

—¿Como esta?

Clémence la miró.

—Sí.

—¿Chavanel pagó por ella?

—No lo sé.

Marceau hizo una mueca.

—¿Y eso importa?

—Todo importa hasta que tenemos derecho a descartarlo —dijo Delacroix.

—Las fichas pasan de mano en mano. Puede haber docenas.

—Precisamente. Una ficha puede ser entrada, recuerdo, coartada, mensaje o simple metal. Me interesa saber cuál de esas cosas decidió ser esta noche.

Clémence se levantó despacio.

—¿Puedo irme?

Marceau soltó una risa seca.

—No.

—Me refería a volver junto a los demás. No pensaba fugarme en un piano.

—Se quedará localizable.

—En una feria cerrada por policías, inspector, todos estamos localizables. Esa es la tragedia.

Delacroix abrió la puerta de la barraca.

La lluvia entró con un soplo frío. Afuera, el recinto parecía más pequeño que antes.

Tal vez porque la gente se había agrupado bajo toldos y aleros.

Tal vez porque el miedo encoge los lugares.

El carrusel seguía en el centro, iluminado, quieto, con Chavanel cubierto por la manta y el caballo blanco sosteniendo su peso como si también hubiera sido condenado a esperar.

Clémence salió primero. Al pasar junto a Delacroix, bajó un poco la voz.

—Monsieur.

Él la miró.

—Hay algo más.

Marceau, que ya salía detrás, se detuvo.

Clémence no lo miró a él. Solo a Delacroix.

—Chavanel no eligió el caballo blanco por casualidad.

—Eso ya lo suponía.

—No. Quiero decir que alguien se lo sugirió.

—¿Quién?

La cantante miró hacia el carromato de la adivina, cuya cortina violeta seguía cerrada.

—No estoy segura.

—Entonces dígame de qué está segura.

Clémence humedeció los labios.

—Oí una frase. Antes de que él subiera. Alguien dijo que un hombre como Chavanel no se atrevería a montar el caballo que pertenecía a los muertos de Bresson.

Delacroix sintió que la noche volvía a tensarse.

—¿Los muertos de Bresson?

—Así lo dijo.

—¿Reconoció la voz?

Clémence apartó la mirada.

—Era una voz de mujer.

Marceau dio un paso hacia ella.

—¿Margot?

—No lo sé.

—¿Madame Séraphine?

—No lo sé.

—¿Usted?

Clémence sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a su rostro.

—Inspector, si yo hubiera querido matar a Chavanel, habría elegido un método menos poético y más satisfactorio.

—Eso no es una respuesta.

—No. Pero es bastante sincero.

Delacroix miró hacia el carrusel.

El caballo blanco. Los muertos de Bresson. La ficha en la mano de Chavanel. El clac durante la segunda vuelta. Célestin retirando una pieza. Anatole tocando el caballo. Margot diciendo que la silla estaba fría.

Las piezas no formaban todavía un dibujo. Pero empezaban a mostrar un color común.

—Inspector —dijo Delacroix.

—¿Sí?

—Necesitamos hablar con Madame Séraphine.

Marceau miró el carromato violeta con evidente disgusto.

—Magnífico. Después de la cantante, la adivina. Si la próxima pista nos la da un mono amaestrado, dimito.

—No sea injusto.

—¿Con quién?

—Con el mono. Quizá observe mejor que algunos testigos.

Baptiste apareció a su lado, todavía con el cesto de almendras.

—¿Vamos a ver a la adivina?

—Eso parece.

—¿Cree que sabrá algo?

Delacroix observó la cortina cerrada. Durante un instante, tuvo la impresión de que alguien los miraba desde dentro.

—Las adivinas rara vez ven el futuro —dijo—. Pero suelen conocer bastante bien el pasado.

—¿Y eso ayuda?

Delacroix dio un paso hacia el carromato.

—En los asesinatos, Baptiste, el pasado suele llegar primero. El cadáver solo tiene la mala educación de presentarse al final.