Capítulo 4 — La mujer que cantaba demasiado bajo
Clémence Aubry tenía la clase de belleza que no pedía permiso.
No era joven en el sentido en que las ferias suelen vender la juventud: a gritos, con plumas, tobillos visibles y promesas de una alegría que termina cuando se apagan las lámparas.
Tendría unos treinta y tantos años, quizá alguno más, aunque en su rostro la edad no parecía una cifra, sino una negociación.
Había aprendido a colocarse bajo la luz adecuada, a sonreír sin entregar demasiado y a dejar que el cansancio pareciera misterio cuando convenía.
Delacroix la siguió hacia la barraca de variedades con Marceau a su lado y Baptiste unos pasos detrás, abrazado al cesto de almendras como si fuera un huérfano dulce.
La barraca estaba casi vacía. En el interior olía a perfume barato, madera húmeda, polvo de telón y vino derramado.
El pequeño escenario ocupaba el fondo: unas tablas levantadas medio palmo del suelo, una cortina granate con remiendos y una lámpara de aceite que lanzaba sobre todo aquello una luz demasiado íntima.
Había seis mesas redondas, algunas sillas desparejadas y un piano vertical que parecía haber sobrevivido a dos mudanzas, un incendio y varios pianistas.
En una esquina, sobre una silla, descansaba una boa de plumas negras.
Delacroix la miró.
—Nunca he confiado en los accesorios que parecen haber tenido una vida más interesante que su dueño.
Clémence se quitó el chal y lo dejó sobre el respaldo de una silla.
—Entonces en una feria no confiará en casi nada.
—Voy aprendiendo.
Marceau cerró la puerta de la barraca para impedir que la lluvia y los curiosos entraran con igual entusiasmo.
—Ha dicho que Chavanel empezó a morir hace diez años —dijo—. Espero que no sea una metáfora. Esta noche ya tenemos bastantes adornos.
Clémence lo miró con una calma algo insolente.
—Los policías siempre tienen miedo de las metáforas. Temen que no puedan esposarlas.
—Depende de la metáfora.
—Inspector —intervino Delacroix—, permitamos que madame Aubry elija su propia forma de perder nuestro tiempo. A veces la gente se delata mejor cuando cree estar siendo interesante.
Clémence sonrió apenas.
—Me habían hablado de usted.
—Confío en que con cierta piedad.
—No. Pero con precisión.
—Me conformo.
Baptiste se sentó al fondo sin que nadie lo invitara. La silla crujió bajo su peso y él tuvo la delicadeza de fingir que no había oído nada.
Clémence tomó asiento cerca del escenario. No eligió la silla más cómoda, sino la que le permitía quedar de perfil bajo la lámpara. Delacroix se fijó en eso. Las personas acostumbradas a ser miradas rara vez se sientan por casualidad.
—Octave Chavanel era un hombre enfermo mucho antes de morir —dijo ella.
Marceau sacó una libreta.
—¿Enfermo de qué?
—De sí mismo.
El inspector levantó la vista.
—Mal comienzo.
—De poder, si prefiere una palabra menos elegante.
—Prefiero palabras que sirvan ante un juez.
—Entonces escriba codicia. Los jueces la entienden muy bien porque suele llevar sombrero.
Baptiste hizo un ruido extraño, mitad tos, mitad carcajada.
Delacroix permaneció de pie. En algunas conversaciones era mejor no sentarse. La gente decía más cuando sentía que uno podía marcharse en cualquier momento.
—¿Lo conocía desde hacía diez años? —preguntó.
Clémence bajó la mirada hacia sus manos. Llevaba guantes de encaje negro, algo gastados en las puntas.
—Desde antes. Pero hace diez años fue cuando entendí qué clase de hombre era.
—Cuéntenoslo sin elegir demasiado bien las palabras.
—Eso será difícil.
—Inténtelo como gesto de confianza.
Ella soltó una risa baja.
—Yo cantaba en Lyon. No en grandes teatros, no se hagan ilusiones.
En salas pequeñas, cafés, algún cabaret decente y otros que solo parecían decentes cuando uno entraba muy borracho.
Tenía una voz buena. No extraordinaria, pero buena.
Lo suficiente para comer caliente y creer que la vida iba a mejorar por cansancio.
—La vida no suele rendirse tan pronto —dijo Delacroix.
—No. Eso aprendí.
Clémence levantó la vista.
—Chavanel apareció una noche después de una función. Me envió flores. Luego vino otra noche. Y otra. No era apuesto, pero tenía esa seguridad de los hombres con dinero: parecen altos aunque no lo sean, inteligentes aunque no escuchen y generosos hasta que una descubre la factura.
Marceau escribió algo.
—¿Fueron amantes?
—Inspector, si desea preguntarme si me acosté con él, hágalo. Los rodeos le sientan peor que la lluvia.
Marceau apretó la mandíbula.
—¿Se acostó con él?
—Sí.
Baptiste miró el suelo con una concentración repentina.
Delacroix no se movió.
—¿Durante cuánto tiempo?
—El suficiente para que él creyera que me había comprado y yo creyera que todavía podía venderle solo una parte de mí.
La frase quedó suspendida en la barraca.
Fuera, la feria seguía murmurando. Un agente gritó algo. Una mujer respondió con una protesta aguda. Luego, otra vez la lluvia.
—¿Qué ocurrió hace diez años? —preguntó Delacroix.
Clémence respiró hondo.
—Había otra mujer.
—Siempre la hay —murmuró Baptiste, arrepintiéndose enseguida de existir.
Clémence lo miró sin dureza.
—No en ese sentido. No competíamos por él. A ninguna de las dos nos quedaba tan poco amor propio.
—¿Quién era? —preguntó Marceau.
—Madeleine Bresson.
Delacroix no mostró sorpresa, pero la recibió.
Marceau dejó de escribir.
—¿La esposa de Anatole Bresson?
—Sí.
La barraca pareció estrecharse alrededor de ese nombre.
—Continúe —dijo Delacroix.
Clémence cruzó las manos sobre el regazo.
—Madeleine enfermó. No sé de qué exactamente. Algo del pecho, quizá. Algo que la fue apagando durante meses. Anatole pidió dinero a Chavanel para pagar médicos, viajes, remedios, esas esperanzas caras que la gente compra cuando ya no sabe rezar.
—Y Chavanel se lo prestó.
—Sí. Con una sonrisa.
—Las peores deudas empiezan así —dijo Delacroix.
—Madeleine murió de todos modos. Chavanel no perdió dinero, claro. Los hombres como él nunca prestan dinero a la desgracia. Lo siembran. Luego esperan a que crezca.
Marceau escribió unas líneas.
—¿Insinúa que Chavanel provocó la ruina de Bresson?
—No lo insinúo. Lo digo. Aprovechó la enfermedad de Madeleine para quedarse con Anatole poco a poco. Primero las ganancias. Luego una parte de la feria. Después el derecho sobre el carrusel. Cada papel parecía legal. Cada firma parecía voluntaria. Eso era lo más repugnante.
Delacroix pensó en Anatole Bresson, solo bajo la lluvia, mirando el caballo blanco como si ya estuviera recordándolo.
—¿Y usted cómo sabe todo eso?
Clémence sonrió sin alegría.
—Porque Octave hablaba después de beber. Y porque yo, entonces, aún tenía la mala costumbre de escuchar a los hombres que me destruían.
—¿Se lo contó a Anatole?
—No hizo falta. Él lo sabía.
—¿Y a Margot?
Clémence tardó un poco más en responder.
—Margot era joven, pero no era ciega.
—Nadie lo es cuando la miseria se sienta a la mesa —dijo Delacroix.
Marceau cerró la libreta.
—Hasta ahora tenemos un hombre odioso que arruinó a media feria. Eso explica que quisieran matarlo. No explica quién lo hizo ni cómo.
Clémence se volvió hacia él.
—No he terminado.
—Qué suerte la mía.
—Hace tres noches, Chavanel vino aquí.
Delacroix prestó más atención.
—¿A su barraca?
—Sí. Después de la función. Yo había cantado para ocho personas, dos de las cuales dormían y una parecía haber entrado por error buscando el retrete. Una noche gloriosa. Chavanel se sentó en aquella mesa.
Señaló una mesa cercana al escenario.
—Pidió vino. No le servimos vino.
—¿Por qué?
—Porque la última vez no pagó.
Marceau arqueó una ceja.
—¿Chavanel no pagaba?
—Los ricos no siempre pagan. A veces permiten que uno se sienta honrado por haber sido estafado por alguien importante.
Delacroix casi sonrió.
—¿Qué quería?
—Hablar.
—¿De usted?
—Primero. Luego de Anatole. Luego de Margot.
La última palabra cambió algo en su voz.
Delacroix lo notó.
—¿Qué dijo de Margot?
Clémence miró hacia la puerta, como si temiera que la joven pudiera escuchar desde fuera.
—Dijo que era una lástima que una muchacha así terminara envejeciendo entre caballos de madera y barro. Dijo que, cuando el carrusel fuera suyo, quizá le ofrecería un puesto más digno.
Marceau frunció el ceño.
—¿Qué clase de puesto?
—No lo precisó. No hacía falta.
Baptiste dejó el cesto de almendras en el suelo.
—Cerdo.
—Eso pensé yo —dijo Clémence—. Aunque con menos ternura.
Delacroix caminó despacio hasta la mesa indicada. La madera estaba marcada por círculos de vasos y quemaduras de cigarro. Una de las patas había sido calzada con un trozo de cartón.
—¿Margot sabe esto?
—No por mí.
—¿Célestin?
Clémence sostuvo su mirada.
—Célestin habría matado a Chavanel con las manos si lo hubiera oído.
—Eso no responde.
—No sé si lo oyó.
—¿Dónde estaba?
—Fuera. Cerca del carrusel. Como siempre.
Marceau volvió a abrir la libreta.
—Así que Chavanel amenazó indirectamente a Margot, Célestin pudo oírlo y tres noches después Chavanel aparece muerto en el carrusel que Célestin revisa.
—Si lo dice así, parece sencillo.
—Me gusta lo sencillo.
—Entonces ha elegido mal oficio.
Delacroix volvió hacia ella.
—¿Por qué hablar ahora?
Clémence se quedó inmóvil.
—Porque está muerto.
—Eso suele animar mucho las confesiones.
—Porque Chavanel muerto no puede hacerme daño.
—Los muertos tienen representantes muy activos.
—No me asustan sus abogados.
—No pensaba en abogados.
Ella bajó la mirada otra vez.
Por primera vez, su dominio de la escena se resquebrajó un poco. No mucho. Solo lo suficiente para mostrar que debajo de la cantante, de la mujer ingeniosa y de la antigua amante del muerto, había alguien que llevaba años apretando los dientes.
—Chavanel tenía cartas mías —dijo.
Marceau levantó la vista.
—¿Cartas comprometedoras?
—Las cartas de una mujer que fue joven, pobre y estúpida suelen ser comprometedoras incluso cuando hablan del tiempo.
—¿La chantajeaba?